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Marilyn (2013) por El Despotricador Cinéfilo

De niño nunca comprendí ni pude asimilar la enorme fascinación, popularidad, fervor, glamour y delirio que provocaba Marylin Monroe entre los millones de fans que tuvo en su época (y que sigue teniendo incluso hoy en día), así como ese portentoso magnetismo que la convirtieron en su momento en la estrella más famosa del mundo entero.

Excusa decir que mi opinión ha ido cambiando según fui adentrándome en la adolescencia y la madurez. De repente, sin tan siquiera darme cuenta, empecé a reparar y apreciar los motivos que la convirtieron en ese mito inmortal, en ese perpetuo icono del siglo XX y en ese inexplicable fenómeno sociológico (fenómeno que transciende totalmente a lo meramente cinematográfico para adentrarse directamente en la cultura popular, como también ha pasado con otro de los más grandes genios que dará jamás el cine: Charles Chaplin).

Marilyn, como cualquier mito y leyenda imperecedera, tiene más vigencia ahora que nunca y la mejor forma de demostrarlo es que yo nunca me he cuestionado si es una buena o mala actriz; de si tenía realmente talento o no; de si era convincente en sus papeles o se limitaba solo a interpretarse a sí misma . Nunca me lo he preguntado ni falta que hacía, pues la señorita Monroe tenía algo mucho más importante que todo el talento del mundo y era que producía magia cuando atinaba en la actuación, y que esa magia se convertía en un autentico celuloide, en cine en estado puro. Algo que está al alcance de muy pocas estrellas o incluso diría de casi ninguna. Pues, eso no es producto del buen quehacer del director, del ingenio del guionista o de la química con otros actores; era simplemente mérito suyo que en la escena más intrascendente la llenase de luz, de magia, de encanto, de erotismo y de chispa, de esa chispa que hacía detonar y conmover las emociones de sus millones de fans a lo largo del planeta.

Por ello sus mejores películas son aquellas que los directores (con Billy Wilder a la cabeza, por supuesto) fueron lo suficientemente inteligentes para saber captar con la cámara ese encanto natural que desprendía y esa inocencia/sensualidad/morbo que envolvía cada momento suyo en la pantalla. Esos momentos son cine puro. Mitomanía pura. Cuando las estrellas eran verdaderamente estrellas.

Niebla en el alma (1952) de Roy Ward Baker (El Despotricador Cinéfilo)

Supongo que a todos nos pasa que, cada vez que pensamos en las grandes Obras Maestras del cine, tenemos una tendencia instintiva a mirar hacia el cine clásico y las películas que se hicieron hace ya muchas décadas, cuando la realidad es que en los poquísimos años que llevamos del siglo XXI se han hecho algunas Obras Maestras dignas de aparecer ya en la memoria de todo el colectivo cinéfilo.

Ahora bien, sí creo que hay una diferencia entre una película mala del cine clásico y una mala del cine contemporáneo: actualmente, si una película es soporífera y rematadamente mala, no la salva nada, mientras que en el cine clásico, si una película lo era (como es el caso de Niebla en el alma) sí que la salvan el carisma de los actores que actúan en ella o, mejor dicho, el carisma y la presencia de las estrellas que actúan en ella. ¿Quiero decir que en el siglo XXI no hay estrellas carismáticas y solventes para salvar cualquier film mediocre? Pues sí, claro que las hay, pero no tienen el empuje necesario para hacer reflotar la mediocridad o cutrez de algunos de los films en los que intervienen.

Viendo Niebla en el alma no hacía más que repetirme: ¡Qué diálogos más malos, qué historia tan mal dirigida, qué mediocre la labor de Roy Ward Baker (aunque, claro, tampoco se le puede pedir mucho a un director como él), qué situaciones más forzadas, qué giros argumentales tan rocambolescos, etcétera! Y, sin embargo, al terminar de verla, comprendí que había disfrutado muchísimo. La explicación se debía única y exclusivamente a una cosa: el tremendo carisma como actores de Richard Widmark y Marilyn Monroe.

Yo, desde niño, siempre he sentido absoluta fascinación por Widmark porque me parece un actor espléndido y una de esas personalidades cinematográficas tan marcadas que, haga lo que haga, siempre lo hará bien, es decir, una estrella como deberían ser todas las estrellas. ¿Y qué decir de Marilyn? Pues que no hace falta que la dirija Wilder (aunque cuando la dirige Wilder ya son palabras mayores) para desplegar todo el magnetismo, poderío, carisma, personalidad y vitalidad tan característicos en ella, es decir, que brilla siempre como la estrella que fue y siempre será (aunque sea en un papel de apocada, malévola, temerosa y frágil niñera).

Por todo esto, cada vez que me enfrento a una película de cine clásico lo hago sin miedo a la decepción, pues, aunque sea un bodrio infumable, siempre podré confiar en que las estrellas que intervienen sepan contagiar a toda la película esa magia inefable que las hace ser precisamente estrellas.

Me siento rejuvenecer (1952) por El Despotricador Cinéfilo

Me siento rejuvenecer es un film que me ha decepcionado considerablemente (pobre Cary Grant, hoy no es su día, véase la crítica de La novia era él). Por alguna razón que no me explico es un film que atesora cierta fama y prestigio, y que me parece sobrevalorado por los cuatro costados. Sinceramente, para mí, es un film dirigido a niños menores de 10 años, tremendamente infantil e inmaduro, aunque eso sí, reconozco que todos los actores están muy bien, pero la interpretación de los actores es tan pueril, exagerada y sobreactuada que cualquier espectador adulto no se la cree, pues, que yo sepa, para hacer de niño en la piel de un adulto no hay que hacer de gilipollas o de retrasado mental, ¿o es que acaso los niños son así de verdad?


