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Wall Street: el dinero nunca duerme (2010) de Oliver Stone (El Despotricador Cinéfilo)

Sería Febrero o Marzo de 1991 cuando, en plena adolescencia, me fui entusiasmado al cine a ver el estreno de El Padrino III, pues, desde que vi los dos primeros Padrinos, me enamoré, al igual que muchos otros millones de personas, de esas dos inmensas Obras Maestras de Coppola, hasta el punto de pontificar ya entonces acerca de la calidad de El padrino II: la mejor película de la historia del cine (opinión que sigo manteniendo 20 años después tras haber visionado miles de films).

Por ello, mi decepción con El padrino III fue mayúscula porque, a pesar de tratarse de una película más que notable, poco o nada tiene que ver con sus míticas y clásicas antecesoras (y desde el minuto uno de la película, además), ya que es imposible, absolutamente imposible, que Michael Corleone, tal y como acaba el personaje en la segunda entrega (corrompido, amoral, hundido psicológicamente, agrio, amargado y derrotista), en la tercera parte, aunque hayan pasado muchos años, despliegue ese sentido del humor, esa simpatía, ese encanto, esa alegría y esa debilidad por redimirse impensable en el Michael Corleone que todos conocíamos.

Pues bien, exactamente lo mismo, aunque, lógicamente, a una escala menor (el Wall Street original de Oliver Stone no se puede comparar con los Padrinos ) me ha ocurrido con este Wall Street: el dinero nunca duerme. Y eso que debo reconocer que cuando vi en mi niñez la primera parte no me gustó mucho e incluso me disgustó el Oscar concedido a Michael Douglas. Pero poco a poco, con el paso de los años, volví a verla y mi apreciación por la película subió muchos enteros (por utilizar un irónico símil económico) y el Gordon Gekko de Michael Douglas ha pasado a formar parte de esos clásicos e indelebles personajes cinéfilos que acaban marcando.

Por eso, ahora, en esta tardía secuela 23 años después, no puede considerarse más que decepcionante, porque todo el atractivo del jugoso personaje de Gordon Gekko ha desaparecido por completo. Es decir, no hay ni rastro de la malicia, mordacidad, fuerza, maldad, energía, ironía, sarcasmo, inteligencia y amoralidad del personaje original; se han esfumado por completo. Lo han ablandado, desmitificado y debilitado a unos extremos vergonzosos. Puedo llegar a entender que el paso por la cárcel pueda cambiar a las personas y hacer que lleguen a redimirse, pero ¿a esos extremos? ¿Es posible dar un giro total de 180 grados, y más en una personalidad tan marcada como la de Gekko? Eso, al igual que pasó con Michael Corleone, es un delito cinematográfico.

Quizás si hubiesen hecho una película totalmente distinta, solo con los personajes Labeouf, Mulligan, Langella y Brolin hubiese resultado un film aceptable. Pero aprovecharse de la fama de la película original y profanar y empañar así el buen recuerdo de un personaje como Gordon Gekko es algo inadmisible.

El misterio de las doce sillas (1970) por El Despotricador Cinéfilo


Cada vez que veo una película de Mel Brooks me asalta siempre la misma duda ¿tan difícil era pulir el guión de dicha película?, y por supuesto El misterio de las doce sillas no es una excepción a esa premisa de toda su cine, pues una vez más nos encontramos con la lacra de su cine, es decir, partiendo de una brillante idea argumental que podría haber dado un film ingenioso, divertido y con momentos de brillantez nos encontramos con la típica comedieta a lo Mel Brooks en busca de la comicidad más chabacana, vulgar y facilona.

Y es que esta película combina como pocas eso de mezclar el humor inteligente (pues Brooks tiene talento, de eso no hay duda, pero caray, lo que le cuesta sacarlo) con momentos de una vulgaridad vergonzosa (por ejemplo prácticamente todo lo concerniente al personaje de Dom Deluise) o esas carreras paródicas al más puro estilo del show de Benny Hill.

Y es que uno se plantea que poco hubiese necesitado esta película para ser un film más que aceptable y hasta original como pocos, solo con pulir un poco más el guión, eliminar partes grotescas, añadir más humor irónico (y por tanto inteligente) y sobre todo no intentar forzosamente buscar la hilaridad más directa y facilona, pero claro, está claro que el lado oscuro del señor Brooks le tienta exprimir hasta la extenuación el humor más barriobajero y la sal gorda en vez de dedicar solo un poco de su talento en pulir, afinar, depurar, retocar y perfilar la línea argumental inicial, pero claro, con eso solo hubiera contentado a los críticos y a los cinéfilos, y no a la recaudación brutal que esperaba (y que paradójicamente con este film no consiguió).

De todos modos no hay que desesperarse mucho, pues entre tanto desaguisado reconozco que la película se puede ver, sobre todo gracias a la magnífica interpretación de Ron Moody e incluso del hasta mediocre Frank Langella, bien acompañado todo por la buena banda sonora de John Morris (que pena que la asociación casi exclusiva de Morris con el mediocre Brooks haya enviado al olvido más absoluto a este excelente compositor).

Y por cierto ¿Cuánto le debe Woody Allen y La última noche de Boris Grushenco a este film?, y es que a veces es increíble como films muy flojos pueden llegar a inspirar a otros mejores. 


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