Que Richard Widmark es una de mis debilidades cinéfilas desde siempre no
es ningún secreto. Pues pertenece a esa escasa raza de actores
carismáticos que en cada plano que salen se engullen la escena, se la
comen enteran y eclipsan al resto de actores con su inmenso talento,
atractivo y personalidad cinéfila que trasciende la pantalla y al
argumento. Y como se suele decir: si hace de malo pues mejor que mejor.
A la historia del cine negro (bueno, y del cine en general) ha pasado su antológica interpretación en El beso de la muerte de Hathaway. Y bien podría considerarse La calle sin nombre
una especie de continuación de aquella, pues Widmark vuelve a bordar
ese arquetipo de personaje neurótico, imprevisible, sádico, visceral,
inquietante, ambiguo, cruel y violento que tanto nos gusta a todos los
amantes del cine negro, aportando ese toque memorable e indeleble que
tanto caracterizaron sus interpretaciones sobre todo en los años 40 y
50.
Sin embargo , a pesar de que La calle sin nombre es un film magnífico y muy entretenido, me niego a meterlo en la misma cesta que El beso de la muerte,
pues a mi parecer tiene un lastre que perjudica la narración y del que
curiosamente también se resentía otra película que vi hace unos meses y
de temática argumental casi idéntica a este film: La brigada suicida
de Anthony Mann. Este lastre es muy evidente en ambas películas: esa
voz en off describiendo en exceso, en tono documental paso a paso, las
andanzas y avances del agente del FBI y, sobre todo, esa apología de las
virtudes patrióticas y los sacrificios diarios que realizan los agentes
por el bien común.
Desde luego, la voz en off es un elemento imprescindible en cualquier
film noir y un sello característico de estos tipos de films (por ejemplo
la emblemática narración en off de Fred MacMurray en Perdición,
aunque claro, el maestro Wilder sabía usar en sus películas estas
narraciones mejor que nadie), pero en estos dos casos el abuso resulta
cansino e innecesario. De hecho el descarado remake que Fuller hizo de
esta película años después (La casa de Bambu con unos estupendos Robert Stack y Robert Ryan) dosifica mejor este tipo de narración y acaba beneficiando al conjunto.
Por tanto, el mejor consejo podría ser quedarnos con la siempre gozosa
interpretación de Widmark y pasar benévolamente por alto las demás
cuestionables taras que pudiera tener el film.
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