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Soy o no soy (1983) por El Despotricador Cinéfilo
Curiosamente, hace unos días vi la (excelente pero muy olvidada) película La sombra de Frankenstein (Rowland V. Lee, 1939) y me ha hecho confirmar, por enésima vez, lo sublime que es El jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974) y cómo Brooks supo extraer, muy sabiamente, lo mejor de las películas del famoso monstruo.
Yo siempre había pensado que todo el material cómico había sido obtenido de las dos famosas películas de James Whale, pero qué gran sorpresa la mía al comprobar que esta nueva secuela tiene algunos de los mejores momentos de toda la saga, luego tan magistralmente parodiados por el amigo Mel Brooks.
Esto me hizo volver a pensar en por qué la filmografía de este autor está plagada en su totalidad de bazofias y cómo El jovencito… era la única muestra de un inmenso talento que empezó y acabó en una sola película. Pero de repente recordé cómo en mi niñez una de las veces que más disfruté en el cine fue viendo Soy o no soy (el peculiarísimo remake que en los años 80 Brooks hizo del clásico Ser o no ser de Lubitsch).
Por ello, con más miedo que ilusión, me enfrenté nuevamente a esta película que tan buenos recuerdos me traía, dispuesto a perder la emoción infantil que aún conservaba. Pero cómo me alegra comprobar que no hubo decepción alguna; es más, me reí y me encantó porque conservaba todo el encanto que tuvo en su día. Por supuesto que desmerece si es comparada con la sublime Obra Maestra de Lubitsch, pero, si se consigue visionar con ojos puros e inocentes, estamos ante una magnífica comedia con un Mel Brooks muy contenido y comedido en sus habituales excesos.
Soy o no soy es, por supuesto, una simplona y banal comedia para disfrutar y olvidarla enseguida; pero nadie podrá negar que tiene algunos aciertos que te hacen pasar un rato más que agradable y divertido. Y, sinceramente, es todo un alivio, pues son tantas las películas que adorábamos de niños que luego pierden la magia con el paso de los años que, cuando ocurre el proceso inverso, nos sentimos doblemente reconfortados.
Sillas de montar calientes (1974) de Mel Brooks (por Father Caprio)
Ciertamente, la cuestión no es baladí, especialmente si tenemos en cuenta la opinión de críticos y de páginas web especializadas. Así, Filmsite inicia su extensa reseña de este film con estas palabras: “The iconoclastic, not-politically-correct Blazing Saddles (1974) is one of Mel Brooks´ funniest, most successful and most popular films” Y mi risorio sin moverse: ¿Que me pasa doctor?
Igual que digo una cosa digo la otra. Así en Filmaffinity se lee ”Brooks, rey de la parodia hasta la llegada de Nielsen, se ríe de los westerns clásicos. Algún buen golpe no la redime de su flojera" (Javier Ocaña: Cinemanía)” Gracias sean dadas a Javier Ocaña por haberme reconciliado conmigo mismo y comprobar que no soy la única voz que clama en el desierto. Cuando menos seremos dos en la visita al especialista por lo que, probablemente, nos haga alguna rebajita en estos tiempos de crisis y recortes.
De todas formas, y pidiéndoles disculpas por esta inusual crítica, uno se plantea ¿Hay tanta gente equivocada? O dicho de otra forma: ¿Qué tiene el agua para bendecirla? Llegados a este punto es inevitable entrar en el terreno de las valoraciones personales que, por supuesto, no tienen porqué coincidir con las de ustedes, pero les anticipo que aceptaré de buen grado todas aquellos comentarios positivos y favorables al film de Brooks. Este blog, es un espacio de dos direcciones, y el feedback que recibo de ustedes nunca cae en saco roto.
De Brooks me gustaron Máxima Ansiedad y muy especialmente El jovencito Frankenstein, genial parodia del cine de terror y de uno de los iconos sagrados del género. En Sillas de montar calientes se parodia otro género mítico, el western, y probablemente, desde la óptica del espectador americano, se haga bien, pero el mensaje al españolito de a pie se nos vuelve críptico e ininteligible. Salvando ciertos guiños cinéfilos no demasiado difíciles – Marlene Dietrich como cantante de salón (Destry rides again) o el “hate-love” en los puños del Mitchum de La noche del cazador, aquí, un Yes/No en las grupas de un cabestro – el resto resulta demasiado confusos en este lado del océano, y en la medida que la película y el espectador anden en distintos plans astrales, el humor, preciso de cierta complicidad, anda kaput en combate.
Además de una clara posición racista, Sillas de montar calientes, extiende sus tentáculos al nazismo, a la crítica política, al cine escatológico y a mi parecer desagradable, al sexo y a la homosexualidad, a la intransigencia, al cine dentro del cine, al musical o al sionismo entre otros muchos objetivos, a la vez que ofrece lecturas difíciles para los comunes mortales no USA: Referencias a Mae West, Cabaret o El tesoro de sierra Madre, difíciles de pillar, o el acento yiddish de un gran jefe indio, lo que en versión doblada resulta meritorio detectar.
Ni me reí del banquete de judías, ni del sheriff agarrándose de la nariz, ni del político en la bañera buscado su ranita. Me hizo sonreir una referencia, clara eso sí, al gran Randolph Scott y una original escena digna de los Lonely Toones. Poco arroz para el mucho pollo que se presumía.
Probablemente, los entendidos alabarán la originalidad de Brooks en su parodia. Aunque sus guiños, gags y tics me resultan desconocidos en su mayor parte, acepto calificar con un 8 esta faceta de la película. Pero, un par de muecas de sonrisa, confieren un 2 en el apartado de comedia de ámbito extranorteamericana. El promedio pitagórico nos da un 5 con lo que se va servida y dando las gracias.
Akira (1988) por El Despotricador Cinéfilo
Hoy en día puede parecer irrisorio y hasta impensable que hubo un tiempo en el que el cine de animación era exclusivamente para niños; incluso suponía una gran vergüenza casi traumática que un adulto tuviese el deseo de ver películas animadas. Siempre recordaré cómo, en mi adolescencia, fui solo a ver (la hoy mítica) La sirenita y el dichoso taquillero me miró con ojos incrédulos, asomando incluso la cabeza para comprobar que no me acompañaba ningún mocoso infante.
Afortunadamente todos esos prejuicios desaparecieron dos años después, cuando el bombazo de La bella y la bestia demostró que el buen cine de animación es apto para todos los públicos y que, tanto grandes como pequeños, podemos disfrutar de estas joyas. En estos 20 años de la edad dorada de la animación hemos asistido al nacimiento de impresionantes películas animadas, sobre todo, claro, gracias a Pixar. Pues no para de desconcertarme cómo año tras año engendran una nueva Obra Maestra (la calidad de todas ellas está años luz de cualquier otro tipo de animación mundial). Un ejemplo significativo es Ratatouille, la cual me impactó tanto desde el momento del estreno que llevo reiterando desde entonces que es una de las diez mejores películas de todos los tiempos (tanto de animación como de imagen real).
Tras este extenso (y apasionado) prólogo, excusa decir que soy un amante del cine de animación; por eso tenía muchas ganas de saldar una cuenta imprescindible: visionar la legendaria Akira que tantos fans arrastra desde su estreno hace más de dos décadas. Pues bien, la experiencia no pudo ser más decepcionante, lo cual es una muestra más de lo dados que solemos ser a mitificar ciertos films nada más estrenarse y a cegarnos por sus fastuosos y tramposos efectos estéticos, conceptuales, visuales y sonoros.
No voy a negar que Akira es un sobrecogedor espectáculo apabullante repleto de ingenio, imaginación, fantasía, fascinación, acción, violencia y adrenalina. Incluso valoro con asombro el clímax catastrofista y la atmósfera hecatómbica y apocalíptica que transmite y que nos produce, ciertamente, mucho desasosiego, zozobra y ansiedad. Pero ¿dónde queda el guión? O mejor dicho, ¿dónde queda el desarrollo del guión? Pues parte de una premisa argumental muy interesante para luego perderse en explicaciones pseudofilosóficas de andar por casa.
Algunos defenderán que lo que menos importa es el guión, pues es ante todo un espectáculo visual y sensorial, pero no estoy de acuerdo, pues soy de la opinión de que se puede combinar perfectamente una cosa con la otra. ¿O acaso no hay películas magníficas visualmente con un estupendo guión detrás? En cierta manera me parece una falta de respeto a la inteligencia del espectador, pues plantea muchas preguntas y no resuelve casi ninguna. Es más, no es que no se limiten a justificar y explicar las dudas que ya va planteando, sino que, en un desbordante efecto de bola de nieve, plantea y acumula más dudas ¿metafísicas? sin responder a las anteriores.
Por tanto, la mejor manera de visionar Akira es desconectar tu cerebro -o, directamente, atiborrarlo de LSD- para que no te irriten esas trascendentales preguntas sin respuesta y, así, solo dejarte llevar por el delirante y postmoderno espectáculo visual.
Afortunadamente todos esos prejuicios desaparecieron dos años después, cuando el bombazo de La bella y la bestia demostró que el buen cine de animación es apto para todos los públicos y que, tanto grandes como pequeños, podemos disfrutar de estas joyas. En estos 20 años de la edad dorada de la animación hemos asistido al nacimiento de impresionantes películas animadas, sobre todo, claro, gracias a Pixar. Pues no para de desconcertarme cómo año tras año engendran una nueva Obra Maestra (la calidad de todas ellas está años luz de cualquier otro tipo de animación mundial). Un ejemplo significativo es Ratatouille, la cual me impactó tanto desde el momento del estreno que llevo reiterando desde entonces que es una de las diez mejores películas de todos los tiempos (tanto de animación como de imagen real).
Tras este extenso (y apasionado) prólogo, excusa decir que soy un amante del cine de animación; por eso tenía muchas ganas de saldar una cuenta imprescindible: visionar la legendaria Akira que tantos fans arrastra desde su estreno hace más de dos décadas. Pues bien, la experiencia no pudo ser más decepcionante, lo cual es una muestra más de lo dados que solemos ser a mitificar ciertos films nada más estrenarse y a cegarnos por sus fastuosos y tramposos efectos estéticos, conceptuales, visuales y sonoros.
No voy a negar que Akira es un sobrecogedor espectáculo apabullante repleto de ingenio, imaginación, fantasía, fascinación, acción, violencia y adrenalina. Incluso valoro con asombro el clímax catastrofista y la atmósfera hecatómbica y apocalíptica que transmite y que nos produce, ciertamente, mucho desasosiego, zozobra y ansiedad. Pero ¿dónde queda el guión? O mejor dicho, ¿dónde queda el desarrollo del guión? Pues parte de una premisa argumental muy interesante para luego perderse en explicaciones pseudofilosóficas de andar por casa.
