ccc
Mostrando entradas con la etiqueta Maximilian Schell. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maximilian Schell. Mostrar todas las entradas
El baile de los malditos (1958) por El Despotricador Cinéfilo
Me ha venido a la memoria esta cita viendo El baile de los malditos (Edward Dmytryk, 1958), pues comete el mismo error, ya que hay dos películas en una. Por una parte está la protagonizada por Marlon Brando, y por otra bien diferente la de Montgomery Clift y Dean Martin, solo que aquí, a diferencia con el film de Cimino, lamentablemente ninguna parte es espléndida, sino que ambas son tediosas, pretenciosas, edulcoradas e insustanciales se mire como se mire, y por si fuera poco, encima una película larguísima que se acerca a las tres horas, y todo para no contar nada de interés. Se podría pensar que le sobra media hora de metraje, pero no, le sobra por lo menos hora y media a tan sobrevalorada película.
¿Por qué ese interés en contar dos historias que no tienen nada que ver en común, salvo ese forzado y manipulador final que junta a los tres personajes? ¿para qué la parte de Montgomery Clift, que es un refrito descarado de De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann, 1953) solo que en ésta Clift está mucho menos convincente y demacrado? ¿por qué añadir historias paralelas si está claro que lo único que importa en la historia de Marlon Brando, que hubiera dado para un film de 90 minutos muy interesante y que probablemente se hubiese convertido en un clásico?.
¿Quién sabe? debe ser que ciertos directores (y más un mediocre como Dmytryk) piensan que cuanto más larga y existencial sea un film mayor valor crítico tendrá, porque esa es otra, le sobre existencialismo a esta película por todos lados, menos mal que la muy correcta y sobria actuación de Brando consigue minimizar vagamente.
Si Dmytryk hubiese sido inteligente, hubiera prescindido totalmente de la inútil e insustancial parte de Clift, pero para más inri y desidia, no exprime adecuadamente a Dean Martin (un excelente actor, en mi opinión no lo suficientemente valorado en la historia del cine) que con más humor e ironía hubiera podido aportar mucho encanto y gracia a la película, haciéndola más amena y entretenida.
Y es que no deja de sorprenderme como ciertos directores no saben acortar sus películas adecuadamente (ahora mismo me viene a la cabeza 2 David Lean: La hija de Ryan (1970) y Pasaje a la India (1984), las cuales si durasen ambas 20 minutos menos hubiesen sido dos Obras Maestras más de su genial autor). Pero está claro que para muchos directores pretenciosidad está unido al termino duración.
Julia (1977) por El Despotricador Cinéfilo
En mi habitual andadura cinéfila, de vez en cuando me encuentro con alguna peliculita discreta, como Bajo sospecha, de Richard Thorpe, un típico producto de los años 40 protagonizado por unos convincentes Joan Crawford y Fred MacMurray. Ciertamente no se puede negar que el film es flojo, propagandístico, insulso y una tontería muy hija de su época. Eso sí, no he podido, mientras la veía, evitar pensar en lo muy sobrevalorada que está otra película de temática muy similar: Julia, de Fred Zinnemann.
Porque por lo menos Bajo sospecha tiene la decencia de no tomarse en serio a sí misma en ningún momento, siendo su principal virtud una absoluta ausencia de pretensiones, al ofrecer solo un banal divertimento cinematográfico de espías americanos en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, es decir, una historia al más puro estilo pulp fiction para entretener a la audiencia y aprovechar, ya de paso, para hacer la necesaria propaganda anti-nazi (el film es de 1943).
En cambio, Julia es todo lo contrario, pues desprende una solemnidad, una seriedad, una trascendencia y un aroma de film intelectual (también muy hijo de su época) que quieren transmitir una férrea ideología política, cuando Julia no es más que una peliculita de una espía (ni eso, de una aburrida escritora aspirante a espía) con todos los clichés de este tipo de cine. Los principales defectos de la obra de Zinnemann son el absurdo inverosímil de la trama y la forma en que pretende captar el interés tanto con la historia principal (o varias: la relación con su amiga y el asunto de pasar dinero de contrabando en la Alemania nazi...) como con las secundarias que pueda haber (sobre su carrera de escritora, la relación con su marido también escritor, etcétera).
