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La roca (1996) por El Despotricador Cinéfilo


A pesar de los muchísimos años transcurridos desde su estreno, tengo aún muy vivo el recuerdo de La roca, pues es una de las películas que más me ha decepcionado (como siempre me crispa y decepciona Michael Bay). Pero en este caso dicha decepción es más triste, pues hasta cierto punto la película me estaba resultando atractiva y, lo que es más importante, me estaba entreteniendo.

La roca tiene un guión divertido, ocurrente, simpático y muy majo, quizás porque desde el principio no se toma en serio a sí misma y solo quiero ofrecer un entretenimiento veraniego sin grandes pretensiones, vacuo y pueril. Si además aportamos el carisma y la solvencia de actores como Nicolas Cage (en el mejor momento de su carrera, recién salido de ganar un Oscar), Ed Harris (muy convincente a pesar de lo esteriotipado de su papel) y del mítico Sean Connery, pues el cocktail es ya perfecto.

Incluso, hasta cierto punto, las escenas de acción de La roca son impecables y divertidas, como la ingeniosa (aunque muy inverosímil) fuga de Connery del hotel. Pero de repente todo el tono bufón desaparece, y sin darnos cuenta nos vemos enfrascados en una trepidante persecución de coches por San Francisco (¿existe alguna película que transcurra en San Francisco que no haya persecuciones de coches?) y lo que podría haber sido una correcta escena de acción se convirtió, a mi juicio, en un punto de inflexión en el film, paso de una película aceptable a… quién sabe qué.

Dicha persecución es un interminable y cansino uso (y abuso) del plano/contraplano, de fragmentar el montaje en miles de fotogramas diferentes y de otorgar tan embarullamiento mental que descoloca por completo al espectador. Por si fuera poco, además, dura muchísimo y en todo ese metraje no consigue imponer nada de ritmo acelerado y vertiginoso, que es de lo que se trataba. Y lo que es peor, a partir de ese momento la película empieza a tomarse en serio a sí misma, y el paródico y entretenido espectáculo ofrecido hasta entonces desaparece, pues pasa de tener un ritmo apropiado a una sucesión inadmisible de escenas muy apresuradas, histéricas, atropelladas, desenfrenadas, ridículas y muy histriónicas.

En momentos así siempre pienso en Uno, dos, tres (1961, Billy Wilder), decir a estas alturas que Uno, dos, tres es una de las comedias más divertidas y geniales de toda la historia del cine es innecesario, pero es que además la magistral película del Maestro Wilder demuestra lo que debe ser el ritmo en el cine. Es decir, para obtener una película rápida, dinámica, con ritmo y mucha velocidad no necesitas fragmentarla en tropecientosmil planos y abusar del montaje, es mucho más sencillo, basta con saber dirigirla.

Pero claro, no debe ser tan fácil eso de ser un buen director, pues Michael Bay (y tantos otros) se van siempre a lo facilón y a bombardear visualmente para así intentar engañar al espectador. Y, aunque sea solo cine palomitero y de escapismo para un público adolescente poco exigente, no es excusa para engañar la inteligencia de la audiencia.

El show de Truman (1998) por El Despotricador Cinéfilo


Cuando vi por primera en el cine El show de Truman me disgustó levemente, porque no entendía la fría, distante y artificial dirección de Peter Weir. Al verla por segunda vez comprendí perfectamente lo inteligente que había sido, así como que dicha dirección es justo la que necesitaba la película, es más, me pareció una de los mayores aciertos y geniales toques por parte de un director, digno de un Oscar (y probablemente lo hubiera ganado de no haber tenido que competir contra el mismísimo Spielberg de Salvar al Soldado Ryan). Ahora que la he visto por tercera vez me maravillo más todavía de lo académicamente perfecta que es la película, y como es una de las obras más sólidas y geniales de su director.

Pero si hay algo en que coincido en las tres veces que la he visto es que siempre he detectado y encontrado el mismo fallo, y no cabo comprender porque algo tan evidente no llama la atención primero al guionista y luego al director.

Uno de los puntos fuertes del film es sin duda la multimillonaria audiencia que tiene el programa, cifrada en cientos de millones de telespectadores, y sin embargo Weir siempre nos muestra los mismos 4 ó 5 personajes viendo el show, y en mi opinión es un error, sobre todo en la escena final cuando Truman por fin se libera y todos estallan de alegría. Ese momento de júbilo debería haber sido impactante, universal, festivo y arrollador, pues es el climax total de la película, y sin embargo es cutre, apagado y con muy pocas dosis de emoción, ¿tanto costaba intercalar nuevos personajes globales seguidores del show?, ¿no es evidente que esa escena necesita a gritos más emoción a base de multitud de personas celebrando tan magno momento al más puro estilo del final de El retorno del Jedi (Marquand, 1983)?.