Algunos defenderán que lo que menos importa es el guión, pues es ante todo un espectáculo visual y sensorial, pero no estoy de acuerdo, pues soy de la opinión de que se puede combinar perfectamente una cosa con la otra. ¿O acaso no hay películas magníficas visualmente con un estupendo guión detrás? En cierta manera me parece una falta de respeto a la inteligencia del espectador, pues plantea muchas preguntas y no resuelve casi ninguna. Es más, no es que no se limiten a justificar y explicar las dudas que ya va planteando, sino que, en un desbordante efecto de bola de nieve, plantea y acumula más dudas ¿metafísicas? sin responder a las anteriores.
Por tanto, la mejor manera de visionar Akira es desconectar tu cerebro -o, directamente, atiborrarlo de LSD- para que no te irriten esas trascendentales preguntas sin respuesta y, así, solo dejarte llevar por el delirante y postmoderno espectáculo visual.
Vals con Bashir (2008) por Aurea García Fernández
No soy yo muy aficionada al comic ni al cine de animación, pero un amigo me llevó a ver esta película y me alegré porque me gustó. La periodista Maruja Torres que estuvo en Líbano como corresponsal de guerra dijo en una entrevista que no pensaba ver la película, porque no tenía ganas de oír excusas tales como "pobrecitos soldados israelíes que mal lo pasaron" y para nada... la película no va de eso ni de lejos.
Ari Folfan, director de cine y trasunto evidente de Folman se encuentra con un amigo, Miki León, que como él participó a los 19 años en la Guerra del Líbano del 82 y le cuenta que sufre sueños terribles en los que 26 perros furiosos (los mismos que mató allí) le persiguen encarnizadamente. Con las impactantes imágenes de este sueño recurrente se inicia el relato (realista, surrealista, onírico) pues Ari confiesa a su amigo que él no estuvo allí o por lo menos no lo recuerda. Miki le convence de que lo vivieron juntos, entonces Ari comienza su indagación buscando a los amigos que lucharon con ellos en esa cruel guerra, algunos de los cuales viven actualmente cómodamente instalados en otros países. A través de esos encuentros vamos conociendo los avatares de tan espeluznante misión. Porque la historia es cierta.
Esta búsqueda itinerante nos pondrá ante esa realidad mil veces constatada y siempre inexplicablemente recomenzada del absurdo de toda guerra (salvo para descargar los excedentes de población o llenar las arcas de los desaprensivos en el poder o fuera de él) y también evidenciar el caos personal que vive el soldadito de a pié sea este palestino, checheno, tibetano o israelí. Este horror que sufren ante lo irracional de sus actos les obliga "a posteriori" a borrar de sus mentes todo recuerdo bélico sencillamente para sobrevivir. Les pasaba a los griegos, a los tebanos, a los de Troya y a todo "quisqui" por más que los poetas áulicos trataran de disimularlo con himnos gloriosos. ¿A quién le gusta matar?: naturalmente a los asesinos que son unos pocos, los demás o sea la mayoría lo pasan fatal ¿a qué sí?
La película ha sido muy premiada y alabada su técnica de realización en la que no entro porque no sé nada de cosas tales como "rotoscopia","flash","3D", etcétera pero a mí me subyugó pues consigue una fluidez narrativa asombrosa. Solamente se usan imágenes reales al final cuando se nos muestran los horrores de las matanzas de Shabra y Chatila que aunque al parecer físicamente realizadas por las milicias falangistas libanesas queda muy claro donde se tomaron las decisiones.
La película toma su nombre de una escena terrorífica que dice mucho de las intenciones críticas de su director, en la que el comandante de aquella unidad de infantería baila un baile loco y desenfrenado, disparando sin freno su ametralladora rodeado de carteles electorales del asesinado político libanés Bashir Gemages. Y es que la música es parte esencial en la efectividad de la peli porque no sólo remarca sino que narra, nos cuenta cosas. El responsable es el músico electrónico alemán Max Ríchter (la película está coproducida por varios países) y además de utilizar música clásica se oyen canciones como "I bombed Korea" aquí convertida en "I bombed Libanon" entre otras muchas magníficamente utilizadas.
Oviedo Express (2007) por Aurea García Fernández
Si hay en el cine español un director peculiar ese es sin ninguna duda Gonzalo Suárez que una vez más nos ha sorprendido con su "Oviedo-Express" que tanto irritó a la crítica y que tampoco debió entusiasmar al respetable porque duró un suspiro en las carteleras o ¿fueron, tal vez, los críticos los que desanimaron al personal a pasarse por los cines?
Un tren de los de las "pelis" de toda la vida o sea "a vapor" irrumpe en la noche ovetense con un cargamento muy especial: una compañía de teatro, invitada por el Ayuntamiento, viene a representar una "modernísima" versión escénica de la emblemática (sobre todo para la capital asturiana) novela "La Regenta" en el también emblemático "Teatro Campoamor".
Uno de los actores conquistará el corazón de la joven esposa del alcalde con lo que de algún modo se reproduce en un juego de espejos "otra" versión, esta vez bien "real" del clásico de Clarín.
La película tiene una frescura, una liviandad, un desmadre más propio de un joven director que del ya septuagenario Suárez que pasa del vodevil a la alta comedia e incluso al drama y al "thriller" en un entramado lleno de guiños literarios y cinematográficos que seducen como en un juego alocado y encantador. Por ejemplo, a mí concretamente y salvando todas las distancias que haya que salvar, me remitía al Shakespeare de "El Sueño de una Noche de Verano" o a otra de sus secuelas aquella película de Bergman que se llamaba, creo,"Sonrisas de una Noche de Verano" en la todos se acostaban con todos por no hablar del "Séptimo Sello" y su Juego del Ajedrez aquí trasmutado en el más humilde Juego de la Oca que Víctor (Abel Vitón) un magnifico secundario de la compañía consulta continuamente para luego formular nefastas predicciones.
Suárez ha definido su película como una tragicomedia coral y efectivamente los actores de la compañía salen del escenario para inmiscuirse en las vidas de los pacíficos ciudadanos ávidos de novedades dando lugar a divertidos o dramáticos sucesos viajando a través del tiempo, mezclando cine con teatro sin olvidarnos nunca, claro, de la literatura y hasta del folklore (el desfile de gaiteros más verosímiles que el flamenco que inserta Woody en su"Vicky...") o sea un trepidante y divertido canto a la ficción. Y ya que hablamos de Woody hay que decir que Suárez usa su archiconocida estatua como soporte y mudo confidente del pobre Alvaro Mesía, el seductor, el donjuan (estupendo Jorge Sanz) actor de la compañía al borde del suicidio porque la "estrella" de la misma ya no le hace caso (nunca había visto tan bien ni en cine ni en teatro a Aitana Sánchez-Gijón).
De modo que los actores funcionan de maravilla en cualquiera de los registros que les asigna el director así Carmelo Gómez impagable en sus declamaciones como ególatra primer actor de la compañía en su papel de Magistral (que ya hizo en TV como Aitana de Regenta) arrastrando su capa por la ciudad (desternillante la rueda de prensa) o como seductor irresponsable de la mujer del alcalde (extraordinaria la joven actriz Bárbara Goneaga) o su pizpireta madre muy bien servida por la siempre eficaz Maribel Verdú o Ernesto Villamarín como alcalde o su intrigante y seductora secretaria disfrazada de actriz hollywoodiense Najwa Nimri o la joven secundaria Silvia Marty. Todos estupendos.
La película no deja títere con cabeza en mil guiños y alusiones de todo tipo a las relaciones familiares, personales, políticas, profesionales, etc. impregnado todo ello de fino erotismo y humor inteligente. ¿Entonces?,¿de qué "despotricaré" yo?. Cortázar dijo, ya en 1978,(ha llovido ¿eh?) refiriéndose a la obra de Suárez que su actitud tránsfuga y fantasmal inquietaba y enojaba a los críticos amantes del orden, los géneros y las etiquetas...a lo mejor es que yo no soy de esos suponiendo que yo pudiera ser un crítico pues a mí Suárez siempre me ha interesado e incluso, como es el caso, divertido y encantado por lo que ,lo siento, una vez más, pido disculpas a este benevolente "web despotricadora".
Entrevista a Conrado Xalabarder (2014)
En la web de La coctelera
han realizado una entrevista al gran Conrado Xalabarder que he
encontrado tan sumamente interesante que quiero compartirla aquí en la
web. Imprescindible para todos los que aman el cine y sobre todo la
música en el cine.
¿Cuándo comenzó tu pasión por el mundo de las bandas sonoras?
Amo el cine desde que tengo uso de razón, y a los 12 o 14 años ya me fijaba mucho en que las películas tenían música, pero entonces no sabía muy bien para qué. Pensaba que formaba parte del espectáculo, que estaban ahí para gustar y para emocionar. Pero algunas películas me desconcertaban, porque veía o creía que no las ponían para eso, que querían explicar algo y no acertaba a saber qué. Vi muchísimas películas intentando descifrar ese misterio. Con 16 años vi “El hombre elefante” (1980), de David Lynch, y fue determinante: la música estaba explicándome muchas cosas del personaje que el propio personaje no explicaba. La volví a ver y se me abrió un mundo. Había más película en la música, más historia, más contenido. Y vi o volví a ver otras películas y me pasaba lo mismo. Estaba fascinado. Pero lo determinante fue cuando fui a hablar con un profesor universitario que daba cine y le pedí me asesorara sobre qué leer o dónde investigar. Su respuesta fue: “Este tema no tiene ningún interés ni ningún valor. ¿Por qué no estudias cine polaco?”. No sé si se burló de ese adolescente algo ingenuo o es que le gustaba mucho el cine polaco, pero esa respuesta me resultó muy humillante y lejos de desanimarme me animó a seguir explorando este territorio. Y ahora soy yo el que está en la Universidad enseñando música de cine.
¿Qué supuso para ti escribir el libro “Enciclopedia de los Oscar”?
Yo había escrito el que sería “Enciclopedia de las Bandas Sonoras” (que no es realmente una enciclopedia, el título me lo impusieron), pero ninguna editorial quiso publicarlo. Entonces pensé que si quería publicarlo antes tendría que hacer algo que fuese comercial. Estuve por todas las librerías a la búsqueda del “libro que falta” y descubrí que sobre un tema tan popular como los Oscar (que nunca me ha interesado demasiado) no había nada. Y me puse a escribir la “Enciclopedia de los Oscar”. Me llevó mucho tiempo (¡no existía internet y la información....
