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Harper, investigador privado (1966) de Jack Smight (por Father Caprio)


¿Para qué les voy a engañar? Considero a Newman uno de los mejores actores que ha dado el cine. Un magnífico profesional más allá de su notorio éxito con las féminas. Del mismo modo, creo que su interpretación de Lew Harper está muy conseguida y confiere al personaje un sesgo particular que lo identifica plenamente con el irrepetible actor de los ojos azules al tiempo que lo diferencia de otros como por ejemplo el mismo Bogart, sin ser mejor ni peor sino distinto. Pero, permítanme que puestos a elegir, prefiera aquellos Marlowe del gran Humphrey, aquellas atmósferas menos playeras, aquellos inacabables cigarrillos y aquella Lauren Bacall con los mismos ojos pero muchos...

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Frenético (1988) de Roman Polanski (por El Despotricador Cinéfilo)

Uno de los elementos que más me han fascinado siempre en el cine del gran Hitchcock es como los argumentos de muchas de sus películas rozan continuamente la inverosimilitud, la incoherencia, el absurdo y el disparate y, sin embargo, te lo cuenta con tal maestría y talento que nos encanta y hechiza a pesar de lo inverosímil de su propuesta.

Pues bien, Polanski (otro gran Maestro, hay que reconocerlo, aunque durante muchos años no es que fuese fruto de mi devoción) homenajea al Maestro Hitchcock con este Frenético del que copia, paso a paso, todo lo que una película hitchcokiana debe tener, eso sí, impregnada y contaminada con ese maravilloso toque europeo, morboso, inquietante y delirante que caracteriza el cine de Polanski. El resultado: una película de suspense formidable, muy entretenida, con un sentido del humor muy negro, muy bien interpretada (hay que ver con lo mediocre y limitado que es Harrison Ford como actor y lo bien que se desenvuelve en determinados papeles en el que lleva todo el peso del film sobre sí mismo), con toques muy morbosos, mucha sensualidad, una extraña música estridente de Morricone y, sobre todo, mucha inverosimilitud e incoherencia delirante en todo el argumento (como si de un genuino Hitchcock se tratase).

Entonces, ¿hablamos de una película perfecta, una más, del siempre interesante Polanski? Pues no, porque a pesar de lo disfrutable y jugosa de su propuesta hay un elemento que Hitchcock jamás hubiese permitido: un error de casting tan tremendo como escoger a Emmanuelle Seigner como coprotagonista junto a Harrison Ford. Entiendo que el director, como tantos otros directores antes que él (un ejemplo también representativo sería Clint Eastwood con Sondra Locke), tenga tendencia a incluir a su pareja sentimental en sus películas. Lo triste es que estén cegados por ese motivo y no sean lo suficientemente inteligentes o intuitivos para darse cuenta que eso resiente y perjudica la película, al igual que pasó en otra película del director polaco: La novena puerta donde Seigner también era lo peor del film.

De todos modos es un desliz perdonable a una película recomendable, sobre todo por lo bien que retrata ese atípico, sombrio y gris París de los 80.

Más críticas de El Despotricador Cinéfilo en:

http://www.eldespotricadorcinefilo.com/el-despotricador-cinefilo.html

Javier Bardem y Penélope Cruz

Por lo que he leído en las últimas semanas, la reciente nominación al Oscar de Javier Bardem por su interpretación en Biutiful ha desencadenado un manantial de opiniones y multitud de discusiones en foros de Internet, tanto de cine como de otra temática. Y algo que me ha asombrado negativamente es cómo la gente ha descargado su ira contra este popular actor más allá de su talento interpretativo.

Porque se podrán cuestionar muchas, muchísimas, cosas a Javier Bardem como personaje público, ya sea por su ideología política, por sus frívolas apariciones en la prensa del corazón o por sus (afortunadas o desafortunadas) declaraciones sobre los más diversos temas. Pero, desde luego, no se le puede criticar por su labor como actor porque, con esta, ya acumula tres nominaciones a los Oscars, lo cual ni siquiera muchos actores norteamericanos de mucho renombre han obtenido. Y puestos a ir más lejos todavía, habría que romper una lanza también por Penélope Cruz.

Porque si a los datos estadísticos nos limitamos, entre los dos acumulan, en tan solo unos pocos años, la friolera de SEIS nominaciones a los Oscars y un PAR de Oscars, es decir, un palmarés que ya quisieran para sí muchos otros actores de cualquier nacionalidad. Por supuesto que se les podrá criticar como pareja mediática y pública, pero nunca por su talento, pues está más que demostrada la valía que han demostrado a lo largo de los años. ¿O acaso es justo criticar a Beckham como futbolista por ser un personaje mediático y frívolo?

