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#drive Crítica "Drive" (2011) de Nicolas Winding Refn (por Jaime de Carlos)

El buen cine se diferencia del resto porque cada uno de sus planos, secuencias, escenas... tiene un porqué. En él, cada instante del metraje está cuidado y tiene sentido, y aunque a primera vista parezca que es de ejecución simple, lo cierto es que un análisis minucioso permitirá descubrir que está tejido con hilo muy fino. Drive es de esas películas. Desde el primer segundo uno se da cuenta de que está ante algo especial, manufacturado con un material de alta calidad aunque el envoltorio que lo rodea no sea el del cine comercial. Es un producto fruto del buen trabajo, de una claridad de ideas que permite que el espectador se encuentre con una de las grandes sorpresas que nos ha dejado el 2011.



El filme nos narra la historia de uno de los personajes más fascinantes que nos ha dado el mundo del celuloide en los últimos años. Drive (Ryan Gosling), un hombre que se gana la vida en un taller de automóviles mientras hace sus pinitos como doble de acción en películas y que por la noche es chófer de criminales. Profesiones que le convierten en sobrio, preciso, inteligente, reflexivo y sobre todo, silencioso. Porque Drive se sale de los parámetros habituales del héroe. Él no necesita las palabras para expresar lo que siente. Le basta con mirar, con actuar. Es ahí donde el actor canadiense doma al personaje de manera...

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#sufragistas Crítica "Sufragistas" (20015) de Sarah Gavron, por Áurea García Fernández

Hacia años que no escuchaba aplausos en un cine fuera del día del estreno, y eso fue lo que ocurrió un lunes cualquiera al finalizar la proyección de esta película inglesa de la que no había oído hablar sobre la encarnizada lucha que llevaron a cabo estas mujeres a las que despectivamente la prensa británica de la época llamó "suffragette" por exigir pacíficamente el derecho a votar.

Cuando estos días en el Parlamento Español se ha hecho mofa y befa a cuenta de una diputada que apareció en el hemiciclo con su bebé he recordado a estas heroínas inglesas que tras pedir pacíficamente su derecho al voto se vieron obligadas, ante la indiferencia y la burla generalizadas, a radicalizarse dispuestas como...

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Wall Street: el dinero nunca duerme (2010) de Oliver Stone (El Despotricador Cinéfilo)

Sería Febrero o Marzo de 1991 cuando, en plena adolescencia, me fui entusiasmado al cine a ver el estreno de El Padrino III, pues, desde que vi los dos primeros Padrinos, me enamoré, al igual que muchos otros millones de personas, de esas dos inmensas Obras Maestras de Coppola, hasta el punto de pontificar ya entonces acerca de la calidad de El padrino II: la mejor película de la historia del cine (opinión que sigo manteniendo 20 años después tras haber visionado miles de films).

Por ello, mi decepción con El padrino III fue mayúscula porque, a pesar de tratarse de una película más que notable, poco o nada tiene que ver con sus míticas y clásicas antecesoras (y desde el minuto uno de la película, además), ya que es imposible, absolutamente imposible, que Michael Corleone, tal y como acaba el personaje en la segunda entrega (corrompido, amoral, hundido psicológicamente, agrio, amargado y derrotista), en la tercera parte, aunque hayan pasado muchos años, despliegue ese sentido del humor, esa simpatía, ese encanto, esa alegría y esa debilidad por redimirse impensable en el Michael Corleone que todos conocíamos.

Pues bien, exactamente lo mismo, aunque, lógicamente, a una escala menor (el Wall Street original de Oliver Stone no se puede comparar con los Padrinos ) me ha ocurrido con este Wall Street: el dinero nunca duerme. Y eso que debo reconocer que cuando vi en mi niñez la primera parte no me gustó mucho e incluso me disgustó el Oscar concedido a Michael Douglas. Pero poco a poco, con el paso de los años, volví a verla y mi apreciación por la película subió muchos enteros (por utilizar un irónico símil económico) y el Gordon Gekko de Michael Douglas ha pasado a formar parte de esos clásicos e indelebles personajes cinéfilos que acaban marcando.

Por eso, ahora, en esta tardía secuela 23 años después, no puede considerarse más que decepcionante, porque todo el atractivo del jugoso personaje de Gordon Gekko ha desaparecido por completo. Es decir, no hay ni rastro de la malicia, mordacidad, fuerza, maldad, energía, ironía, sarcasmo, inteligencia y amoralidad del personaje original; se han esfumado por completo. Lo han ablandado, desmitificado y debilitado a unos extremos vergonzosos. Puedo llegar a entender que el paso por la cárcel pueda cambiar a las personas y hacer que lleguen a redimirse, pero ¿a esos extremos? ¿Es posible dar un giro total de 180 grados, y más en una personalidad tan marcada como la de Gekko? Eso, al igual que pasó con Michael Corleone, es un delito cinematográfico.

Quizás si hubiesen hecho una película totalmente distinta, solo con los personajes Labeouf, Mulligan, Langella y Brolin hubiese resultado un film aceptable. Pero aprovecharse de la fama de la película original y profanar y empañar así el buen recuerdo de un personaje como Gordon Gekko es algo inadmisible.