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El artista y la modelo (2012) de Fernando Trueba (por Aurea García Fernández)
Fernando Trueba estrena de nuevo y de nuevo sorprende con algo distinto a
todo lo anterior. En esta ocasión elige el blanco y negro que es lo que
ahora mola y por mí encantada porque el blanco y negro siempre es
resultón. El director nos presenta según sus propias palabras una "mansa
y poética" reflexión sobre la creación artística, la juventud y la
vejez, la vida y la muerte en definitiva. Y sí, "mansa", muy "mansa" es
la película: todo en ella transcurre despaciosamente, sin estridencias,
bella, muy bellamente.
La historia es muy sencilla y también muy sabida y previsible: un escultor octogenario (al parecer inspirado un poco en Arístides Maillol, otro poquito en Picasso, algo en Matisse o bueno, no sé, quizás Cèzanne, en fin un poquito de todo) pasa sus tediosos días junto a su mujer en la Provenza francesa muy cerca de la frontera española durante los aciagos días de la ocupación alemana. Lo de estar cerquita de la frontera española viene bien para tocar ¿cómo no? el temita de la Guerra Civil eso sí tangencialmente, aquí lo que interesa es el arte y sus dilemas y también viene bien porque por ahí, quiero decir por el Pirineo Catalán, va a llegar digamos la "salvación" del artista en forma de rústica "partisana" de Reus, bella, natural mente inteligente y muy resuelta y valiente, claro que sí.
La chica a instancias de la esposa del artista que la ha descubierto en el mercado del pueblo hecha una pena trabajará para él como modelo en un último intento por conseguir "la obra" ya que el director Trueba quiere reflexionar sobre el arte o bueno, no sé, tal vez también sobre la posibilidad de que a un octogenario se le empine (con perdón) ante la reiterada presencia de ese joven y bello desnudo frente al que trabaja cada día con ahínco. Ya sabemos que para Trueba la mujer es, como he leído por ahí, "vasija sagrada para los sueños masculinos": no se puede expresar mejor.
Así es en efecto y lo explicita diciéndonos que hay dos argumentos irrefutables que demuestran la existencia de Dios (pensábamos que él sólo creía en Billy Wilder) uno es la belleza del cuerpo femenino y ¿el otro?...pues !hala!...el Aceite de Oliva muy a la Manuel Vicent cuando borracho de sol, salitre, vino y olor a sardinas navega por el Mediterráneo. Ay señor, ¡qué hombres estos!.
Ya desde la primera secuencia se nos cuenta todo lo que se nos va a contar cuando la cámara sigue al protagonista en un silente paseo (no hay música en la peli salvo al final algo de Malher) recogiendo "objets trouvés" (no sé por qué digo esto no hay vanguardias aquí ¿eh? no vaya a confundir) como un pequeño cráneo de pajarillo, un nido caído de algún rumoroso árbol, una rama seca y así. El artista los recoge, los mira y los desecha. De eso va la película de "búsquedas" y de "miradas". Muy bonita también la escena pedagógica en la que el anciano artista enseña a la bella y rustica muchacha a "mirar" un pequeño dibujo del maestro Rembrandt que por supuesto ella aprende rápido, que para eso es bella a la par que inteligente !ah! y "comprometida" que no se nos olvide. Sí, cierto, como ha dicho la crítica en San Sebastián esta es su obra "más íntima y personal", lástima que tan bellas formas contengan tan endebles fondos que a veces y pido perdón por ser tan cruda llegan a ser, lo siento, de verdad, un poquito "chorras".
Un acierto total es desde luego el casting. Todos sin excepción están magníficos: el viejo actor francés Jean Rochefort impecable y sutil como siempre, la Cardinale extraordinaria en su bella madurez y a la joven Aída Folch no se le puede pedir más: no es nada fácil andar desnuda casi todo el rato y hacerlo con tanta naturalidad y recato sin ningún tipo de exhibicionismo absolutamente convincente. Sólo una queja al respecto ¿por qué un papelín tan excesivamente corto para la inmensa Chus Lampreave?
