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Siete mujeres (1966) de John Ford (por El Despotricador Cinéfilo)
Mi ingenuidad cinéfila me sorprende más a menudo de lo que yo pensaba, pero vamos, yo encantando con ello, porque cuando ya pensaba que, tras verme cerca de un centenar películas del Maestro Ford, había disfrutado de sus mejores obras descubro inesperadamente que la última (y muy desconocida) película que rodó en su extensa filmografía, Siete mujeres, es una auténtica joya a reivindicar desde ya.
No sé por qué razón nunca he tenido especial interés por verla, nunca me ha llamado la atención y de hecho de niño el único comentario que escuché (al extremadamente fordiano) Pumares fue lo suficientemente desganado como para aniquilar mi motivación por verla. Pues bien, desde ya ratifico que estamos ante una obra mayúscula fordiana a la altura de otras películas de mayor renombre de ese mismo periodo.
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Remordimientos (1932) de Ernst Lubitsch (por El Despotricador Cinéfilo)
Creo recordar que fue Pumares en uno de sus míticos programas de radio (allá por finales de los años 80 cuando de niño le escuchaba asidua, respetuosa y apasionadamente) el que dijo que la divertidísima Tootsie a mucha gente no le cuadraba que fuese de Sydney Pollack pues Pollack era más bien siempre el drama (Tal como éramos, Danzad, danzad malditos, Memorias de Africa, etc). No es una caso único, claro está, pues por ejemplo tampoco nadie identifica a Coppola como director de musicales y tiene en su haber esas dos rarezas de Corazonada y El valle del arcoíris.
Todo esto ha reflotado en mi memoria cinéfila al visionar este Remordimientos del gran Lubitsch. Un solemne drama intenso antibelicista y antimilitarismo muy perturbador, hiriente, sumamente trágico, emocionante, reflexivo y demoledor. Y encontrarnos con una obra suya así es, cómo mínimo, desconcertante pues para la amplía mayoría de los cinéfilos Lubitsch es sinónimo de comedia, de la más pura y genuina comedia clásica norteamericana. Pero sí que hizo dramas (sobre todo en su época muda), y algunos de ellos, como este Remordimientos, dirigidos con un firme e impecable pulso narrativo que nada tiene que envidiar a otros renombrados directores de la época especializados en el género dramático.
Y, aunque esta obra de Lubitsch es un film interesante y recomendable no me parece una gran película pues es excesivamente deudora del mítico Sin novedad en el frente que Lewis Milestone realizó dos años antes. Todas las escenas brillantes y destacable de la película ya están filmadas antes en la inmortal Obra Maestra de Milestone, el mensaje es el mismo, la historia es prácticamente la misma (se podría decir que la película de Lubitsch es la continuación de la otra) e incluso hay escenas y diálogos calcados la una dela otra (como por ejemplo esas reuniones de los ancianos en los bares discutiendo sobre las actitudes que deben tener los soldados, la necesidad del soldado de disculparse con la familia del soldado enemigo al que acaba de abatir, etcétera).
De todos modos son dos películas complementarías entre sí, muy influida la una por la otra, que representan un discurso antimilitar y antibelicista de la misma contundencia que el Senderos de gloria de Kubrick. Y, además, para los amantes de esos extraordinarios actores de reparto que inundaron el cine clásico es una nueva oportunidad para deleitarnos del inmenso talento interpretativo del siempre genial Lionel Barrymore.
El clavo (1944) de Rafael Gil (por El Despotricador Cinéfilo)
Creo recordar que era Pumares el que decía que Vértigo de Hitchcock, a pesar de estar considerada de forma unánime hoy en día como una incuestionable Obra Maestra, sería una película absurda, incoherente y un despropósito total si no la hubiese dirigido el Maestro inglés. ¿Por qué? Pues porque roza continuamente la incoherencia, el absurdo y la incredibilidad, pero es gracias a la buena labor de su director lo que cuenta es cómo esta contada en vez de qué es lo que cuenta.
