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Lolita (1962) por El Despotricador Cinéfilo


Lolita
es uno de los escasos y raros casos de que me he leído el libro antes de ver la película, y el libro me pareció sumamente divertido, sobre todo a costa del pobre personaje de Humbert Humbert, el cual en un tono de humillante y divertida sumisión pasa todo tipo de desventuras y situaciones patéticamente divertidas que su deseo por Lolita le hace cometer (como ya hizo de forma muy parecida, y por otra Lola también, el Emil Jannings de El Ángel azul (Stemberg, 1930) esta vez humilladamente seducido por Marlene Dietrich). Eso sí, luego reconozco que el libro se vuelve insoportablemente aburrido cuando empiezan a irse de motel en motel (aun recuerdo con desazón las soporíferas descripciones que hacía Navobok de las toallas de los hoteles y similares).

Pero ¿qué pasa con la película?, pues la película demuestra que Kubrick tiene una ausencia absoluta de sentido del humor (no sólo se ve en este film, se ve en todos los suyos) pues no consigue transmitir ni una sola vez el gran humor que desprendían las sumisiones y humillaciones de Humbert Humbert, siendo una película muy seria e incluso aportando mayor sosez de la que merece. ¿Y que se salva entonces en Lolita?, pues no es precisamente Sue Lyon, que no aparenta 13 años ni de coña (y encima hace sentirnos como deplorables y perversos pedófilos a los espectadores masculinos, ay, esa escena del hulahop), en este aspecto es mucho mejor la niña de la nueva versión de Lolita que en los años 90 hizo Adrian Lyne.

Descartada ya Sue Lyon ¿qué salva el film? Pues lo salva el tremendo trío protagonista que lo componen dos excelentes actores como James Mason y Shelley Winters (soberbios los dos en la película) y ese genio de la comedia llamado Peter Sellers, desgraciadamente muy comedido (por la pulcra y castrante seriedad de la dirección de Kubrick), pero el cual hace brillar y remontar totalmente el film cuando ya empezaba a ser francamente aburrido.

¿Qué sería de Stanley Kubrick sin Peter Sellers? Pues sencillamente que ni Lolita ni Telefono Rojo, volamos hacía Moscu (1964) serían buenas películas, es más, serían unos bodrios considerables, pero disponer de Sellers es sinónimo de éxito (que se lo digan sino al mediocre Blake Edwards, ¿verdad?), pero aún así hay que elogiar la tremenda labor de James Mason (una de las mejores interpretaciones de su carrera sin duda) y de la siempre excelente Shelley Winters (sobre todo en la memorable escena cuando descubre cotilleando la gran pasión oculta de su marido). Pero uno no puede evitar dejar de preguntarse ¿no hubiese sido una película mucho mejor con otro director, con más sentido del humor y de mente menos cuadriculada, que el perfeccionista Kubrick?

Cuando Marlon Brando se mete en la película (2010) por El Despotricador Cinéfilo

En el año 2004, cuando murió el gran Marlon Brando, la reacción fue unánime, pues acababa de morir uno de los más grandes actores de todos los tiempos y uno de los mitos por excelencia del Séptimo Arte. Por tanto, los continuos homenajes no se hicieron esperar y todo el mundo rindió pleitesía al que, para muchos, está considerado el mejor actor de todos los tiempos.

Yo, mismamente, caigo rendido ante algunas de las sublimes interpretaciones del actor, y en algunos casos, como La ley del silencio, El padrino, Apocalypse now o El último tango en París, reconozco que estamos ante el artista más talentoso y virtuoso de todos los tiempos. Ahora bien, yo siempre me he preguntado ¿cómo es posible que Brando, siendo tan excelente actor, estuviese tan mal en algunas películas? Y decir mal es ser muy benévolo, pues en algunos films está rematadamente mal.

La respuesta es probablemente que Brando no fue nunca un actor capaz de meterse en una película, la película tenía que meterse en él. Por eso, en determinados films alcanza ese estatus de deidad cinematográfica por los siglos de los siglos por estar simplemente perfecto, pero en otras, ay Dios mío, estamos ante el peor actor de todos los tiempos, por no hablar de las veces que ha prostituido su talento en bodrios inclasificables.

Puede que Brando sea el ejemplo más representativo de este tipo de actores en los que la película debe meterse para que puedan ser perfectos y convincentes, pero hay otros ejemplos de actores extraordinarios, a mi juicio, que aportan malísimas interpretaciones, como pueden ser Peter Sellers o Klaus Kinski en films inadecuados para ellos.

Alguno podrá decir en defensa de estos actores: “Claro, si son films inadecuados para ellos, es normal que estén mal”. Pues no, porque yo admiro de verdad a todos esos otros actores que, interpretando el papel que interpreten, están siempre magníficos o, por lo menos, correctos; eso sí que es ser un actor versátil. Es decir, estoy hablando de esa remesa de actores todoterreno como Alec Guinness, Anthony Hopkins, Meryl Streep, James Stewart, Michael Caine y tantos otros.

Eso sí, esto no quita que siga disfrutando con toda intensidad del mejor Brando o del mejor Sellers. Al fin y al cabo, el cine es disfrute, venga como venga.

Teléfono rojo, ¿volamos hacía Moscu? (1964) por El Despotricador Cinéfilo


Existe algo más patético que una comedia dirigida por alguien con ausencia absoluta de sentido del humor? Pues aún así Kubrick se atrevió a realizar esta [supuesta] comedia [supuestamente] divertida, haciendo de paso una crítica feroz a la amenaza nuclear, que tanto tuve en vilo a la humanidad en la década de los 60.

El resultado es una de las comedias más chabacanas, vulgares y exageradamente atroces de la historia del cine. No consigue ser divertida en su comicidad ni tampoco en la sátira política que, prepotente y presuntuosamente, buscaba Kubrick.

¿Entonces es una mala película? Pues no, nuevamente la salva Peter Sellers, el cual está absolutamente fantástico en los 3 papeles distintos que interpreta (además magníficamente doblado en la versión española por Jesús Puente). Sellers nos hace reír, nos entretiene y nos hace más llevadera tan insufrible comedia. Por supuesto el mérito no es solo de Sellers, pues también están estupendos George C. Scott y Sterling Hayden, con algunos momentos francamente divertidos en sus interpretaciones; pero si nos ceñimos al guión y a la historia, es una de las películas más mediocres y vulgares que existen, que solo te hace pasar vergüenza por sus continuos momentos de exageración exacerbada, buscando la risa por el camino más facilón, vulgar y chabacano. Un exceso por los cuatro costados (o mejor dicho por los 24 fotogramas) que el pobre Kubrick en su megalomanía prepotente arruina una y otra vez, intentando hacer comedia sin tener ni la más mínima idea de qué es eso de la comedia.