¿Te ha gustado esta crítica? ¿Quieres leer más críticas de Aurea García Fernández? Pulsa aquí
La historia es muy sencilla y también muy sabida y previsible: un escultor octogenario (al parecer inspirado un poco en Arístides Maillol, otro poquito en Picasso, algo en Matisse o bueno, no sé, quizás Cèzanne, en fin un poquito de todo) pasa sus tediosos días junto a su mujer en la Provenza francesa muy cerca de la frontera española durante los aciagos días de la ocupación alemana. Lo de estar cerquita de la frontera española viene bien para tocar ¿cómo no? el temita de la Guerra Civil eso sí tangencialmente, aquí lo que interesa es el arte y sus dilemas y también viene bien porque por ahí, quiero decir por el Pirineo Catalán, va a llegar digamos la "salvación" del artista en forma de rústica "partisana" de Reus, bella, natural mente inteligente y muy resuelta y valiente, claro que sí.
La chica a instancias de la esposa del artista que la ha descubierto en el mercado del pueblo hecha una pena trabajará para él como modelo en un último intento por conseguir "la obra" ya que el director Trueba quiere reflexionar sobre el arte o bueno, no sé, tal vez también sobre la posibilidad de que a un octogenario se le empine (con perdón) ante la reiterada presencia de ese joven y bello desnudo frente al que trabaja cada día con ahínco. Ya sabemos que para Trueba la mujer es, como he leído por ahí, "vasija sagrada para los sueños masculinos": no se puede expresar mejor.
Así es en efecto y lo explicita diciéndonos que hay dos argumentos irrefutables que demuestran la existencia de Dios (pensábamos que él sólo creía en Billy Wilder) uno es la belleza del cuerpo femenino y ¿el otro?...pues !hala!...el Aceite de Oliva muy a la Manuel Vicent cuando borracho de sol, salitre, vino y olor a sardinas navega por el Mediterráneo. Ay señor, ¡qué hombres estos!.
Ya desde la primera secuencia se nos cuenta todo lo que se nos va a contar cuando la cámara sigue al protagonista en un silente paseo (no hay música en la peli salvo al final algo de Malher) recogiendo "objets trouvés" (no sé por qué digo esto no hay vanguardias aquí ¿eh? no vaya a confundir) como un pequeño cráneo de pajarillo, un nido caído de algún rumoroso árbol, una rama seca y así. El artista los recoge, los mira y los desecha. De eso va la película de "búsquedas" y de "miradas". Muy bonita también la escena pedagógica en la que el anciano artista enseña a la bella y rustica muchacha a "mirar" un pequeño dibujo del maestro Rembrandt que por supuesto ella aprende rápido, que para eso es bella a la par que inteligente !ah! y "comprometida" que no se nos olvide. Sí, cierto, como ha dicho la crítica en San Sebastián esta es su obra "más íntima y personal", lástima que tan bellas formas contengan tan endebles fondos que a veces y pido perdón por ser tan cruda llegan a ser, lo siento, de verdad, un poquito "chorras".
Un acierto total es desde luego el casting. Todos sin excepción están magníficos: el viejo actor francés Jean Rochefort impecable y sutil como siempre, la Cardinale extraordinaria en su bella madurez y a la joven Aída Folch no se le puede pedir más: no es nada fácil andar desnuda casi todo el rato y hacerlo con tanta naturalidad y recato sin ningún tipo de exhibicionismo absolutamente convincente. Sólo una queja al respecto ¿por qué un papelín tan excesivamente corto para la inmensa Chus Lampreave?
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Ocho y medio (1963) por Betomovies
La crisis creativa desde un enfoque surrealista.
A mi criterio 8 ½ es una obra sobrevalorada porque me resulta inconsistente e inconexa en su textura dramática, no llego a lograr la empatía necesaria con esa crisis creativa que sufre el director Guido Anselmi (interpretado correctamente por Marcello Mastroianni).
