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Esta tierra es mía (1943) de Jean Renoir (por Alvaro de la Cueva)
Algunas califican a esta película como "panfleto". El Diccionario define
"panfleto" como: 1. Libelo difamatorio, 2. Opúsculo de carácter
agresivo.
¿Es "Esta tierra es mía" un panfleto? No lo creo.
Panfleto es "Raza" de Jaime de Andrade (o sea del "Generalísimo") o la filmación de la concentración del Partido Nazi en Nuremberg en 1933 de la Riefenstahl. Un panfleto defiende ideas deleznables y además de forma grosera o burda. "Esta tierra es mía" defiende con convicción, pero serenamente, los nobles valores de democracia, libertad, igualdad e independencia de las naciones en el contexto del año 1943.
El film se sitúa en "en algún lugar de Europa" (ubicación esta un tanto ingenua de Renoir, pues las coordenadas geográficas donde transcurre la película son claras). Quizá buscaba Renoir dar a su tesis validez universal. Lo que nos viene a decir Renoir es que la maldad existe no solo por la perversidad de algunos hombres e ideas, sino también por la inacción y pasividad de los hombres buenos cuando les es exigible moralmente actuar, y eso es aplicable en todo tiempo y lugar.
Pulsa aquí para leer la crítica completa.
¿Es "Esta tierra es mía" un panfleto? No lo creo.
Panfleto es "Raza" de Jaime de Andrade (o sea del "Generalísimo") o la filmación de la concentración del Partido Nazi en Nuremberg en 1933 de la Riefenstahl. Un panfleto defiende ideas deleznables y además de forma grosera o burda. "Esta tierra es mía" defiende con convicción, pero serenamente, los nobles valores de democracia, libertad, igualdad e independencia de las naciones en el contexto del año 1943.
El film se sitúa en "en algún lugar de Europa" (ubicación esta un tanto ingenua de Renoir, pues las coordenadas geográficas donde transcurre la película son claras). Quizá buscaba Renoir dar a su tesis validez universal. Lo que nos viene a decir Renoir es que la maldad existe no solo por la perversidad de algunos hombres e ideas, sino también por la inacción y pasividad de los hombres buenos cuando les es exigible moralmente actuar, y eso es aplicable en todo tiempo y lugar.
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Esta tierra es mía (1959) de Henry King (por Father Caprio)
De idéntico nombre a la excepcional película de Renoir, este trabajo de Henry King es un melodrama bastante descafeinado y con trazas de habérsele metido tijera en demasía, que dejará contentos a los seguidores de Jean Simmons y Dorothy McGuire y quizás también a los de Rock Hudson, aunque éste las ha tenido mejores. De Claude Rains solo puedo decir una palabra: Profesional.
La historia de una familia de viticultores franceses en los viñedos californianos evoca con facilidad los avatares de aquella Falcon Crest televisiva, aunque estos Rambeau se mueven un tanto entre el quiero y no puedo, en un término medio que al género melodramático le sienta muy mal. Porque, coincidirán conmigo en que las intrigas unidas a las ansias de poder y de dinero son elementos imprescindibles en este tipo de cine. Aquí, haberlas hailas pero de baja intensidad, como si se pidieran perdón por alguna que otra salida de madre. Así, John Rambeau (Hudson) pasa de cabecilla de la revolución familiar a humilde granjero injertando cepas o la propia Jean Simmons (Elizabeth Rambeau) que parece haberse incorporado a la familia con alguna intención no demasiado confesable, acaba siendo su reserva espiritual.
Como he dicho al principio la película, que sobrepasa las dos horas, acusa en demasía los tijeretazos. Es cierto que los espectadores somos seres inteligentes a los que se nos cuenta la mitad y componemos el retablo entero, pero tampoco hay que abusar, que más de uno puede quedarse en el camino. Desde el principio se ponen a prueba nuestros conocimientos de genealogía familiar y debemos rebobinar para saber quién es quién y quién se acostó con quién. No se preocupen si suspenden pues al final el aprobado es generalizado con la frase de Rock Hudson a su progenitor natural: “Padre” “Lo sé hace mucho” Y es que el niño prometía…
Película no excelente pero entretenida. Seguro que las habrán visto peores. Las tribulaciones de una familia dedicada al vino durante la Ley Seca merece cuando menos un homenaje, sobre todo si es honrada y tratan de subsistir únicamente vendiendo las uvas para que con ellas se elabore vino para misa, se conviertan en pasas o se coman supongo que con queso, que saben a beso. Y todo ello durante doce años, que no serán nada pero arruinan a cualquiera.
