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Películas de Verano (2013) por Francisco Rodríguez Criado
El otro día escuché a un crítico cinematográfico aventurar una tipificación sui generis –seguramente aceptada por muchos espectadores– de eso que llaman "películas de verano". En su opinión estas películas reúnen ciertas características: son livianas, evasivas, sin grandes complicaciones argumentales y pueden durar más de lo habitual, pues las vacaciones son benevolentes con el exceso de metraje.
Maneras de verlo. Lo primero que se me ocurre es que este tipo de películas, facilonas y presuntamente divertidas, son las que Hollywood produce durante todo el año, pensando precisamente en ese público acomodaticio que no aspira a complicarse la vida cuando acude a las salas de cine (seguramente porque fuera de esas salas tampoco se la complica por voluntad propia). Por otra parte, no comparto esa manía social de colgar la etiqueta "de verano" a productos culturales que no dependen, por mucho que...
El rencor cinéfilo (2012) por El Despotricador Cinéfilo
Es muy curioso lo pueriles que podemos llegar a ser los cinéfilos, sobre todo durante la niñez y
adolescencia, que nos sentimos como amantes despechados y traicionados
cuando somos decepcionados por las expectativas que nos creamos ante
nuestros ídolos cinéfilos. Recuerdo perfectamente que a mí me pasó
cuando Spielberg estrenó en 1985 El color púrpura pues mi
mentalidad infantil no podía concebir porqué hacía esos rollos de
dramones pudiendo emplear su descomunal talento en hacer más películas
de tiburones, extraterrestres o de Indiana Jones. Para mí fue muy
doloroso, como una traición.
Por desgracia, no sería la única vez que me pasase eso, pues ya en mi infancia empecé a abordar todas las comedias de Woody Allen y que, de vez en cuando, estrenase esos aburrimientos bergmanianos tan serios, solemnes y profundos me sacaba de quicio pues yo esperaba siempre, de forma egoísta y dictatorial, que hiciese solo comedias hilarantes una tras otra. Luego ya en la adolescencia vinieron nuevas excepciones de este calibre como ¿qué hace Stallone o Bruce Willis haciendo películas que no son solo de acción? ¿Por qué Coppola no se ha dedicado solo a hacer películas de El padrino? ¿Por qué Jim Carrey no se limita solo a películas cómicas? ¿Por qué Julia Roberts no se dedica a hacer solo comedias románticas?, ¿Por qué Julie Andrews no se limitó solo a hacer maravillosos musicales? etcétera.
Es decir, como cinéfilos que amamos a nuestros ídolos nos sentimos mal y resentidos cuando hacen otras cosas que nada tienen que ver con el motivo por el cual nos enamoramos de ellos. Y todo esto me ha dado por pensar qué inteligentes era el cine más clásico de Hollywood, sobre todo en los años 30 y 40, que raramente decepcionaban a sus fans. Antes se iba a ver una película de Bogart y sabías lo que te encontrarías, eran películas al servicio del personaje cinéfilo que había creado una estrella y del cual nos habíamos encandilado y, por eso, queríamos verlo continuamente en esas mismas situaciones y encima con la gran calidad del cine clásico. Y quién dice Bogart dice James Cagney, John Wayne, Shirley Temple, Errol Flynn, Cary Grant, Tyrone Power, Gary Cooper, James Stewart, Fred Astaire y un largo etcétera, es decir, ir al cine a visionar un producto creado exclusivamente a la imagen de esa estrella para así consolidar más la devoción que le tenemos. O incluso, rizando el rizo, también con directores porque antes se iba a ver una película a lo Frank Capra o a lo Hitchcock.
Ahora, en mi vida adulta, me hace mucha gracia recordar lo dolido, resentido y decepcionado que me sentí en algunos momentos de mi niñez y como ese resentimiento me cegó para no valorar muchas obras de autores que, hoy en día, sí que me parecen películas magníficas pero que, por mi rencoroso despecho infantil/adolescente, no pude en su momento apreciar.