Si bien la película describe en forma surrealista el intrincado proceso de la realización cinematográfica y sobre la angustia por la escasez de creatividad artística, la cinta no me llega de la forma que debería. El principal problema que tengo con esta cinta de Fellini es que me resulta incoherente, no va creciendo en intensidad y no tiene el suficiente dramatismo como para emocionar o terminar reflexionando sobre tópicos profundos como puede llegar a ser la crisis de un artista. El problema es que el director italiano hace sus planteos en forma filosófica y demasiado lírica, de una manera muy particular donde hay que comprender su propia interioridad para llegar a quedar atrapado en la propuesta. Sin dudas que hay una mirada hacia su propio interior en este filme, Guido Anselmi es el alter ego del propio Fellini, quien se auto-retrata en una suerte de narcisismo en donde resulta muy difícil sintonizar emocionalmente con las vivencias expuestas sin entrar en el alma de su autor.
Lamentablemente no logro sintonizar con el discurso sobre el vacío artístico de un autor y aunque pareciera cínico de mi parte, si me dijeran qué aspectos de esta película resaltaría, pues me quedo primero con su bellísima partitura compuesta por el gran Nino Rota y esa melodía circense que permanecerá latente en nuestros corazones por siempre, en segundo lugar con la belleza exuberante del elenco femenino que acompaña a Mastroianni y por último destacaría la fotografía en blanco y negro que brinda por momentos ratos de extremo onirismo y pérdida del sentido de la realidad.
En fin, no pongo en duda que digan que esta película es de visionado obligatorio para cualquier cinéfilo, sobre todo por su originalidad y por excentricidad en las formas de exponer un mensaje. Ahora bien, no necesariamente tiene que gustar, soy de los que la respetan pero no de los que la gozan con profusa intensidad.
A mi criterio 8 ½ es una obra sobrevalorada porque me resulta inconsistente e inconexa en su textura dramática, no llego a lograr la empatía necesaria con esa crisis creativa que sufre el director Guido Anselmi (interpretado correctamente por Marcello Mastroianni).
Si bien la película describe en forma surrealista el intrincado proceso de la realización cinematográfica y sobre la angustia por la escasez de creatividad artística, la cinta no me llega de la forma que debería. El principal problema que tengo con esta cinta de Fellini es que me resulta incoherente, no va creciendo en intensidad y no tiene el suficiente dramatismo como para emocionar o terminar reflexionando sobre tópicos profundos como puede llegar a ser la crisis de un artista. El problema es que el director italiano hace sus planteos en forma filosófica y demasiado lírica, de una manera muy particular donde hay que comprender su propia interioridad para llegar a quedar atrapado en la propuesta. Sin dudas que hay una mirada hacia su propio interior en este filme, Guido Anselmi es el alter ego del propio Fellini, quien se auto-retrata en una suerte de narcisismo en donde resulta muy difícil sintonizar emocionalmente con las vivencias expuestas sin entrar en el alma de su autor.
Lamentablemente no logro sintonizar con el discurso sobre el vacío artístico de un autor y aunque pareciera cínico de mi parte, si me dijeran qué aspectos de esta película resaltaría, pues me quedo primero con su bellísima partitura compuesta por el gran Nino Rota y esa melodía circense que permanecerá latente en nuestros corazones por siempre, en segundo lugar con la belleza exuberante del elenco femenino que acompaña a Mastroianni y por último destacaría la fotografía en blanco y negro que brinda por momentos ratos de extremo onirismo y pérdida del sentido de la realidad.
En fin, no pongo en duda que digan que esta película es de visionado obligatorio para cualquier cinéfilo, sobre todo por su originalidad y por excentricidad en las formas de exponer un mensaje. Ahora bien, no necesariamente tiene que gustar, soy de los que la respetan pero no de los que la gozan con profusa intensidad.
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