Un buen ejemplo es Tom Hanks en Big (Marshall, 1988), pero es que es insultante y denigrante pensar que comportarse desinhibidamente como un niño es como nos lo muestra la película. Esto ya de por sí es muy despotricable, pero además la dirección me parece muy televisiva y poco cinematográfica, y el sumún de la insoportabilidad (¿existe esta palabra?) es la escena de los niños disfrazados de indios atando al poste al adulto, incluso a los niños de los años 50 les debió parecer excesivamente infantil e irreal. Aunque si que le reconozco un mérito al guión de la película, y es la creación del personaje del científico despistado y atolondrado que resulta ser un genio, luego se han hecho millones de películas con este mismo tipo de personaje, pero por lo demás es una película denigrante y ofensiva (tanto para los niños como para los adultos). Más les valdría haberse fijado en la interpretación de la misma Ginger Rogers en El mayor y la menor (Wilder, 1942) donde demostraba que hacer de niña pequeña no significa ser rematadamente gilipollas y lela.

Y Dios creó a la mujer (1956) por Father Caprio


Interesado en conocer la cultura sexual francesa de los 50 busco en Google: “sexualidad”, “Francia”, “1956” y obtengo (en primeros lugares) Brigitte Bardot Y Dios creó a la mujer. Es un resultado tan esclarecedor que sobra cualquier discurso sobre licencias y liberalidades en el período “precreativo”. Las masas, dormidas en la sociedad francesa y aceporradas allende los Pirineos (o séase aquí), empiezan a despertar en el 1955 con el rock and roll y en el 1956 con B.B. De aquí al 68 van 12 años pero tan sólo un paso.

Roger Vadim se estrena cinematográficamente con esta película donde - “no hay nada más lindo que la familia unida”- promociona a su señora esposa, una francesita con todo en su sitio y muy bien puesto, llamada a convertirse en uno de los mitos eróticos del siglo XX, probablemente el mayor junto a Marilyn Monroe. Sin embargo los contoneos de Marilyn arrastraban cierta entidad interpretativa, cierta madera de actriz, mientras que las provocaciones de Brigitte sirvieron para poco más que para incendiar las represiones ancestrales arrastradas per sécula seculorum amén.

Seguro que no les descubro el argumento: Jovencita de buen ver y mejor tocar, provocativa al máximo se contonea con los pies descalzos entre un misógino, un ingenuo y un millonario. Un, dos, tres, al escondite francés y los cuernos al poder. Descalza por la librería, con la cara del amante en los talones y mambo “sur la table”. Momentos que abren la caja de las represiones y que permiten que empiece a entrar en la sociedad francesa es aire renovador y precursor del futuro mayo del 1968. Todo ello en las formas y en el cuerpo del mito B.B., que no en el fondo de un film cuyo argumento se reduce a la mínima expresión y a una gran cornamenta incapaz de atravesar puerta alguna.

Dios creó a la mujer y Vadim la recreó, en la suya propia, para deleite de propios y extraños y para indignación de los antireplicantes guardianes de la moralidad. En la Bardot había, incluso sobraba, materia prima. Roger Vadim lo sabía, ambos lo sabían. De ahí al mito, solo restaba un paso y se dio: Esta película.

Los caballeros las prefieren rubias (1953) por Grandine


Los caballeros las prefieren rubias
es un film irregular con momentos desaprovechadísimos (como toda la historieta que rodea la recuperación del carrete), otros insustancialmente alargados, carencia de comicidad donde debería haberla debido a la estructura que se le ofrece al relato, y un largo etcétera de motivos que justificarían porqué esta comedia está sumamente desaprovechada, y que no empezaré a deshilvanar aquí porque también hay otras virtudes o defectos que merecen ser mencionados.

En primer lugar, y aunque a mi Monroe nunca me haya parecido una gran actriz (ni aquí pasa a serlo, más que nada porque le da el cauce, digamos, adecuado a su personaje: una pija caprichosa y tontita), lo que sí hay que destacar es que la tía se mueve como nadie, ¡menuda sinuosidad, menudo encanto! Y aunque quizá su compañera de reparto no destaque del mismo modo en esa faceta, pues por lo menos trabaja suficientemente bien el papel que le toca.

Tampoco está nada mal que, como mínimo, alguna vez determinados protagonistas se alejen del arquetipo habitual, y eso se logra aquí mediante el personaje encarnado por Jane Russell, que deja desde un buen principio muy claras sus preferencias y, lejos de seguirle la corriente a la Monroe, demuestra que tiene suficiente carácter como para poder obviar lo que otras no obviarían (es decir, el materialismo), y ya es de loar.

En cuanto a las partes musicales, aunque inicialmente resultan algo apegotonadas y unidas sin demasiada fuerza, a medida que avanza la historia se van compensando y logran ser más mágicas a la par que mejor trabajadas, a mi criterio, amen de estar mucho mejor unidas al contexto en que se dan, claro.

Una de esas para pasar un ratito mínimamente divertido y de lo más entretenido.