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Remordimientos (1932) de Ernst Lubitsch (por El Despotricador Cinéfilo)


Creo recordar que fue Pumares en uno de sus míticos programas de radio (allá por finales de los años 80 cuando de niño le escuchaba asidua, respetuosa y apasionadamente) el que dijo que la divertidísima Tootsie a mucha gente no le cuadraba que fuese de Sydney Pollack pues Pollack era más bien siempre el drama (Tal como éramos, Danzad, danzad malditos, Memorias de Africa, etc). No es una caso único, claro está, pues por ejemplo tampoco nadie identifica a Coppola como director de musicales y tiene en su haber esas dos rarezas de Corazonada y El valle del arcoíris.

Todo esto ha reflotado en mi memoria cinéfila al visionar este Remordimientos del gran Lubitsch. Un solemne drama intenso antibelicista y antimilitarismo muy perturbador, hiriente, sumamente trágico, emocionante, reflexivo y demoledor. Y encontrarnos con una obra suya así es, cómo mínimo, desconcertante pues para la amplía mayoría de los cinéfilos Lubitsch es sinónimo de comedia, de la más pura y genuina comedia clásica norteamericana. Pero sí que hizo dramas (sobre todo en su época muda), y algunos de ellos, como este Remordimientos, dirigidos con un firme e impecable pulso narrativo que nada tiene que envidiar a otros renombrados directores de la época especializados en el género dramático.

Y, aunque esta obra de Lubitsch es un film interesante y recomendable no me parece una gran película pues es excesivamente deudora del mítico Sin novedad en el frente que Lewis Milestone realizó dos años antes. Todas las escenas brillantes y destacable de la película ya están filmadas antes en la inmortal Obra Maestra de Milestone, el mensaje es el mismo, la historia es prácticamente la misma (se podría decir que la película de Lubitsch es la continuación de la otra) e incluso hay escenas y diálogos calcados la una dela otra (como por ejemplo esas reuniones de los ancianos en los bares discutiendo sobre las actitudes que deben tener los soldados, la necesidad del soldado de disculparse con la familia del soldado enemigo al que acaba de abatir, etcétera).

De todos modos son dos películas complementarías entre sí, muy influida la una por la otra, que representan un discurso antimilitar y antibelicista de la misma contundencia que el Senderos de gloria de Kubrick. Y, además, para los amantes de esos extraordinarios actores de reparto que inundaron el cine clásico es una nueva oportunidad para deleitarnos del inmenso talento interpretativo del siempre genial Lionel Barrymore.

La novia era él (1949) por El Despotricador Cinéfilo


A la hora de elegir una mala película de Hawks para despotricar, me tengo que decantar sin duda por La novia era él, una comedia atroz sin hilo argumental prácticamente y que se basa únicamente en la sucesión de gags uno detrás de otros, y por desgracia, la mayoría de ellos sin la menor gracia. Y esto es debido a que es tan flojo el guión que nunca te llegas a meter de lleno en la película, y aunque Cary Grant y Ann Sheridan se esfuerzan no acaban de remotar pues son solo payasadas una detrás de otra, aunque eso sí, reconozco en el film un gags brillante y absolutamente genial: el lío que se hacen con los anillos en la tercera boda consecutiva entre los dos, quitándoselo a ella para dárselo al cura, para que éste se lo de a él para ponérselo nuevamente a ella, un auténtico puntazo de antología de la comedia, pero el resto es pura bazofia.

Pero donde más pierde el film es sobre todo con el momento en que Cary Grant debe disfrazarse de mujer, no es que se acerque ni por asomo a la hilaridad de Jack Lemmon y Tony Curtis en Con faldas y a lo loco (Wilder, 1959) ó de Dustin Hoffman en Tootsie (Pollack, 1982), pero es que no te puedes meter ni de coña en la película, pues es imposible que nadie se crea que es una mujer sobre todo con esa peluca e incluso con esa incipiente barba tan varonil, y ya se sabe, en el momento que se pierde la suspensión de credibilidad de una película ya está sentenciada, es un insulto al espectador, y como diría Michael Corleone: no soporto que insultes a mi inteligencia. Y si es tan descarado y está tan mal hecho que ni los actores ni el director se creen ese hombre disfrazado de mujer, entonces ¿por qué me lo voy a creer yo?