Man on the moon (1999) por Francisco Rodríguez Criado
CUANDO LOS CÓMICOS ESTÁN EN LA LUNA
En Man on the moon, Milos Forman rescató una vez más a un personaje tan complejo como conflictivo. (Atrás quedan Larry Flint o Mozart, de los que también se ocupó en su momento). El núcleo narrativo de Man on the moon gira única y exclusivamente alrededor de Andy Kaufman (Jim Carrey), el cómico de televisión que, tras un gran éxito profesional, murió de cáncer a los 35 años de edad.
La película funciona bien hasta el ecuador de su metraje; después cae en la reiteración. Su gran error es mostrarnos a un personaje exasperante sin detenerse a profundizar en su lado humano, al margen de su vida laboral (me niego a creer que un tipo pueda mantener un comportamiento histriónico e errático durante las veinticuatro horas del día). Me estoy acordando ahora de una película sobre otro cómico: Chaplin, de Richard Attenborough, que sí supo delimitar ambas facetas.
La encuesta dirigida al público para decidir si Kaufman debería seguir o no con su programa televisivo obtuvo tan sólo un 28% por ciento a su favor; algo comprensible, a juzgar por lo visto. Kaufman fue un completo desconocido en Europa, quizá porque su humor nos resulta incomprensible. Pero tampoco eso es una excusa: Woody Allen no llega a un gran sector de aficionados europeos.
La valoración que se hace en esta cinta del público estadounidense no es muy positiva, como suele ocurrir cada que vez que se analizan cinematográficamente los entresijos de la televisión. Es curioso, todas las cadenas televisivas se esfuerzan en ofrecer programas exitosos a un público al que desprecian.
¿Es Man on the moon una crítica sutil a los gustos americanos? Tal vez.
Forman es un director que siempre escoge una temática marcada por la transgresión, algo muy de agradecer. Unas veces gustará más su trabajo, otras menos, pero no cabe duda de que es un cineasta interesante, como interesante es el trabajo de Jim Carrey en Man on the moon, quizá en el mejor papel de su carrera, acompañado en esta ocasión de Danny DeVito y Courtney Love. La música corre a cargo de REM.
La película es entretenida, relativamente dinámica, indefinible, merece la pena verla. Pero no contiene escenas, hallazgos, guiños de complicidad al espectador que la conviertan en memorable..
Olvídate de mí (2004) por Betomovies
Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Olvídate de mí) es un filme que gusta a las mayorías. De allí que no se le diera mucha publicidad en Argentina. Ahora bien, uno mirando el Ranking de IMDB, se encuentra con que está ubicada en el puesto número 33 de las mejores de todos los tiempos.
Todo ello de una manera juega en forma inconsciente y me hace sentir un excéntrico al decir que para mí es una película mediocre por donde se la mire.
Para afirmar esto, me cuestiono:¿es "capacidad" de Michel Gondry dar un discurso simple y efectivo con la estrategia de un montaje desordenado y lleno de vericuetos que sólo transmiten la sensación de confusión?
Por otro lado este tipo de películas atípicas tienen que estar muy bien hechas como para que de alguna forma me den la sensación de estar satisfecho, y éste no es el caso. Filmarla entera, luego cortarla, desordenarla, agregarle partes y que el espectador se sienta en la obligación de tener que armar el rompecabezas para encontrarle la vuelta al lenguaje de la cinta, todo ello atenta para el tipo de cinéfilo que busca un lindo mensaje (como en este caso), pero sin la "innovadora" forma de ponerlo en pantalla.
Como dije anteriormente presentar una idea bella en forma paranoica implica indefectiblemente originalidad? Subjetivamente hablando tengo que expresar que este laberinto de fotogramas desconexos no son de mi agrado personal y de allí toma fuerza el fundamento del por qué no me gustó el filme con la intensidad con que la vivieron los demás.
Que Charlie Kaufman sea considerado el mejor guionista de Hollywood por su creatividad y originalidad puede ser verdad, pero debemos atender que hay un cierto sector del público (y bien mayoritario) al que no lo conmueve con proponer una idea simplona de manera "volada". El hecho de la originalidad pasa por hacer cosas como Adaptation o Being John Malcovich? Entonces no me gustará la originalidad. Pero estoy seguro que a mi sí me interesan las obras creativas, entonces ¿es cuestión de piel con el guionista? No, tampoco pasa por allí, porque si algo me caracteriza es no dejarme llevar por prejuicios.