Pulsa aquí para leer la entrevista completa
¿Cuándo comenzó tu pasión por el mundo de las bandas sonoras?
Amo el cine desde que tengo uso de razón, y a los 12 o 14 años ya me fijaba mucho en que las películas tenían música, pero entonces no sabía muy bien para qué. Pensaba que formaba parte del espectáculo, que estaban ahí para gustar y para emocionar. Pero algunas películas me desconcertaban, porque veía o creía que no las ponían para eso, que querían explicar algo y no acertaba a saber qué. Vi muchísimas películas intentando descifrar ese misterio. Con 16 años vi “El hombre elefante” (1980), de David Lynch, y fue determinante: la música estaba explicándome muchas cosas del personaje que el propio personaje no explicaba. La volví a ver y se me abrió un mundo. Había más película en la música, más historia, más contenido. Y vi o volví a ver otras películas y me pasaba lo mismo. Estaba fascinado. Pero lo determinante fue cuando fui a hablar con un profesor universitario que daba cine y le pedí me asesorara sobre qué leer o dónde investigar. Su respuesta fue: “Este tema no tiene ningún interés ni ningún valor. ¿Por qué no estudias cine polaco?”. No sé si se burló de ese adolescente algo ingenuo o es que le gustaba mucho el cine polaco, pero esa respuesta me resultó muy humillante y lejos de desanimarme me animó a seguir explorando este territorio. Y ahora soy yo el que está en la Universidad enseñando música de cine.
¿Qué supuso para ti escribir el libro “Enciclopedia de los Oscar”?
Yo había escrito el que sería “Enciclopedia de las Bandas Sonoras” (que no es realmente una enciclopedia, el título me lo impusieron), pero ninguna editorial quiso publicarlo. Entonces pensé que si quería publicarlo antes tendría que hacer algo que fuese comercial. Estuve por todas las librerías a la búsqueda del “libro que falta” y descubrí que sobre un tema tan popular como los Oscar (que nunca me ha interesado demasiado) no había nada. Y me puse a escribir la “Enciclopedia de los Oscar”. Me llevó mucho tiempo (¡no existía internet y la información....
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Hunter (1986) de Michael Mann (por El Despotricador Cinéfilo)
No voy a decir que Hunter es una mala película porque no lo es. Quizás simplemente está muy contaminada por la estética ochentera que, con el paso de los años, la ha hecho envejecer muy mal, perdiendo parte de su encanto original. Además, puede que si no existiera El silencio de los corderos (y sus más que respetables y dignas secuelas) no nos chirriaría tanto visionarla ahora. Soy consciente de que un film debe ser siempre juzgado y valorado de forma objetiva e independiente, además con el condicionante de que Hunter se rodó 5 años antes del clásico que inmortalizó el personaje de Hannibal Lecter. Por tanto, solo por eso, le doy la consideración de que, como film independiente, es una película aceptable y más que correcta.
Ahora bien, pasar de ser un thriller correcto y bien hecho a que se le considere un clásico de los años 80 (cómo he llegado a leer alguna vez) hay un abismo. No voy a negar que contiene todos los ingredientes de misterio, intriga, suspense, terror y acción que se le pide a un thriller de estas características, pero sin aportar nada nuevo ni de interés. Thrillers así de psicópatas los ha habido a docenas, antes y después de Hunter, y no se le puede atribuir ningún mérito destacable ni ningún hallazgo de genialidad que renueve este género.
Lo más irritante es, no solo que no aporte nada esencial al género, sino que en primer lugar lo contamine con esa fantasmagórica fotografía que tanto le gusta poner a Michael Mann en todas sus películas y, en segundo lugar, lo estropee con esa insufrible música electrónica que no cesa ni por un momento, y si cesa es para meter con calzador horrendas canciones ochenteras que distraen de la acción y de lo que se está contando. No hay ni un solo momento durante la película que la banda sonora (ya sea con los pitidos y chirridos desquiciantes de los sintetizadores o con las tediosas canciones) no destrocen la película. Dios, cuantísimo daño han hecho los sintetizadores a la música en el cine (o mejor dicho, el mal uso de los sintetizadores, porque por ejemplo Maurice Jarre los usó muchísimo en los años 80 y la mayoría de las veces con resultados magníficos).
Aunque claro, el mayor desasosiego que me produce el visionado de Hunter, como a la amplía mayoría de la gente que ha visto la película, es el desaprovechamiento del personaje de Hannibal Lecter, no solo porque apenas salga y sea prescindible en la película sino por cómo está descrito e interpretado por Brian Cox (como ese maleducado delincuente grosero chulito y algo macarra) distando años luz de la forma refinada, intelectual, educada, elegante, sutil y fascinante como lo interpretó Anthony Hopkins (aunque claro, la interpretación de Hopkins es de pura antología).
En fin, después de todo lo dicho, se podría decir que Hunter es solo recomendable para los fans, si es que los hay hoy en día, del gusto por la estética ochentera que tanto marcó esa época.
La clase (2008) por Aurea García Fernández
Dudo mucho que esta película pueda interesar a quienes de algún modo no estén vinculados al proceso educativo o sea "profes", madres, padres, alumnos y aún así...no sé yo.
La educación, tema primordial desde que el mundo es mundo, atraviesa por uno de esos momentos críticos que, concretamente en España pero también en otras partes, se prolonga ya en demasía sin que nadie acierte con los remedios ni por casualidad. Durante el siglo XX la educación laica y pública francesa fue un referente obligado pero es obvio que dados los vertiginosos cambios que se han producido en el mundo eso quedó ya muy atrás. Hubo un tiempo en el que Corea del Sur aparecía como el modelo a seguir y ahora se cita como modélico el sistema finés: perdónenme pero no me lo creo.
El título francés de la película Entre les murs es bastante más adecuado que la traducción española, porque efectivamente la película es un tanto claustrofóbica dado que el escenario casi único es la clase de Lengua Francesa con breves incursiones a la no menos claustrofóbica y precaria Sala de Profesores o las escaleras y patio de recreo del centro, aunque eso sí, no es un escenario estático, pues el dinamismo que generan los adolescentes con su sola presencia es innegable.
La película ha sido muy premiada y eso está bien, porque el tema que plantea es tan serio que hay que apoyarlo, estimularlo como sea. !Qué penita dan esos profesores entregados, vocacionales que se ven ante un microcosmos variopinto de culturas, etnias, religiones y lenguas enfrentadas entre sí y naturalmente a la francesa que es en este caso la que a duras penas se pretende impartir!. Verdaderos héroes que llegan animosos al comienzo del curso a lidiar con su tarea, llenos de buenos propósitos, pero que en ocasiones se derrumban sin remedio ante las situaciones límite que tienen que soportar cada día. !Qué indefensos y vulnerables se les ve!.
A destacar la naturalidad con la que se enfrentan a las cámaras los alumnos del Instituto Francois Dotto situado en el Distrito 20 parisino, barrio elegido porque en él conviven todos los niveles y comunidades sociales posibles. Tiene gracia, pero en Francia como aquí y posiblemente en todas partes los mejores alumnos y los mejores padres, ojito señores,son..... !los chinos!. No, si ya nos dejaron noqueados con el impecable macroespectáculo que ofrecieron en la inauguración de los pasados Juegos Olímpicos: daba como un poquito de miedo.
El director maneja con soltura la cámara y se apoya en la muy eficaz interpretación de Francois Bègaudeau como profesor de Lengua, autor del libro Entre les murs en el que cuenta su propia experiencia como profesor de Secundaria, y que sirve de base al guión que también firma junto con Cantet el director.
No he visto yo que su estreno en salas minoritarias y versión original haya suscitado debate alguno y es lástima. El propio Sean Penn, presidente del jurado de Cannes que premió el film, señaló en su día que las cuestiones que plantea son intemporales y que hoy más que nunca el mundo necesita "educación". Yo me pregunto pero ¿a alguien le importa de verdad resolver el tema?. La sociedad debería demandarlo con urgencia pero yo sólo veo que las masas atontolinadas por lo que reciben cada día no se mueven si no es para conseguir un autógrafo de cualquier famoso o famosillo que pase por ahí... (los profesionales del optimismo me van a llamar derrotista, ya verás...).
En este terreno lo soy más que el loco y viejo profesor Gustavo Bueno que siempre dice que un país sin un buen bachillerato no tiene futuro, o lo que decía Julián Marías en los Felices Ochenta que estaba muy contento y confiado con lo que estaba pasando en España, salvo en la incierta deriva de la Educación pero como ya dijo Machado aquí nadie se detuvo a separar "las voces de los ecos", y ahí seguimos dando tumbos.
Peggy Sue se casó (1986) por El Despotricador Cinéfilo
Un amigo mío, el cual para mantener el anonimato le llamaré simplemente sosoman, es de la opinión que Coppola no ha vuelto a ser el mismo desde que terminó la década de los 70, y que en toda la década de los 80 perdió totalmente su toque y solo hizo una basura tras otra sin el menor interés, muy lejos todas de las soberbias e inmortales Obras Maestras que nos brindó en los años 70.
No puedo estar más de acuerdo, aunque yo no soy tan radical. Por supuesto que ni él (ni nadie) ha vuelto al alcanzar sus cotas de maestría que demostró genialmente en esas películas setenteras, y que tanto amor cinéfilo nos ha proporcionado (soy de esos cinéfilos que se ha visto más de 15 veces El Padrino II (1974), y probablemente la volveré a ver en años sucesivos otras 15 veces pues a mi parecer es la Obra Maestra Absoluta de la historia del cine), por ello cualquier otra obra menor empaña siempre mi querido recuerdo hacía Coppola.
No creo que el problema sea que en los años 80 (y en menor medida en los años 90) haya hecho bodrios, creo sinceramente que son films totalmente impersonales y por tanto carentes de alma, son films de encargo, y Coppola es un cineasta que si no se vuelca en un film al 100% (escribiéndolo, madurándolo, produciéndolo y dirigiéndolo, es decir, pariéndolo de sus entrañas) acaba desmotivándose y por ello todos esos films son fríos, distantes, impersonales y realizados con una desgana latente. Cualquier otro director podría haberlos realizado (incluso probablemente mejor que Coppola), y está clarísimo que únicamente, por sus continuos problemas económicos, los realizó para encontrar financiación para sus films más personales.
Pero incluso sus films más queridos y personales (como Corazonada (1982), Cotton Club (1984) o Tucker, un hombre y su sueño (1988)) son películas fallidas sin la garra ni el toque Coppoliano que se espera de ellas.
