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La carrera del siglo (1965) por Father Caprio
Quienes recordamos al “lindo gatito”, al Coyote en pos del correcaminos, a Porky o a Sam, ¿qué hay de nuevo, viejo?, entre otros, las comedias de Blake Edwards, pongamos que hablo del inspector Clouseau o también de <i>La carrera del siglo</i>, se nos figuran cortadas por patrones similares. La gran carrera es una especie de comic de larga duración donde el profesor Fate (Jack Lemmon) y su ayudante Max (Peter Falk) son algo así como nuestros irrepetibles Mortadelo y Filemón probando los disparatados inventos del profesor Bacterio. Es probable que los Lonely Toones tuviesen algo que ver en la gestación de la película o, cuando menos, la sombra de Pink Panther se nos figura alargada.
Larga es la película, rondando las dos horas y media de duración, lo cual sería irresistible salvo que la calidad media de la película sea aceptable, las sonrisas y alguna carcajada siquiera solitaria y tímida asomen a nuestro semblante de vez en cuando y la historia que nos cuentan sea aceptablemente increíble. Circunstancias todas ellas que se dan en este film y que de la mano de un maestro de ceremonias excepcional (Blake Edwards), la siempre genialidad musical de Henry Mancini y la talla contrastada de los actores citados, además de Tony Curtis, Natalie Wood o Keenan Wynn , conforman una película excelente que debe verse con predisposición a la risa franca y distendida.
No es un film maravilloso. No se confundan. Es un film entretenido que consigue lo que pretende: justamente entretener, con unos actores conocedores de su oficio y de una profesionalidad más que demostrada, tal es el caso de uno de los mejores actores de todos los tiempos: Jack Lemmon, y no creo estar exagerando. La cantidad de registros que nos brinda Lemmon es tal que hasta se permite el lujo de interpretar a dos personajes radical y temperamentalmente distintos. Amigos del alma en <i>Con faldas y a lo loco</i>, Jack Lemmon y Tony Curtis son aquí dos rivales enfrentados, hasta las últimas consecuencias, en una carrera automovilística organizada por el periódico newyorkino Centinel entre la Estatua de la Libertad y la Torre Eiffel.
¿Será capaz la Torre Eiffel de resistir las embestidas de estos personajes cuasi de dibujos animados?. Deberán esperar ciento cincuenta minutos de proyección para resolver la duda. Entretanto disfruten de viajes en iceberg, de coronaciones reales, de complots palaciegos y de las inevitables, consabidas y siempre bien recibidas historias de amor. Viaje con nosotros que diría Gurruchaga. Tal vez no les sonrían atractivos monstruosos pero seguro que asisten a una de las batallas de tartas más coloristas, dulces y merengosas de los últimos tiempos.
Larga es la película, rondando las dos horas y media de duración, lo cual sería irresistible salvo que la calidad media de la película sea aceptable, las sonrisas y alguna carcajada siquiera solitaria y tímida asomen a nuestro semblante de vez en cuando y la historia que nos cuentan sea aceptablemente increíble. Circunstancias todas ellas que se dan en este film y que de la mano de un maestro de ceremonias excepcional (Blake Edwards), la siempre genialidad musical de Henry Mancini y la talla contrastada de los actores citados, además de Tony Curtis, Natalie Wood o Keenan Wynn , conforman una película excelente que debe verse con predisposición a la risa franca y distendida.
No es un film maravilloso. No se confundan. Es un film entretenido que consigue lo que pretende: justamente entretener, con unos actores conocedores de su oficio y de una profesionalidad más que demostrada, tal es el caso de uno de los mejores actores de todos los tiempos: Jack Lemmon, y no creo estar exagerando. La cantidad de registros que nos brinda Lemmon es tal que hasta se permite el lujo de interpretar a dos personajes radical y temperamentalmente distintos. Amigos del alma en <i>Con faldas y a lo loco</i>, Jack Lemmon y Tony Curtis son aquí dos rivales enfrentados, hasta las últimas consecuencias, en una carrera automovilística organizada por el periódico newyorkino Centinel entre la Estatua de la Libertad y la Torre Eiffel.