Por otro lado pasa el aspecto emocional del filme, ya dejando de lado estructura del montaje. En el aspecto emocional, para mi la película falló también, si tendría que llevar a mi esposa al cine a ver esta película para dejar libertad a los sentimientos amorosos, creo que sería un intento fallido en forma parcial. Claro que la idea flotante y latente del mensaje está presente y es muy bonita. Pero no creo tengamos ganas de ponernos a trabajar intelectualmente para construir el concepto que quieren difundir.
Por otro lado, hay un bache que le encuentro objetivamente y es el de la explicación de la empresa que se dedica al borrado de recuerdos, creo que no está lo suficientemente desarrollada para dar una idea más acabada en la explicación de ciertas escenas.
Además esta mezcla de drama, comedia y ficción traída de los pelos no me terminó de convencer.
Cuentos de Navidad (Parte II) (2010) por Anónima
Si hay un cuento navideño por excelencia, ese es, sin duda, Cuento de Navidad (Charles Dickens, 1843). Como bien es sabido, el relato, típicamente victoriano, discurre entre la tenebrosidad de la novela gótica y la sordidez de la realista. Nos abisma en la oscura realidad londinense del siglo XIX, pero, aún más adentro y más allá, trasciende lo tangible y nos sepulta en la negrura de la miseria humana. Se trata de un viaje de doble itinerario: exterior e interior a un tiempo, un vuelo desde las alturas que permite a Scrooch —que nos permite— otear el discurrir de la vida de sus conciudadanos y, a la vez, atisbar su propio pasado, presente y futuro.
Poco podía imaginar Charles Dickens que A Christmas Carol se convertiría en uno de los cuentos más veces adaptados de la historia, menos aún que sería el cine (arte nonato en tiempos del escritor inglés) el receptáculo que le prodigaría una mejor acogida. Desde los inicios del cine, el villancico de Dickens fue adaptado en repetidas ocasiones (sin duda porque, al tratarse de una historia harto conocida, resultaba ideal para el breve metraje de los comienzos). Scrooge; or Marley’s Ghost (Walter R. Booth, 1901) es la primera adaptación conservada. Sin embargo, más de un siglo después, cuando el labrantío de los remakes navideños dickensianos parecía ya agostado, Robert Zemeckis nos sorprende con un fruto nuevo. Entre ambas versiones se han sucedido múltiples películas cuyo punto de vista, aunque palpable, se halla habitualmente supeditado a la voluntad de ofrecer un discurso fiel al texto original. Esto no resta a esas versiones, sin embargo, un ápice de originalidad, menos de calidad, antes bien me parece un acierto, pues resulta particularmente de mi agrado el reconocer en el filme, como si de un espejo se tratara, el texto escrito que gocé con anterioridad, sin que ello merme la capacidad del azogue para deformar la imagen que refleja y hasta para discriminar determinados elementos.
No obstante, más absurdo y superfluo que crear una nueva interpretación fílmica de la obra de Dickens es, seguramente, ofrecer un comentario más acerca de cualquiera de esas versiones, pero mi condición de espectadora ignorante paliará —espero— mi culpa al contribuir con cierta osadía a esta redundancia ad infinitud.
El argumento es de sobra conocido: Ebenezer Scrooge es un viejo mezquino y amargado que enarbola la bandera de la misantropía. Cautivo de sus propias cadenas, las que él mismo ha ido forjando, las que quizá habrá de ceñirse, como su difunto socio Joseph Marley, por toda la eternidad. Pero en Nochebuena todo parece posible y, tras la súbita aparición del fantasma de Marley, que le anuncia la inminente visita de tres espíritus (el de la Navidad pasada, el de la presente y el de la futura), estos harán acto de presencia para brindar al avaro workaholic decimonónico una última oportunidad para resarcir el mal ocasionado, subsanar los errores y, en definitiva, redimirse.
