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Ciudadano X (1994) de Chris Gerolmo (Vircenguetorix)

El cine no puede ser esencialmente una fuente de propaganda donde manipular las ideas de las personas. El problema es que las personas sólo ven la manipulación cuando se presenta de forma frontal (“Air Force One” de Wolfgang Petersen), si viene envuelta en papel de regalo pasa más desapercibida y es más dañina. Esto es lo que es “Ciudadano X”. Un panfleto político-ideológico envuelto en una historia de asesino en serie que tampoco se ajusta en nada a la realidad. Resultado: Premios Emmy, Globos de oro, ganadora en Sitges y aplauso de los botarates.

 Quede bien claro que la URSS no es mi Estado ideal, más bien al contrario, pero eso no quita para que asumamos cualquier aberración anglosajona del otro lado del oceáno donde expresar su rabia contra una realidad histórica.

La película tiene la siguiente tesis: Un médico forense, demócrata, padre de familia, trabajador y competente no puede resolver un caso de asesino en serie porque la burocracia comunista de la Unión Soviética se lo impide. Es decir, cuando en Estados Unidos existe un asesino en serie es porque el susodicho es muy inteligente (El silencio de los corderos) pero aquí es porque el sistema se lo permite.

Cualquiera que conozca medianamente algo de criminología sabrá que los asesinatos y delitos en general eran quince veces mayores en Estados Unidos que en la URSS, precisamente por ser una dictadura y su aparato policial más represivo. Lo mejor las actuaciones, que son estupendas (¿Como esos actores se pueden prestar a tal propaganda?) de una película malintencionada y manipuladora que utiliza una historia de un asesino en serie para despacharse a gusto con la caricaturización de todo lo que huela a URSS. Chris Gerolmo, que escribió algo estupendo como “Arde Mississippi” de Alan Parker pierde cualquier tipo de credibilidad con este follletín. Claro que “Over there”, su última trabajo para televisón es otra americanada donde evidentemente no se crítica la guerra de Irak y los soldados aparecen como buenos compañeros defensores de los valores democráticos.

Los disparates son muchos:

-El líder del partido comunista en la región, que persigue a los homosexuales, es pederasta y muy malo, evidentemente, no podía ser bueno y listo si pertenece al partido del diablo.

-En la película aparece que mata a niñas casi únicamente, cuando mató a más de 11 niños y algunos los violó también.

-El policía que le ve salir del bosque es el que manda el informe, pero claro en la película es Rea el que se percata del asunto.

-Al asesino se le presenta como alguién poco listo y si no se detiene antes es por la ineficacia de la policía soviética.

-Se le presenta como heterosexual cuando era un pederasta, que abusaba de niños y niñas mientras dormían en épocas anteriores a los crímenes.

-¿Lo del gitano a que viene a cuento? Se presenta a la URSS como estado xenobofo y racista. Alexander Kravchenko que fue el detenido equivocado era ruso no gitano.

-Cuando se detuvo la primera vez al carnicero de Rostov se le expulsó del partido comunista en 1984, no se le protegió tal como aparece en la película, y se le condenó a 12 meses en la cárcel.

-Se buscaba no solamente homosexuales sino deficientes mentales y delincuentes sexuales, lo de centrar la caza en ellos en la película tiene una intencionalidad clara que no comentaré.

-En 1984 había más de 500 agentes trabajando para resolver el asunto, escondidos y camuflados en las más inverosímiles situaciones. En la película aparece Rea como llendo por libre sin apoyo de nadie, como el Iluminado.

-El que interrogó y detuvo al asesino fue la KGB que le sacó la verdad, aquí es el psiquatra y por supuesto Rea, con aplausos en plan Walt Disney al final.

-George Bush padre aparece como un tío democrático en la tele que se felicita por las reformas legales...

-El FBI es la policía más informada y cojonuda del mundo, claro la KGB y su aparato policial unos mindundis

-Por supuesto Stephen Rea ve películas americanas como ”French Connection” (William Friedkin) y el FBI admira su trabajo cosa que en la URSS no.

Yo creo en ti (1947) por El Despotricador Cinéfilo


Es curioso, a la par que divertido, el gran poder de convicción que tiene el buen cine, aunque adolezca de ciertas lagunas argumentales más que evidentes. Incluso Obras Maestras incuestionables como El exorcista (1973, William Friedkin) o Encuentros en la tercera fase (1977, Steven Spielberg) plantean algunas cuestiones que no se resuelven, como, por ejemplo, ¿qué tiene que ver toda la excavación arqueológica del principio de Max Von Sydow con lo que ocurre después?, en el caso de la emblemática película de Friedkin, o ¿cuándo, cómo, quién y por qué ha formado a esos señores de rojo al final de la fascinante obra spielbergiana? Por no hablar de ejemplos tan descabellados como el de El sueño eterno (1946, Howard Hawks), donde son tantas las cuestiones policíacas que quedan sin resolver que serían incontables.

Y, sin embargo, nosotros, como espectadores, toleramos que nos engañen de tal manera porque son películas tan absorbentes, convincentes y maravillosas que da igual que tengan esas lagunas en el guión, pues están tan fabulosamente contadas que esas nimiedades argumentales las pasamos (yo creo que subconscientemente) por alto.