Es difícil decantarse por cual de todas esas películas de esa época es la peor de todas, pero tras revisionar de nuevo Peggy Sue se casó no me cabe la menor duda, pues pocas ideas arguméntales tan ingeniosas y potenciales jugosas (deudora, como no, de la magistral Regreso al futuro que Zemeckis realizó un año antes) naufragan tan catastróficamente como este lamentable Peggy Sue.
Toda la dirección de la película es impersonal, aburrida, banal, ramplona y sumamente decepcionante, a mí (y a cualquiera) se le ocurrirían 10 maneras diferentes de desarrollar ese guión, todas menos la que se eligió, vaya insulto al espectador, menuda tomadura de pelo y sobre todo vaya desperdició de idea brillante que podría haber dado mucho de no ser por la evidente desgana, desinterés, indiferencia y vageza con la que Coppola se enfrentó al proyecto (y menos mal que gracias a la esforzada interpretación de Kathleen Turner remonta un poco, pero ni por esas).
De todos modos, a pesar de haberme decepcionado ya demasiadas veces, me es muy difícil en general sentir desilusión por Coppola, porque se en mi fuero más interno que este padrino del cine aún nos podrá regalar alguna joya incuestionable, y que ese toque que muchos dan ya por perdido volverá a reflotar, y es que el verdadero amor (sobre todo el cinéfilo) nunca se olvida del todo.
Los timadores (1990) por José Luis Martínez Orea
Estás tan tranquilo con compañía o sin ella, con palomitas o nada, viendo una película de costumbres en la que John Cusack, realiza timos a la perfección, tras un aprendizaje con un maestro. Según nos adentramos en el metraje, vemos que todos los personajes que le rodean se dedican a lo mismo. Los Timadores en plural que titula un grupo, una forma de vida, una sociología. Cuando el protagonista es cogido en un timo y golpeado brutalmente con un bate de beisbol, y debe ir al hospital, le acompaña su novia, también timadora, y su madre. De las relaciones ocultas de este triángulo es de lo que trata la película. Como en la novela "Niebla" de Unamuno, algo pasa a la mitad de la película que nos transporta a otro plano. Estamos sin darnos cuenta ante una tragedia griega.
Este es el resorte. De pronto nos damos cuenta que, sobre una historia de timadores, se solapa otra oculta que nos pone ante el mismísimo Edipo. ¿Cómo sin advertirnos se nos traslada a una tragedia clásica, es decir, Esquilo, Sófocles, Eurípides? Veamos. El cine a veces se ha acercado a los personajes clásicos (Fedra, Medea) o a las obras (Dreyer, Bergman, Passolini, Allen) imitando los lenguajes propios de la obra trágica, desnudez, intensidad, poesía, coro. ¿Pero son conscientes madre e hijo de lo que desencadenan con sus silencios y se les viene encima? ¿Tiene consciencia de los valores absolutos que hacen inconcebible su relación con todo y les vuelve conscientes (en el momento del beso) de haber saltado los límites?.
En la tragedia los conflictos son irresolubles necesariamente. Claro que las culpas que son propias del timo las pagan los timadores. El golpe con el bate de beisbol. La amenaza de golpear a la madre con la toalla llena de naranjas. La mano quemada con un puro. Pero hay otras que exige un vengador o justiciero superior en las tragedias del destino. El amor prohibido, incestuoso entre madre e hijo lo paga con la muerte trágica, sin saber por qué, este aunque ahora lo llamemos azar, fatalidad, destino, divinidad oculta, justicia divina. Todas las otras culpas, y son muchas, son accidentes, lo verdaderamente esencial es el fin trágico. Pocos personajes, a penas decorado,(menos cuando entramos en la trama) ausencia de desarrollo de las historias, al ser todas subsidiarias de la historia oculta, sin equívocos, como un dios que mirará, tras la lupa del cine, ese fin.
Como no salen las divinidades antiguas en la película, su función la cumple el dinero, divinidad moderna. Todo lo mueve y él es el móvil. Conseguir dinero es el trabajo de todos los personajes. Las trampas, las apuestas, las carreras, La Mafia. Todos quieren robar y robarse. El director utiliza este móvil absoluto, fin trágico de la necesidad que la madre tiene de robarle el dinero que le niega el hijo.
Tal vez la pregunta más radical que nos hacemos, cuando estamos botando al final, es si el azar hace, obra, sin que la madre lo quiera u ocurre por su afán ciego al dinero. Da igual, nosotros ya sabemos a estas alturas que, ocurra lo que ocurra, no se puede entender. En el momento del beso y al clavarse en el forcejeo con la madre el cristal del baso en la yugular, nos damos cuenta de que estamos ante Cusack-Edipo y A.Huston-Yocasta. Recordemos: Edipo rey, hijo de Lago y Yocasta, sobre el que el oráculo había previsto que mataría a su padre y después se casaría con su madre, sobre el que el psicoanálisis moderno monta la teoría de los complejos y la atracción adolescente del hijo por la madre.
Pero en una película no hay teorías, conceptos, sino personajes, situaciones, imágenes. Soy yo, que aprovecho los comentarios de cine para hablar de lo que me da la gana, el que lo saca a colación. Pero, ay de ti, si no reconoces que dentro de la película, hay algo que te hace estar en otra parte. Algo azaroso es una necesidad de algo superior, no sólo un recurso de orden cinematográfico o técnico.
De todos los personajes, la historia se reduce al final a dos, madre, madre Huston Yocasta frente a hijo Cusack Edipo. De todos los espacios, no muy numerosos, el marco casi único en el que se concentra el desarrollo de la historia es la habitación. Ha desaparecido el paisaje, el espacio, para ser un cuarto desnudo. Sólo los cuadros rojos de payasos mal pintados que merecen un comentario. Ya es sintomático que un timador no guarde el dinero en el banco, y que lo guarde, como en el teatro clásico en casa, concretamente detrás de los cuadros de dos payasos, que nos miran retadores, obvios.
¿Quién que no sea de la Operación Malaya u otras mil operaciones puede esconder el dinero en ellos? ¿Quién puede esconderlo en otro sitio que no sea en ellos? Pasa la cámara continuamente recordándonos donde está el dinero nosotros lo sabemos ¿Es una forma de hacernos partícipes de lo que está y no está, de lo que se cuece ante nosotros y nuestras espaldas?
Ajenidad enajenada, exiliados de sus propias vidas, y asustados por algo que no se ve, pero se palpa, hasta el final, momento en que ya es tarde cuando caemos en cuenta de que caemos en cuenta. El juego, la trampa no es el trapicheo en el turbio mundo del dinero, sino el destino. La historia pasa de un realismo sucio, relato descarnado, del mundo de las apuestas, cercanas al hampa, tras el dinero fácil, a la trama encubierta de la tragedia, el incesto, Edipo. A partir de cierto momento se nos congela la risa, desde el golpe del bate aproximadamente y empezamos a sentir compasión por el infortunio del protagonista, nos identificamos sin saber por qué con él. Es en el reconocimiento que nos perturba donde está la película. Momento de emoción contrapuesta. Temor y compasión. Temor ante la transgresión de una ley oscura. Compasión por el fin trágico.
Es un conflicto íntimo desvelado paulatinamente para el protagonista y para nosotros.¿Por qué vive J. Cusack alejado de su madre, como el otro en la ciudad de Tebas? El deseo amoroso de carácter incestuoso hacia la madre y el correlato del deseo homicida hacia el padre rival, se hace de forma camuflada en la película ¿qué son si no en el caso del padre protector las naranjas envueltas en una toalla escroto para golpear, el puro para quemar la mano, el bate de béisbol para herir, símbolos fálicos todos ellos de un Totem y Tabú? ¿Sabía Cusack, el feliz, despreocupado que era Edipo? ¿Sabía Huston, la vividora, apostadora de carreras, servidora de la mafia, ventajista, que era Yocasta? Nadie sabía nada, ni nosotros, y por eso saltamos por los aires cuando llega el final.
Pongo fin con José Ángel Valente en su poema "Prohibición del incesto":
"el mismo rito.
Y el mismo cuerpo.
Y la prohibición solar
de amar lo que hemos engendrado."
Más críticas de José Luis Martínez Orea en:
http://www.eldespotricadorcinefilo.com/jose-luis-martinez-orea.html
El león en Invierno (1968) por Aurea García Fernández
A veces los grandes del cine te dan disgustos y otras nombres menos encumbrados te dan muy gratas sorpresas. Ocurrió que días antes fui al teatro para ver la obra de un contemporáneo inglés muy alabado al que presentaban como el sucesor de Shakespeare (menuda hipérbole) y sinceramente toda aquella palabrería hiperculta y vana me aburrió tanto que a la salida con evidente injusticia (pues quién soy yo para ponerme estupenda) solté a mis amigos la siguiente exageración:"Lo mejor de esta función es el cartel".
Y sí, es cierto, esa gran cabeza en grises de Karl Marx con la provocadora boca-lengua en rojo de los Rollings está pero que muy bien y prometía mucho sólo que...enfín, no sé si por reacción el caso es que el guión de James Goldman (autor del drama en que se basa la película) me subyugó desde el primer momento y me tuvo absorta por completo los 135 minutos que dura la peli, de modo que poco podré despotricar con perdón. Yo, la verdad, disfruto mucho con el arte de la interpretación y aquí los actores no tienen desperdicio, ninguno de ellos que para eso son ingleses en su mayoría, si bien la pareja protagonista brilla a gran altura.
Katherine Hepburn es la actriz ideal para encarnar a la increíble reina Leonor de Aquitania recluida desde hace 10 años por orden de su marido en la torre del castillo de Salisbury y Peter O´Toole es igualmente divino para interpretar al rey de Inglaterra y demás territorios de su imperio, su marido, hombre experimentado, en la cincuentena, inteligente, astuto, apasionado, con un gran sentido de lo lúdico que a veces roza lo irracional aunque como todo ser humano con sus puntos débiles y es por ahí por donde atacan los otros personajes especialmente la reina.
Quiero destacar porque se lo merece el extraordinario trabajo de doblaje ya que el guión no es precisamente fácil y ayuda al espectador con su perfecta dicción a no perder ripio de todo ese texto magnífico y enrevesado que da oportunidad a los actores de ofrecernos todo un recital de registros interpretativos a veces incluso dentro de una misma secuencia, cosa no sencilla de tal modo que consigue sumergirnos en ese auténtico laberinto de pasiones, recuerdos, traiciones, amores falsos y verdaderos y a veces las dos cosas a la vez, rizando el rizo, odios, filias y fobias, relaciones homo, hetero y más allá, ambiciones desenfrenadas, etc, etc, etc que nos deja sin respiración, pendientes sin poderlo evitar de esa complicadísima partida de ajedrez a la que no se ve ganador y que nos sor prende continuamente con los dramáticos movimientos de las piezas del juego sin dejar de lado ¡qué maravilla! el sentido del humor.