Algo muy similar, aunque a más de uno podría sorprender, se puede decir de este inolvidable clásico del cine español de los años 40 titulado El clavo de Rafael Gil (sí, hay grandes películas españolas en esa época y por desgracia la mayoría de ellas aún por redescubrir). Pues si nos ceñimos al guión en sí, o más concretamente a la historia que cuenta (pues el guión es espléndido), no hay por donde cogerlo y más de una incoherencia e inverosimilitud se presenta en la explicación del crimen que se está juzgando pero, sin embargo, y esta es la gran magia del cine, nos da igual, no nos importa, porque está contado y narrado de forma tan magnífica que no nos percatamos de ello.
Es realmente maravilloso, porque esa es la palabra, maravilloso, cómo está planteada toda la fatalista atmósfera de la película, como nos cautiva ese tono onírico, fantasioso, fantasmagórico, romántico, misterioso y muy fatalista de todo el relato; como los diálogos derrochan (y desbordan) ingenio y brillantez que ya quisieran la amplía mayoría de las sitcoms actuales; cómo la química entre todos actores (soberbios Amparo Rivelles y Rafael Durán) es simplemente perfecta; cómo la envolvente y sobrecogedora música de Juan Quintero te conmueve y cómo avanza la trama, como ocurre solo con las grandes películas, sin que nos demos cuenta. Todo un prodigio de dirección. Todo un prodigio de planificación. Todo un prodigio para demostrar, por enésima vez, que el cine, como arte que es, lo que importa es las sensaciones que produce aunque la historia que cuente tenga más cabos sueltos de los que serían recomendables.
Pero claro, ¿quién quiere películas académicamente perfectas cuando estas obras tan imperfectas son tan cautivadoras, embriagadoras y fascinantes?
Algo muy similar, aunque a más de uno podría sorprender, se puede decir de este inolvidable clásico del cine español de los años 40 titulado El clavo de Rafael Gil (sí, hay grandes películas españolas en esa época y por desgracia la mayoría de ellas aún por redescubrir). Pues si nos ceñimos al guión en sí, o más concretamente a la historia que cuenta (pues el guión es espléndido), no hay por donde cogerlo y más de una incoherencia e inverosimilitud se presenta en la explicación del crimen que se está juzgando pero, sin embargo, y esta es la gran magia del cine, nos da igual, no nos importa, porque está contado y narrado de forma tan magnífica que no nos percatamos de ello.
Es realmente maravilloso, porque esa es la palabra, maravilloso, cómo está planteada toda la fatalista atmósfera de la película, como nos cautiva ese tono onírico, fantasioso, fantasmagórico, romántico, misterioso y muy fatalista de todo el relato; como los diálogos derrochan (y desbordan) ingenio y brillantez que ya quisieran la amplía mayoría de las sitcoms actuales; cómo la química entre todos actores (soberbios Amparo Rivelles y Rafael Durán) es simplemente perfecta; cómo la envolvente y sobrecogedora música de Juan Quintero te conmueve y cómo avanza la trama, como ocurre solo con las grandes películas, sin que nos demos cuenta. Todo un prodigio de dirección. Todo un prodigio de planificación. Todo un prodigio para demostrar, por enésima vez, que el cine, como arte que es, lo que importa es las sensaciones que produce aunque la historia que cuente tenga más cabos sueltos de los que serían recomendables.
Pero claro, ¿quién quiere películas académicamente perfectas cuando estas obras tan imperfectas son tan cautivadoras, embriagadoras y fascinantes?
Desengaño (1936) por El Despotricador Cinéfilo
El siempre inefable Carlos Pumares solía decir que Rocky era una película terriblemente aburrida durante su primera hora, pero que la segunda hora de su metraje era tan excelente, brillante y emocionante que te hacía olvidar por completo lo mucho que te habías aburrido hasta ese momento. Y es que, de las películas, siempre recordamos el poso emocional y sentimental que nos dejan al acabar, olvidando subconscientemente los posibles instantes aburridos.