Los viñedos como fondo, la ambición en primer plano, el amor por todas partes y el “honore” italiano condicionando la historia, son los elementos de un film de King más bien light que, a mi parecer, merece un aprobado, siquiera sea por su excepcional reparto, su fotografía en cinemascope y porque en líneas generales se deja ver con interés.
La historia de una familia de viticultores franceses en los viñedos californianos evoca con facilidad los avatares de aquella Falcon Crest televisiva, aunque estos Rambeau se mueven un tanto entre el quiero y no puedo, en un término medio que al género melodramático le sienta muy mal. Porque, coincidirán conmigo en que las intrigas unidas a las ansias de poder y de dinero son elementos imprescindibles en este tipo de cine. Aquí, haberlas hailas pero de baja intensidad, como si se pidieran perdón por alguna que otra salida de madre. Así, John Rambeau (Hudson) pasa de cabecilla de la revolución familiar a humilde granjero injertando cepas o la propia Jean Simmons (Elizabeth Rambeau) que parece haberse incorporado a la familia con alguna intención no demasiado confesable, acaba siendo su reserva espiritual.
Como he dicho al principio la película, que sobrepasa las dos horas, acusa en demasía los tijeretazos. Es cierto que los espectadores somos seres inteligentes a los que se nos cuenta la mitad y componemos el retablo entero, pero tampoco hay que abusar, que más de uno puede quedarse en el camino. Desde el principio se ponen a prueba nuestros conocimientos de genealogía familiar y debemos rebobinar para saber quién es quién y quién se acostó con quién. No se preocupen si suspenden pues al final el aprobado es generalizado con la frase de Rock Hudson a su progenitor natural: “Padre” “Lo sé hace mucho” Y es que el niño prometía…
Película no excelente pero entretenida. Seguro que las habrán visto peores. Las tribulaciones de una familia dedicada al vino durante la Ley Seca merece cuando menos un homenaje, sobre todo si es honrada y tratan de subsistir únicamente vendiendo las uvas para que con ellas se elabore vino para misa, se conviertan en pasas o se coman supongo que con queso, que saben a beso. Y todo ello durante doce años, que no serán nada pero arruinan a cualquiera.
Los viñedos como fondo, la ambición en primer plano, el amor por todas partes y el “honore” italiano condicionando la historia, son los elementos de un film de King más bien light que, a mi parecer, merece un aprobado, siquiera sea por su excepcional reparto, su fotografía en cinemascope y porque en líneas generales se deja ver con interés.
Aguas pantanosas (1941) por El Despotricador Cinéfilo
Quizás dada la filosofía que caracteriza a esta web de El Despotricador Cinéfilo no sea el hábitat idóneo para hablar de esta pequeña joya llamada Aguas pantanosas (espléndido film totalmente desconocido por mí hasta hace un par de horas), pero no puedo resistirme a hacer un pequeño comentario quisquilloso.
¿Seguro que Aguas pantanosas es de Jean Renoir? ¿En serio Aguas pantanosas está dirigida por Renoir? Porque yo en todo momento he estado viendo una película de John Ford, es decir, una obra fordiana 100%: bailes tradicionales que amenizan la acción, típicas peleas a puñetazos muy al estilo de Ford, música preexistente sacada directamente de Las uvas de la ira, multitud de secundarios fordianos (Ward Bond, John Carradine, Walter Brennan, Walter Huston, Charley Grapewin,…), planos idénticos de otras películas, personajes femeninos muy arquetipos vistos una y mil veces antes en obras del gran director irlandés, etcétera.
Vamos, que solo faltaba algún plano insertado del Monument Valley (algo peliagudo de ocurrir dado que la situación transcurre en el pantano Kefenokee de Georgia). ¿Qué conclusión se puede sacar? Pues muy sencilla, dado que parece una obra de John Ford entonces estamos ante una magnífica y sobresaliente película que entretiene desde el primer minuto.
Decía Orson Welles que antes de dirigir Ciudadano Kane se vio tropecientas veces La diligencia; umm, me parece que no fue el único que lo hizo.
