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El caserón de las sombras (1932) por El Despotricador Cinéfilo

El caserón de las sombras es una broma, una broma pesada. Pero no en el sentido de divertida, bufonesca o graciosa, sino más bien en el sentido decepcionante del término. Porque, vamos a ver, una obra de terror de la Universal, de los años 30, dirigida por el genial James Whale y que transcurre en una fantasmagórica, opresiva, gótica y lúgubre casa podría dar para una de las mejores Obras Maestras del género.

Añadamos un elenco de actores excepcionales: un Boris Karloff en su mejor momento, un Charles Laughton bordando el personaje de inglés refinado y sarcástico, un joven y estupendo Raymond Massey (supongo que al igual que a mí, a todos los que han visto la memorable Arsénico por compasión les hará una gracia impresionante ver a Raymond Massey compartir escena con Karloff), un divertido Melvyn Douglas y una correcta Gloria Stuart (que raro que esta actriz no llegase a ser nunca una estrella, porque lo cierto es que intervino en más de un clásico de la época).

Pues bien, con semejantes ingredientes, ¿no daba para un terrorífico, embriagor, sobrecogedor y asfixiante film? Pues no, lamento decir que no. Empieza muy bien, combina muy bien la comedia distendida con el terror más opresivo y claustrofóbico. La ambientación es perfecta y el clímax no puede ser mejor. Nos esperamos expectantes una deliciosa joya de tan alta calidad como La novia de Frankenstein y, cuando empieza por fin a desarrollarse la trama, va… y se acaba la película.

Pero ¿qué clase de broma macabra y absurda tomadura de pelo es esta? ¿Es qué no tenían presupuesto para más? Es desconcertante (y, ¿por qué no decirlo?, cabreante) que te preparen para luego nada. ¡Qué desperdicio de talento del director y de los actores, qué desperdicio de historia, qué desperdicio de clímax y qué desperdicio de nuestro tiempo! ¿Fue esto solo un entretenimiento de Whale para pasar el rato y simplemente jugar un poco con los cánones del terror? Quizás el problema sea mío que no soy capaz de entender esa combinación de escenas de comedia desenfadada e irónica con escenas de terror. ¿Acaso lo que se pretende es realizar una divertida parodia de las películas de dicho género? Quién sabe. Sea como sea, acaba resultando una frustración para el cinéfilo. Una pena, sin duda.

Camino de Santa Fe (1940) por El Despotricador Cinéfilo


¡Que película tan entretenida!, ¡qué película tan buena!, ¡qué película tan fabulosa!, que bien está todo, que bien están todos los actores (incluso hasta Ronald Reagan, aunque parezca increíble), que bonita es la inevitable historia de amor de Errol Flynn y Olivia de Havilland (eso sí, metida con calzador en la historia), ¡como está rodada impecablemente por el gran artesano Curtiz!, que bien se lo pasa una viéndola, una película de entretenimiento puro y duro… pero, ay, que patada a la historia.

Reconozco que antes de ver este film no tenía ni idea de quien era el personaje histórico de John Brown (soberbio, como siempre, Raymond Massey) pero durante toda la película me estaba entrando una gran ansiedad esperando la gran escena en donde el personaje de Flynn se diese cuenta de su aptitud racista, recapacitase y se diese cuenta que la causa abolicionista es la que hay que defender, que comprendiese el gran error y se pusiese del lado de la causa justa. Pero no, sorprendentemente la película avanza y avanza, y no llega esa escena, y avanza, y de repente, se acaba del todo el film.

Me he quedado de piedra, en ningún momento ningún personaje toma conciencia de que la esclavitud es una gran aberración, es más, hasta los negros acaban siendo más partidarios de ella que de la abolición, pero ¿cómo es esto posible?, si se toma el film como un puro divertimento no pasa nada, pero si se toma en serio y se analiza profundamente estamos ante una de las películas más racistas, xenófobas y deplorables (ideológicamente hablando) de la historia del cine, es que ni siquiera hay moraleja en los títulos de créditos finales. Unos simples títulos explicando lo aborrecible de esa caduca ideología habría bastado, pero no, la película acaba asépticamente con el beso entre la pareja protagonista.

El único punto a favor, es que el film está concebido tan ingenua y puerilmente con el objetivo puro (y muy noble) de solo entretener, por tanto no creo que su mensaje racista arraigue en ningún espectador, porque solo cuando la analizas en profundidad te das cuenta de la ideología que desprende, y hasta me da la sensación que ni los actores ni el director se dieron cuenta del gol que les coló el guionista en este aspecto.