Indudablemente, el director de A Christmas Carol (2009) se ha ceñido con innegable exactitud a la obra que adapta (guión, imaginería, ambientación, etc.), pero no es absolutamente fiel al cuento original; se diría que sacrifica la emoción en aras de la pirueta visual, lo cual bien puede tomarse como un intento de limar el patetismo y el sentimentalismo exacerbado, y hasta morboso, del gusto de Dickens en tiempos menos dados a tales efusiones de ánimo. Sin embargo, consigue un gran logro: por primera vez podemos disfrutar, gracias a la motion capture (tras un largo proceso que, sin duda, parte de la picture capture y pasa por el rotoscopio), de fantasía e imaginación verosímiles. El fantasma que nos ofrece Zemeckis ya no es el teatral y artificioso de Scrooch (Ronald Neame, 1970) cuyos torpes vuelos siempre me recuerdan al primer Superman televisivo (1948). Indudablemente, aquellos efectos especiales, intrínsecamente unidos a una determinada época, supusieron un gran logro por aquel entonces, si bien ni siquiera los entusiasmados espectadores de antaño lograron borrar la soga y el arnés que sujetaban a sus actores al techo.
Ha sido preciso esperar a 2009 para ver volar a Scrooch y sus espíritus navideños con la fluidez y la agilidad vislumbrada a través de las palabras de Dickens (aun cuando los personajes pequen de cierto anquilosamiento), en una extraña mezcla que conjuga la irrealidad de la animación y una especie de hiperrealismo decimonónico que torna palpable el contexto sociohistórico que evoca.
Ahora bien, cuando la acción desborda los límites de lo esperado (valga citar, por poner un ejemplo, la archicriticada escena de la persecución de la carroza o la tremenda caída de Scrooge desde lo alto —en su origen, latino, significaba también ´profundo´—) una no puede menos que preguntarse por la coherencia de tal elemento, por el modo en que contribuye al desarrollo de la trama. La iconicidad de las imágenes revela una intención plástica en la que el movimiento, uniforme o no, acelerado o decelerado, adquiere protagonismo. Considero la escena frenética de la carroza un punto álgido necesario al final de la espiral de la pesadilla, y las arritmias del film, la representación desacompasada de los vaivenes del sueño angustiado.
Hay quien dice que el film no es apto para niños porque es muy tenebroso. Deduzco que tampoco a Dickens lo consideran adecuado para el público infantil: la oscuridad, ya se sabe, evoca en el imaginario colectivo terrores ancestrales y en la idea de la muerte, presente de forma recurrente a lo largo de A Christmas Carol, se concentra el terror humano. Es lógico: la realidad o su reflejo no son aptos para tiernos infantes. Y sin embargo, me permito recordar aquí la famosa conferencia de Federico García Lorca sobre las nanas infantiles.
No podemos olvidar otro gran acierto de esta última revisitación de Cuento de Navidad: las voces, es decir, el hecho de que Jim Carrey ponga voz a siete personajes distintos, no solo a Scrooge, pues las seis restantes también le pertenecen; son sus voces interiores.
La retahíla es larga; las películas que la componen, de calidad desigual; si bien, al fin y al cabo, cada una de ellas, engalana, llena y hermosea ese vasto corpus literario-cinematográfico de límites difusos, desde la primitiva de 1901, con aquel peculiar e incluso pueril fantasma envuelto en una sábana blanca, hasta el expresionismo del espectáculo visual de Zemeckis, pasando por el patetismo sentimental de la magnífica Scrooge (1935), con la excelente interpretación de Seymour Hicks (Ebenezer Scrooge) y de Donald Calthrop (Tom Crachit) y rebosante de escenas henchidas de emotividad (recuérdese la ternura de Crachit con el pequeño Tiny Tim o la conversión de Scrooge, tan verosímil que nos devuelve la fe en los milagros). Igualmente excepcional es la versión homónima de Brian Desmond Hurst (Scrooch, 1951), sobre todo en virtud de la actuación única e irrepetible de Alastair Sim, donde la sobriedad y el humor sarcástico se funden para crear un personaje inolvidable, tan especial como el creado por Michel Caine, con su mirada socarrona, en compañía de los teleñecos (The Muppet Christmas Carol, Brian Henson, 1992). Más de cien años han transcurrido entre la popular adaptación de Thomas Edison, de 1907, y la película de Zemeckis, pero al final, como siempre, asistimos a la catarsis de Scrooge (acaso a la nuestra propia). Pero ¿es posible un cambio de tal magnitud o habremos de afrontar la conocida frase de Joseph Conrad y admitir “que el tigre no puede cambiar sus rayas ni el leopardo sus manchas”?