Pues bien, algo así se podría aplicar a este Desengaño, porque me aburrí soberanamente durante sus primeros minutos. Era incapaz de conectar con la historia y con todo lo que le iba ocurriendo al peculiar matrimonio que la protagoniza. Pero, de repente, me metí de tal manera en la película que me acabó conmoviendo y entusiasmando. Sin duda, el gran mérito pertenece probablemente en exclusividad a Walter Huston (cuantas más películas veo de este genial actor, más me doy cuenta de que su soberbia y antológica interpretación en El tesoro de Sierra Madre no fue fruto de un día de suerte).
Pero si en algo destaca Desengaño es la autenticidad que desprende cada uno de sus fotogramas. En los diálogos hay un realismo, una naturalidad y cierta veracidad que convierten a la película en una obra muy actual. No porque el tema del divorcio esté ahora más vigente que nunca, sino porque los problemas/soluciones que plantea son tan intemporales que aportan al film una pasmosa y sorprendente modernidad.
Me sorprende gratamente que en el año 36 estuviesen ya tan sutilmente planteadas ciertas cuestiones como el miedo de las mujeres a envejecer, las incompatibilidades maritales, las infidelidades, la necesidad de entenderse de los matrimonios, la inmadurez, la inevitable desintegración de la vida en pareja, etcétera.
Esta película, una vez más, me ha demostrado que, por muy aburrida que pueda llegar a parecer una historia, siempre debemos darle una oportunidad, porque nos podemos encontrar con sorpresas mayúsculas e imprevisibles.
Dejad paso al mañana (1937) por El Despotricador Cinéfilo
No sé exactamente dónde he leído que Leo McCarey es un director no lo suficientemente valorado y reivindicado porque el grueso de su obra pertenece a la siempre infravalorada década de los años 30. Para empezar, habría que decir: ¿La década de los años 30 está poco considerada? Caray, pues no será por el descomunal número de Obras Maestras que se parieron en esa mítica década. Por no hablar de que en esos años se forjó ya definitivamente la narrativa cinematográfica con la consolidación del sonido.
Esto por una parte. Por otro lado, McCarey, que yo sepa, trabajó prolíficamente a lo largo de varias décadas, e incluso diría que mucho más abundantemente en los años 40 (durante los cuales hizo esos lacrimógenos, sensibleros y mediocres films pseudoreligiosos con Bing Crosby). Ahora bien, si hay una obra que parece intocable en la filmografía de este director esa es Dejad paso al mañana.
Y no seré yo quien cuestione la calidad global de esta magnífica película, pero, recapacitando sobre sus virtudes, ¿no será espléndida por su magnífico reparto, su impecable guión y, sobre todo, por la innovadora y original temática que trata, que está siempre vigente en cualquier década y, por eso, aporta un aire tan realista, moderno y actual a un film del año 1937? ¿A dónde quiero llegar? Pues me remito a una célebre frase de Carlos Pumares: “Con un buen guión no hay director que haga una mala película, y con un mal guión no hay director, por muy bueno que sea, que consiga hacer una buena película”.
Por supuesto, en el caso de Dejad paso al mañana es un guión tan magnífico, interesante y actual que hasta la mediocre dirección de McCarey consigue ser más que aceptable (aunque, claro, con semejante historia hasta Roland Emmerich conseguiría realizar una Obra Maestra). Ahora bien, pensad solo por un momento o, mejor dicho, soñad solo por un momento qué maravillosa película hubiese sido si John Ford o Frank Capra se hubiesen hecho cargo de ella. Uf, dan escalofríos solo de pensarlo. Porque entonces sí que estaríamos ante una película sublime y mucho más disfrutable.
Conclusión: deberían prohibir los guiones e historias excepcionales a directores que son solo meros artesanos. ¿No acabaríamos ganando todos con ello? Seguro que sí.
