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Los vikingos (1958) de Richard Fleischer (por El Despotricador Cinéfilo)
Uno de los primeros acontecimientos cinéfilos que recuerdo con especial
cariño eran las sesiones dobles que durante mi infancia programaban
algunos cines. De muchas de esas primeras películas no recuerdo ni el
título dado que apenas tendría yo unos 4 ó 5 años. Lo que sí tengo
presente en mi memoria es que en cuanto empezaban por fin a aparecer los
títulos de créditos todos los niños efusiva, alegre y entusiasmadamente
nos poníamos a aplaudir con la mayor devoción, como dando las gracias
por lo que íbamos a ver, y volcando toda nuestra confianza y gratitud
por anticipado, a través de esos aplausos, en la película.
Como ya he dicho apenas recuerdo ninguna de esas películas (la mayoría de ellas serían reposiciones o productos de serie B) pero ya entonces me marcó de forma apabullante Los vikingos por la minuciosa descripción de las salvajes, crudas, honorables y viscerales escenas y la plasmación, a modo hollywoodiense, de toda la iconografía vikinga. Disfruté tantísimo con esa película de puro escapismo, diversión y aventura “pulp” que se me incrustó en el subconsciente una de sus míticas escenas: aquella en la que el vehemente Kirk Douglas escala valiente e intrépidamente por un portón levadizo aprovechando como escalera las hachas que deliberadamente han lanzado contra él.
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Como ya he dicho apenas recuerdo ninguna de esas películas (la mayoría de ellas serían reposiciones o productos de serie B) pero ya entonces me marcó de forma apabullante Los vikingos por la minuciosa descripción de las salvajes, crudas, honorables y viscerales escenas y la plasmación, a modo hollywoodiense, de toda la iconografía vikinga. Disfruté tantísimo con esa película de puro escapismo, diversión y aventura “pulp” que se me incrustó en el subconsciente una de sus míticas escenas: aquella en la que el vehemente Kirk Douglas escala valiente e intrépidamente por un portón levadizo aprovechando como escalera las hachas que deliberadamente han lanzado contra él.
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La carrera del siglo (1965) por Father Caprio
Quienes recordamos al “lindo gatito”, al Coyote en pos del correcaminos, a Porky o a Sam, ¿qué hay de nuevo, viejo?, entre otros, las comedias de Blake Edwards, pongamos que hablo del inspector Clouseau o también de <i>La carrera del siglo</i>, se nos figuran cortadas por patrones similares. La gran carrera es una especie de comic de larga duración donde el profesor Fate (Jack Lemmon) y su ayudante Max (Peter Falk) son algo así como nuestros irrepetibles Mortadelo y Filemón probando los disparatados inventos del profesor Bacterio. Es probable que los Lonely Toones tuviesen algo que ver en la gestación de la película o, cuando menos, la sombra de Pink Panther se nos figura alargada.
Larga es la película, rondando las dos horas y media de duración, lo cual sería irresistible salvo que la calidad media de la película sea aceptable, las sonrisas y alguna carcajada siquiera solitaria y tímida asomen a nuestro semblante de vez en cuando y la historia que nos cuentan sea aceptablemente increíble. Circunstancias todas ellas que se dan en este film y que de la mano de un maestro de ceremonias excepcional (Blake Edwards), la siempre genialidad musical de Henry Mancini y la talla contrastada de los actores citados, además de Tony Curtis, Natalie Wood o Keenan Wynn , conforman una película excelente que debe verse con predisposición a la risa franca y distendida.
No es un film maravilloso. No se confundan. Es un film entretenido que consigue lo que pretende: justamente entretener, con unos actores conocedores de su oficio y de una profesionalidad más que demostrada, tal es el caso de uno de los mejores actores de todos los tiempos: Jack Lemmon, y no creo estar exagerando. La cantidad de registros que nos brinda Lemmon es tal que hasta se permite el lujo de interpretar a dos personajes radical y temperamentalmente distintos. Amigos del alma en <i>Con faldas y a lo loco</i>, Jack Lemmon y Tony Curtis son aquí dos rivales enfrentados, hasta las últimas consecuencias, en una carrera automovilística organizada por el periódico newyorkino Centinel entre la Estatua de la Libertad y la Torre Eiffel.