¿Seguro que Aguas pantanosas es de Jean Renoir? ¿En serio Aguas pantanosas está dirigida por Renoir? Porque yo en todo momento he estado viendo una película de John Ford, es decir, una obra fordiana 100%: bailes tradicionales que amenizan la acción, típicas peleas a puñetazos muy al estilo de Ford, música preexistente sacada directamente de Las uvas de la ira, multitud de secundarios fordianos (Ward Bond, John Carradine, Walter Brennan, Walter Huston, Charley Grapewin,…), planos idénticos de otras películas, personajes femeninos muy arquetipos vistos una y mil veces antes en obras del gran director irlandés, etcétera.
Vamos, que solo faltaba algún plano insertado del Monument Valley (algo peliagudo de ocurrir dado que la situación transcurre en el pantano Kefenokee de Georgia). ¿Qué conclusión se puede sacar? Pues muy sencilla, dado que parece una obra de John Ford entonces estamos ante una magnífica y sobresaliente película que entretiene desde el primer minuto.
Decía Orson Welles que antes de dirigir Ciudadano Kane se vio tropecientas veces La diligencia; umm, me parece que no fue el único que lo hizo.
Boudu salvado de las aguas (1932) por Anónima
A lo largo de la historia del celuloide, los antihéroes han representado un papel fundamental como el reverso necesario de los héroes. Uno de esos antihéroes por antonomasia es Boudu, el protagonista de la película de Jean Renoir Boudu salvado de las aguas (1932).
Boudu sauvé des eaux, como reza su título original, es una adaptación de la obra teatral homónima, de 1925, escrita por René de Fauchois y, como ella, constituye una mordaz sátira social sobre la hipocresía y los valores de la burguesía de la primera mitad del siglo XX.
Esta excelente y divertidísima comedia de Jean Renoir cuenta la historia de Boudu (magníficamente interpretado por Michel Simon), un vagabundo que se arroja al Sena después de haber sido abandonado por su perro (¿acaso existe mayor traición?).
Se trata de un canto a la libertad, pues Boudu, que nada posee, tiene, sin embargo, la fortuna de ser libre. No obstante, habrá un intento de coartar su libertad cuando el señor Lestingois le impida suicidarse y decida erigirse en su benefactor. Lestingois, librero hedonista y bondadoso, decide acoger al mendigo para sociabilizarlo. Sin embargo, Boudu sembrará el caos en la casa, dinamitando las bases de la convivencia familiar del hogar burgués.
Irónicamente, este Boudu-Moisés (el paralelismo es evidente: Moisés significa "salvado de las aguas") es ya un hombre adulto (y no un niño, como el profeta hebreo) cuando lo rescatan de las aguas. Además, su cariz anárquico y ácrata, al margen de toda ley y todo poder, tiene poco que ver con el del autor de la Torá.
Ahora bien, Boudu, que es un provocador desvergonzado e impúdico, posee sentimientos puros. Al contrario, Lestignois, su mujer y la criada que otorga al señor los favores que su esposa le niega, representan esa doble moral de la clase media francesa de la época, hipócrita e inmoral. A pesar de ello, los personajes están vistos con humor y mucha ternura.
Es interesante el contraste entre la vida burguesa, que transcurre en interiores y la vida del "clochard", que se mueve en espacios abiertos, en contacto con la naturaleza. Y es curioso cómo esos espacios tan cerrados de la librería y la casa del señor Lestingois se abren con la llegada de Boudu.
Particular importancia tienen esos toques teatrales con que está aderezada la película. El guiño más importante es, sin duda, ese prólogo teatral, que podríamos considerar metanarrativo, con el cual Renoir, a modo de introducción, nos habla de su concepción del teatro y de la relación de este con la vida. Sin embargo, Renoir no concibe el teatro como una representación de la vida. Para él, el teatro es anterior a la vida, y esta debe salir de aquel como de un espejo.
Otra pincelada teatral clave para comprender el filme aparece en la escena en la cual el señor Lestingois observa con su catalejo, a través de la ventana, el ir y venir de las gentes. Como si asistiera a una representación teatral, exclama al ver a Boudu: "¡Qué vagabundo tan logrado!" Y, así, Boudu ensaya su papel de "clochard" dentro del marco teatral de la ventana de Lestingois (y, más adelante, otros varios dentro del escenario de la casa-librería) hasta desbordar los límites teatrales y, al encontrar su verdadero papel, entrar en la vida.
La película de Renoir dio lugar a dos versiones posteriores: una "sitcom", de 1986, dirigida por Paul Mazursky y protagonizada por Nick Nolte, y una versión francesa de Gérard Jugnot, del 2005, con Gérard Depardieu como protagonista. Lamentablemente, ninguna de las dos adaptaciones posteriores de la obra de Fauchois está a la altura de la que hiciera Renoir. Y esto, a pesar del tremendo éxito que cosechó, al ser tan aclamada por la crítica, la versión americana.