Recordemos el desgraciado final que aguarda a las hermanas de Bella en ese otro estupendo cuento de hadas, La Bella y la Bestia: apresadas por siempre en cuerpos de piedra, testigos mudos de una felicidad ajena, porque es un milagro que pueda convertirse un corazón perverso y envidioso.
Y sin embargo, creamos, porque el milagro existe y, ya se sabe, es un hecho cotidiano.
Poco podía imaginar Charles Dickens que A Christmas Carol se convertiría en uno de los cuentos más veces adaptados de la historia, menos aún que sería el cine (arte nonato en tiempos del escritor inglés) el receptáculo que le prodigaría una mejor acogida. Desde los inicios del cine, el villancico de Dickens fue adaptado en repetidas ocasiones (sin duda porque, al tratarse de una historia harto conocida, resultaba ideal para el breve metraje de los comienzos). Scrooge; or Marley’s Ghost (Walter R. Booth, 1901) es la primera adaptación conservada. Sin embargo, más de un siglo después, cuando el labrantío de los remakes navideños dickensianos parecía ya agostado, Robert Zemeckis nos sorprende con un fruto nuevo. Entre ambas versiones se han sucedido múltiples películas cuyo punto de vista, aunque palpable, se halla habitualmente supeditado a la voluntad de ofrecer un discurso fiel al texto original. Esto no resta a esas versiones, sin embargo, un ápice de originalidad, menos de calidad, antes bien me parece un acierto, pues resulta particularmente de mi agrado el reconocer en el filme, como si de un espejo se tratara, el texto escrito que gocé con anterioridad, sin que ello merme la capacidad del azogue para deformar la imagen que refleja y hasta para discriminar determinados elementos.
No obstante, más absurdo y superfluo que crear una nueva interpretación fílmica de la obra de Dickens es, seguramente, ofrecer un comentario más acerca de cualquiera de esas versiones, pero mi condición de espectadora ignorante paliará —espero— mi culpa al contribuir con cierta osadía a esta redundancia ad infinitud.
El argumento es de sobra conocido: Ebenezer Scrooge es un viejo mezquino y amargado que enarbola la bandera de la misantropía. Cautivo de sus propias cadenas, las que él mismo ha ido forjando, las que quizá habrá de ceñirse, como su difunto socio Joseph Marley, por toda la eternidad. Pero en Nochebuena todo parece posible y, tras la súbita aparición del fantasma de Marley, que le anuncia la inminente visita de tres espíritus (el de la Navidad pasada, el de la presente y el de la futura), estos harán acto de presencia para brindar al avaro workaholic decimonónico una última oportunidad para resarcir el mal ocasionado, subsanar los errores y, en definitiva, redimirse.
Indudablemente, el director de A Christmas Carol (2009) se ha ceñido con innegable exactitud a la obra que adapta (guión, imaginería, ambientación, etc.), pero no es absolutamente fiel al cuento original; se diría que sacrifica la emoción en aras de la pirueta visual, lo cual bien puede tomarse como un intento de limar el patetismo y el sentimentalismo exacerbado, y hasta morboso, del gusto de Dickens en tiempos menos dados a tales efusiones de ánimo. Sin embargo, consigue un gran logro: por primera vez podemos disfrutar, gracias a la motion capture (tras un largo proceso que, sin duda, parte de la picture capture y pasa por el rotoscopio), de fantasía e imaginación verosímiles. El fantasma que nos ofrece Zemeckis ya no es el teatral y artificioso de Scrooch (Ronald Neame, 1970) cuyos torpes vuelos siempre me recuerdan al primer Superman televisivo (1948). Indudablemente, aquellos efectos especiales, intrínsecamente unidos a una determinada época, supusieron un gran logro por aquel entonces, si bien ni siquiera los entusiasmados espectadores de antaño lograron borrar la soga y el arnés que sujetaban a sus actores al techo.
