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Ordet (la palabra) (1955) por Bakunin


"Ordet". Una de las películas más valoradas en la historia del cine de forma incomprensible. El guión podría ser sugerente: la intransigencia de las religiones, sean éstas las que sean, a lo largo del espacio y del tiempo, aquí, ahí, allá o acullá. Pero uno ya lo sabía. Sí, quizás en los años cincuenta podría ser de algún modo algo impactante, pero el posible mensaje que pudiera lanzar Dreyer me resbala como la espuma en la ducha.

Cualquier intento de ejemplarizar queda desvalorizado por el desenlace final, tan alejado de la realidad y del raciocinio. ¿Vamos con los aspectos positivos? Los de siempre para el esnobista cinéfilo: que si la fotografía, que si el blanco y negro, que si la música, que si el movimiento panorámico de la cámara, que si la sobriedad en el decorado y en la ambientación, que si la ausencia de efectos especiales, que si la sencillez en las propuestas filosóficas del director, que si leches.

Las secuencias son todas iguales. Dos personajes en una habitación charlan un rato, sale uno de ellos por una puerta y entra por otra otro personaje. Así casi toda la película. Sus diálogos versan siempre sobre lo mismo y, para que el espectador que pasa de religiones como de comer mierda no se amuerme, un personaje se va de un extremo a otro de la habitación para que haya sensación de movimiento, de que algo está ocurriendo. O pasan a otro cuarto para continuar erre que erre con el tema de la apotema.

Los actores están tan encorchetados en el papel teatral del guión que provocan desinterés y falta de credibilidad. Mientras hablan casi siempre están con la mirada fija en el suelo, con total ausencia de algún tipo de gesticulaciones. Vamos, como si no fueran de este mundo. Da grima (e invitación a la carcajada) ver al lunático aparecer cada diez minutos por una u otra puerta para decir “sabias sentencias” mirando al suelo. Resumiendo: una película lenta, requetelenta, aburrida a más no poder, fría, pretenciosa, con excesivo metraje, que no recomiendo a nadie.

Los timadores (1990) por José Luis Martínez Orea


Me ha ocurrido lo mismo que la primera vez que vi Los timadores en un cine "de verdad", en que salté de mi butaca. Ayer también, pero más alto, salté por los aires. Ahora estoy seguro que es una película con resorte.

Estás tan tranquilo con compañía o sin ella, con palomitas o nada, viendo una película de costumbres en la que John Cusack, realiza timos a la perfección, tras un aprendizaje con un maestro. Según nos adentramos en el metraje, vemos que todos los personajes que le rodean se dedican a lo mismo. Los Timadores en plural que titula un grupo, una forma de vida, una sociología. Cuando el protagonista es cogido en un timo y golpeado brutalmente con un bate de beisbol, y debe ir al hospital, le acompaña su novia, también timadora, y su madre. De las relaciones ocultas de este triángulo es de lo que trata la película. Como en la novela "Niebla" de Unamuno, algo pasa a la mitad de la película que nos transporta a otro plano. Estamos sin darnos cuenta ante una tragedia griega.

Este es el resorte. De pronto nos damos cuenta que, sobre una historia de timadores, se solapa otra oculta que nos pone ante el mismísimo Edipo. ¿Cómo sin advertirnos se nos traslada a una tragedia clásica, es decir, Esquilo, Sófocles, Eurípides? Veamos. El cine a veces se ha acercado a los personajes clásicos (Fedra, Medea) o a las obras (Dreyer, Bergman, Passolini, Allen) imitando los lenguajes propios de la obra trágica, desnudez, intensidad, poesía, coro. ¿Pero son conscientes madre e hijo de lo que desencadenan con sus silencios y se les viene encima? ¿Tiene consciencia de los valores absolutos que hacen inconcebible su relación con todo y les vuelve conscientes (en el momento del beso) de haber saltado los límites?.

