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#birdman Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) (2014) de Alejandro González Iñárritu, por Al Spinath

Confieso que los primeros minutos de Birdman me emocionaron. Unos créditos en plan setentero aderezados con una percusión electrizante, demente e hipnótica. Me dejaron como conejo ante focos de automóvil. Y como primer sorbo, un Keaton esquizo levitando en tarzanetes. "Peliculón!", me dije. Incluso el cartel, en su sencillez indie, prometía. Paré máquinas, silencié a los demonios y me puse en modo cinéfilo onanista en el sofá, suponiendo que iba a disfrutar de hora y pico de arte. Mi gozo en un pozo. Tras la creativa primera escena, una diarrea incontrolada de actores haciendo que hacen son actores que hacen que son actores. Unas interpretaciones forzadas, histriónicas, gritonas, tan incómodamente tensas como un evaluado en Selectividad. Unos diálogos más rebuscados que un ofertón en las rebajas. Mi opinión es que las pasadas vacaciones Iñarritu se hinchó del primer y brillante Tarantino y ha querido emularle. Y cae en unos descalabros tan falsamente estudiados como mostrar a un Edward Norton en presenten armas segundos después de mostrar a un Keaton que a nivel vital se desmorona. Se lo paso a un novel que acaba de salir sudando y nerviosete de...

Los implacables (1955) de Raoul Walsh (por El Despotricador Cinéfilo)


Estrellas ha habido en la historia del cine desde sus orígenes y siempre las habrá, pues incluso hoy en día que todo el mundo hollywoodiense está más desmitificado siguen existiendo grandes estrellas del calibre de Brad Pitt, George Clooney o incluso Tom Cruise (que lleva incombustible instalado en el estrellato desde hace casi 30 años a base de instinto, constancia y talento).

Ahora bien, cualquier cinéfilo en el fondo de su corazón sabe que las verdaderas, esenciales y legítimas estrellas son las del cine clásico donde surgieron auténticas leyendas y mitos cinematográficos que atesoraron, consolidaron y mitificaron la magia del cine y la fascinación que nos cautivaron. Y si de estrellas clásicas hablamos, probablemente Clark Gable es su mayor exponente. ¿Por qué? Pues porque concentra y exhala en su dilatada e inolvidable carrera todo el carisma, talento, magnetismo, personalidad, fuerza, atractivo, simpatía y mitomanía que se le puede pedir a un estrella. Un digno Rey de Hollywood como fue apodado en su época por sus fans.

Por tanto, contar con Gable para Los implacables ya es el primer paso para aportar personalidad y enjundia a una película. Añadamos además que tras la cámara está Raoul Walsh, y decir Waslh es como decir John Ford, es decir, cine en estado puro y uno de los más grandes genios cineastas que jamás dará el séptimo arte. Además, para el director no era algo nuevo el argumento de la película, pues si nos fijamos con atención en ciertos momentos es como si fuese un remake de su memorable La gran jornada dirigida por sí mismo 25 años antes con otro mito del celuloide: John Wayne. Y si lo completamos con una muy sensual (y muy divertida) Jane Russell ya la receta es perfecta. Un plato perfecto para ser degustado sobre todo por los amantes del western y del cine clásico.

El resultado de Los implacables es el esperado pero no por eso deja de sorprender. Primero porque es un film muy compacto con algunas de las escenas de paisajes monumentales en cinemascope más bellas jamás rodadas. Segundo, contiene un impecable y firme pulso narrativo de Walsh para dirigir con su maestría habitual la acción, la aventura, el romance, el drama e incluso algunos afortunados toques de humor. Tercero, la química brutal entre Clark Gable y Jane Russell hace saltar chispas con algunos inteligentes y picantes diálogos con doble sentido. Cuarto, por si fuera poco, un solvente grupo de secundarios donde destacaba el siempre correcto y versátil Robert Ryan que siempre aporta más carisma a un film, como si con el de Gable no fuese ya más que suficiente.

De forma concisa y resumida se podría decir que Los implacables es el un western es estado puro, paradigma de los que engrandecieron el género y lo convirtieron en mítico y antológico. Vamos, una gozada, para que nos entendamos.

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El árbol de la vida (2011) de Terrence Malick (por Aurea García Fernández)

Con muchísimo respeto dado el coro de alabanzas y premios que ostenta esta película, El árbol de la vida voy a despotricar un rato porque yo no me salí del cine como ví que hacían algunas gentes sino que aguanté el sermón hasta el final,o sea, que me he ganado el derecho a salirme del coro laudatorio o eso creo.



Mi ignorancia sobre el director era absoluta cuando entré en la sala a instancias de un amigo, es decir, que prejuicios previos ni uno,entré completamente en blanco.Las bellas imágenes que empecé a ver en pantalla me recordaron una colección de postales que compré en L.A. de California hará unos veínte años no sé si de la NASA o así por no hablar de algunos de esos documentales maravillosos que hemos visto a veces en la tele.

Después empezaron a contarme una historia de adolescentes mil veces narrada, mil veces vista muy bonita, claro que sí, y magnificamente interpretada, ni una pega le pondrian yo ala interpretación. Y ahora empieza el lio teológico, filosófico, trascendente, que va y viene, viene y va como en las películas de Tarkovski sin privarnos de las famosas cortinillas movidas por el viento, eso sí, peor iluminadas que en el ruso y es que no sé por qué según avanzaba la peli todo me remitía a Tarkovski, si bien "a la americana".

