Y lo digo con el corazón absolutamente "partío", que Paulette Goddard daba para una Lucrecia de campanillas, con sus morbosidades incestuosas y sus anillos cargados de veneno, pero no, la Lucrecia de Leisen se mueve entre ambigüedades de buena chica puesta en el mal camino por las tramas inconfesables de su hermano Cesar Borgia. Tal parece que la historia de los Borgia se hubiese descafeinado adecuadamente con el fin de adaptarla a una época de códigos y moralidades extremas tratando de superar la tijera de la censura. Esto no hubiese sido necesariamente malo si hubiese llovido café (cierto que sin cafeína) y no este brebaje impresentable.
El propio Ray Milland rechazó el guión por infumable. La Paramount le suspendió el contrato un par de meses que Ray dedicó al ski y a la náutica. El tiempo, juez inexorable que quita y da razones, se la dio y la crítica se ensañó con el film. Ciertamente ni John Lund como Alfonso D´Este ni Macdonald Carey como Cesar Borgia son rescatables de la mediocridad absoluta de un film donde, siendo generosos, podríamos salvar de la quema a Paulette Godard y a ese destello de imaginación en que, gracias a la pinacoteca de Tiziano, se descubren las cualidades demoníacas del susodicho.
La presencia de un Raymond Burr en su línea malvada (versión histórica) parece ponerle un poco de coherencia interpretativa a la cosa. Puro espejismo. La inflada aparatosidad de un final tan previsible como teatral le hace un flaco favor (valga lo de flaco).
Ahora, eso sí, reitero mi solicitud.
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