El baile de los malditos (1958) por El Despotricador Cinéfilo
Me ha venido a la memoria esta cita viendo El baile de los malditos (Edward Dmytryk, 1958), pues comete el mismo error, ya que hay dos películas en una. Por una parte está la protagonizada por Marlon Brando, y por otra bien diferente la de Montgomery Clift y Dean Martin, solo que aquí, a diferencia con el film de Cimino, lamentablemente ninguna parte es espléndida, sino que ambas son tediosas, pretenciosas, edulcoradas e insustanciales se mire como se mire, y por si fuera poco, encima una película larguísima que se acerca a las tres horas, y todo para no contar nada de interés. Se podría pensar que le sobra media hora de metraje, pero no, le sobra por lo menos hora y media a tan sobrevalorada película.
¿Por qué ese interés en contar dos historias que no tienen nada que ver en común, salvo ese forzado y manipulador final que junta a los tres personajes? ¿para qué la parte de Montgomery Clift, que es un refrito descarado de De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann, 1953) solo que en ésta Clift está mucho menos convincente y demacrado? ¿por qué añadir historias paralelas si está claro que lo único que importa en la historia de Marlon Brando, que hubiera dado para un film de 90 minutos muy interesante y que probablemente se hubiese convertido en un clásico?.
¿Quién sabe? debe ser que ciertos directores (y más un mediocre como Dmytryk) piensan que cuanto más larga y existencial sea un film mayor valor crítico tendrá, porque esa es otra, le sobre existencialismo a esta película por todos lados, menos mal que la muy correcta y sobria actuación de Brando consigue minimizar vagamente.
Si Dmytryk hubiese sido inteligente, hubiera prescindido totalmente de la inútil e insustancial parte de Clift, pero para más inri y desidia, no exprime adecuadamente a Dean Martin (un excelente actor, en mi opinión no lo suficientemente valorado en la historia del cine) que con más humor e ironía hubiera podido aportar mucho encanto y gracia a la película, haciéndola más amena y entretenida.
Y es que no deja de sorprenderme como ciertos directores no saben acortar sus películas adecuadamente (ahora mismo me viene a la cabeza 2 David Lean: La hija de Ryan (1970) y Pasaje a la India (1984), las cuales si durasen ambas 20 minutos menos hubiesen sido dos Obras Maestras más de su genial autor). Pero está claro que para muchos directores pretenciosidad está unido al termino duración.
Benditos malos actores (2010) por El Despotricador Cinéfilo
En mi niñez siempre me sorprendió escuchar las tibias, desapasionadas y apagadas opiniones del inefable Carlos Pumares acerca de un mito como John Wayne, más aún siendo Pumares un apasionado y ferviente defensor del cine del gran John Ford (y decir Ford, al menos para mí, es también decir Wayne).
Puedo entender que a muchos críticos John Wayne no les parezca un buen actor, o simplemente que ni lo consideren un actor, pues únicamente hace de John Wayne en todas las películas, es decir, de sí mismo. Y no les faltará razón a todos esos críticos, pero yo siempre he pensado que benditos sean todos esos malos actores, porque, más allá de su talento y capacidad de actuación, el cine está necesitado de actores mediocres (o directamente muy malos) para realizar ciertos papeles, los cuales, paradójicamente (muy paradójicamente), ningún otro actor podría interpretarlos mejor que ellos por muchas tablas shakesperianas que tuviera a sus espaldas.
Pues ¿qué otro actor de la historia podría parar la diligencia mejor que John Wayne? ¿Qué otro intérprete podría transmitir con mayor contundencia sus sentimientos que Stallone subiendo las escaleras del museo de Philadelphia al compás del “Gona fly now” en Rocky? ¿Quién, aparte de Harrison Ford, podría interpretar mejor a Indiana Jones o a Han Solo? ¿Y qué decir de Patrick Swayze o Demi Moore en Ghost, Richard Gere en Pretty Woman, Sean Young en Blade Runner, John Travolta en Fiebre del sábado noche, Victor Mature en Sanson y Dalila, etcétera?
