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#birdman Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) (2014) de Alejandro González Iñárritu, por Al Spinath
Confieso que los primeros minutos de Birdman me emocionaron. Unos créditos en plan setentero aderezados con una percusión electrizante, demente e hipnótica. Me dejaron como conejo ante focos de automóvil. Y como primer sorbo, un Keaton esquizo levitando en tarzanetes. "Peliculón!", me dije. Incluso el cartel, en su sencillez indie, prometía. Paré máquinas, silencié a los demonios y me puse en modo cinéfilo onanista en el sofá, suponiendo que iba a disfrutar de hora y pico de arte. Mi gozo en un pozo. Tras la creativa primera escena, una diarrea incontrolada de actores haciendo que hacen son actores que hacen que son actores. Unas interpretaciones forzadas, histriónicas, gritonas, tan incómodamente tensas como un evaluado en Selectividad. Unos diálogos más rebuscados que un ofertón en las rebajas. Mi opinión es que las pasadas vacaciones Iñarritu se hinchó del primer y brillante Tarantino y ha querido emularle. Y cae en unos descalabros tan falsamente estudiados como mostrar a un Edward Norton en presenten armas segundos después de mostrar a un Keaton que a nivel vital se desmorona. Se lo paso a un novel que acaba de salir sudando y nerviosete de...
El luchador (2008) por El Despotricador Cinéfilo
Ciertamente, no deja de ser curioso (o directamente lamentable) que el cine, a pesar de ser la conjunción del buen quehacer de muchos técnicos y artistas diferentes, pueda crear (buenas) películas que se sostengan única y exclusivamente por el talento excepcional del intérprete que las protagoniza. No puede haber un caso más representativo que este El luchador del siempre perturbador (aunque a veces decepcionante) Darren Aronofsky.
No hay que ser un lince (o un avispado crítico) para reparar en que estamos ante un film mediocre y banal que narra, por enésima vez, una historia que ya ha sido contada previamente docenas de veces. Es más, el guión en sí es carne de telefilme sensiblero y parece inspirado en muchos otros productos televisivos de este calibre. Por tanto, el factor sorpresa desaparece desde el primer momento, ya que enseguida, como espectadores, sabemos qué derroteros va a seguir la película y todo lo que va a pasar del primer fotograma al último. Es decir, el tedio se va apoderando de nosotros desde el mismo momento en que somos conscientes de que veremos una historia de originalidad cero y tan manida ya a lo largo de los años.
Algunos defenderán que el mundo de la lucha libre está magníficamente representado y dignificado, y que pocas veces se ha visto así antes en el cine; pero para mí eso no es suficiente, ya que la historia en sí es la misma (cambia la lucha libre por el boxeo, el béisbol o el fútbol americano y obtendrás el típico telefilm tantas veces visto).
¿Que Mickey Rourke está soberbio y espléndido y su interpretación trasciende a la simpleza del guión? Pues sí, es cierto, pero una película no es solo el actor que la interpreta, sino que debe contener otros muchos factores esenciales que la conviertan en un film memorable, y no solo en un ejercicio interpretativo magistral.
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