Pese a que se trata de un drama histórico con personajes históricos lo narrado en la película es ficción. Todo sucede en las Navidades de 1183 en el castillo de Chinón en Francia en el que Enrique II vive con su joven amante Alais con la que quiere casarse y también quiere que se nombre heredero de su imperio a su hijo Juan. Con tales pretensiones manda llamar a su aún esposa Leonor y a tres de sus hijos así como al hermanastro de Alais el joven y astuto rey de Francia Felipe el Conquistador. El director creo que acierta al ponerse en un segundo plano pero llevando con mano maestra la secuenciación de esa batalla verbal que es la película sin disimular para nada su origen teatral pero consiguiendo que sea plenamente cine con esos largos travellings y esos primeros y medios planos tan bien compuestos que nos acercan a los personajes y a sus intensos dramas y ambiciones.
La película empieza mostrándonos la ficha técnica sobre unos inquietantes capiteles románicos que nos ponen en situación. Luego la presentación de los personajes nos va ilustrando con imágenes en acción sobre quienes son y de que pie cojean (el estudio de los caracteres se lo dejo al cocreador de esta página y colaborador Fran Rodríguez Criado que es experto en el tema y se le da muy bien) Primero el rey enseñando a batirse a su insignificante y predilecto hijo Juan no por ello menos ambicioso (Juan sin Tierra) después su Dama, la joven y bella princesa Alais (Adela de Francia) sentada sobre la hierba rodeada de frescas y apetitosas frutas y bebidas a continuación vemos vencedor en un torneo al valiente y colérico Ricardo (Ricardo Corazón de León, el de las Cruzadas, el de Robin Hood y demás leyendas) predilecto de su madre Leonor y criado por ella.
También vemos la actuación del taimado Geoffrey en una emboscada en la que él nada expone pero sí controla; sus padres no le aman. La majestuosa llegada de la reina en barco pone al espectador sobre aviso: prepárense que aquí viene ELLA. Finalmente el último invitado con su cortejo, Felipe, rey de Francia. Ea, ya están todos, más o menos definidos: empieza el combate o sea la función que va a ser larga, movidita, y teatral desde luego pero muy bien servida por el ojo de Harvey y la estupenda fotografía así como la puesta en escena en escenarios naturales. Cada uno de los personajes da para varias películas; todos juntos en sólo una da una concentración de caracteres y situaciones de alto voltaje no apta para pusilánimes porque, cielo santo, mira que son requetemalos todos ellos aunque también todo hay que decirlo en algún momento muestren su humanidad.
Pensar que Leonor de Aquitania (en la peli rondará los 60 añitos) en la vida real con casi 80 viaja a Castilla (nada de Rayne Air, no, ni de AVE) para buscar entre sus nietas (mejor no entremos en las alianzas matrimoniales con fines estratégicos y políticos de la época !benditos griegos y su invento más increíble: la democracia aún con sus defectos) a la que sería una de las reinas de Francia más célebres por su virtud y habilidad política, Blanca de Castilla, madre de San Luís !me nudo ojo la abuela en vísperas casi del final de su vida!. Una pequeña muestra de lo que llegó a ser y significar en su época esta extraordinaria mujer real y verdadera pero generadora de mil leyendas por su cultura, belleza, sensualidad, inteligencia, valor, poder político y ambición.
Ya digo para mil películas. A destacar la música de John Barry que firma una partitura evocadoramente medieval con sus momentos dramáticos, solemnes, religiosos muy bien encajados en las diversas situaciones que se nos van presentando. Me suena que le dieron un Oscar.
En tierra hostil (2009) por Maximilian
Por un lado tenemos la historia de Avatar que nos cuenta como un grupo de humanos al mando de una corporación intenta extraer un valiosísimo mineral encontrado en el suelo de un planeta lejano llamado Pandora, para esto deben expulsar a los nativos Na´vi de su suelo sagrado a costa de lo que sea, una vez fracasado su intento de aculturalización proceden a usar la fuerza bruta para expulsar a los nativos. Los Na´vi con la ayuda de un grupo de humanos disidentes, todos al mando de un militar humano que decidió abrazar la cultura Na´vi, deciden iniciar un combate contra las fuerzas imperialistas, solo con la ayuda que les brindará su simbiosis con la naturaleza podrán tener una oportunidad.
Por otro lado tenemos la historia de The hurt locker (En tierra hostil) que nos cuenta los pesares de un escuadrón antibombas en Iraq, nos cuenta todo lo que tienen que atravesar para poder hacer su trabajo en un lugar donde son intrusos y donde toda cara es posiblemente la de un enemigo. Al inicio de la película ya podemos ver la muerte de un miembro del escuadrón, su líder de hecho, lo que pretende demostrarnos que la experiencia y pericia no es garantía de supervivencia en la Iraq ocupada, se plantea sobre todo el caos donde “la suerte” tiene su enorme cuota de influencia a la hora de vivir o morir.
En esta película el soldado es humanizado mostrándonos todas sus miserias, se lo muestra como una victima más de la guerra, y si llegase a sobrevivir a la misma seria para volver a casa a estar muerto en vida, con un hogar roto y una vida sin sentido.
Creo que huelga decir lo que voy a poner a continuación pero tengo ganas de escribir así que ahí vamos.
Tenemos a Avatar donde los militares imperialistas son malos, son de hecho unos terribles hijos de puta sin piedad, solo se mueven al mando de quien dicte las ordenes como si de piezas de ajedrez se tratase, sin corazón ni raciocinio, solo maquinas de guerra en un cuerpo humano, matarían niños en un orfanato si se los ordenase, no hay moral, no hay corazón, solo hay obediencia.
Después tenemos The hurt locker donde el soldado protagonista en una escena se hace amiguito de un niño iraqí vendedor de DVDs piratas, un soldado que es victima de su adicción a la adrenalina que le provoca desarmar bombas, claro el buen soldado no mata sin que le disparen, el solo desarma bombas ¡salva vidas! Además por culpa de la guerra ya no se siente pleno al lado de su familia, solo es feliz en el campo de batalla.
La película es una dura crítica a la política imperialista norteamericana que ocupa cuanto territorio le convenga, la otra se muestra a los norteamericanos como una victima más de “la guerra” (que ellos provocaron…).
Una película te hace pensar sobre nuestros nativos (yo soy de Argentina y al igual que en U.S.A. en mi país se los exterminó) y el mal que hicieron nuestros antepasados, nos hace replantear temas de actualidad como la devolución de tierras a los pueblos originarios. La otra película te quiere hacer pensar que los soldados invasores son humanos que sufren al igual que sufren los invadidos, claro, no te plantean que ellos decidieron acudir a un territorio invadido, que de ellos es responsabilidad lo que les pasa, no te plantean que el invadido no tuvo opción, que no le queda otra que encontrarse con gente que no habla su idioma, que no tiene su cultura, que arraso con sus ciudades, que mato a sus padres y hermanos, que portan armas y los miran como si fuesen ellos los que no tienen derecho a estar ahí.
El gobierno Norteamericano es conocido por manipular los medios, por hacer todo lo que este en su poder por torcer la mente de sus gobernados, por interesarle muchísimo la opinión publica. Muchachos, Avatar no iba a ganar nunca, nunca tuvo oportunidad, La Academia no es una excepción a los medios en control del gobierno norteamericano.
El caserón de las sombras (1932) por El Despotricador Cinéfilo
El caserón de las sombras es una broma, una broma pesada. Pero no en el sentido de divertida, bufonesca o graciosa, sino más bien en el sentido decepcionante del término. Porque, vamos a ver, una obra de terror de la Universal, de los años 30, dirigida por el genial James Whale y que transcurre en una fantasmagórica, opresiva, gótica y lúgubre casa podría dar para una de las mejores Obras Maestras del género.
Añadamos un elenco de actores excepcionales: un Boris Karloff en su mejor momento, un Charles Laughton bordando el personaje de inglés refinado y sarcástico, un joven y estupendo Raymond Massey (supongo que al igual que a mí, a todos los que han visto la memorable Arsénico por compasión les hará una gracia impresionante ver a Raymond Massey compartir escena con Karloff), un divertido Melvyn Douglas y una correcta Gloria Stuart (que raro que esta actriz no llegase a ser nunca una estrella, porque lo cierto es que intervino en más de un clásico de la época).
Pues bien, con semejantes ingredientes, ¿no daba para un terrorífico, embriagor, sobrecogedor y asfixiante film? Pues no, lamento decir que no. Empieza muy bien, combina muy bien la comedia distendida con el terror más opresivo y claustrofóbico. La ambientación es perfecta y el clímax no puede ser mejor. Nos esperamos expectantes una deliciosa joya de tan alta calidad como La novia de Frankenstein y, cuando empieza por fin a desarrollarse la trama, va… y se acaba la película.
Pero ¿qué clase de broma macabra y absurda tomadura de pelo es esta? ¿Es qué no tenían presupuesto para más? Es desconcertante (y, ¿por qué no decirlo?, cabreante) que te preparen para luego nada. ¡Qué desperdicio de talento del director y de los actores, qué desperdicio de historia, qué desperdicio de clímax y qué desperdicio de nuestro tiempo! ¿Fue esto solo un entretenimiento de Whale para pasar el rato y simplemente jugar un poco con los cánones del terror? Quizás el problema sea mío que no soy capaz de entender esa combinación de escenas de comedia desenfadada e irónica con escenas de terror. ¿Acaso lo que se pretende es realizar una divertida parodia de las películas de dicho género? Quién sabe. Sea como sea, acaba resultando una frustración para el cinéfilo. Una pena, sin duda.
Añadamos un elenco de actores excepcionales: un Boris Karloff en su mejor momento, un Charles Laughton bordando el personaje de inglés refinado y sarcástico, un joven y estupendo Raymond Massey (supongo que al igual que a mí, a todos los que han visto la memorable Arsénico por compasión les hará una gracia impresionante ver a Raymond Massey compartir escena con Karloff), un divertido Melvyn Douglas y una correcta Gloria Stuart (que raro que esta actriz no llegase a ser nunca una estrella, porque lo cierto es que intervino en más de un clásico de la época).
Pues bien, con semejantes ingredientes, ¿no daba para un terrorífico, embriagor, sobrecogedor y asfixiante film? Pues no, lamento decir que no. Empieza muy bien, combina muy bien la comedia distendida con el terror más opresivo y claustrofóbico. La ambientación es perfecta y el clímax no puede ser mejor. Nos esperamos expectantes una deliciosa joya de tan alta calidad como La novia de Frankenstein y, cuando empieza por fin a desarrollarse la trama, va… y se acaba la película.