En la tragedia los conflictos son irresolubles necesariamente. Claro que las culpas que son propias del timo las pagan los timadores. El golpe con el bate de beisbol. La amenaza de golpear a la madre con la toalla llena de naranjas. La mano quemada con un puro. Pero hay otras que exige un vengador o justiciero superior en las tragedias del destino. El amor prohibido, incestuoso entre madre e hijo lo paga con la muerte trágica, sin saber por qué, este aunque ahora lo llamemos azar, fatalidad, destino, divinidad oculta, justicia divina. Todas las otras culpas, y son muchas, son accidentes, lo verdaderamente esencial es el fin trágico. Pocos personajes, a penas decorado,(menos cuando entramos en la trama) ausencia de desarrollo de las historias, al ser todas subsidiarias de la historia oculta, sin equívocos, como un dios que mirará, tras la lupa del cine, ese fin.

Como no salen las divinidades antiguas en la película, su función la cumple el dinero, divinidad moderna. Todo lo mueve y él es el móvil. Conseguir dinero es el trabajo de todos los personajes. Las trampas, las apuestas, las carreras, La Mafia. Todos quieren robar y robarse. El director utiliza este móvil absoluto, fin trágico de la necesidad que la madre tiene de robarle el dinero que le niega el hijo.

Tal vez la pregunta más radical que nos hacemos, cuando estamos botando al final, es si el azar hace, obra, sin que la madre lo quiera u ocurre por su afán ciego al dinero. Da igual, nosotros ya sabemos a estas alturas que, ocurra lo que ocurra, no se puede entender. En el momento del beso y al clavarse en el forcejeo con la madre el cristal del baso en la yugular, nos damos cuenta de que estamos ante Cusack-Edipo y A.Huston-Yocasta. Recordemos: Edipo rey, hijo de Lago y Yocasta, sobre el que el oráculo había previsto que mataría a su padre y después se casaría con su madre, sobre el que el psicoanálisis moderno monta la teoría de los complejos y la atracción adolescente del hijo por la madre.

Pero en una película no hay teorías, conceptos, sino personajes, situaciones, imágenes. Soy yo, que aprovecho los comentarios de cine para hablar de lo que me da la gana, el que lo saca a colación. Pero, ay de ti, si no reconoces que dentro de la película, hay algo que te hace estar en otra parte. Algo azaroso es una necesidad de algo superior, no sólo un recurso de orden cinematográfico o técnico.

De todos los personajes, la historia se reduce al final a dos, madre, madre Huston Yocasta frente a hijo Cusack Edipo. De todos los espacios, no muy numerosos, el marco casi único en el que se concentra el desarrollo de la historia es la habitación. Ha desaparecido el paisaje, el espacio, para ser un cuarto desnudo. Sólo los cuadros rojos de payasos mal pintados que merecen un comentario. Ya es sintomático que un timador no guarde el dinero en el banco, y que lo guarde, como en el teatro clásico en casa, concretamente detrás de los cuadros de dos payasos, que nos miran retadores, obvios.

¿Quién que no sea de la Operación Malaya u otras mil operaciones puede esconder el dinero en ellos? ¿Quién puede esconderlo en otro sitio que no sea en ellos? Pasa la cámara continuamente recordándonos donde está el dinero nosotros lo sabemos ¿Es una forma de hacernos partícipes de lo que está y no está, de lo que se cuece ante nosotros y nuestras espaldas?

Ajenidad enajenada, exiliados de sus propias vidas, y asustados por algo que no se ve, pero se palpa, hasta el final, momento en que ya es tarde cuando caemos en cuenta de que caemos en cuenta. El juego, la trampa no es el trapicheo en el turbio mundo del dinero, sino el destino. La historia pasa de un realismo sucio, relato descarnado, del mundo de las apuestas, cercanas al hampa, tras el dinero fácil, a la trama encubierta de la tragedia, el incesto, Edipo. A partir de cierto momento se nos congela la risa, desde el golpe del bate aproximadamente y empezamos a sentir compasión por el infortunio del protagonista, nos identificamos sin saber por qué con él. Es en el reconocimiento que nos perturba donde está la película. Momento de emoción contrapuesta. Temor y compasión. Temor ante la transgresión de una ley oscura. Compasión por el fin trágico.