Y puestos a ser más radicales, y me dirijo a esas personas que no van a ver sus películas con argumentos tan pobres y banales como “no trago al coñazo del Bardem o no aguanto a la petarda de la Penélope”, les diría que la vida privada de las personas no debería jamás ser motivo de censura para no ver un film. Da igual lo que hayan hecho esas personas en su privacidad, da igual, lo que importa en el cine es la composición que hacen de su papel y lo que aportan cinematográficamente a la historia.

Por desgracia esta actitud tan absurda no se limita solo a estos dos actores patrios, pues desde siempre a la gente le ha encantado censurar por su obra a cineastas o artistas por haber cometido (en mayor o menos medida) deslices o, directamente, delitos en su vida privada (Woody Allen, Roman Polanski, Charlie Sheen, Robert Downey Jr., etcétera). Si una persona comete una falta, ya se encargará de pagarlo judicialmente, pero nunca debe ser una excusa para no ir a ver su cine porque, si no, el siguiente paso será no volver a leer a Lorca porque era homosexual o no mirar un cuadro de Van Gogh porque se iba de putas.

Ante todo coherencia, y juzgar el cine y las interpretaciones objetivamente por lo que son, solo por eso. Seguro que todos salimos ganando mucho.

El quimérico inquilino (1976) por Father Caprio


De vez en cuando me apetece darme un garbeo por la filmografía de Polanski. Me desligo de cualquier otra consideración respecto al director polaco para centrarme en ese cine suyo que, a mi parecer, tiene las luces y las sombras de la vieja Europa. Me han encantado películas suyas como El pianista, Oliver Twist, La muerte y la doncella o Chinatown. También quedé gratamente sorprendido de su opera prima El cuchillo en el agua.

Debo revisarlas, aunque tengo un recuerdo excelente: La semilla del diablo y El baile de los vampiros. Y por último, Repulsión me mostró el discurso de un Polanski para el que previamente se necesitaba un curso, lo más acelerado posible de psicologías freudianas, que, dado el escaso tiempo que me dejan mis ocupaciones laborales, familiares y otras hierbas, no pude realizar, motivo por el cual acabaron suspendiéndome.

quimérico inquilino anda por esta última línea y si tienen en la biblioteca algún tratado freudiano les recomiendo tenerlo a mano en la mesita del salón. Si Proust buscaba el tiempo que se le había perdido, Polanski busca identidades, especialmente la suya, arrojada ventana abajo en el cuerpo de una inquilina precedente tan quimérica como él. No se sabe muy bien si acaba encontrándola pues a base de saltos del ángel se va mermando y mucho la capacidad para explicarnos sus experiencias paranoicas por lo que somos nosotros los espectadores quienes debemos dar cumplida respuesta a los distintos interrogantes que se plantean en la película.

Es entonces cuando resulta aconsejable echar mano a ese libro debidamente seleccionado y correctamente abierto por el capítulo que ustedes estimen más adecuado al caso. Llegados a este punto nos encontramos con quienes aseguran, juran y perjuran haber asimilado todas las propuestas formuladas durante mas de dos horas de proyección y los que, como yo, tenemos una ligerísima idea y todavía estamos dando vueltas al ejemplar freudiano.

Los primeros serán quienes votarán negativamente este comentario pensando que me he quedado a dos velas (y seguramente tendrán razón) mientras que a los segundos, compañeros del alma del pelotón de los torpes, les invito a acompañarme a alguna librería especializada en busca de "Polanski para torpes". En cualquier caso, a ambos, gracias por leerme. Y finalizo con una pregunta que me viene rondando por la cabeza desde que vi al señor Trelkovsky desdoblando su personalidad: ¿Es en realidad mi identidad, mía o alguien me la cambió mientras dormía?

El amigo americano (1977) por Taylor


El amigo Wenders es un tipo peculiar. Su pertinaz obsesión por entremezclar esa profunda admiración por la iconografía yanqui con elementos gafapastiles de genuina raigambre europea arranca en un ya lejano 1974 con “Alicia en las ciudades”. En 1977 esa irreprimible zozobra vuelve por sus fueros a través de esta peli, “El amigo americano”. Una peli que, pese a su consensuada condición de “film de culto”, ni me seduce, ni me fascina –y, lo que es peor- ni tan solo me convence.

Y no me convence porque “El amigo americano” no consigue despojarse en ningún momento de esa incómoda y perniciosa condición de híbrido. Como thriller no es un despropósito, pero casi. El suspense hitchcockiano brilla por su ausencia y la incipiente intriga inicial acaba diluyéndose como un azucarillo en un océano de situaciones insípidas y patéticas que rozan –vaya si no- la tomadura de pelo.