En cuanto al "remake" americano, Down and Out in Beverly Hills (traducido al español como Un loco suelto en Hollywood), se trata de una comedia disparatada, en la cual la sátira social se diluye hasta desaparecer entre un montón de situaciones ridículas que buscan arrancar la risa fácil. Su título nos recuerda el de la obra de George Orwell Down and Out in Paris and London (1933), aunque su propósito y el modo como trata el tema de la pobreza están bien lejos de los del escritor inglés.
Respecto a la refundición francesa, Boudu (2005), se trata de un filme mediocre que naufraga entre la comedia y el drama sin desarrollar plena y satisfactoriamente ninguno de los dos géneros. Ni siquiera alcanza las cotas de humor de la película americana y su final, anodino e insípido como el resto de la película, resulta desagradablemente sentimental.
De hecho, solo Renoir consigue un final magistral. La película termina con la vuelta, plenamente consciente, de Boudu a la libertad de su vida de vagabundo (en compañía, ahora, de un nuevo amigo, una cabra; pues, al fin y al cabo, el ser humano necesita de otro ser que mitigue su soledad). Este vagabundo arquetípico renuncia a la vida acomodada, al sistema capitalista. Es significativa a este respecto la escena en la que entrega el billete que le habían dado como limosna para comprar pan a un joven adinerado. Este, sorprendido, no comprende el porqué de tal acción, y Boudu responde: "Para comprar pan".
Boudu renace al ser purificado por el agua, pues cuando sale del río por segunda vez, y se despoja del traje burgués que lo oprime, ya es otro.
Ninguno de los protagonistas de las dos adaptaciones posteriores consigue igualar la genial actuación de Michel Simon. Solo él consigue caracterizar de manera excepcional a ese vagabundo descarado, anárquico, ácrata, amoral, ingenuo y, sobre todo, desternillante. Un personaje deudor de Charlot y que influiría en los de los hermanos Marx.
El hombre del sur (1945) por El Despotricador Cinéfilo
Vaya por delante el decir que El hombre del sur es una excelente película, para mi gusto junto a El río (1950) quizás la mejor de Jean Renoir (soy de esa minoritaría raza de cinéfilos que La gran ilusión no les parece una gran película). Entonces ¿por qué despotricar contra esta joya que para muchos es toda una Obra Maestra? pues no es fácil de explicar, y de hecho no creo que consiga explicarlo, pero por intentarlo…
Con este film me pasó lo mismo que al ver [Rec] (Jaume Balagueró, 2007), que tras verla pensé "que maravilla de película, que peliculón, que film tan estupendo, como he disfrutado y que bien me lo ha hecho pasar, pero, ay, que pena tan grande que sea del año 2007".
Y ¿por qué da pena que sea de eso año? pues porque ya existían El proyecto de las brujas de Blair (Daniel Myrick, 1999), 28 días después (Danny Boyle, 2002) y La comunidad (Alex de la Iglesia, 2000), y la existencia previa de estas tres películas (sin ser ninguna de ellas ninguna maravilla, sea dicho de paso) convierten a [Rec] en un film de originalidad cero, previsible al 100% y con unos golpes de efectos y argumentales tan manidos que anulan totalmente la capacidad de sorprender, eso sí, vuelvo a insistir que es una película impecable y magistralmente dirigida, que consigue de manera asombrosa su objetivo: asustar al espectador.
Y muchos se preguntarán, ¿y este hereje cinéfilo se atreve a comparar [Rec] con El hombre del sur?, no, no, en absoluto, por Dios, pero si se la compara con Las uvas de la ira (John Ford, 1940) entonces ¿dónde queda la originalidad tanto cinematográfica como argumentalmente de El hombre del sur? cualquier gran escena de la película ya estaba contada magistralmente en la Obra Maestra de Ford, eso no quita por supuesto que la obra de Renoir contenga magníficos momentos de un lirismo intenso, belleza, aciertos argumentales, actores estupendos y una dirección soberbia, pero al cesar lo que es del cesar, y ya sea subconsciente o intencionadamente el film es deudor (y mucho) de las grandiosas uvas de la ira fordiana.
Pero en fin, si ser deudor de otras películas ocasiona otros films también espléndidos, pues entonces bienvenidos sean.
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