Pero ¿qué clase de broma macabra y absurda tomadura de pelo es esta? ¿Es qué no tenían presupuesto para más? Es desconcertante (y, ¿por qué no decirlo?, cabreante) que te preparen para luego nada. ¡Qué desperdicio de talento del director y de los actores, qué desperdicio de historia, qué desperdicio de clímax y qué desperdicio de nuestro tiempo! ¿Fue esto solo un entretenimiento de Whale para pasar el rato y simplemente jugar un poco con los cánones del terror? Quizás el problema sea mío que no soy capaz de entender esa combinación de escenas de comedia desenfadada e irónica con escenas de terror. ¿Acaso lo que se pretende es realizar una divertida parodia de las películas de dicho género? Quién sabe. Sea como sea, acaba resultando una frustración para el cinéfilo. Una pena, sin duda.
Click (2006) por El Despotricador Cinéfilo
Sinceramente no me disgusta las películas que son remakes (ya sea directos o indirectos) de otros films, es más, soy de la opinión que se debe hacer una nueva versión cinematográfica para cada nueva generación de clásicos como La isla del tesoro ó Los tres mosqueteros, para que así las nuevas generaciones se enganchen a estos clásicos, y de paso redescubran las versiones anteriores (y por lo general, mejores).
Ahora bien, lo que me parece incomprensible es la desvergüenza de un film como Click, porque una cosa es remakear, inspirarse, versionar, homenajear o incluso plagiar/copiar directamente los planteamientos argumentales de un film precedente, y otra muy diferente el descaro con que Click hace una fotocopia (pues literalmente es una fotocopia) de un conjunto de películas ya preexistente, y lo que es peor, películas relativamente modernas, por lo que no hay que irse muy lejos para ver el fotocopiado de dónde sale toda la línea argumental.
Sinceramente da la impresión de haber cogido en una batidora los negativos de los films a los que fotocopia y haberlos ordenado en un argumento, cogido por los pelos, a mayor gloria de la vis cómica de Adam Sandler (un actor el cual, por otra parte, me suele gustar bastante), pero es tal el descaro y la poca vergüenza que ofrece este film en ocultar sus fuentes, que hasta irrita a cualquiera que lo contemple.
Si solo fuese un plagio del planteamiento de Que bello es vivir (Frank Capra, 1946) no me importaría lo más mínimo, al fin y al cabo a este clásico lo han plagiado miles de veces (y algunas de ellas con resultados más que aceptables). Ahora bien, que corten y peguen (como buen informático que debe ser el guionista, o eso parece) secuencias completas de otros films como El hombre bicentenario (Chris Columbus, 1999), Family man (Brett Ratner, 2000) y Mis dobles, mi mujer y yo (Harold Ramis, 1996) es de un desfachatez vergonzosa, menudo insulto al espectador. Por no hablar que el personaje de Christopher Walken (lo único destacable de la película, sea dicho de paso) es un refrito de personajes similares en cientos de películas precedentes.
Y es que el cine, como buena industria que es, se ha ido por el camino más fácil para fotocopiar películas comerciales calcadas de las ya realizas, lo cual no me parece mal (de hecho lo hacen desde hace décadas), pero por favor, con un poco de tacto y disimulo, que somos ingenuos pero no tontos como para volvernos a comer esa hamburguesa recalentada.
Sobrellevando el cine europeo, Parte I (2009) por El Despotricador Cinéfilo
Hace poco me enfrasqué en una conversación (por no llamarlo discusión) con mi buen amigo Fran sobre un tema que, contra toda mi voluntad, vuelve recurrentemente en cualquier conversación cinéfila: el cine americano contra el cine europeo. Y, como tantas otras veces, la discusión/conversación no dejó conforme a ninguna de las dos partes: suele ocurrir con opiniones tan opuestas sobre un mismo tema (otro buen ejemplo son las eternas e infértiles discusiones entre los defensores del doblaje y los de la versión original).
Es, sin duda, un tema espinoso, y siempre habrá conflictos entre los que defienden a ultranza el cine americano, una inmensa mayoría (por algo será), y los que sienten especial debilidad por el cine europeo. Después de tantos años de amor cinéfilo hacia cualquier clase de cine, yo estoy convencido, más que nunca, de que el cine americano fue, es y siempre será el mejor cine que se hará en todo el planeta. ¿Quién soy yo para pontificar sobre algo de forma tan tajante?, pues soy alguien que se ha visto probablemente más cine europeo del que muchas personas jamás verán en su vida, y que, por lo tanto, habla con conocimiento de causa.
Por supuesto que existen cientos de joyas y Obras Maestras maravillosas tanto en el cine europeo como en el asiático o el sudamericano, y yo, afortunadamente, me he visto la mayoría de ellas; pero eso no justifica el altísimo porcentaje de cine infumable que suele parirse en dichos países ni cómo los pseudointelectuales más radicales lo defienden, cuando dichos films atentan y violan el mandamiento más sagrado de cualquier película: nunca aburrir.
Tendría que relatar muchísimas, incluso incontables, anécdotas sobre el cine europeo; por ello, hoy, en este primer capítulo de esta serie de artículos solo me centraré en dos anécdotas muy simpáticas que vivimos principalmente mi cinéfilo/informático amigo Antonio Plaza y yo a principios de la década de los 90, cuando éramos dos tiernos cinéfilos de 18 ó 19 años. Fue durante los maravillosos ciclos que programaron las Clavellinas, que tanto aportaron a la cultura cinéfila cacereña de su época.
Me acuerdo perfectamente de que llevábamos cerca de un año viendo cine europeo sin parar, y un buen día, sorprendentemente, pusieron una película americana de los años 40. Se trataba de un policiaco de serie B muy malo, del que solo recuerdo que se bebía mucho café; pero la reacción fue unánime: a pesar de ser un film cutre de serie B, todos salimos encantados del cine, comentando eufóricamente la película, recordando escenas, habiéndola asimilado y, sobre todo, habiéndola disfrutado. Es decir, era cine y no arte europeo solo apto para determinados y selectivos paladares.
Otra divertida (aunque patética) anécdota es la que sucedió en cierta ocasión, cuando invitaron al mismísimo director de la película belga que proyectaban, y se sentó justo a nuestro lado en la primera fila. Dicho film belga era tan soporíferamente aburrido que a lo largo del metraje la gente fue huyendo de la sala en total desbandada, de escándalo. ¿Quién quedó en la sala? Pues solo los que estábamos en la primera fila, que, por vergüenza, al tener al director al lado, no nos movimos.
Conclusión: ¿Hay cine europeo fantástico y genial con algunas Obras Maestras muy superiores a las del americano? Pues claro que sí, cientos de ellas, pero es un porcentaje tan mínimo que apenas destaca entre la morralla sobrevalorada que nos suele llegar.
Es, sin duda, un tema espinoso, y siempre habrá conflictos entre los que defienden a ultranza el cine americano, una inmensa mayoría (por algo será), y los que sienten especial debilidad por el cine europeo. Después de tantos años de amor cinéfilo hacia cualquier clase de cine, yo estoy convencido, más que nunca, de que el cine americano fue, es y siempre será el mejor cine que se hará en todo el planeta. ¿Quién soy yo para pontificar sobre algo de forma tan tajante?, pues soy alguien que se ha visto probablemente más cine europeo del que muchas personas jamás verán en su vida, y que, por lo tanto, habla con conocimiento de causa.
Por supuesto que existen cientos de joyas y Obras Maestras maravillosas tanto en el cine europeo como en el asiático o el sudamericano, y yo, afortunadamente, me he visto la mayoría de ellas; pero eso no justifica el altísimo porcentaje de cine infumable que suele parirse en dichos países ni cómo los pseudointelectuales más radicales lo defienden, cuando dichos films atentan y violan el mandamiento más sagrado de cualquier película: nunca aburrir.
Tendría que relatar muchísimas, incluso incontables, anécdotas sobre el cine europeo; por ello, hoy, en este primer capítulo de esta serie de artículos solo me centraré en dos anécdotas muy simpáticas que vivimos principalmente mi cinéfilo/informático amigo Antonio Plaza y yo a principios de la década de los 90, cuando éramos dos tiernos cinéfilos de 18 ó 19 años. Fue durante los maravillosos ciclos que programaron las Clavellinas, que tanto aportaron a la cultura cinéfila cacereña de su época.
Me acuerdo perfectamente de que llevábamos cerca de un año viendo cine europeo sin parar, y un buen día, sorprendentemente, pusieron una película americana de los años 40. Se trataba de un policiaco de serie B muy malo, del que solo recuerdo que se bebía mucho café; pero la reacción fue unánime: a pesar de ser un film cutre de serie B, todos salimos encantados del cine, comentando eufóricamente la película, recordando escenas, habiéndola asimilado y, sobre todo, habiéndola disfrutado. Es decir, era cine y no arte europeo solo apto para determinados y selectivos paladares.
Otra divertida (aunque patética) anécdota es la que sucedió en cierta ocasión, cuando invitaron al mismísimo director de la película belga que proyectaban, y se sentó justo a nuestro lado en la primera fila. Dicho film belga era tan soporíferamente aburrido que a lo largo del metraje la gente fue huyendo de la sala en total desbandada, de escándalo. ¿Quién quedó en la sala? Pues solo los que estábamos en la primera fila, que, por vergüenza, al tener al director al lado, no nos movimos.
Conclusión: ¿Hay cine europeo fantástico y genial con algunas Obras Maestras muy superiores a las del americano? Pues claro que sí, cientos de ellas, pero es un porcentaje tan mínimo que apenas destaca entre la morralla sobrevalorada que nos suele llegar.
Cuando los efectos especiales dejaron de ser especiales (2010) por El Despotricador Cinéfilo
Desde siempre he sabido que soy un privilegiado por haber nacido en una década que me ha proporcionado, en las salas de cine, algunas de las mejores experiencias cinematográficas de mi vida, aparte de regalarme una de las mejores (cinéfilamente hablando) infancias/adolescencias que pueda tener un amante del Séptimo Arte.
Estoy hablando, por supuesto, de esa época de nuestra niñez en la que crecimos al compás de algunas Obras Maestras como La guerra de las galaxias, Tiburón, En busca del arca perdida, ET, Encuentros en la tercera fase o Superman (caray, tras nombrar esta retahíla de películas me acabo de dar cuenta de lo mucho que quiero a John Williams). Todas ellas tenían unos efectos especiales asombrosos, fascinadores y revolucionarios, casi mágicos, y desde luego sí que eran especiales, no como ahora.
