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Me siento rejuvenecer (1952) por El Despotricador Cinéfilo

Me siento rejuvenecer es un film que me ha decepcionado considerablemente (pobre Cary Grant, hoy no es su día, véase la crítica de La novia era él). Por alguna razón que no me explico es un film que atesora cierta fama y prestigio, y que me parece sobrevalorado por los cuatro costados. Sinceramente, para mí, es un film dirigido a niños menores de 10 años, tremendamente infantil e inmaduro, aunque eso sí, reconozco que todos los actores están muy bien, pero la interpretación de los actores es tan pueril, exagerada y sobreactuada que cualquier espectador adulto no se la cree, pues, que yo sepa, para hacer de niño en la piel de un adulto no hay que hacer de gilipollas o de retrasado mental, ¿o es que acaso los niños son así de verdad?


Un buen ejemplo es Tom Hanks en Big (Marshall, 1988), pero es que es insultante y denigrante pensar que comportarse desinhibidamente como un niño es como nos lo muestra la película. Esto ya de por sí es muy despotricable, pero además la dirección me parece muy televisiva y poco cinematográfica, y el sumún de la insoportabilidad (¿existe esta palabra?) es la escena de los niños disfrazados de indios atando al poste al adulto, incluso a los niños de los años 50 les debió parecer excesivamente infantil e irreal. Aunque si que le reconozco un mérito al guión de la película, y es la creación del personaje del científico despistado y atolondrado que resulta ser un genio, luego se han hecho millones de películas con este mismo tipo de personaje, pero por lo demás es una película denigrante y ofensiva (tanto para los niños como para los adultos). Más les valdría haberse fijado en la interpretación de la misma Ginger Rogers en El mayor y la menor (Wilder, 1942) donde demostraba que hacer de niña pequeña no significa ser rematadamente gilipollas y lela.

Un americano en París (1951) por El Despotricador Cinéfilo


De vez en cuando, evoco, sobre todo para desconectar del estrés diario de adulto, cómo en mi niñez adoraba con pasión el cine musical, que era por aquel entonces mi género cinematográfico preferido (afición y devoción que he ido perdiendo a lo largo de los años). No recuerdo haber sentido decepción con ninguna película musical, ya fuesen las tontorronas películas de Fred Astaire y Ginger Rogers o los clásicos más indiscutibles, como West side story, Cabaret o Cantando bajo la lluvia.

Por tanto, excusa decir que adoraba a Gene Kelly y al innumerable puñado de Obras Maestras que nos legó su inmenso talento. Ya por aquel entonces, en mi (todavía) ignorancia cinéfila, me encantaban las obras de Stanley Donen y de Vincente Minelli; me regodeaba una y otra vez en esa alegría por vivir que contagian los buenos musicales. Pero, a pesar de esta afición tan ferviente, nunca pude tragar Un americano en París.

Y la explicación es bien sencilla: estamos ante uno de los clásicos más magistrales, dinámicos, entretenidos, divertidos y estimulantes del género, con un Gene Kelly en su mejor momento y una dirección prodigiosa del gran Minnelli. Y, probablemente, sería una de las Obras Maestras más geniales del maravilloso tándem Minelli/Kelly/Freed si no fuera por el soporífero ballet final.

Nunca he cronometrado cuánto dura ese ballet tan surrealista, solo sé que el adjetivo interminable se ajusta como un guante. No sé cómo sus autores no se dieron cuenta de que dicho ballet rompe todo el ritmo de la película provocando el aburrimiento total. Por supuesto que la escenografía, la coreografía y la planificación son magníficas, pero un ballet mudo de más de un cuarto de hora no es permisible en ningún musical, por muy espléndida que sea la música.

El dichoso (y famoso) ballet es solo un alarde de pedantería, pomposidad, narcisismo y suntuosidad, digno de una ópera o un ballet teatral, pero (muy) indigno de una obra cinematográfica. Aunque, en fin, se le perdona, pues es imposible mantener el rencor hacia Gene Kelly por tantos otros momentos gloriosos que nos ha aportado.

Hubo una luna de miel (1942) por El Despotricador Cinéfilo


Leo McCarey es un director muy dotado para la comedia, incluso para el cine romántico, como muy bien han demostrado sus grandes películas. Pero dudo mucho que tenga talento, temple o simplemente artesanía para rodar un buen film dramático. Y este Hubo una luna de miel es una buena prueba.

Por una parte es una película que me ha sorprendido muy gratamente, pues esperaba una insulsa comedia, y me encuentro inesperadamente con un terrible drama político y humano ubicado en la Europa del principio de la II Guerra Mundial. Una crítica durísima al nazismo y como fueron invadiendo o anexionando a todos los países de Europa. Un tema muy interesante y que, al menos yo, he visto poquísimas veces en el cine.

Y ahí está el gran error de este film. Pues si Hubo una luna de miel hubiera sido solo una película seria, dramática, concienciada y de propaganda bélica podría perfectamente ser un excelente producto, muy hijo de su época (se rodó en el año 1942, en pleno apogeo de la guerra). Pero todas esas buenas intenciones se quedan en nada con los desafortunados toques de comedia que una y otra vez McCarey mete, incluso con calzador, en la amplia mayoría de las escenas.

Por supuesto que es muy loable intentar buscar un tono desenfadado y divertido a tan gravísimos acontecimientos, y combinarlos para aportar un tono agridulce a dicha historia, de hecho, ahí tenemos la soberbia Obra Maestra de Lubitsch Ser o no ser (1942) con la que este film tiene muchos puntos en común. Pero si la maravillosa película de Lubitsch sale airosa, no se puede decir lo mismo de la de McCarey, pues los inapropiados toques de comedia restan veracidad a la historia global. Y de hecho, reconozco que las escenas más tristes, violentas y dramáticas están muy bien dirigidas y resueltas, pero no encajan de ninguna manera con la ligereza, superficialidad, humor y banalidad de las escenas románticas entre Cary Grant y Ginger Rogers.

Y es que resulta evidente que el poder combinar sabiamente comedia con drama es un talento que no está al alcance de todos, es más, está al alcance de muy pocos.