Es decir, la mediocridad o el hecho de ser un mal actor no está, en absoluto, reñido con la proeza de lograr interpretaciones magistrales y memorables, pues hay actores predestinados a ciertos papeles que, por pura magia del cine, consiguen brillar más que ningún otro gran intérprete de renombre: misterios del celuloide, embrujo de la gran pantalla.
Puedo entender que a muchos críticos John Wayne no les parezca un buen actor, o simplemente que ni lo consideren un actor, pues únicamente hace de John Wayne en todas las películas, es decir, de sí mismo. Y no les faltará razón a todos esos críticos, pero yo siempre he pensado que benditos sean todos esos malos actores, porque, más allá de su talento y capacidad de actuación, el cine está necesitado de actores mediocres (o directamente muy malos) para realizar ciertos papeles, los cuales, paradójicamente (muy paradójicamente), ningún otro actor podría interpretarlos mejor que ellos por muchas tablas shakesperianas que tuviera a sus espaldas.
Pues ¿qué otro actor de la historia podría parar la diligencia mejor que John Wayne? ¿Qué otro intérprete podría transmitir con mayor contundencia sus sentimientos que Stallone subiendo las escaleras del museo de Philadelphia al compás del “Gona fly now” en Rocky? ¿Quién, aparte de Harrison Ford, podría interpretar mejor a Indiana Jones o a Han Solo? ¿Y qué decir de Patrick Swayze o Demi Moore en Ghost, Richard Gere en Pretty Woman, Sean Young en Blade Runner, John Travolta en Fiebre del sábado noche, Victor Mature en Sanson y Dalila, etcétera?
Es decir, la mediocridad o el hecho de ser un mal actor no está, en absoluto, reñido con la proeza de lograr interpretaciones magistrales y memorables, pues hay actores predestinados a ciertos papeles que, por pura magia del cine, consiguen brillar más que ningún otro gran intérprete de renombre: misterios del celuloide, embrujo de la gran pantalla.
¡¡Industria cinematográfia nacional ya!! (2009) por El Despotricador Cinéfilo
Cualquiera que pasee un poco por foros y webs de cine en Internet enseguida detectará un rechazo brutal hacia el cine español, tachándolo, la mayoría, de basura o bodrio; incluso se podría decir, por lo leído, que el 99% de los cinéfilos consideran al cine español aburrido, insoportable, soporífero, pretencioso y lo califican con todos los términos despectivos o peyorativos que se puedan imaginar.
Y, ciertamente, no les falta razón: dada la sobredosis de bodrios que nos ha proporcionado el cine patrio en las últimas décadas, puedo llegar a entender ese rechazo tan visceral y pasional. Ahora bien, yo no diría que el 99% del cine español es basura, yo diría que ese lamentable porcentaje es solo de un 75%, y, de hecho, opino que ahora se hace mejor cine que nunca en España. No, no me he vuelto loco, aunque lo parezca al afirmar algo así, pues sí que se hace algo que era impensable hace unos años: cine de género, y eso yo lo aplaudiré siempre en cualquier cinematografía (sea española o chipriota).
El cine de género puede dar bodrios, como los films de “Torrente”, o genialidades como las que nos ofrece el amigo Amenábar película tras película, pero ambos casos son dignos ejemplos de lo que se debe hacer. No seré yo quien defienda las virtudes (si es que tienen alguna) de los films de “Torrente”, pero mataría por que se hiciesen 10 películas así al año; aunque sean igual de malas, pero que se hagan. ¿Por qué?, pues porque son productos de consumo que generan grandes recaudaciones, y eso lleva a crear riqueza para financiar otras películas, y así, poco a poco, ir cimentando los pilares de una industria del cine.