Hoy en día ha llegado un momento en el cine, con la revolución digital, en que los efectos visuales han dejado de sorprender, de maravillarnos, de sobrecogernos, y eso que ahora son mejores que nunca. Quizás ese sea el problema, que, al ser académicamente perfectos, al ser digitalmente intachables y, sobre todo, al ser empleados de forma constante y abusiva en cualquier película, han perdido su encanto.
Y es que quizás esta no sea una crítica escrita con la cabeza, pues no dispongo de ningún razonamiento o argumento en que basar y justificar mis reflexiones, porque, si lo pienso fríamente, estamos viviendo una envidiable revolución sin parangón en la historia del cine. Pero, ay, si en vez de pensar con la cabeza lo hago con el corazón, no puedo evitar emocionarme mucho más pensando en E.T. sobrevolando una inmensa luna, en Superman volando tras un misil o en Terminator luchando contra el T-1000 . ¿Que son efectos algo cutres, primarios y artesanos? Pues sí, pero al menos mi generación tendrá siempre el privilegio de haber sentido vuelcos de corazón de pura emoción al contemplarlos, lo cual nunca ocurrirá con los perfectos e inmaculados efectos de ahora, impecables, sí, pero no sorprendentes. Una gran pena, sin duda, para los futuros cinéfilos.
Estoy hablando, por supuesto, de esa época de nuestra niñez en la que crecimos al compás de algunas Obras Maestras como La guerra de las galaxias, Tiburón, En busca del arca perdida, ET, Encuentros en la tercera fase o Superman (caray, tras nombrar esta retahíla de películas me acabo de dar cuenta de lo mucho que quiero a John Williams). Todas ellas tenían unos efectos especiales asombrosos, fascinadores y revolucionarios, casi mágicos, y desde luego sí que eran especiales, no como ahora.
Hoy en día ha llegado un momento en el cine, con la revolución digital, en que los efectos visuales han dejado de sorprender, de maravillarnos, de sobrecogernos, y eso que ahora son mejores que nunca. Quizás ese sea el problema, que, al ser académicamente perfectos, al ser digitalmente intachables y, sobre todo, al ser empleados de forma constante y abusiva en cualquier película, han perdido su encanto.
Y es que quizás esta no sea una crítica escrita con la cabeza, pues no dispongo de ningún razonamiento o argumento en que basar y justificar mis reflexiones, porque, si lo pienso fríamente, estamos viviendo una envidiable revolución sin parangón en la historia del cine. Pero, ay, si en vez de pensar con la cabeza lo hago con el corazón, no puedo evitar emocionarme mucho más pensando en E.T. sobrevolando una inmensa luna, en Superman volando tras un misil o en Terminator luchando contra el T-1000 . ¿Que son efectos algo cutres, primarios y artesanos? Pues sí, pero al menos mi generación tendrá siempre el privilegio de haber sentido vuelcos de corazón de pura emoción al contemplarlos, lo cual nunca ocurrirá con los perfectos e inmaculados efectos de ahora, impecables, sí, pero no sorprendentes. Una gran pena, sin duda, para los futuros cinéfilos.
Viento salvaje (1957) de George Cukor (por El Despotricador Cinéfilo)
Pocas veces me he quedado más asombrado y perplejo mientras veía una película que en el caso de este Viento salvaje. Porque bien es cierto que existen muchas películas que se parecen a otras, o incluso que son remakes directos o indirectos, pero en este caso son tan escandalosamente notables las similitudes que no puedes evitar esbozar una sonrisa, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de una diferencia de tan solo un año. Me explico.
Hará unos meses disfruté con la excelente película Deseo bajo los olmos (1958, Delbert Mann) y hace tan solo unos días vi este Viento salvaje (1957, George Cukor). Cualquiera que haya visionado ambos films se quedará muy confundido y desconcertado, pues el argumento de los dos es exactamente el mismo. Y no es que estemos hablando de un argumento muy típico, manido y mil veces utilizado en muchas películas, sino que se trata de una historia francamente original, lo cual llama aún más la atención por el calco que supone una de la otra.
Porque, vamos a ver, en ambas la historia se desarrolla en una inmensa casa situada en un entorno hostil, salvaje, solitario y rural (en una es un granjero; en la otra, un ganadero). Los protagonistas son, en ambas, viudos maduros adinerados que se van a Italia a buscar una esposa con la que volver a casarse (en una Sophia Loren y en otra Anna Magnani). Además, en los dos casos el hijo del viudo acaba enamorándose de su madrasta, lo que desatará todas los acontecimientos trágicos. Es más, poniéndome quisquilloso, diría que hasta las escenas de enfrentamiento y peleas o incluso las de los bailes de las fiestas son idénticas. ¿Alguna posible diferencia? Pues quizás solo una: Anthony Perkins está francamente bien en Deseo bajo los olmos, lo cual no se puede decir del soso y limitadito Anthony Franciosa en Viento salvaje.
De todos modos, en ambos casos se trata de dos películas magníficas y muy recomendables, aunque solo sea por contemplar el inmenso talento de Sophia Loren y de la Magnani haciendo lo que mejor saben hacer: de italiananas apasionadas y viscerales.
De cualquier forma, no son las únicas ocasiones en que argumentos similares te pueden liar la memoria cinéfila, pues recuerdo perfectamente que, por puro azar, un día vi Tiempo de amar, tiempo de morir (1958, Douglas Sirk) y La cruz de hierro (1977, Sam Peckinpah) y, desde entonces, soy incapaz de diferenciar la una de la otra por su temática casi idéntica. De hecho, muchos años después, me volvió a pasar lo mismo al ver el mismo día El ilusionista (2006, Neil Burger) y El truco final (2006, Christopher Nolan). ¿Qué conclusión se podría sacar de todo esto? Pues un mandamiento que deberíamos cumplir todos los cinéfilos con rigor: No verás películas argumentalmente muy parecidas, a menos que disten muchos meses entre los dos visionados.
Hará unos meses disfruté con la excelente película Deseo bajo los olmos (1958, Delbert Mann) y hace tan solo unos días vi este Viento salvaje (1957, George Cukor). Cualquiera que haya visionado ambos films se quedará muy confundido y desconcertado, pues el argumento de los dos es exactamente el mismo. Y no es que estemos hablando de un argumento muy típico, manido y mil veces utilizado en muchas películas, sino que se trata de una historia francamente original, lo cual llama aún más la atención por el calco que supone una de la otra.
Porque, vamos a ver, en ambas la historia se desarrolla en una inmensa casa situada en un entorno hostil, salvaje, solitario y rural (en una es un granjero; en la otra, un ganadero). Los protagonistas son, en ambas, viudos maduros adinerados que se van a Italia a buscar una esposa con la que volver a casarse (en una Sophia Loren y en otra Anna Magnani). Además, en los dos casos el hijo del viudo acaba enamorándose de su madrasta, lo que desatará todas los acontecimientos trágicos. Es más, poniéndome quisquilloso, diría que hasta las escenas de enfrentamiento y peleas o incluso las de los bailes de las fiestas son idénticas. ¿Alguna posible diferencia? Pues quizás solo una: Anthony Perkins está francamente bien en Deseo bajo los olmos, lo cual no se puede decir del soso y limitadito Anthony Franciosa en Viento salvaje.
De todos modos, en ambos casos se trata de dos películas magníficas y muy recomendables, aunque solo sea por contemplar el inmenso talento de Sophia Loren y de la Magnani haciendo lo que mejor saben hacer: de italiananas apasionadas y viscerales.
De cualquier forma, no son las únicas ocasiones en que argumentos similares te pueden liar la memoria cinéfila, pues recuerdo perfectamente que, por puro azar, un día vi Tiempo de amar, tiempo de morir (1958, Douglas Sirk) y La cruz de hierro (1977, Sam Peckinpah) y, desde entonces, soy incapaz de diferenciar la una de la otra por su temática casi idéntica. De hecho, muchos años después, me volvió a pasar lo mismo al ver el mismo día El ilusionista (2006, Neil Burger) y El truco final (2006, Christopher Nolan). ¿Qué conclusión se podría sacar de todo esto? Pues un mandamiento que deberíamos cumplir todos los cinéfilos con rigor: No verás películas argumentalmente muy parecidas, a menos que disten muchos meses entre los dos visionados.
El ladrón de bicicletas (1948) por Francisco Rodríguez Criado
HISTORIA DE UN LADRÓN DE BICICLETA Y DOS LIMPIABOTAS
Hubo una etapa de mi vida, la adolescencia, en la que me propuse ver cuantas películas de neorrealismo italiano cayeran en mis manos. Estoy hablando de unos años en los que la televisión de este sufrido país aún tenía el atrevimiento de emitir películas de calidad, de entre las cuales se colaba de vez en cuando alguna de este grupo de directores que habían centrado su interés en retratar las penurias de la sociedad italiana de la Segunda Guerra Mundial y de su posguerra. (Una segunda opción, más cara pero a la vez más efectiva, era alquilar esas películas en los videoclubs, hoy día en vías de extinción). Así fue como me aficioné al cine de Vittorio de Sica.
Han pasado más de dos décadas y por necesidades del guión ya no soy aquel imberbe, pero mi sintonía con el cineasta italiano apenas se resiente.
Vaya por delante mi falta de originalidad si, de entre sus películas, me decanto por Ladrón de bicicletas, un clásico de innegable encanto que retrata dos angustiosos días en la vida de un modesto padre de familia con acuciantes problemas para costear las necesidades básicas de su mujer y su pequeño hijo. Rodada en 1945, no en escenarios cinematográficos sino en las devastadas calles italianas, la película ofrecía una segunda novedad: la inmensa mayoría de los actores no eran profesionales, sino personas de carne y hueso que interpretaban engorrosos papeles tanto en la vida real como en el cine. Esa circunstancia, y el contexto histórico, permiten que la vehemente necesidad de poseer una sencilla bicicleta de paseo, tan común en los niños, adquiera un carácter terriblemente adulto en la película.
Por cierto, el título resultaba más adecuado en su versión original, Ladri di biciclette (Ladrones de bicicletas, en plural), pues al fin y al cabo dos son los ladrones y dos las bicicletas robadas. Y porque el protagonista, Antonio, no es un ladrón de bicicletas al uso sino un honrado padre de familia que sufre el robo de la suya el primer día de trabajo. Solo en los últimos minutos de la cinta es cuando este se plantea, muy a su pesar, perpetrar el hurto. Y, no sabemos si para bien o para mal, lo hace sin el menor éxito. Hablar, pues, de ladrones en plural es más correcto, porque además potencia la paradoja de la película: un desaprensivo ladrón obtiene éxito al cometer su delito sin que nadie le persiga, mientras que un ladrón –vamos a decirlo así– honrado se ve hostigado por decenas de ciudadanos que al salir de un estadio de fútbol echan a correr tras él hasta desbaratar sus planes.