No se, quizás deba verla dentro de unos años por cuarta vez, y así comprender porque Weir rodó un final tan aséptico y poco conmovedor, pero queda claro como siempre estos pequeños detalles son los que diferencian una película académicamente perfecta de una Obra Maestra.

Poder absoluto (1996) por Francisco Rodríguez Criado


CLINT EASTWOOD, DEL PODER ABSOLUTO AL PODER LIMITADO

Cualquiera puede hacerse una idea de lo que es un gran cineasta, y también de lo que es una mala película. Más difícil de entender es por qué estos dos conceptos, aparentemente disímiles, se encaman tan a menudo. (De ahí el objetivo de esta web: denunciar las malas películas al margen de la sangre azul de sus creadores). Mi maledicencia me lleva a veces a pensar que algunas películas mediocres han nacido solo para que sus autores reciban halagos camuflados bajo críticas ásperas como: “Esta película tan floja de no está a la altura del resto de su obra” o “Sin duda una mancha en su valiosa carrera cinematográfica”, etcétera. Un pequeño tirón de orejas, en definitiva, que les recuerde lo magníficos que son cuando no malgastan su talento en obras menores.

Pero dejemos de divagar y entremos en materia. Un título y un autor: El poder absoluto (1997) y Clint Eastwood. El ya veterano actor acababa de bajarse de Los puentes del Madison (1995) y aún no se había subido al oscarizado cuadrilátero de Million Dollar Baby (2004), tras el cual se dedicaría a clavar las banderas de los Estados Unidos de América y la de Japón en Iwo Jima (a bandera por película). Le parecería que hacer buenas películas es algo tedioso y se enfrascó en un proyecto poco recomendable, El poder absoluto, con guión de William Goldman sobre la novela de David Baldacci, autor de bestsellers.

El filme narra las desventuras de un ladrón profesional, Luther Whitney (Clint Eastwood), que entra a robar en casa de un multillonario, Walter Sullivan (E.G. Marhsall), casualmente el mejor amigo del presidente de los Estados Unidos (Gene Hackman). Para entretejer los mimbres del thriller, Eastwood presencia el asesinato de la esposa del citado millonario a manos del equipo de seguridad del Presidente, dos matones trajeados que siguen los dictados de una super–secretaria–para–todo. (Al parecer, entre las obligaciones de este trío entraba no despegarse de su ilustre protegido ni siquiera cuando este se disponía a echar una canita al aire).

Partiendo de estas premisas, Eastwood intenta ofrecer al espectador un filme donde dejar al descubierto las entretelas de tres elementos sospechosamente afectos entre sí que suelen salir invictos ante cualquier fechoría (en este caso un asesinato): el poder, el dinero y la política. En fin, un ejemplo de eso que ha venido a llamarse “intriga presidencial”, género o subgénero que cuenta últimamente con muchos adeptos. La película, que se mueve entre la aventura y la denuncia, naufraga en ambos casos. El papel de Eastwood, mitad ladrón mitad artista, es poco creíble, entre otros motivos porque las necesidades del guión le obligan a realizar una serie de proezas físicas impropias de un señor de su avanzada edad por muy ladrón de guante blanco que sea. A todo esto se añade gratuitamente un hilo argumental paralelo al de la acción, presuntamente intimista, que potencia la condición de padre ausente del personaje principal, una triquiñuela poco sólida concebida más que nada para tocar la fibra sensible de los espectadores más sentimentales.

Tibieza, escenas paternalistas y un estilo a lo Bond donde todo se pone de cara al personaje principal marcan las pautas de esta floja cinta con happy end, justicia poética incluida.

Aunque quisiéramos rebajar la responsabilidad de Eastwood en este filme, no podríamos teniendo cuenta que no es solo el actor principal sino también el director. Por qué voces autorizadas (Javer Rioyo, Carlos Reviriego, Augusto M. Torres y Carlos Boyero entre otros) han apoyado de manera parcial o sin fisuras este bodrio sigue siendo una tarea pendiente de descifrar.

Algunos se han atrevido a llamar genio a Eastwod por la dirección de El poder absoluto. En mi opinión, en caso de ser un genio lo es no gracias a esta película sino a pesar de ella.