Ha sido preciso esperar a 2009 para ver volar a Scrooch y sus espíritus navideños con la fluidez y la agilidad vislumbrada a través de las palabras de Dickens (aun cuando los personajes pequen de cierto anquilosamiento), en una extraña mezcla que conjuga la irrealidad de la animación y una especie de hiperrealismo decimonónico que torna palpable el contexto sociohistórico que evoca.
Ahora bien, cuando la acción desborda los límites de lo esperado (valga citar, por poner un ejemplo, la archicriticada escena de la persecución de la carroza o la tremenda caída de Scrooge desde lo alto —en su origen, latino, significaba también ´profundo´—) una no puede menos que preguntarse por la coherencia de tal elemento, por el modo en que contribuye al desarrollo de la trama. La iconicidad de las imágenes revela una intención plástica en la que el movimiento, uniforme o no, acelerado o decelerado, adquiere protagonismo. Considero la escena frenética de la carroza un punto álgido necesario al final de la espiral de la pesadilla, y las arritmias del film, la representación desacompasada de los vaivenes del sueño angustiado.
Hay quien dice que el film no es apto para niños porque es muy tenebroso. Deduzco que tampoco a Dickens lo consideran adecuado para el público infantil: la oscuridad, ya se sabe, evoca en el imaginario colectivo terrores ancestrales y en la idea de la muerte, presente de forma recurrente a lo largo de A Christmas Carol, se concentra el terror humano. Es lógico: la realidad o su reflejo no son aptos para tiernos infantes. Y sin embargo, me permito recordar aquí la famosa conferencia de Federico García Lorca sobre las nanas infantiles.
No podemos olvidar otro gran acierto de esta última revisitación de Cuento de Navidad: las voces, es decir, el hecho de que Jim Carrey ponga voz a siete personajes distintos, no solo a Scrooge, pues las seis restantes también le pertenecen; son sus voces interiores.
La retahíla es larga; las películas que la componen, de calidad desigual; si bien, al fin y al cabo, cada una de ellas, engalana, llena y hermosea ese vasto corpus literario-cinematográfico de límites difusos, desde la primitiva de 1901, con aquel peculiar e incluso pueril fantasma envuelto en una sábana blanca, hasta el expresionismo del espectáculo visual de Zemeckis, pasando por el patetismo sentimental de la magnífica Scrooge (1935), con la excelente interpretación de Seymour Hicks (Ebenezer Scrooge) y de Donald Calthrop (Tom Crachit) y rebosante de escenas henchidas de emotividad (recuérdese la ternura de Crachit con el pequeño Tiny Tim o la conversión de Scrooge, tan verosímil que nos devuelve la fe en los milagros). Igualmente excepcional es la versión homónima de Brian Desmond Hurst (Scrooch, 1951), sobre todo en virtud de la actuación única e irrepetible de Alastair Sim, donde la sobriedad y el humor sarcástico se funden para crear un personaje inolvidable, tan especial como el creado por Michel Caine, con su mirada socarrona, en compañía de los teleñecos (The Muppet Christmas Carol, Brian Henson, 1992). Más de cien años han transcurrido entre la popular adaptación de Thomas Edison, de 1907, y la película de Zemeckis, pero al final, como siempre, asistimos a la catarsis de Scrooge (acaso a la nuestra propia). Pero ¿es posible un cambio de tal magnitud o habremos de afrontar la conocida frase de Joseph Conrad y admitir “que el tigre no puede cambiar sus rayas ni el leopardo sus manchas”?