¿Será capaz la Torre Eiffel de resistir las embestidas de estos personajes cuasi de dibujos animados?. Deberán esperar ciento cincuenta minutos de proyección para resolver la duda. Entretanto disfruten de viajes en iceberg, de coronaciones reales, de complots palaciegos y de las inevitables, consabidas y siempre bien recibidas historias de amor. Viaje con nosotros que diría Gurruchaga. Tal vez no les sonrían atractivos monstruosos pero seguro que asisten a una de las batallas de tartas más coloristas, dulces y merengosas de los últimos tiempos.
Lolita (1962) por El Despotricador Cinéfilo
Lolita es uno de los escasos y raros casos de que me he leído el libro antes de ver la película, y el libro me pareció sumamente divertido, sobre todo a costa del pobre personaje de Humbert Humbert, el cual en un tono de humillante y divertida sumisión pasa todo tipo de desventuras y situaciones patéticamente divertidas que su deseo por Lolita le hace cometer (como ya hizo de forma muy parecida, y por otra Lola también, el Emil Jannings de El Ángel azul (Stemberg, 1930) esta vez humilladamente seducido por Marlene Dietrich). Eso sí, luego reconozco que el libro se vuelve insoportablemente aburrido cuando empiezan a irse de motel en motel (aun recuerdo con desazón las soporíferas descripciones que hacía Navobok de las toallas de los hoteles y similares).
Pero ¿qué pasa con la película?, pues la película demuestra que Kubrick tiene una ausencia absoluta de sentido del humor (no sólo se ve en este film, se ve en todos los suyos) pues no consigue transmitir ni una sola vez el gran humor que desprendían las sumisiones y humillaciones de Humbert Humbert, siendo una película muy seria e incluso aportando mayor sosez de la que merece. ¿Y que se salva entonces en Lolita?, pues no es precisamente Sue Lyon, que no aparenta 13 años ni de coña (y encima hace sentirnos como deplorables y perversos pedófilos a los espectadores masculinos, ay, esa escena del hulahop), en este aspecto es mucho mejor la niña de la nueva versión de Lolita que en los años 90 hizo Adrian Lyne.
Descartada ya Sue Lyon ¿qué salva el film? Pues lo salva el tremendo trío protagonista que lo componen dos excelentes actores como James Mason y Shelley Winters (soberbios los dos en la película) y ese genio de la comedia llamado Peter Sellers, desgraciadamente muy comedido (por la pulcra y castrante seriedad de la dirección de Kubrick), pero el cual hace brillar y remontar totalmente el film cuando ya empezaba a ser francamente aburrido.
¿Qué sería de Stanley Kubrick sin Peter Sellers? Pues sencillamente que ni Lolita ni Telefono Rojo, volamos hacía Moscu (1964) serían buenas películas, es más, serían unos bodrios considerables, pero disponer de Sellers es sinónimo de éxito (que se lo digan sino al mediocre Blake Edwards, ¿verdad?), pero aún así hay que elogiar la tremenda labor de James Mason (una de las mejores interpretaciones de su carrera sin duda) y de la siempre excelente Shelley Winters (sobre todo en la memorable escena cuando descubre cotilleando la gran pasión oculta de su marido). Pero uno no puede evitar dejar de preguntarse ¿no hubiese sido una película mucho mejor con otro director, con más sentido del humor y de mente menos cuadriculada, que el perfeccionista Kubrick?
