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Los miserables (1935) de Richard Boleslawski (por Father Caprio)



Richard Boleslawski, otro de esos directores de los que siempre dudamos si hemos escrito correctamente su apellido, no me resultaba un desconocido. El Jardín de Alá y El velo pintado le precedían en mis retinas cinéfilas. La primera, a pesar de la interesante presencia de la diva Dietrich no pasaba de ser un melodrama poco creíble a la par que lacrimógeno. La segunda, con la divina Garbo en todo su esplendor fotografiada por un William Daniels que la mima y la realza, es una obra imprescindible. Esta especie de balanza moviéndose trémula entre los gozos y las sombras se ha acabado decantando hacia su lado más excelso con esta versión de la magnífica e inmensa obra de Victor Hugo, Les miserables.

Se ha dicho que es la mejor versión cinematográfica de la novela del francés. Nunca acabo de saber cuando algo es lo mejor o no, pero les digo que es una película excelente que sabe recoger el espíritu de la ilustre obra literaria en un prudente metraje que no alcanza las dos horas (la versión de 1934 de Raymond Bernard tenía una duración original de 5 horas y 15 minutos) y donde se estructuran los hechos de la vida de Jean Valjean (Fredric March) en tres capítulos conectados entre si por la permanente huida del protagonista de su implacable perseguidor el Inspector Jauvert (Charles Laughton), circunstancia que a algunos les traerá recuerdos de la obsesiva captura del fugitivo por el Teniente Gerard. Por descontado, no comparo lo incomparable, sino que me limito a poner algún punto de referencia siquiera lejano para ayuda de quienes desconozcan el argumento de la historia.

No tengo la menor duda de que, en la consideración de posible mejor versión, están las dos grandísimas interpretaciones de March y Laughton, dos actores que pueden considerarse entre los mejores de la historia del cine. A Laughton ya lo califiqué como "posible mejor actor del mundo". A March no le he echado tantas flores, debo reconocerlo, pero películas como Dr. Jeckyll and Mr. Hyde, de Rouben Mamoulian o Una mujer para dos, de Ernst Lubitsch y esta misma, cimentan una carrera enconmiable y bastante olvidada en la actualidad. En Les miserables ambos están sublimes encarnando roles radicalmente distintos. Su enfrentamiento es algo así como la lucha entre el bien y el mal, entre el verdadero y cristiano sentido de la justicia y la literalidad de unas leyes opresoras e injustas. Sin embargo sus personajes no son lineales sino que muy al contrario se retuercen interiormente en contradicciones personales profundas que los dos actores saben transmitir a base de gestos y expresiones, miradas y silencios, que demuestran tanto su categoría artística como la excelencia en la dirección de Boleslawski y la habilidad fotográfica del gran Gregg Toland.

Les miserables es la historia de una gran injusticia. Un hombre roba una hogaza de pan para alimentar al bebé de su hermana y es condenado a 10 años de trabajos forzados en galeras. Valjean se encuentra allí con Jaubert, un hecho que marcará su vida. Tras cumplir su condena, su condición de ex convicto le cierra todas las puertas, haciendo imposible su reinserción. Únicamente el obispo Myriel (un excelente Cedric Hardwicke) le da alimento y cobijo, y a pesar de haberle robado su vajilla de plata le trata como un verdadero hermano e incluso le regala dos candelabros de plata que conservará toda su vida y que tienen un significativo lugar en la historia. Estos hechos cambiarán radicalmente la vida de Jean Valjean.

Y volviendo a lo de mejor película, si o no, les dejo el enlace con un blog donde la consideran mejor película del año 1935: http://goodfellamovies.blogspot.com/2009/06/1935-les-miserables-richard-boleslawski.html

Sinceramente, no me hacía falta, se la hubiese recomendado igualmente…
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El extraño caso del Dr. Jekyll (1941) de Victor Fleming (por El Despotricador Cinéfilo)

Recientemente vi la espléndida versión que Rouben Mamoulian hizo en 1932 del inmortal mito del doctor Jekyll y mister Hyde: El hombre y el monstruo, una película realmente magnífica repleta de ingeniosos detalles, ocurrencias, aciertos y, sobre todo, una interpretación emblemática de Fredric March, que le aportó un más que merecido Oscar, y una no menos brillante actuación de la siempre estupenda y sensual Miriam Hopkins.

Todo este preámbulo viene a colación porque nada más terminar de verla me vino a la memoria la célebre versión que hizo en los años 40 Victor Fleming de tan afamada novela: El extraño caso del Dr. Jekyll . Y, si ya entonces, me pareció una película sosa, aburrida y descafeinada, ahora, después de ver la soberbia versión de los años 30, me reafirmo que es una película totalmente fallida e insulsa.

Se podrían decir muchas cosas negativas de la película de Fleming como que la ambientación tétrica, sombría, fatalista y pesadillesca brilla totalmente por su ausencia, que toda la sensualidad y erotismo (tan esenciales para entender las pasiones e instintos que desatan el comportamiento de mister Hyde) son nulos y que la realización artesanal de su director es todo menos apasionada . Pero si hay algo que, por encima de todo, falla en esta versión es el tremendo error de casting al elegir a sus intérpretes.

Vale, sé muy bien que Spencer Tracy es un actor todoterreno con un talento tan incuestionable y admirable que puede defender cualquier papel que interprete con soltura. Pero, a pesar de ello, en este film está fuera de lugar porque, quiera o no, Tracy no puede desprender la ambigüedad moral y ética, así como resultar convincente con las brutales acciones de mister Hyde, al tener una presencia cinematográfica tan marcada. Un actor, con un evidente lado oscuro más definido, como por ejemplo Charles Boyer o George Sanders, hubieran aportado muchos más matices a este jugoso, dual e inquietante personaje.