Es un conflicto íntimo desvelado paulatinamente para el protagonista y para nosotros.¿Por qué vive J. Cusack alejado de su madre, como el otro en la ciudad de Tebas? El deseo amoroso de carácter incestuoso hacia la madre y el correlato del deseo homicida hacia el padre rival, se hace de forma camuflada en la película ¿qué son si no en el caso del padre protector las naranjas envueltas en una toalla escroto para golpear, el puro para quemar la mano, el bate de béisbol para herir, símbolos fálicos todos ellos de un Totem y Tabú? ¿Sabía Cusack, el feliz, despreocupado que era Edipo? ¿Sabía Huston, la vividora, apostadora de carreras, servidora de la mafia, ventajista, que era Yocasta? Nadie sabía nada, ni nosotros, y por eso saltamos por los aires cuando llega el final.

Pongo fin con José Ángel Valente en su poema "Prohibición del incesto":

"el mismo rito.
Y el mismo cuerpo.
Y la prohibición solar
de amar lo que hemos engendrado."

Más críticas de José Luis Martínez Orea en:
http://www.eldespotricadorcinefilo.com/jose-luis-martinez-orea.html

Ordet (la palabra) (1955) por Taylor


¿Cuestión de fe?

Miedo no, pavor me daba acometer una peli como esta. Uno de esos totems del séptimo arte que sirven, entre otras cosas, para separar el grano de la paja. Para distinguir entre gafapastas de solvencia contrastada y frikicinéfilos de tres al cuarto. Para corroborar, en definitiva, si mindundis como un servidor están o no preparados para dar ese “salto” que sí han conseguido efectuar otros compañeros. Un “salto” similar al que consigue dar Johannes en “La palabra” y que yo, visto lo visto, no he conseguido perpetrar todavía.

Aún así, considero que me es lícito sostener -sin temor a blasfemar- que pese a tener chicha, muuucha chicha, la peli de Dreyer no ha llegado a impactarme como esperaba. Es muy posible que todo ello se deba a que jamás he leído a Kierkegaard o bien a que mis ocasionales gafas de pasta necesiten una nueva graduación de forma urgente e inmediata, pero os aseguro que, en ningún caso, mi desencanto con esta peli ha sido una cuestión de fe. O tal vez sí. Me explico.

Tenia fe en que “La palabra” provocara en mi intelecto un brainstorming de reflexiones filosófico-religiosas imposibles de contener. Tenía fe en que mi capacidad emocional se viera vapuleada por un implacable bombardeo de sensaciones y sentimientos metafísicos de abstrusa dilucidación. Tenía fe en que mi espiritualidad se viera desbordada por un éxtasis místico de irreversibles consecuencias. Pero no. No ha sido así. Resulta obvio que mis creencias cinéfilas no deben ser lo suficientemente fervientes y poderosas como para lograr percibir y gozar de todos y cada uno de los pormenores de esta obra maestra. Lo lamento.

Porque sí, la peli posee una factura impecable (iluminación, movimientos de cámara, puesta en escena), una dirección vigorosa y un ritmo narrativo deliberadamente exasperante, pero todo lo demás (el discurso filosófico-religioso) se me antoja demasiado altivo, demasiado endiosado, demasiado sublimado. Parece como si todos esos personajes debatieran sus convicciones y sus dudas en el limbo, profilácticamente resguardados de cualquier tipo de amenaza terrenal o prosaica. Exceptuando el café. Eso sí. Jamás había visto una peli en la que los protagonistas tomaran tanto café. En cualquier caso, resulta casi surrealista imaginar como pudieron haber sido las pausas de un rodaje tan excelso. Y es que comerse un bocadillo de mortadela, abrocharse los pantalones o hurgarse la nariz al lado de un Dreyer mirándote de reojo debe ser un pelín incómodo ¿no?.