Días de vino y rosas (1962) por El Despotricador Cinéfilo
A la hora de tener que elegir un film de Blake Edwards que criticar, me decanto por uno que me irrita considerablemente, y encima me cabrea que es en cierto círculos cinéfilos es un film con cierto prestigio, Días de vino y rosas (1962), ¿y por qué me desquicia este film contra el alcoholismo?, pues porque todos los habituales y manidos excesos de su director salen a la luz más claramente que nunca: interpretaciones exageradamente ridículas de lo apasionadas que son, recarga dramática excesiva, malísima dirección de actores, un guión tan mal estructurado y desarrollado (como dirigido, claro), e incluso la música de Mancini es tan inadecuadamente acaramelada que desentona con el [supuesto] mensaje de la película.
¿Tan díficil era verse Días sin huella (1945, Wilder) para aprender como hacer un buen film contra el alcoholismo?, Wilder casi 20 años antes ya demostró de una manera sobria, directa y con contención todo lo que se podía decir sobre esa enfermedad que es el alcoholismo, pero Edwards coge el camino facilón de la exageración y el melodramatismo más vulgar y pamfletero. Esto ha ocasionado que la película haya envejecido más que ninguna otra de su filmografía, y encima, para más inri consigue algo inaudito que yo no he vuelto a ver: una mala interpretación de Jack Lemmon.
¿Tan díficil era verse Días sin huella (1945, Wilder) para aprender como hacer un buen film contra el alcoholismo?, Wilder casi 20 años antes ya demostró de una manera sobria, directa y con contención todo lo que se podía decir sobre esa enfermedad que es el alcoholismo, pero Edwards coge el camino facilón de la exageración y el melodramatismo más vulgar y pamfletero. Esto ha ocasionado que la película haya envejecido más que ninguna otra de su filmografía, y encima, para más inri consigue algo inaudito que yo no he vuelto a ver: una mala interpretación de Jack Lemmon.
Desayuno con diamantes (1961) por Hartmann
No es Desayuno con diamantes una obra maestra, ni tan siquiera un clásico de los grandes por más que algunos lo vean así. Y con todo, hay que reconocer en ella momentos de obra maestra y de clásico, pero una película debe ser juzgada por el conjunto, y ésta exhibe algunos defectos de base que sus aciertos parciales no logran disimular.
En su novela Desayuno en Tiffany´s Truman Capote pretendió esbozar un retrato de la parte más frívola e insustancial de la sociedad neoyorquina, pasto habitual de la prensa de cotilleos. Sin embargo, el relato de Capote carece de acidez y distanciamiento y acaba por resultar tan encantador como falto de profundidad precisamente porque se ve parcialmente contagiado por los vicios de la fauna que describe. A ello hay que sumar una cierta incapacidad del autor norteamericano para retratar el universo femenino: en la obra de Capote que conozco mujer e inteligencia parecen incompatibles. Y cuando es una mujer la que lleva el peso de la trama, como en este caso, el panorama resulta problemático.
Con semejante base no debería sorprender que el principal escollo a superar por Edwards a la hora de realizar la adaptación a la pantalla fuera una trama algo insulsa y a la que los guionistas hicieron poco por mejorar: convertir al protagonista en un mantenido e incluir un final totalmente hoollywodiense podían dar más carga dramática a la cinta, pero no se saca el debido provecho de los cambios. Tampoco resultan convincentes algunos personajes, con un histriónico Mickey Rooney en un papel de vecino cascarrabias totalmente exagerado, la vena cómica funciona sólo a ráfagas y en otras cae en el puro vodevil, y los diálogos son irregulares; apuntan buenos momentos, sobre todo en las discusiones de la pareja protagonista, pero se quedan a medias, sin rematar lo que bosquejan.
Naturalmente que esta película tiene sus aciertos, como ya se decía: Edwards sabe rodar, hallar el encuadre exacto y dar a cada plano la duración justa, y la mejor muestra la tenemos en el excelente plano de arranque o en la escena del guateque, narrada con un ritmo endiablado y la precisión de un mecanismo de relojería. La hermosa Audrey Hepburn se convirtió aquí en todo un icono (una de las pocas veces que se puede llevar con clase la tan temida anorexia) y sabe construir un personaje alocado a la vez que frágil e inseguro, capaz de pasar del registro más elegante al abiertamente cómico con total naturalidad.
