El buen cine se diferencia del resto porque cada uno de sus planos, secuencias, escenas... tiene un porqué. En él, cada instante del metraje está cuidado y tiene sentido, y aunque a primera vista parezca que es de ejecución simple, lo cierto es que un análisis minucioso permitirá descubrir que está tejido con hilo muy fino. Drive es de esas películas. Desde el primer segundo uno se da cuenta de que está ante algo especial, manufacturado con un material de alta calidad aunque el envoltorio que lo rodea no sea el del cine comercial. Es un producto fruto del buen trabajo, de una claridad de ideas que permite que el espectador se encuentre con una de las grandes sorpresas que nos ha dejado el 2011.
El filme nos narra la historia de uno de los personajes más fascinantes que nos ha dado el mundo del celuloide en los últimos años. Drive (Ryan Gosling), un hombre que se gana la vida en un taller de automóviles mientras hace sus pinitos como doble de acción en películas y que por la noche es chófer de criminales. Profesiones que le convierten en sobrio, preciso, inteligente, reflexivo y sobre todo, silencioso. Porque Drive se sale de los parámetros habituales del héroe. Él no necesita las palabras para expresar lo que siente. Le basta con mirar, con actuar. Es ahí donde el actor canadiense doma al personaje de manera...
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