Llama también la atención el título de la que es otra de sus más famosas películas, El limpiabotas, curiosa película que narra las malandanzas no de un limpiabotas –como podría pensarse– sino de dos, y cuyo título original era Sciuscià (contracción del inglés “shoe shine”: limpiabotas).
Vittorio de Sica repite algunos elementos narrativos. De nuevo hay un objeto deseado, en este caso un caballo blanco, y de nuevo un protagonista (dos, como hemos dicho) que sufre/n durante todo el metraje sin satisfacer sus más profundos deseos.
El limpiabotas, nuevamente rodada en las calles y con actores escogidos fuera del círculo cinematográfico, arranca desde premisas relativamente realistas en su descripción de las vidas de Pasquale y Guiseppe, dos jovenzuelos que comparten profesión y un sueño: el de comprar un caballo con el dinero que ahorran abrillantando los zapatos de los soldados estadounidenses. (Escribo “premisas relativamente realistas” porque el espectador ha de ser benévolo y aceptar que en un plazo corto de tiempo dos limpiabotas pueden ahorrar el suficiente dinero para comprar tan preciado animal).
A diferencia de Ladrón de bicicletas, película casi redonda (le sobra la voz en off del final que se empeña en explicar lo que ya han revelado previamente las imágenes), El limpiabotas acaba por resultar cargante a partir de la primera hora. En un intento de dotar de humanismo a esta historia sobre el mercado negro en Roma, castiga a los dos muchachos con una interminable cadena de adversidades que solo encuentra respiro cuando termina la película. El director italiano no crea cadencias en su intento de convertir a estos dos limpiabotas en atribulados personajes de Dickens (y eso que el genial escritor inglés, pese a su tendencia a los melodramas, al menos solía incluir en sus novelas un atisbo a la esperanza). Y es que en El limpiabotas todo es drama, drama y más drama sin concesiones hasta desembocar en un final poético que debió de ser muy del agrado de los miembros de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, que en 1947 le concedieron el Oscar a la mejor película de lengua no inglesa.
Vidas cruzadas (1993) de Robert Altman (por El Despotricador Cinéfilo)
Siempre recordaré cómo se produjo, en 1999, una de mis experiencias cinematográficas más impactantes cuando fui al cine a ver la magistral Magnolia (1999, Paul Thomas Anderson), pues durante las tres horas de su metraje generé tantísima ansiedad, estrés, emociones y sensaciones arrebatadoras que solo con su catártico final pude diluir y digerir todo el desasosiego que me había ocasionado. Solo al cabo de unos minutos tras su visionado pude tomar conciencia de lo muchísimo que me estremeció, conmocionó, aturdió, aterró y sobrecogió para que, aún hoy en día, siga tan vivo ese recuerdo en mi memoria.
Pues bien, si Magnolia para muchos es una Obra Maestra (desde luego para mí sí que lo es), no se puede decir lo mismo de la también famosa Vidas cruzadas que Robert Altman creó seis años antes. Y no será desde luego por los muchísimos puntos en común que tienen ambas películas, pues la temática es prácticamente la misma y la interconexión entre los diferentes personajes está planteada de idéntica manera. Pero la de Thomas Anderson tiene ritmo, alma y se incrusta en tus emociones conmoviéndote, mientras que la de Altman es..., llamémoslo simplemente un film fallido con algunos aciertos más que notables.
Ante todo hay que dejar claro que Vidas cruzadas es un film muy meriotorio, una gran película y un ejemplo pluscuamperfecto de lo que debe ser un film coral de muchísimos personajes sin aparente relación entre ellos. Pero tiene un gran fallo: la frialdad con la que Altman impregna siempre la mayoría de sus obras. Debo reconocer que no soy de los que tienen a Robert Altman como un gran autor y uno de los grandes del cine, pues el grueso de su filmografía está repleto de films fallidos. Salvo en el caso de las magistrales MASH y El juego de Hollywood, el resto me aburren o decepcionan. Y esta Vidas cruzadas no es una excepción.
En la película no hay emotividad y, si la hay, es en un nivel tan bajo que no nos permite involucrarnos en ninguna de las historias. De hecho, si no fuera por la excelente y muy convincente interpretación de todos los actores en sus respectivos papeles, sería un film aún peor. Y una película de estas características sin emotividad, sin sentimientos y sin sensaciones se queda vacía y sin enjundia. ¿Qué nos queda, pues?: un metraje muy largo, demasiado largo, para contar unas historias, algunas de ellas incluso irresolubles, que apenas se mueven ni evolucionan ni profundidan. Ay, menos mal que seis años después llegaría Magnolia.
Pues bien, si Magnolia para muchos es una Obra Maestra (desde luego para mí sí que lo es), no se puede decir lo mismo de la también famosa Vidas cruzadas que Robert Altman creó seis años antes. Y no será desde luego por los muchísimos puntos en común que tienen ambas películas, pues la temática es prácticamente la misma y la interconexión entre los diferentes personajes está planteada de idéntica manera. Pero la de Thomas Anderson tiene ritmo, alma y se incrusta en tus emociones conmoviéndote, mientras que la de Altman es..., llamémoslo simplemente un film fallido con algunos aciertos más que notables.
Ante todo hay que dejar claro que Vidas cruzadas es un film muy meriotorio, una gran película y un ejemplo pluscuamperfecto de lo que debe ser un film coral de muchísimos personajes sin aparente relación entre ellos. Pero tiene un gran fallo: la frialdad con la que Altman impregna siempre la mayoría de sus obras. Debo reconocer que no soy de los que tienen a Robert Altman como un gran autor y uno de los grandes del cine, pues el grueso de su filmografía está repleto de films fallidos. Salvo en el caso de las magistrales MASH y El juego de Hollywood, el resto me aburren o decepcionan. Y esta Vidas cruzadas no es una excepción.
En la película no hay emotividad y, si la hay, es en un nivel tan bajo que no nos permite involucrarnos en ninguna de las historias. De hecho, si no fuera por la excelente y muy convincente interpretación de todos los actores en sus respectivos papeles, sería un film aún peor. Y una película de estas características sin emotividad, sin sentimientos y sin sensaciones se queda vacía y sin enjundia. ¿Qué nos queda, pues?: un metraje muy largo, demasiado largo, para contar unas historias, algunas de ellas incluso irresolubles, que apenas se mueven ni evolucionan ni profundidan. Ay, menos mal que seis años después llegaría Magnolia.
Ocho y medio (1963) por Betomovies
La crisis creativa desde un enfoque surrealista.
A mi criterio 8 ½ es una obra sobrevalorada porque me resulta inconsistente e inconexa en su textura dramática, no llego a lograr la empatía necesaria con esa crisis creativa que sufre el director Guido Anselmi (interpretado correctamente por Marcello Mastroianni).
Si bien la película describe en forma surrealista el intrincado proceso de la realización cinematográfica y sobre la angustia por la escasez de creatividad artística, la cinta no me llega de la forma que debería. El principal problema que tengo con esta cinta de Fellini es que me resulta incoherente, no va creciendo en intensidad y no tiene el suficiente dramatismo como para emocionar o terminar reflexionando sobre tópicos profundos como puede llegar a ser la crisis de un artista. El problema es que el director italiano hace sus planteos en forma filosófica y demasiado lírica, de una manera muy particular donde hay que comprender su propia interioridad para llegar a quedar atrapado en la propuesta. Sin dudas que hay una mirada hacia su propio interior en este filme, Guido Anselmi es el alter ego del propio Fellini, quien se auto-retrata en una suerte de narcisismo en donde resulta muy difícil sintonizar emocionalmente con las vivencias expuestas sin entrar en el alma de su autor.
Lamentablemente no logro sintonizar con el discurso sobre el vacío artístico de un autor y aunque pareciera cínico de mi parte, si me dijeran qué aspectos de esta película resaltaría, pues me quedo primero con su bellísima partitura compuesta por el gran Nino Rota y esa melodía circense que permanecerá latente en nuestros corazones por siempre, en segundo lugar con la belleza exuberante del elenco femenino que acompaña a Mastroianni y por último destacaría la fotografía en blanco y negro que brinda por momentos ratos de extremo onirismo y pérdida del sentido de la realidad.
En fin, no pongo en duda que digan que esta película es de visionado obligatorio para cualquier cinéfilo, sobre todo por su originalidad y por excentricidad en las formas de exponer un mensaje. Ahora bien, no necesariamente tiene que gustar, soy de los que la respetan pero no de los que la gozan con profusa intensidad.
A mi criterio 8 ½ es una obra sobrevalorada porque me resulta inconsistente e inconexa en su textura dramática, no llego a lograr la empatía necesaria con esa crisis creativa que sufre el director Guido Anselmi (interpretado correctamente por Marcello Mastroianni).
Si bien la película describe en forma surrealista el intrincado proceso de la realización cinematográfica y sobre la angustia por la escasez de creatividad artística, la cinta no me llega de la forma que debería. El principal problema que tengo con esta cinta de Fellini es que me resulta incoherente, no va creciendo en intensidad y no tiene el suficiente dramatismo como para emocionar o terminar reflexionando sobre tópicos profundos como puede llegar a ser la crisis de un artista. El problema es que el director italiano hace sus planteos en forma filosófica y demasiado lírica, de una manera muy particular donde hay que comprender su propia interioridad para llegar a quedar atrapado en la propuesta. Sin dudas que hay una mirada hacia su propio interior en este filme, Guido Anselmi es el alter ego del propio Fellini, quien se auto-retrata en una suerte de narcisismo en donde resulta muy difícil sintonizar emocionalmente con las vivencias expuestas sin entrar en el alma de su autor.
Lamentablemente no logro sintonizar con el discurso sobre el vacío artístico de un autor y aunque pareciera cínico de mi parte, si me dijeran qué aspectos de esta película resaltaría, pues me quedo primero con su bellísima partitura compuesta por el gran Nino Rota y esa melodía circense que permanecerá latente en nuestros corazones por siempre, en segundo lugar con la belleza exuberante del elenco femenino que acompaña a Mastroianni y por último destacaría la fotografía en blanco y negro que brinda por momentos ratos de extremo onirismo y pérdida del sentido de la realidad.
En fin, no pongo en duda que digan que esta película es de visionado obligatorio para cualquier cinéfilo, sobre todo por su originalidad y por excentricidad en las formas de exponer un mensaje. Ahora bien, no necesariamente tiene que gustar, soy de los que la respetan pero no de los que la gozan con profusa intensidad.
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