Recordemos el desgraciado final que aguarda a las hermanas de Bella en ese otro estupendo cuento de hadas, La Bella y la Bestia: apresadas por siempre en cuerpos de piedra, testigos mudos de una felicidad ajena, porque es un milagro que pueda convertirse un corazón perverso y envidioso.
Y sin embargo, creamos, porque el milagro existe y, ya se sabe, es un hecho cotidiano.
Como Dios (2003) por El Despotricador Cinéfilo
En la mayoría de los casos se lo perdono, pues los autores de dichos films suelen ser unos mediocres sin talento que, por mucho que expriman sus ganas de hacer cine, no lo consiguen. El dolor es mucho más hiriente cuando esto te lo hacen dos artistas de un talento tan excepcional como Jim Carrey y Tom Shadyac. Y muchos se preguntarán: ¿Tom shadyac un artista de excepcional talento?, ¿no es un poco exagerado para un director tan normalito, convencional y poco destacable como él?. Pues no, no exagero, pues estoy convencido de que la magnífica Mentiroso compulsivo (1997, Shadyac) es precisamente tan magnífica y soberbia, no solo por el desmesurado talento para la comedia de un impagable Jim Carrey, sino por la inteligente, amena y brillante dirección que Shadyac le aporta. De hecho, me parece insultante que no esté entre las grandes comedias del siglo, ya que, en mi opinión, merece ser reivindicada como una de las películas más divertidas, ocurrentes, inteligentes e hilarantes que jamás dará el cine; muy a la altura de lo mejor de los hermanos Marx, Cary Grant o incluso Woody Allen.
Por eso, me duele que este Como Dios resulte tan tremendo bodrio. Por supuesto, el 90% de la culpa la tiene un guión tan desaprovechado, tontorrón, banal y superfluo que solo rasca la superficie de lo que podía haber dado una gran comedia con momentos de extraordinaria comicidad. Sin embargo, ese guión (que parece escrito en un par de horas de bajísima inspiración) no saca provecho de nada, absolutamente de nada, de lo que podría haber aportado un pequeño toque de originalidad o inteligencia a esta historia, cuyo punto de partida, insisto, me parece genial, pero a los 5 minutos de metraje ya te das cuenta de que seguirá el camino más facilón, torpe y chabacano.
Ahora bien, si el 90% de la culpa es del guión, el 10% restante se lo lleva la desganada interpretación de Jim Carrey y la de los demás actores, así como la impersonal y aburrida dirección de Shadyac. Entiendo perfectamente que no estén motivados, al tener que filmar un guión tan chabacano, pero, por lo menos, ya que van a desperdiciar su talento, que no lo hagan con una idea argumental que podría haber dado tanto de sí. Y es que cada vez estoy más convencido de que en el mundo del cine (o en el de cualquier arte en general) no basta con tener talento, sino que hay que contar con unos buenos pilares argumentales sobre los que poder desarrollarlo.
Peggy Sue se casó (1986) por El Despotricador Cinéfilo
Un amigo mío, el cual para mantener el anonimato le llamaré simplemente sosoman, es de la opinión que Coppola no ha vuelto a ser el mismo desde que terminó la década de los 70, y que en toda la década de los 80 perdió totalmente su toque y solo hizo una basura tras otra sin el menor interés, muy lejos todas de las soberbias e inmortales Obras Maestras que nos brindó en los años 70.
No puedo estar más de acuerdo, aunque yo no soy tan radical. Por supuesto que ni él (ni nadie) ha vuelto al alcanzar sus cotas de maestría que demostró genialmente en esas películas setenteras, y que tanto amor cinéfilo nos ha proporcionado (soy de esos cinéfilos que se ha visto más de 15 veces El Padrino II (1974), y probablemente la volveré a ver en años sucesivos otras 15 veces pues a mi parecer es la Obra Maestra Absoluta de la historia del cine), por ello cualquier otra obra menor empaña siempre mi querido recuerdo hacía Coppola.