Ahora bien, si el tema de Tracy es cuestionable, lo que no tiene perdón es el tremendo error de casting al poner a la sensual Lana Turner de los años 40 como la abnegada, sufrida, pura, virtuosa, inocente y virginal novia del doctor Jekyll , y a la cándida y tierna Ingrid Bergman como la prostituta barriobajera que desata los instintos más primarios de mister Hyde. Evidentemente, excusa decir, que si dichos papeles los hubiesen intercambiado entre sí las actrices la película hubiese ganado muchos enteros.

La torre de los ambiciosos (1954) por Father Caprio


Los ojos de Barbara Stanwyck llenando por completo la pantalla. Como música de fondo, el discurso "romántico-idealista-país multicolor" de William Holden. Esta es la síntesis de un film que prometía tiburones despedazándose y se quedó en plácidas abejas Maya bajo el sol. Porque, miren ustedes, sin adelantar desenlaces, la cosa no es creíble. El mundo empresarial si por algo se caracterizó en el siglo XX fue por su culto al dinero, al beneficio y a la rentabilidad de los accionistas. O sea que Fredric March es el único que parece tener los pies en el planeta Tierra, mal que nos pese y aunque sea el malo de la película.

¿Qué los muebles quedan perfectos para la foto del muestrario y nada más? Ya lo dijo Quevedo, poderoso caballero es Don Dinero. ¿Qué la pata de la mesa está desatada y quebrada? Din Don Din Don es Don es Don Dinero. Lo del cliente siempre tiene razón es un invento moderno, un mal necesario para seguir atesorando beneficios pero sin perder el norte. ¿O es que se piensan que la crisis actual surge para proteger al sufrido ciudadano, fiel cliente de las empresas de toda la vida? Más bien al contrario, son las especulaciones financieras de quienes tienen dinero y quieren más todavía, las que pisotean la economía mundial. Todo eso ya lo saben ustedes.

Si no han visto la película tal vez desconozcan que Robert Wise contó con un plantel de actores excelentes: Paul Douglas, June Allyson, Fredric March, Shelley Winters, Walter Pidgeon, Nina Foch (excelente), Louis Calhern, William Holden y mi admiradísima Barbara Stanwyck, y si la película mantiene un nivel medianamente digno es gracias a ellos. Tampoco hay que infravalorar su inicio, cercano al cine negro o determinados aspectos concretos como el desarrollo de las votaciones con su carga de tensiones y motivaciones ocultas. Y para serles, absolutamente sinceros, en ciertas fases del film llegué a buscar puntos de coincidencia con aquella maravilla de Frizt Lang que se llamó Mientras Nueva York Duerme.

Puro espejismo. Al final, la película que rondaba por mi cabeza era La locura del dólar del maestro Frank Capra. Su propuesta optimista para una sociedad americana en crisis me pareció muchísimo más ortodoxa y ajustada a los cánones económicos que esta La torre de los ambiciosos. Capra levantaba los ánimos a un país en bancarrota. Wise levanta a los espectadores de los asientos canturreando..."la abeja Maya bajo el sol"...

Una mujer para dos (1933) por El Despotricador Cinéfilo


Esta película es sin duda una de las más afamadas y aplaudidas del gran Lubitsch, y no seré yo quien ponga en entredicho y despotrique contra ella, pues es una comedia donde rezuma todo el aroma de la sutileza, la elegancia, la distinción, el ingenio y sobre todo el incomparable toque Lubitsch, donde por cierto todos los actores están estupendos (aunque me descoloque un poco tanto Gary Cooper como Fredric March en dichos papeles), aunque para mí lo que más destaque la divertidísima actuación de Miriam Hopkins. Reconozco, un poco avergonzado, no haber reparado antes en esta excelente actriz hasta que la he redescubierto tanto en esta película como también en otra lubitschana obra: Un ladrón en la alcoba (1932).

Entonces si tan perfecta y deliciosa me parece esta comedia ¿por qué quiero despotricar contra ella?, pues porque uno al acabar de verla no puede dejar de pensar todo el jugo que un buen guionista le podría haber sacado a ese sorprendente ménage à trois, porque la idea de partida me parece absolutamente flipante, alucino como pudo sortear la censura en su época y como toca temas tan políticamente incorrectos con tanto descaro y como sin ningún pudor habla de sexo liberal (eso sí, disimulado muy sutilmente como solo Lubitsch sabe hacerlo) y de la relación a ménage a trois como si hablase de algo cotidiano.

Por ello, si han sido tan inteligentes, sutiles y elegantes con ese escandaloso tema ¿por qué no echar más leña al fuego y sacar todo el provecho que se le podría haber sacado a semejante historia?, solo de pensar lo que hubiera podido aportar como guionista gente de la talla de Billy Wilder o por ejemplo Rafael Azcona se me hace la boca agua, pues la película se prestaba a hacer juegos, insinuaciones, dobles sentidos y sobre todo muchísimas referencias sexuales entre el trío protagonista.

Y es que aunque la película resulte curiosa y muy avanzada para su época, no acaba de resultar perfecta por esa sensación de vacío que te produce el haber querido ver más y haberte dejado con la miel en los labios, todo por culpa de un guión no tan académicamente perfecto como podría haber sido. Una lastima, sin duda.

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