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Borsalino (1969) de Jacques Deray (por Father Caprio)
Se dice que en el pecado va la penitencia. Estamos ante un film para el lucimiento de dos actores que en verdad se lucen pero a costa de una película endeble cuyo argumento podría sintetizarse como si de un manual formativo se tratase: "Como hacerse los reyes del mambo marsellés. Teoría y práctica", idea no muy alejada de la realidad dado que la película está basada en el libro de Eugène Saccomano "Bandits a Marseille" que narra el ascenso, el triunfo y la caída de dos jóvenes gángsters: Spirito y Carbone.
El nucleo central del argumento se pega tanto a la piel de nuestros stars que el resto de las historias, en la medida que puedan restar cuotas de pantalla a los divos, se nos hurta descaradamente, y solo sirven para ejemplarizar de manera práctica el ascenso de dos simples pajarillos de cuenta a halcones mayores de la corrupción y el mangoneo. Desde lo crematístico la opción Belmondo versus Delon (en orden contratado) era rentable y así se demostró. Tupido velo para opciones puramente artísticas o cinematográficas.
En la medida que lo "accesorio" al tema central apenas se esboza lo imprescindible para darle consistencia al film, este se nos hace largo en muchos momentos e incluso lo hubiéramos dado por finalizado con mucha anterioridad, tal parecía que ya no quedaba nadie sin agujerear. Pero no, los candidatos a cadáveres surgen hasta de debajo de las piedras inclusive y cuando parece que el pescado está todo vendido surge una ráfaga de no se sabe donde que desmarca a Belmondo de la secuela Borsalino and Co. Al parecer el ex boxeador seguía teniendo la cabeza en su lugar y no estaba demasiado tocado y supo entender aquello que cantaban Los Módulos de que "Todo tiene su fin"
Algunas escenas resultan de un patético supino. Las peleas a puñetazos, especialmente la primera entre los dos protagonistas es absolutamente infumable. ¿Se trataba de hacer una película cómica? Mi impresión es que trataban de hacer algo medianamente serio y dignamente cómico pero les salió medianamente churro. Eso sí, la música resulta reconocible y emblemática y los decorados, atrezzo etc. captan muy bien los años 30 y la Marsella en que se desenvuelve la acción, pero cualquier película de Cagney, Robinson, Muni o Bogart le da cien vueltas en cuanto a verismo. Incluso la seriedad rozando el hieratismo de Alain Delon resulta poco creíble dando, en ocasiones, la impresión de contener la risa.
He leído algún comentario referido a que el maestro del polar francés Jean Pierre Melville, bebió de la fuente Jacques Deray para sus películas (por ejemplo Circulo Rojo). No sé si bebió mucho o poco, pero tengo claro que a Borsalino le tuvo que añadir mucha sustancia personalísima porque sus trabajos están a años luz de lo visto hoy. Los silencios helados del cine de Melville tienen denominación de origen propia y cualquier comparación con el mutismo reprimido Deray es odiosa. No tendré problemas en rectificar si encuentro otros trabajos de mayor relieve, pero hoy por hoy y visto lo visto, rien de rien. Borsalino fue, además del sombrero típico gangsteril con proyección de futuro hasta nuestros días, un gancho cinematográfico para un público que sorbía los vientos por esta pareja mítica. Hoy que los vientos ya no se sabe ni de donde vienen la película se queda en mera curiosidad con muchísimas penas y alguna que otra gloria.
El nucleo central del argumento se pega tanto a la piel de nuestros stars que el resto de las historias, en la medida que puedan restar cuotas de pantalla a los divos, se nos hurta descaradamente, y solo sirven para ejemplarizar de manera práctica el ascenso de dos simples pajarillos de cuenta a halcones mayores de la corrupción y el mangoneo. Desde lo crematístico la opción Belmondo versus Delon (en orden contratado) era rentable y así se demostró. Tupido velo para opciones puramente artísticas o cinematográficas.
En la medida que lo "accesorio" al tema central apenas se esboza lo imprescindible para darle consistencia al film, este se nos hace largo en muchos momentos e incluso lo hubiéramos dado por finalizado con mucha anterioridad, tal parecía que ya no quedaba nadie sin agujerear. Pero no, los candidatos a cadáveres surgen hasta de debajo de las piedras inclusive y cuando parece que el pescado está todo vendido surge una ráfaga de no se sabe donde que desmarca a Belmondo de la secuela Borsalino and Co. Al parecer el ex boxeador seguía teniendo la cabeza en su lugar y no estaba demasiado tocado y supo entender aquello que cantaban Los Módulos de que "Todo tiene su fin"
Algunas escenas resultan de un patético supino. Las peleas a puñetazos, especialmente la primera entre los dos protagonistas es absolutamente infumable. ¿Se trataba de hacer una película cómica? Mi impresión es que trataban de hacer algo medianamente serio y dignamente cómico pero les salió medianamente churro. Eso sí, la música resulta reconocible y emblemática y los decorados, atrezzo etc. captan muy bien los años 30 y la Marsella en que se desenvuelve la acción, pero cualquier película de Cagney, Robinson, Muni o Bogart le da cien vueltas en cuanto a verismo. Incluso la seriedad rozando el hieratismo de Alain Delon resulta poco creíble dando, en ocasiones, la impresión de contener la risa.