La cinta blanca (2009) por Aurea García Fernández


Un coro de niños dirigidos por su maestro en una apacible aldea alemana, luterana por más señas, y prácticamente propiedad de un aristócrata en las vísperas de La Gran Guerra va a desencadenar una serie de extraños sucesos nunca esclarecidos. El director ha declarado que si un ideal o un principio es considerado como algo absoluto, sea éste político o religioso acabará convirtiéndose en inhumano y llevará derechito al terrorísmo. ¡Qué gran verdad!. Así pues el meollo de la peli apunta al sentido de culpabilidad inculcado machaconamente desde la más tierna infancia y su secuela inevitable la violencia gratuita. Leía unas páginas de Stephan Zweig en las que se quejaba amargamente del sistema educativo que tuvo que sufrir en su adolescencia vienesa más o menos por las fechas en que se sitúa la película quizás un poquito antes. Un sistema desfasado, mediocre, que no aportaba nada a los alumnos salvo terror pues los castigos tanto físicos como psicológicos eran aplicados con una crueldad meticulosa y salvaje. Y ya se sabe: los niños repiten lo que ven.

Porque de eso se trata precisamente de introducir como el que no quiere la cosa una fuerza maligna sin justificación ni motivación alguna en un ambiente aparentemente confortable e idílico y eso...la verdad, desazona mucho. Porque la violencia no se nos muestra de forma explicita sino, así, como si nada, no visible, sugerida y eso...la verdad también desazona lo suyo. Como desazona y hasta te cabrea un poquito otra marca de la casa que es el plantear cuestiones de orden social (relaciones del barón con sus siervos, etc.), o de orden personal (padres con hijos, esposas con esposos, amantes entre sí, etcétera) o incluso de orden histórico o cultural que luego,!hala!,apáñatelas como puedas porque respuestas ni una que así luego se oye por ahí lo que se oye: que si parábola del nazismo, que si fulanito tal o cual, que no hombre que no, que lo que ocurre es que...pero no te fijaste cuando... ¿y la comadrona, qué me dices?. En fin, si es para que la gente hable de tu película, para que conjeture y hasta para que se organicen "cine-forum" parroquiales como el de "Cuéntame..." pues muy bien, oye, hablando se entiende la gente ¿verdad?,pero que como se repite por doquier estemos ante una "obra maestra",un poquito de "por favor" o sea de contención que "obra maestra" son palabras mayores y en mi modesta opinión no aplicables al caso que nos ocupa aunque casi todos estemos de acuerdo en que es una bue na película pero ya vale ¿no?.

Lo que de verdad te subyuga es ese blanco y negro tan deslumbrante, tan bello, tan pictórico que debemos a la maestría del fotógrafo Christian Berger como también el montaje de Monika Billi lleno de aciertos yo diría que impecable, así las magníficas interpretaciones de ese reparto coral en el que todos brillan especialmente esos "inocentes" e "inquietantes" niños salidos de un "casting" de más de siete mil criaturitas, se ve que les costó trabajo pero ciertamente dieron en el clavo.

Hablemos ahora de la dirección que seguramente no defraudará a sus "fans" pues como siempre en Haneke va tejiendo meticulosamente con precisión de relojero ese tapiz, por momentos siniestro, de perversiones y maldades bajo apariencia de absoluta normalidad que es precisamente lo que provoca en el espectador ese desasosiego que a fuerza de ser tan reiterativo acaba produciendo aburrimiento cosa que al parecer (según declaraciones al respecto) a Haneke no le importa un pimiento: pues mire usted que bien.

Y es que a eso iba: no hay en la peli esa emoción, ese temblor, ese deslumbramiento que suscitan de inmediato las "obras maestras". El señor Haneke es un buen director pero de momento aquí no ha hecho nada que no hubieran hecho ya, tiempo ha, el maestro Dreyer y su discípulo Bergman así como Bertold Brecht y hasta Antonioni (a la manera mediterránea, claro) o sea otra vuelta de tuerca, aunque sí es cierto introduce aquello más de su generación de la deconstrucción de las estructuras narrativas tradicionales y tal.

