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Cinderella man (2005) de Ron Howard (por El Despotricador Cinéfilo)
¿Es eso bueno o malo? No, ni una cosa ni la otra. Simplemente son películas para degustar, digerir y olvidar pues su factura técnica es impecable y, por tanto, son muy disfrutales y entretenidas de ver en su momento. Pero solo en su momento. Porque si se piensa posteriormente en ellas, y Cincerella man es un caso más que evidente, nos damos cuenta de lo sumamente tramposa, pueril, tendenciosa, banal y lineal que es.
En esta película en concreto estamos al acabar de verla tan fascinados, ensimismados y asombrados que nos hemos dejado gustosamente engañar por nuestros sentidos y emociones, incluso hasta derramar alguna que otra lágrima. Pero, una vez pasado el efecto inicial, nos damos cuenta que la película en sí no aporta absolutamente nada al turbio y sórdido mundo del boxeo. Todo lo que cuenta lo hemos visto ya docenas de veces antes en otros films. Incluso hasta nos sabemos lo que va a ocurrir en cada escena e incluso, puestos a rizar el rizo, cómo va a ser rodado y planificado cada una de dichas escenas. Es lo que tiene las películas simplonas y triviales, que el factor sorpresa o la originalidad es nula.
Cinderella man es solo un producto prefabricado y muy planificado que, muy artesanalmente, Ron Howard ha ido diseñando siguiendo paso a paso el manual del director, por lo que nos encontramos en ella todos los tópicos, trampas y engaños necesarios para hacernos vibrar, sufrir, emocionar y cautivar por lo que nos cuenta. No digo que eso sea malo, es parte del interés de las películas y lo que nos motiva ir a verlas, pero a veces se notan demasiado las costuras y el engaño se hace más evidente (en este caso concreto se exceden en el tono bondadoso, bienintencionado, abnegado, íntegro, angelical, inmaculado y heroico del protagonista durante la gran depresión).
Puede que mucha gente llegue a opinar que es una película prescindible e innecesaria porque no aporta nada nuevo y es más de lo mismo. Yo no, pues aunque sea eso cierto, que lo es, entretiene y, solo por eso, a mí ya merece un respeto y un interés.
Man on the moon (1999) por Francisco Rodríguez Criado
CUANDO LOS CÓMICOS ESTÁN EN LA LUNA
En Man on the moon, Milos Forman rescató una vez más a un personaje tan complejo como conflictivo. (Atrás quedan Larry Flint o Mozart, de los que también se ocupó en su momento). El núcleo narrativo de Man on the moon gira única y exclusivamente alrededor de Andy Kaufman (Jim Carrey), el cómico de televisión que, tras un gran éxito profesional, murió de cáncer a los 35 años de edad.
La película funciona bien hasta el ecuador de su metraje; después cae en la reiteración. Su gran error es mostrarnos a un personaje exasperante sin detenerse a profundizar en su lado humano, al margen de su vida laboral (me niego a creer que un tipo pueda mantener un comportamiento histriónico e errático durante las veinticuatro horas del día). Me estoy acordando ahora de una película sobre otro cómico: Chaplin, de Richard Attenborough, que sí supo delimitar ambas facetas.
La encuesta dirigida al público para decidir si Kaufman debería seguir o no con su programa televisivo obtuvo tan sólo un 28% por ciento a su favor; algo comprensible, a juzgar por lo visto. Kaufman fue un completo desconocido en Europa, quizá porque su humor nos resulta incomprensible. Pero tampoco eso es una excusa: Woody Allen no llega a un gran sector de aficionados europeos.
La valoración que se hace en esta cinta del público estadounidense no es muy positiva, como suele ocurrir cada que vez que se analizan cinematográficamente los entresijos de la televisión. Es curioso, todas las cadenas televisivas se esfuerzan en ofrecer programas exitosos a un público al que desprecian.
¿Es Man on the moon una crítica sutil a los gustos americanos? Tal vez.
Forman es un director que siempre escoge una temática marcada por la transgresión, algo muy de agradecer. Unas veces gustará más su trabajo, otras menos, pero no cabe duda de que es un cineasta interesante, como interesante es el trabajo de Jim Carrey en Man on the moon, quizá en el mejor papel de su carrera, acompañado en esta ocasión de Danny DeVito y Courtney Love. La música corre a cargo de REM.
La película es entretenida, relativamente dinámica, indefinible, merece la pena verla. Pero no contiene escenas, hallazgos, guiños de complicidad al espectador que la conviertan en memorable..
Entre copas (2004) por José Luis Martínez Orea
Creo que es la quinta vez que veo Entre copas, película sobre vino, concretamente de la cosecha de 2004. La uno en el recuerdo de vino y cine a la lista de Campanadas a medianoche, Comer, beber, amar, Días de vino y rosas, Días sin huella, La grande bouffe, Las uvas de la ira, La leyenda del santo bebedor, Providence, Tierra, Un buen año, Un paseo por las nubes.Y además, entre otras, Entre copas.
El título de la distribución podría haber sido, en vez de Entre copas, Entre vinos o Entre amigos o cualquier otro, ya que el Sideways del original alude al carácter de los protagonistas, su fracaso profesional y personal, su deriva amorosa, el andar tocados del ala, al garete, escorados como el Titanic después de lo del iceberg. Forzando un poco más la traducción, podría haber sido perfectamente Entre sopas.
Creo que es la quinta vez que veo la película y cada vez me he preguntado lo mismo: ¿de qué trata en realidad esta película que aparentemente sólo habla de vino? Y, ya se sabe, que, cuando uno se hace este tipo de preguntas, es porque se trata de más cosas de lo que parece, se está hablando de varias cosas a la vez.