Ojalá se hiciesen muchísimas películas (buenas o malas) que diesen dinero, y eso propiciase que se pudieran hacer muchas más películas de género, las cuales alimentarían una nueva futura producción; es decir, como funciona una empresa privada cualquiera, pero aplicado a la cinematografía; o mejor dicho, como hacen TODAS las cinematografías del mundo desde siempre, salvo la española.
Me niego a aceptar que con mis impuestos el (decepcionante y miserable) Ministerio de Cultura siga financiando y subvencionando cada año docenas de peliculitas (muchas de las cuales nunca llegan ni tan siquiera a estrenarse) solo para que algunos autores puedan hacer su película intelectual al año; una película que, encima, nunca recauda nada, y cuya recaudación, además, en el (improbable) caso de que llegase a generar algún beneficio económico, sería para el productor y no para todos los españoles que se la hemos financiado.
Hay que acabar con esta tomadura de pelo. Que se cree de una vez una industria que se autofinancie a sí misma y con ella se podrá hacer, tal y como en cualquiera otra cinematografía mundial, tanto cine comercial como cine independiente de autor. Eso, los demás lo aprendieron hace ya 100 años, en los inicios del cine, ¿no es hora, de una vez por todas, de que empecemos nosotros? Cuánta razón tenía Pumares cuando afirmaba que los americanos son afortunados porque no tienen Ministerio de Cultura.
Y, ciertamente, no les falta razón: dada la sobredosis de bodrios que nos ha proporcionado el cine patrio en las últimas décadas, puedo llegar a entender ese rechazo tan visceral y pasional. Ahora bien, yo no diría que el 99% del cine español es basura, yo diría que ese lamentable porcentaje es solo de un 75%, y, de hecho, opino que ahora se hace mejor cine que nunca en España. No, no me he vuelto loco, aunque lo parezca al afirmar algo así, pues sí que se hace algo que era impensable hace unos años: cine de género, y eso yo lo aplaudiré siempre en cualquier cinematografía (sea española o chipriota).
El cine de género puede dar bodrios, como los films de “Torrente”, o genialidades como las que nos ofrece el amigo Amenábar película tras película, pero ambos casos son dignos ejemplos de lo que se debe hacer. No seré yo quien defienda las virtudes (si es que tienen alguna) de los films de “Torrente”, pero mataría por que se hiciesen 10 películas así al año; aunque sean igual de malas, pero que se hagan. ¿Por qué?, pues porque son productos de consumo que generan grandes recaudaciones, y eso lleva a crear riqueza para financiar otras películas, y así, poco a poco, ir cimentando los pilares de una industria del cine.
Ojalá se hiciesen muchísimas películas (buenas o malas) que diesen dinero, y eso propiciase que se pudieran hacer muchas más películas de género, las cuales alimentarían una nueva futura producción; es decir, como funciona una empresa privada cualquiera, pero aplicado a la cinematografía; o mejor dicho, como hacen TODAS las cinematografías del mundo desde siempre, salvo la española.
Me niego a aceptar que con mis impuestos el (decepcionante y miserable) Ministerio de Cultura siga financiando y subvencionando cada año docenas de peliculitas (muchas de las cuales nunca llegan ni tan siquiera a estrenarse) solo para que algunos autores puedan hacer su película intelectual al año; una película que, encima, nunca recauda nada, y cuya recaudación, además, en el (improbable) caso de que llegase a generar algún beneficio económico, sería para el productor y no para todos los españoles que se la hemos financiado.
Hay que acabar con esta tomadura de pelo. Que se cree de una vez una industria que se autofinancie a sí misma y con ella se podrá hacer, tal y como en cualquiera otra cinematografía mundial, tanto cine comercial como cine independiente de autor. Eso, los demás lo aprendieron hace ya 100 años, en los inicios del cine, ¿no es hora, de una vez por todas, de que empecemos nosotros? Cuánta razón tenía Pumares cuando afirmaba que los americanos son afortunados porque no tienen Ministerio de Cultura.
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