Ahora bien, en el caso de Yo creo en ti (1947, Henry Hathaway) es tal el número de preguntas sin respuesta que irrita más de lo normal. E irrita en la resolución final, pues hasta ese momento estamos ante un film espléndido, con un soberbio James Stewart (claro que ¿en qué película no está bien Stewart?) y una excelente dirección de Hathaway que, con gran maestría, precisión, sobriedad y ritmo, nos narra una historia valiente y asombrosa (más aún si se piensa que está basada en hechos reales).

Quedamos, pues, tan absorbidos, conmocionados y fascinados por tan fabulosa muestra de buen cine que nuestro cerebro no quiere preguntarse ciertas cuestiones. El problema reaparece cuando la dejas reposar y empiezan a surgir ciertas dudas que, muy alegre y desenfadadamente, nunca se dan por aclaradas, como, por ejemplo, ¿por qué se exculpa solo a Richard Conte y no a su compañero también inocente? ¿Qué necesidad hay de ampliar la fotografía si con solo comparar las portadas de los periódicos ya se identificaría a qué día pertenece? ¿De quién tiene tantísimo miedo el personaje de la polaca y de quién se esconde? Y lo más importante: ¿quién es el verdadero culpable del crimen de 1932?

¿Debemos ofendernos por que no se nos explique todo esto? Yo, sinceramente, pienso: qué más da, pues lo importante del cine son las tremendas emociones que te transmite y contagia; si además la película es tan perfecta que hasta se beneficia de un guión muy pulido, entonces mejor todavía, pero, desde luego, no por ello dejaremos de disfrutarla. Y, como todo arte, qué maravilloso es disfrutar del buen cine, aunque sea imperfecto.

El exorcista (1973) por Anónima


Comienzo mi colaboración hablando de una película que admiro, probablemente mi preferida dentro del género de terror.

El Exorcista constituye un mito en lo que al cine fanterrorífico se refiere. Supone, además, un hito en la historia del cine: marcó un antes y un después. Es, sin duda, un clásico del cine de terror y algunas de sus escenas forman ya parte del imaginario colectivo.

Su fama de película maldita hizo de ella un film temido. Muchos son los que aún hoy no se han atrevido a verla, pero nadie la desconoce.

La interpretación de los actores fue inmejorable; la dirección, magistral. El argumento trata el caso particular de una posesión diabólica y de su exorcismo, tema que no ha perdido actualidad con el paso del tiempo, y, por extensión, la difícil cuestión del bien y del mal, de cómo el mal puede encarnar en lo más inocente y puro que podemos imaginar, una niñita de pocos años. El tema no supone ninguna novedad, como tampoco lo es la representación del mal como algo visiblemente feo, horrible, grotesco y repugnante encarnado en esa niña de rostro hinchado, plagado de cicatrices, que escupe guacamole, que blasfema y actúa de forma impropia para su edad.

El mal verdadero no es tan fácil de ver, pero, a veces, resulta más lejano. Lo identificamos con guerras, catástrofes, genocidios y no tenemos en cuenta que el mal también está entre nosotros, dentro de nosotros mismos y en muchos actos cotidianos. ¿Qué puede haber más terrorífico que el hecho de ver reflejado a Satán, la representación del mal, en tus propios hijos? ¡Cuántos padres mirarían a sus hijos con recelo y hasta con temor después de ver esta película!

Desde luego, no podemos decir que sea uno de esos films en los que el tiempo sólo ha dejado polvo, una pátina especial lo cubre.

Y sin embargo, en las nuevas generaciones de adolescentes que se acercan a él no produce, a veces, más que hilaridad. Nosotros mismos, los jóvenes o adultos de hoy, volvemos a ver la película y no podemos reprimir en ocasiones una respetuosa risa, olvidando las pesadillas y obsesiones que nos produjo la primera vez que la vimos. ¿Qué ha pasado? Quizá el problema sea que se trata de una película hija de su época y debemos mirarla con las lentes de entonces.

Han sido tantos los films que han seguido su estela, que han hecho de ella la fundadora de un subgénero dentro del género de terror, pero, al mismo tiempo, la han trivializado. A eso debemos añadir el realismo espeluznante que se ha conseguido en muchas películas, unido esto a lo acostumbrados que están hoy en día nuestros ojos a ver toda clase de atrocidades con sólo encender el televisor. Todo ello ha hecho que El Exorcista ya no impresione y que hasta los diálogos resulten a veces pueriles, fomentado a su vez por la banalización que se hizo de la película y hasta ridiculización del personaje de la niña por parte de humoristas.

Todos estos factores que la han convertido en un clásico y en pionera y fundadora de un subgénero, también han hecho que pierda impacto visual.

No obstante, la película sigue envuelta en un halo de misterio y cumpliendo, a pesar de todo, su principal objetivo, producir miedo en el espectador.. Y hasta esa sonrisa que a veces nos provoca, se nos congela inmediatamente en la cara convertida en una mueca de terror.