Como obra de autor el trabajo de Wenders gana algunos enteros. Porque si bien es cierto que como adaptación de la obra de Highsmith prefiero sustancialmente “A pleno sol” de Clément, reconozco que el alemán exhibe buenas maneras y demuestra que conoce su oficio en esta singular propuesta personal. Es más, salvando las distancias, algunas secuencias al más puro estilo “film noir” y la inquietante musiquilla de Jurgen Knieper me remiten con cierta insistencia al “Chinatown” de Polanski. Pero solo a ratos. Por desgracia.

Un film interesante, sí. Pero sólo eso, interesante. Un seis.

El quimérico inquilino (1976) por Francisco Rodríguez Criado


EL QUIMÉRICO POLANSKI

En la historia del cine es raro encontrar un cineasta, ya sea actor, director o productor que mantenga un alto nivel de calidad en cada una de sus películas, circunstancia que se agrava, como es lógico, en carreras cinematográficas de largo recorrido. Dando por válido el contenido de esta introducción, sigue sorprendiendo la excesiva asimetría que hay entre unas películas y otras aun llevando el mismo sello. Esta situación llama la atención sobre todo cuando el espectador, como me ha ocurrido recientemente, ve lo mejor y lo peor de dicho cineasta en apenas veinticuatro horas de diferencia.

Pero pongamos nombres y apellidos: Roman Polanski. Después de deleitarme por segunda vez con la que es su mejor obra, El pianista, ver casi a continuación El quimérico inquilino ha supuesto toda una decepción.

Y eso que me asomé a la propuesta quimérica sin el menor prejuicio, más bien todo lo contrario, porque yo había leído años antes la novela homónima en la que está basada la película, escrita por el iconoclasta dibujante y escritor Roland Topor (ya puestos recomiendo su recopilación de relatos Acostarse con la reina), y sentía cierta expectación por conocer la versión cinematográfica.

El quimérico inquilino (1976), interpretada por el propio Polanski, narra las desventuras de Trelkovky, un funcionario gris y timorato que, a excepción de alguna ocasional visita por parte de sus ruidosos compañeros de trabajo, vive aislado en un discreto piso de alquiler. El disparador de la historia parte de un personaje no visualizado (su actuación dura unos instantes, mientras yace en un hospital con todo el cuerpo vendado), una joven que había ocupado la habitación en la que ahora vive Trelkovky hasta el día en que decidió suicidarse lanzándose desde una ventana al patio interior. A partir de aquí, el espectador ha de seguir al cuasi omnisciente Trelkovky, quien creyéndose intimidado por sus vecinos –creen que le están empujando hacia el suicidio– acabará por desembocar en una suerte de manía persecutoria, hasta el punto de no distinguir la realidad de la ficción.

Intuyo que Polanski intentó conjugar en esta película los mismos elementos que tan buen resultado le habían dado en la exitosa La semilla del diablo (1968), basada en la novela de Ira Levin Rosemary´s Baby. Ambas películas practican eso que yo denomino “terror casero”, y entiéndase lo de casero: los personajes principales en ambas películas (Polanski y Mia Farrow respectivamente), no necesitan salir de casa para enfrentarse a fantasmas obsesivos que acabarán por minar su estabilidad mental. La aparente normalidad de la que parten ambas novelas/películas acaba por desmoronarse en un final climático, trágico, solvente. La diferencia está en que el buen ritmo y el suspense mantenidos de principio a fin en La semilla del diablo apenas dura una hora en El quimérico inquilino, y a partir de ahí el espectador –al menos quien escribe estas líneas– acaba por desinteresarse por una historia que en principio prometía mucho.

La cinta, un fracaso en su momento, goza ahora de cierta consideración por algunos incondicionales, que la citan como “película de culto”, “obra maestra”, etcétera. (He leído incluso una reseña de quien la considera, y no hay ironía en sus palabras, “la mejor película de todos los tiempos”). Encanto no le falta, pero un excesivo regusto por el esperpento mal entendido, cansino, la convierten en un producto a la larga aburrido y desnortado que va perdiendo sentido conforme sobrepasa el ecuador de su metraje.

Estoy convencido de que El quimérico inquilino hubiera sido un producto mucho más afinado si Polanski, sin necesidad de alejarse un milímetro de su intención estética, se hubiese limitado a comprimir la película hasta dejarla en un cortometraje largo o, en el peor de los casos, en una película de corta duración.

Los que no somos incondicionales per se de Polanski tendremos que conformarnos con la belleza de Isabel Adjani, icono del cine francés contra la que este pobre mortal nunca se atreverá a despotricar.