Dicen que Sean Penn quedó muy descontento con el resultado final de la película porque al parecer el guión del propio Malick le había fascinado pero... En fín, puedo entender al actor pues ese pretendido equilibrio entre la intimidad superlativa de los individuos y la dimensión épica del cosmos hace aguas por todas partes y no acaba de ser expresada de manera minimamente convincente, ojalá que lo hubiera conseguido. Si bien el hecho de intentarlo ya tiene su mérito pero resulta fallido, evanescente, un poco "soufflé" como dicen los franceses.

La película era a ratos visualmente tan bonita y tan bien interpretada sobre todo los adolescentes que me daba rabia aburrirme tanto, aunque eso sí, no salí corriendo como otros, posiblemente desesperados por no encontrar el hilo conductor de todo aquello que se nos mostraba: cosmos, naturaleza, origen de la vida, el más allá, vicisitudes de una familia normal que sufre como todo el mundo (dicen que es autobiográfica), y preguntas trascendentales soltadas por aquí y por acullá de manera evanescente (dicen que Malick ha sido profesor de filosofía, no sé).

Bueno, en definitiva ¿qué?. Pues eso, deslumbramiento y boca abierta de algunos (¿no conocen el cine de Tarkovski?), huida desesperada de otros y aburrimiento y frustación de los más. ¿Poema fílmico? Seguro. Los orientales siempre tienen ese halo poético caracteristico y al parecer el director es de origen sirio-libanés o sea mediterráneo oriental al fin y al cabo.

¿Cine vanguardista y rompedor? Las vanguardias nunca fueron aburridas, las verdaderas digo, y aquí pese a las apariencias todo está como dicen los franceses "dejà vu, dejà ecouté" y es lástima, con lo "indignados" que estamos y las ganas que tenemos y lo deseosos de ver cambios y novedades en todos los sentidos. Está al caer...pero no acaba de...

Biutiful (2010) por Aurea García Fernández


El director mexicano al que no sin razón llaman "El Negro" y no por el color de su piel precisamente entró por la puerta grande del cine internacional con su primer largometraje Amores Perros lo cual le permitió filmar en Hollywood la exitosa 21 gramos y Babel con actores-estrellas como Sean Penn o Brad Pitt. En todas ellas contó con la colaboración del guionista también mexicano Guillermo Arriaga que aquí le ha abandonado. Iñárritu explica que en Biutiful se enfrenta por primera vez a una historia lineal en la que los personajes se desenvuelven en un género inexplorado por él: la tragedia, eso dice.

El protagonista, Uxbal, vive en Barcelona con sus dos hijos, ya que la bipolar madre de las criaturas no parece estar capacitada para responsabilizarse de ellos y él, muy enfermo, se dedica a asuntos que no parecen muy legales ni ortodoxos. Los negocios o trapicheos a los que se dedica lo hace para que a sus niños les falte de nada. Así pues nos enfrentamos a una tragedia urbana en una Barcelona marginal y atípica en las antípodas de la postal turística que nos mostró Woody Allen en su "película agradecimiento" por la concesión del prestigioso premio "Príncipe de Asturias".

En Biutiful todo es terrorífico: viviendas insalubres en las que se hacinan los emigrantes ilegales y los nativos marginales, talleres chinos también ilegales y aún más insalubres, policías violentos y corruptos a la mexicana, economía sumergida, mafias sin escrúpulos, avidez empresarial de los supuestamente legales, dramas humanos a mogollón, madres desasistidas, niños que...¿hay quién de más? Qué barbaridad. Esta absoluta falta de contención a la hora de presentar los desastres y miserias humanas es lo que hace que la película no provoque la "catarsis" que Aristóteles exigía a toda verdadera tragedia y de ese modo pierde de paso toda efectividad.

Los planos muy cortos y sobre todo muy cerrados cortan el aire a los personajes aparte la acumulación de mugre pestilente que les rodea (esos manteles de hule años 40 que me pregunto dónde los habrán encontrado) intensificada por una grisácea fotografía "sucia" en consonancia, claro, con lo que se cuenta y a más a más subrayada por una desasosegante música y como no podía ser menos en un imaginario mexicano la presencia de la muerte que hasta el maravilloso mar Mediterráneo que baña la ciudad nos lo muestra como tumba. Muy fuerte, sí.

Y ahora, hablando de otra cosa pero de lo mismo, ¿las reiteradas meadas sanguinolentas de Uxbal sería exagerado interpretarlas como homenaje subliminal a nuestro divertido y genial Almodóvar?, igual me estoy pasando. En fin, proyecto ambicioso que se ve lastrado por ese "tour de force" miserabilísimo y excesivo que debería haber sido aligerado, empezando por su metraje demasiado largo por lo reiterativo de los planos de transición y el añadido de subtemas que aportan poco a la historia principal.

Las interpretaciones actorales son muy buenas pero "porfa", un poquito de comedimiento, que Bardem está muy bien pero que muy bien pero, no hagamos comparaciones absurdas que nuestro Javier es muy bueno ya digo, pero no es Marlon Brando, caramba. Estupenda la actriz de teatro y coreógrafa argentina Maricel Alvarez que desborda credibilidad en su papel de madre desquiciada, pues convence siempre, hasta los niños están bien con lo difícil que es dirigirlos así como todos los demás.

Del sonido prefiero no hablar porque la gente salía indignada del cine hasta el punto de que era un alivio que hablaran los chinos porque al menos con los subtítulos en español te aclarabas. Qué desastre para un director de tantas campanillas, eso sí, la roña y la mugre brillan en todo su fétido esplendor, están cuidadísimas, lástima que no ocurra lo mismo con el sonido. Resumiendo: un dramón desgarrador que se pierde en el exceso.