No quiero acabar sin hacer referencia a una de las escenas más insoportablemente dura y violenta que yo haya visto nunca en la pantalla. El crítico de "El País" ,el señor Boyero, utiliza al referirse a ella la única palabra posible "vomitar" porque eso es lo que hace el personaje (el dichoso médico) "vomitar" las palabras más injustas, crueles, deleznables, hirientes, despiadadas y todos los adjetivos del campo semántico de lo más abyecto y ruin del ser ¿humano? que se quieran añadir. Una violencia verbal espeluznante. Ay, señor Haneke, como es usted, caramba, de verdad,¿hacía falta tanto?. Con todos nuestros defectos que son muchos, lo siento, me quedo con lo mediterráneo, con perdón.

Andrei Rublev (1966) por Ricardo Perez Quiñones


Andrei Tarkovsky es, en opinión del que escribe estas líneas, el mayor artista que ha dado la historia del cine. Su poética visual es incomparable (sólo otro director soviético, como es Sergei Parajanov, ha alcanzado tal nivel de sublimidad lírica y pictórica en su obras) al igual que la densidad místico-filosófica de sus trabajos, piezas cinematográficas que requieren a un espectador contemplativo y pensante.

Sólo pudo dirigir siete largometrajes: La infancia de Iván (1962), Andrei Rublev (1966), Solaris (1972), Zerkalo (El espejo, 1974), Stalker (1979), Nostalgia (1983) y Offret (Sacrificio, 1985).

Tarkovsky consideraba que el cine era “un mosaico hecho de tiempo”, de modo que lo que lo diferenciaba de otras artes era su capacidad para “atrapar” la realidad de ese tiempo. Tesis que irá plasmando a lo largo de su filmografía, dando lugar a secuencias de enorme duración, enmarcadas por una cámara de ritmo sedante. Su lenguaje cinematográfico, entendido como una conjunción de aspectos formales y temáticos, es único y fácilmente identificable, algo de lo que no muchos directores pueden presumir (Ozu, Dreyer, Mizoguchi, Naruse, Bergman desde Como en un espejo, Malick…). Rasgos que identifican e individualizan ese lenguaje, además de los comentados planos-secuencia, serían una puesta en escena en profundidad, el realce fotográfico de las texturas y materiales (influencia de los pintores flamencos), la agudeza a la hora de captar los sonidos y el movimiento de la naturaleza, su gusto por el travelling (sobre todo el de ida y vuelta), así como la superposición entre realidad y sueño (plasmada con la alternancia del color con el blanco y negro o tonos sepias y desaturados).

Andrei Rublev es su película más famosa, aunque no necesariamente la mejor, pues este honor bien podría recaer en Stalker u Offret. Se trata de una obra maestra absoluta, una de las cumbres del séptimo arte, que a partir de un personaje real y pintor de iconos, como era Rublev, realiza un retrato del contexto histórico de la Rusia del S.XV.

Tarkovsky y Konchalovski, autores del guión, rompen con la narración convencional y clásica, presentándonos una historia dividida en capítulos o cantos. En ellos, aunque siempre aparece el personaje de Rublev, este no es necesariamente el mayor protagonista de los mismos, pues a veces ocupa un papel de mero testigo. Esto ocurre en el episodio final de la campana, maravillosa metáfora de la fe y pequeña obra maestra, en cuyo tramo final, el blanco y negro de la película dará paso al color de los iconos reales de Rublev.

Tarkovsky nos muestra a Rublev como un artista idealista e hipersensible, que tras salir del monasterio, entra en contacto con todos los vicios y males de una sociedad (todavía hoy) enferma. Contacto que primero le hundirá, para posteriormente elevarlo hacia ese estado en el que, por fin, comprende la función que debe desempeñar en el mundo como artista adelantado a su tiempo. Los paralelismos entre el Andrei pintor y el Andrei cineasta, son más que evidentes.

No sería justo terminar el comentario sin hacer alusión al magnífico trabajo interpretativo de Anatoli Solonitsin como Rublev, en la que sería la primera de sus cuatro colaboraciones con el director.

También me gustaría indicar que ningún comentario hace justicia a ninguna obra de Tarkovsky, pues las palabras no pueden describir la profunda belleza y el misterio que se desprenden de su obra.