En primer lugar de vinos. ¿Recordáis Días de vinos y de rosas en las que sólo se bebía whisky? no. Aquí sólo se bebe vino. Vine y cine parodiando el dicho de "in vino, veritas", "la verdad a veinticuatro imágenes por segundo". Si en la oscuridad de la bodega el vino madura, así el cine nace con una naturaleza subterránea, fantasmagórica, de iluminar las sombras. No hay más que ver en la copa, al trasluz, la estructura inestable, orgánica, tumultuosa del vino, para estar viendo cine. Y también los pámpanos, las botellas, la luz solar del paisaje californiano, las filas de las vides, ya que los auténticos protagonistas de esta película, casi únicos, son el vino y el cine.
Se parte de la idea de que la ebriedad es una condición fisiológica del arte. El don de la ebriedad de Claudio Rodríguez: "La más honda verdad es la alegría". Elixir que se busca, paraíso artificial, copas y copa. Podría traer a colación a Baudelaire, pero baste la copla del calendario zaragozano: "Bendito sea Noé,/que plantó el primer sarmiento;/a unos quita la sed,/a otros el entendimiento."
Y, al revés, nadie ha explotado tanto la idea de fracaso con el vino como el cine. El licor, medicina que anestesia (películas del Oeste); que sutura las heridas del alma (Maia, la hermosa camarera del restaurante); que hilvana la memoria de los memoriosos (Miles, el tacto de un racimo le evoca, sin decirlo, la carne de su mujer amada y perdida); el que ata los afanes (la pareja de amigos y sus invitadas); el que anuda la vida de los solitarios (prácticamente todos); el que hace que fluya la conversación, las confidencias, el humor, el deseo; el que inhibe desinhibe (se habla de vino por no hablar de sí mismo).Sí, en el vino verdad, alegría y terapia.
Si es cierto que todos los amantes y desengañados del amor en esta película beben, no todos aman el vino en el mismo grado. Miles, buen bebedor, experto catador, bebe más de la cuenta, ama el vino, sabe que el vino forma parte de la vida y es su vida. Jack, simple amigo de Miles y del vino, complaciente bebedor, busca en el vino otras cosas. Maia es la verdadera compañera de Miles, entendida, también ve en el vino toda la vida, intenta a través de él comprender el universo.
La amistad de los que beben, quizás el tema central de la película, ya que el argumento transcurre entre estos dos amigos, Miles y Jack. Entre el escritor que no encuentra editor a su novela mamotreto, y el viejo actor de series televisivas que nadie contrata ya. Entre el abandonado divorciado y el que hace su viaje de soltero antes de casarse. Entre el reconcentrado y pesimista Miles, con su reserva intelectual, su capacidad de análisis y su gran sorna, y el galán en retirada, Jack atolondrado, que es seguramente el que más necesita, robándole incluso tiempo a su donjuanismo, de la amistad. Dos amigos que beben, hablan, callan. De ese enfrentamiento o de esa pugna trata la película.
Y de la pugna del amor. Miles, monógamo divorciado y en perenne fracaso; Jack, mujeriego, con quien sea y como sea (rica, gorda, china), que se resiste a abandonar su soltería monógama: Dos antagonistas cómplices. Miles que no puede olvidar después de dos años a la que cree su mujer única, viaja más que nada para recordarla. Jack, cuyo donjuanismo le hace ponerse en situaciones ridículas (la cartera, el árbol). Son ridículos ambos por sus historias respectivas de amor. Pero también nace el amor en esta película. También el amor, bebiendo, de forma casi misteriosa, llega a esta película. "Porque mejor que el vino son tus amores", decía Salomón. A mí lo que más me gusta de esta película precisamente es la metáfora de hablar de vino cuando hablan de amor; y al revés. En el momento más íntimo Maia pregunta a Miles:¿Y a ti por qué te gusta tanto el Pinot Noir?". La contestación y el diálogo siguientes es una de las mejores definiciones de amor además de una perfecta declaración. Y también un momento sublime cinematográfico, al que asistimos bebidos o embebidos en la pantalla.
Y el viaje. Tiene mucho Entre copas de épica antigua, de héroes o antihéroes que se echaban al mundo a ver. O a beber. También de ridícula pareja cervantina por californianas tierras que no manchegas. Y de las infinitas películas del Oeste, buenas y malas en las que dos cabalgan juntos. Tiene mucho de road movie, película de amor y viaje, de amistad y de paisaje. Se viaja por lugares, viñedos, tierras bodegas, carreteras, moteles, de cata en cata, por las dos o tres cosas por las que se viaja siempre: para cumplir un destino, para la búsqueda o la huida, y también entre tanto, para los brindis infinitos.
Y finalmente no voy hablar de los maravillosos actores (todos),ni de los paisajes, ni de la dudosa elección de las bodegas de origen francés, ni del humor ni de la música, porque al comienzo dije que hablaría sobre "¿de qué trata esta película que aparentemente sólo trata de vino?, pero sí hablaré de cine. Alexander Payne ha logrado en esta película una de las exigencias más profundas de toda poética, decir más con lo que se dice, sin que nada admita ser dicho de ninguna otra manera. La verdad cinematográfica. "La verdad a veinticuatro imágenes por segundo" (Godart). In vino veritas. Con el vino no sólo se ve doble sino el doble. Acaso la metáfora visual de esta película. Creo que es la quinta vez que he visto el doble.
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