¿Será capaz la Torre Eiffel de resistir las embestidas de estos personajes cuasi de dibujos animados?. Deberán esperar ciento cincuenta minutos de proyección para resolver la duda. Entretanto disfruten de viajes en iceberg, de coronaciones reales, de complots palaciegos y de las inevitables, consabidas y siempre bien recibidas historias de amor. Viaje con nosotros que diría Gurruchaga. Tal vez no les sonrían atractivos monstruosos pero seguro que asisten a una de las batallas de tartas más coloristas, dulces y merengosas de los últimos tiempos.
Larga es la película, rondando las dos horas y media de duración, lo cual sería irresistible salvo que la calidad media de la película sea aceptable, las sonrisas y alguna carcajada siquiera solitaria y tímida asomen a nuestro semblante de vez en cuando y la historia que nos cuentan sea aceptablemente increíble. Circunstancias todas ellas que se dan en este film y que de la mano de un maestro de ceremonias excepcional (Blake Edwards), la siempre genialidad musical de Henry Mancini y la talla contrastada de los actores citados, además de Tony Curtis, Natalie Wood o Keenan Wynn , conforman una película excelente que debe verse con predisposición a la risa franca y distendida.
No es un film maravilloso. No se confundan. Es un film entretenido que consigue lo que pretende: justamente entretener, con unos actores conocedores de su oficio y de una profesionalidad más que demostrada, tal es el caso de uno de los mejores actores de todos los tiempos: Jack Lemmon, y no creo estar exagerando. La cantidad de registros que nos brinda Lemmon es tal que hasta se permite el lujo de interpretar a dos personajes radical y temperamentalmente distintos. Amigos del alma en <i>Con faldas y a lo loco</i>, Jack Lemmon y Tony Curtis son aquí dos rivales enfrentados, hasta las últimas consecuencias, en una carrera automovilística organizada por el periódico newyorkino Centinel entre la Estatua de la Libertad y la Torre Eiffel.
¿Será capaz la Torre Eiffel de resistir las embestidas de estos personajes cuasi de dibujos animados?. Deberán esperar ciento cincuenta minutos de proyección para resolver la duda. Entretanto disfruten de viajes en iceberg, de coronaciones reales, de complots palaciegos y de las inevitables, consabidas y siempre bien recibidas historias de amor. Viaje con nosotros que diría Gurruchaga. Tal vez no les sonrían atractivos monstruosos pero seguro que asisten a una de las batallas de tartas más coloristas, dulces y merengosas de los últimos tiempos.
La novia era él (1949) por El Despotricador Cinéfilo
A la hora de elegir una mala película de Hawks para despotricar, me tengo que decantar sin duda por La novia era él, una comedia atroz sin hilo argumental prácticamente y que se basa únicamente en la sucesión de gags uno detrás de otros, y por desgracia, la mayoría de ellos sin la menor gracia. Y esto es debido a que es tan flojo el guión que nunca te llegas a meter de lleno en la película, y aunque Cary Grant y Ann Sheridan se esfuerzan no acaban de remotar pues son solo payasadas una detrás de otra, aunque eso sí, reconozco en el film un gags brillante y absolutamente genial: el lío que se hacen con los anillos en la tercera boda consecutiva entre los dos, quitándoselo a ella para dárselo al cura, para que éste se lo de a él para ponérselo nuevamente a ella, un auténtico puntazo de antología de la comedia, pero el resto es pura bazofia.
Pero donde más pierde el film es sobre todo con el momento en que Cary Grant debe disfrazarse de mujer, no es que se acerque ni por asomo a la hilaridad de Jack Lemmon y Tony Curtis en Con faldas y a lo loco (Wilder, 1959) ó de Dustin Hoffman en Tootsie (Pollack, 1982), pero es que no te puedes meter ni de coña en la película, pues es imposible que nadie se crea que es una mujer sobre todo con esa peluca e incluso con esa incipiente barba tan varonil, y ya se sabe, en el momento que se pierde la suspensión de credibilidad de una película ya está sentenciada, es un insulto al espectador, y como diría Michael Corleone: no soporto que insultes a mi inteligencia. Y si es tan descarado y está tan mal hecho que ni los actores ni el director se creen ese hombre disfrazado de mujer, entonces ¿por qué me lo voy a creer yo?
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