Capítulo aparte merece la banda sonora. Hoy muchas de sus páginas pueden resultar desfasadas al pertenecer a la moda de los 60; pero resulta más que merecido que pasara a la historia gracias al bellísimo tema de Moon River, al que Mancini supo sacar todo el partido que pudo consciente de que, ahí sí, tenía delante una verdadera joya.
La otra, Hepburn.
Entre las dos lograron dejar para la posteridad una obra que de otra manera no hubiera pasado de ser una aceptable historia de amor narrada con oficio.
Algo pasa en Las Vegas (2008) por José Luis Martínez Orea
Inicio mi colaboración en El despotricador, empresa familiar pero abierta al infinito, con la crítica de una comedia que se exhibe estos días en los cines de España: ALGO PASA EN LAS VEGAS de Tom Vaugham.
Es una comedia romántica hecha a la medida de la protagonista Cameron Díaz,propósito que hasta los traductores del título en español (en el original What Happens in Vegas) han forzado haciéndolo coincidir con aquel "Algo pasa con Mary" (1998), famosísima comedia gamberra que en su día lanzó a la protagonista. Claro los Farrelly eran otra cosa.
El comienzo es interesante, rápido. Nos mete en el ajo o el embrollo (in media res) como muchas de las comedias clásicas de Hawks, Wilder, Minelli, Bogdanovich, Edwards, con unos primeros minutos en Las Vegas prometedores, pero que, según avanza el metraje, la película se vuelve tópica, previsible, y que, algún diálogo chispeante, alguna réplica realmente cómica, algún personaje secundario (Rob Cordry) hay una sensación generalizada de que la película está muriendo por momentos: Y lo peor es que sus personajes impostan y sobreactúan al darse cuenta de esa muerte anunciada.
Cameron Díaz.¿Por qué los personajes abundantes son tan buenos para la comedia? ¿Por qué los que tienen la boca desbocada, como un buzón de cartas, dan tanto papel? ¿Recuerdan a los dos buzones postales andantes que son Julia Roberts y Cameron Díaz disputándose el novio en "La boda de mi mejor amigo"? Sí Cameron es abundante en todo: los ojos se salen de la pantalla. Los brazos infinitos y las piernas larguísimas (vean las primeras escenas que bien camina con zapatos de tacón). A estas alturas con buenos directores ha aprendido ya a utilizar (movilidad, timidez, guiños, risas) su abundancia en la comedia.
¿Por qué aquí no? Lo peor es el montaje. da la sensación de que, cumplido el fin primordial de hacer una comedia de Cameron Díaz con Aston Cutcher, el nuevo guapo de moda, el joven marido de la talluda Demi Moore, todo lo demás ha salido fallido. Hay varias películas con distintos estilos en una. El final es el principio, no por el estilo, sino por aprovechamiento de descartes valiosos. Anacronismo en el maquillaje, como si la protagonista se hubiera ido a la playa a mitad de una escena. ¿Y que me dicen de la doble trama fallida? ¿Era necesario divorciarse y casarse dos veces? ¿Por qué en vez de ir los protagonistas frente al mar infinito a decir tonterías sobre amor y filosofía, no los manda otra vez a Las Vegas?.
Insoportable la segunda parte por la filosofía que desprende sobre la felicidad y el trabajo. Sobre la vida americana y la empresa privada. ¿Es mejor, más íntegro, trabajar en una ebanistería que en la bolsa? ¿Son así los jueces, los chinos integrados, los servicios sociales, las fiestas de empresa?.
Con ALGO PASA EN LAS VEGAS pasa que, si no la ve no pasa nada y, si la ve, tampoco. En fin, El Despotricador que mejor despotrique, buen despotricador será…
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