He leído algún comentario referido a que el maestro del polar francés Jean Pierre Melville, bebió de la fuente Jacques Deray para sus películas (por ejemplo Circulo Rojo). No sé si bebió mucho o poco, pero tengo claro que a Borsalino le tuvo que añadir mucha sustancia personalísima porque sus trabajos están a años luz de lo visto hoy. Los silencios helados del cine de Melville tienen denominación de origen propia y cualquier comparación con el mutismo reprimido Deray es odiosa. No tendré problemas en rectificar si encuentro otros trabajos de mayor relieve, pero hoy por hoy y visto lo visto, rien de rien. Borsalino fue, además del sombrero típico gangsteril con proyección de futuro hasta nuestros días, un gancho cinematográfico para un público que sorbía los vientos por esta pareja mítica. Hoy que los vientos ya no se sabe ni de donde vienen la película se queda en mera curiosidad con muchísimas penas y alguna que otra gloria.
El desprecio (1963) por Father Caprio
Como creo que ya quedó patente en un comentario anterior, mis relaciones con el llamado cine de autor no atraviesan un buen momento. Uno de los genios de este mundo del celuloide, universalmente reconocido es Jean-Luc Godard, al que no voy a presentar aquí. Director de películas tan afamadas como “Al final de la escapada” ó “Pierrot el loco” y también allá en 1963 de “Le mepris” (El desprecio).
Me doy cuenta que en ciertos círculos cinéfilos, los comentarios negativos sobre aspectos concretos de su filmografía son inmediatamente contrarrestados con argumentos basados en la idiosincrasia personal del autor, en su forma de ver la realidad, en su pertinaz deseo de dejar su impronta en todos sus trabajos. En definitiva, que por encima de guiones, historias y otras zarandajas que casi no vienen a cuento, destaque con todas las luces de neón encendidas el nombre de Godard.
Esta reivindicación de la autoría la supieron hacer mejor que nadie los directores franceses. Sus películas no eran de Belmondo ni de Jeanne Moreau por citar solo dos actores de la época, eran películas de Godard ó de Truffaut. Y bueno, hay que reconocer que estaban en su derecho. Y a eso se le ha llamado cine de autor.
Pero a este que aquí escribe, le gusta encontrar guiones consistentes y con interés. Las filosofías existencialistas suelen aburrir y producen somnolencia. Los cuerpos maravillosos también acaban cansando si no se les dota de alguna que otra frase coherente. Y si al elenco de personajes unimos, como actor, a un director consagradísimo de la talla de Fritz Lang pues los seguidores de este cineasta alemán nos sentimos bastante desconcertados oyéndole hablar de dioses, héroes y otras historias homéricas incomprensibles para la mayoría de los mortales.
Pero eso sí, la película es Godard, los colores, el rojo, el blanco destacando sobre azules, los carteles, las referencias cinéfilas. ¡Ah, ¿Es de Godard, verdad?! “La crème de la crème” Pues miren, aunque se molesten algunos. No me gustó. Y lo siento. Hasta los dioses hacen obras mediocres.
Al final de la escapada (1960) por Taylor
Todo cinéfilo que se precie debe ver sí o sí films como A bout de soufflé (Al final de la escapada. Otra cosa es que, sugestionados por el enorme impacto que en su momento provocó la peli de Godard en particular y la “nouvelle vague” en general, debamos mear bechamel sí o sí ante la mayor chapuza narrativa que ha dado el cine europeo.
Seamos serios. Godard era un gamberrete, uno de esos petulantes e iluminados niños de papá que creyeron que dinamitando la sintaxis cinematográfica iba a convertirse en el Picasso del séptimo arte. Afortunadamente, el lenguaje cinematográfico volvió a su cauce y los desvarios anarquistas, nihilistas y antiburgueses de Jean-Luc quedaron como lo que son hoy en día: estrambóticos experimentos que solo salen a la luz cuando, de vez en cuando, algún “gafapasta” con cuatro clases a sus espaldas flipa en colores hablándote de falsos raccords, saltos de eje, asincronías y demás espasmos visuales.
Le adjudico cierta valoración porque Jean Paul Belmondo (impagable chico Martini) y Jean Seberg (bellísima) forman un pareja excelente y porque, como experimento, la cogorza de Godard fue original e innovadora en su época e iluminó a futuras generaciones de cineastas que, gracias a Dios, supieron emplear muchos de estos recursos gramaticales con mayor cordura y mesura.
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