Todo se queda en un fútil intento, pues todas esas historias están desdibujadas o, más bien, solo esbozadas. No existe un desarrollo y una profundización, así que el espectador no entiende bien qué pasa, con lo cual la trama, el argumento, da la impresión de ser un absurdo, porque no se comprende a los personajes ni su forma de actuar ni su papel en el desarrollo de los acontecimientos. Parece una historia inverosímil, sin sentido (¿por qué necesitan a Lillian para pasar el dinero si ella no es capaz de hacer nada sola?, continuamente necesita gente alrededor que le vaya indicando cada pequeño paso, y encima está tan azorada y confundida que se delata; además, por si fuera poco, es judía, lo cual hace la misión más peligrosa. ¿Es que todos esos que la acompañan, antes de subir al tren, durante el viaje y al llegar, no podían haberlo hecho más fácil solos y sin tener que ir al cuidado del personaje de Jane Fonda, que ni se entera de nada ni sería capaz de hacer absolutamente nada bien de no ser porque hay varias personas continuamente encima de ella?).
Se podría pensar que toda la trama de espionaje es solo una excusa argumental, algo secundario, al igual que su relación pseudolésbica con Julia (Vanessa Redgrave), pues el objetivo principal de la película es ver cómo supera la protagonista el bloqueo creativo que sufre. Pero también en esto fracasa el guión, siendo el final un disparate ilógico no concluyente. Más valdría no ir de sobrados con tantas pretensiones intelectuales y haber hecho simplemente un film discreto, bonito y sencillo.
Krakatoa, al Este de Java (1969) por Father Caprio
Lo de Krakatoa al Este de Java tiene fácil arreglo. Se coge el mapa, se la da la vuelta convenientemente y ya la tenemos al Oeste como debe ser. Corregir lo demás resulta algo más peliagudo y difícil.
Y es que la película no es mala ni es peor (como algunos pensarán). Es un quiero y no puedo. O un no sé, que todavía es más culpable. Kowalski se agarra a un cine catastrofista naciente y a unos buenos efectos visuales que serán nominados a los Oscar, para envolver como si de papel de regalo se tratase un film donde las coherencias internas brillan por su ausencia. Las catástrofes naturales no están necesariamente reñidas con las aventuras inconfesables. Los caza tesoros de los Mares del Sur pueden sufrir erupciones, mareas, tifones, tsunamis y hasta tormentas de arena si el guionista se lo sabe montar, dejando a los espectadores con la baba caída, pero juntar a un grupito trapisonda de tal calibre es demasiado hasta para los espectadores más crédulos y con las tragaderas más holgadas.
Y así nos encontramos un buzo profesional con el certificado de caducidad sobrepasado ampliamente y mal sobreviviendo a base de láudano. A su amiguita, “fiestas, canciones y distracciones varias” ofreciendo numeritos musicales con striptease incluido. A un preso ajeno al cotarro en una especie de libertad bajo palabra, campando a sus anchas por cubierta y evidentemente enterándose del negocio que se llevan entre manos los componentes del susodicho circo Trapisonda. A una pareja, padre e hijo, exploradores en globo aerostático que para una vez que lo utilizan se escacharra y a punto están de acabar en el interior del volcán. ¡Ah! Y el hijo (Sal Mineo) se llama Leoncavallo. ¿Será un animal mitológico?. A todo ello, la presunta viudita de buen ver conocedora de la existencia de una fortuna en perlas en el barco hundido ha sufrido un proceso de insania mental y presenta dudas razonables sobre si lo sabe o lo imagina. Además junto con perlas y marido ha perdido un hijo lo cual es grave, melodramático, favorecedor de la lágrima fácil y un directo al corazón del espectador si se le coge algo distraído.
Maximilian Schell, buen actor y competente no consigue, a pesar de su talento artístico dar coherencia a esto. Al contrario, verlo con una manguera de agua a presión echar por la borda a treinta facinerosos dispuestos a todo resulta lo mismo de creíble que las historietas de El Capitán Trueno, El Jabato y el sargento Gorila, todos juntos.
Antes afirmaba que no es mala ni peor. Lo digo, con cierta generosidad, por tres aspectos: Un inicio prometedor. Unos efectos especiales logrados y una fotografía donde se confunden los rojos lava con los azules océano y eso resulta bello y atractivo en formato pantalla grande. Y por último por un desarrollo final donde la tragedia viene a poner las cosas en su sitio y al sentido común donde siempre debió estar, ello junto a unos espectaculares FX del tsunami sobre las islas y el buque.
Regulín, regulan…
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