No creo que el problema sea que en los años 80 (y en menor medida en los años 90) haya hecho bodrios, creo sinceramente que son films totalmente impersonales y por tanto carentes de alma, son films de encargo, y Coppola es un cineasta que si no se vuelca en un film al 100% (escribiéndolo, madurándolo, produciéndolo y dirigiéndolo, es decir, pariéndolo de sus entrañas) acaba desmotivándose y por ello todos esos films son fríos, distantes, impersonales y realizados con una desgana latente. Cualquier otro director podría haberlos realizado (incluso probablemente mejor que Coppola), y está clarísimo que únicamente, por sus continuos problemas económicos, los realizó para encontrar financiación para sus films más personales.
Pero incluso sus films más queridos y personales (como Corazonada (1982), Cotton Club (1984) o Tucker, un hombre y su sueño (1988)) son películas fallidas sin la garra ni el toque Coppoliano que se espera de ellas.
Es difícil decantarse por cual de todas esas películas de esa época es la peor de todas, pero tras revisionar de nuevo Peggy Sue se casó no me cabe la menor duda, pues pocas ideas arguméntales tan ingeniosas y potenciales jugosas (deudora, como no, de la magistral Regreso al futuro que Zemeckis realizó un año antes) naufragan tan catastróficamente como este lamentable Peggy Sue.
Toda la dirección de la película es impersonal, aburrida, banal, ramplona y sumamente decepcionante, a mí (y a cualquiera) se le ocurrirían 10 maneras diferentes de desarrollar ese guión, todas menos la que se eligió, vaya insulto al espectador, menuda tomadura de pelo y sobre todo vaya desperdició de idea brillante que podría haber dado mucho de no ser por la evidente desgana, desinterés, indiferencia y vageza con la que Coppola se enfrentó al proyecto (y menos mal que gracias a la esforzada interpretación de Kathleen Turner remonta un poco, pero ni por esas).
De todos modos, a pesar de haberme decepcionado ya demasiadas veces, me es muy difícil en general sentir desilusión por Coppola, porque se en mi fuero más interno que este padrino del cine aún nos podrá regalar alguna joya incuestionable, y que ese toque que muchos dan ya por perdido volverá a reflotar, y es que el verdadero amor (sobre todo el cinéfilo) nunca se olvida del todo.
El show de Truman (1998) por El Despotricador Cinéfilo
Cuando vi por primera en el cine El show de Truman me disgustó levemente, porque no entendía la fría, distante y artificial dirección de Peter Weir. Al verla por segunda vez comprendí perfectamente lo inteligente que había sido, así como que dicha dirección es justo la que necesitaba la película, es más, me pareció una de los mayores aciertos y geniales toques por parte de un director, digno de un Oscar (y probablemente lo hubiera ganado de no haber tenido que competir contra el mismísimo Spielberg de Salvar al Soldado Ryan). Ahora que la he visto por tercera vez me maravillo más todavía de lo académicamente perfecta que es la película, y como es una de las obras más sólidas y geniales de su director.
Pero si hay algo en que coincido en las tres veces que la he visto es que siempre he detectado y encontrado el mismo fallo, y no cabo comprender porque algo tan evidente no llama la atención primero al guionista y luego al director.
Uno de los puntos fuertes del film es sin duda la multimillonaria audiencia que tiene el programa, cifrada en cientos de millones de telespectadores, y sin embargo Weir siempre nos muestra los mismos 4 ó 5 personajes viendo el show, y en mi opinión es un error, sobre todo en la escena final cuando Truman por fin se libera y todos estallan de alegría. Ese momento de júbilo debería haber sido impactante, universal, festivo y arrollador, pues es el climax total de la película, y sin embargo es cutre, apagado y con muy pocas dosis de emoción, ¿tanto costaba intercalar nuevos personajes globales seguidores del show?, ¿no es evidente que esa escena necesita a gritos más emoción a base de multitud de personas celebrando tan magno momento al más puro estilo del final de El retorno del Jedi (Marquand, 1983)?.
No se, quizás deba verla dentro de unos años por cuarta vez, y así comprender porque Weir rodó un final tan aséptico y poco conmovedor, pero queda claro como siempre estos pequeños detalles son los que diferencian una película académicamente perfecta de una Obra Maestra.
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