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Siempre hace buen tiempo (1955) por El Despotricador Cinéfilo


Aún recuerdo, no sin cierta nostalgia, como en mi niñez y adolescencia cada vez que estaba deprimido o triste por algún motivo cogía mi viejo VHS de "Cantando bajo la lluvia" y lo ponía, viendo solo 5 ó 10 minutos de la película. Da igual que fuese el inicio, el desarrollo o la parte final, solo necesitaba esos 5 ó 10 minutos, y ya la vida volvía a sonreír, pues el optimismo, sentido del humor, alegría, magia y ritmo de esta maravillosa Obra Maestra me contagiaba de tal manera que me revitalizaba. De hecho, sigo pensando que una buena dosis de "Cantando bajo la lluvia" es mejor remedio que cualquier antidepresivo.

Por esta razón, más emocional que racional, me decepciona este "Siempre hace buen tiempo", y el problema es que no sé exactamente porqué me decepciona, pues el binomio Gene Kelly-Stanley Donen funciona a la perfección, graduada y planificada la película al milímetro para producir el mismo efectos que ambos genios del celuloide consiguieron 3 años antes con "Singing in the rain". Pero el cine, como arte imperfecto que es, es lo que tiene, y aunque el film sea impecable no es esa maravilla de musical que todos ansiamos.

Quizás sea porque las canciones no son tan memorables como en otros musicales de esa época, quizás sea por falta del optimismo y la típica sensación pueril de estos tipos de films, quizás sea porque los números de baile (exceptuando el magistral de Gene Kelly en patines) no están muy logrados, quizás sea porque Dan Dailey y Michael Kidd no tienen el carisma necesario para secundar a Kelly, quizás sea por ese poso de amargura que desprende el film, quizás sea porque es una película más realista de lo normal en el género del musical… ¿quien sabe? Yo solo se que no podría recurrir a "Siempre hace buen tiempo" para alegrarme el día, y que aunque es un film muy notable, no puede compararse con otras joyas de Kelly y Donen.

Pero realmente ¿importa eso? si nuestra penitencia cinéfila es menospreciar joyas como "Siempre hace buen tiempo" entonces bienvenidas sean muchas penitencias como esas.

Una chica cortada en dos (2007) por Aurea García Fernández


!Qué curioso!, hace unos días salía del cine con la sensación de haber estado en un lugar en el que llovían piedras y hoy en cambio que acabo de ver algo muy parecido salgo con la placentera sensación de haber disfrutado de un delicioso convite: buen vino, buenísima comida y mejor compañía:"voilá".

Aquello era New York y Sidney Lumet y esto de hoy es Francia y Chabrol: quiero decir que "charme","gourmet","bon goût" no son sólo palabras. "L´esprit" francés sopla por toda la película de principio a fin, claro está que con tremendas cargas de profundidad chabrolianas, eso sí, sin perder las formas: eso...!jamás!.

El eje como tantas veces la familia pero aquí con connotaciones sociológicas: la protagonista vive en una familia monoparental (su madre, soltera y encantadora, trabaja en una librería importante) con la aparición esporádica de un untuoso y equívoco tío del que sólo sabemos que viaja mucho pero que va a dar pie a un sorprendente y muy chabroliano final mientras que el chico pertenece a una superfamilia de apariencia aristocrática de la muy poderosa e influyente industria farmacéutica.

En medio de estos dos núcleos familiares aparece un tercero en discordia que va a ser determinante en las tragedias que se avecinan: el de la falsa intelectualidad encarnada en la figura de un prestigioso y depravado escritor casado con una muy bella y "comprensiva" esposa que acepta sin mayores problemas a la no menos bella, libertina y eficiente agente literaria y por supuesto amante de su marido: todo como ven encantadoramente francés.

A la atractiva y joven "prota",chica de éxito también que informa en la tele sobre el tiempo no se le ocurre otra cosa (contra todo pronóstico) que caer en las perversas redes del cínico y viejo escritor del que se enamora perdidamente. ¿Podría llamarse a esto "la atracción del mal?", porque al exitoso escritor no hay por donde cogerle: un tipejo en toda regla camuflado bajo los oropeles de la fama y el dinero y muy sobriamente bien resuelto por Francois Berlèand el siniestro director del colegio de "Los Chicos del Coro",¿recuerdan?.Mas la cosa no queda ahí porque a pesar del enamoramiento enfermizo la chica se casa con la otra "perla" de la peli, el esquizofrénico niño rico que también enfermizamente "está por ella" desde la primera vez que casualmente la vió.

La tragedia se pone en marcha pero ya digo con "l´esprit" francés flotando alrededor: nadie pierde las formas ni la "politesse" salvo el joven rico riquísimo que naturalmente tiene que darnos algunas claves para que el espectador se vaya percatando de qué clase de mal le aqueja. La cabriola final con la que nos sorprende el creador de la "nouvelle vague" es digna de él y justifica el título de la película.

Bueno, qué, ¿voy o no voy a "despotricar"?.Enfín, no sé, diría que no es lo mejor de Chabrol que una vez más vuelve a darnos lo de siempre pero ¿qué quieren?:! lo hace tan bien!.

Cuando uno va a ver el cine de Chabrol ya sabe con lo que se va a encontrar: en su última entrega "Borrachera de Poder" ponía en la picota a la judicatura y de paso al feminismo aquí al falso intelectual de éxito y siempre-siempre a la muy hipócrita burguesía francesa: Ya digo,"dejà vu","dejà connu", pero disfrutas tanto con esas vivisecciones cartesianas tan llenas de inteligencia y fina ironía a la par que solvencia que "despotricar" pues,ea, que no me sale y ustedes perdonen.

Principios de verano (1951) por Ricardo Pérez Quiñones


Bajo un mismo techo viven una pareja de ancianos, su hija Noriko (Setsuko Hara) y su hijo Koichi (Chishu Ryu) además de la mujer y los dos hijos pequeños de este.

Noriko tiene ya veintiocho años y sus familiares y allegados consideran que ya es hora de que contraiga matrimonio.

En Bakushu o Principios de verano el maestro japonés vuelve a poner de manifiesto su sabiduría vital y cinematográfica, centrándose en este caso, en un bello e inevitable proceso de desmembramiento familiar derivado del paso del tiempo (tema capital en Ozu).

Tratándose de Ozu nos encontramos, claro está, ante un shomin-geki o filme de temática cotidiana y contemporánea, género al que dedicó la totalidad de su filmografía a excepción de su primera película La espada de la penitencia de 1927 (que no se conserva en la actualidad) y que se adscribía al Jidai-geki o filme de temática histórica.

El eje en torno al cual gira la trama son los intentos de los familiares de Noriko por encontrarle un buen pretendiente, anécdota que hace que nos remontemos a Primavera tardía (1949) y que se repetirá en buena parte de su filmografía posterior.

El tono general de la película es el de una comedia ligera que sin embargo, en su último tramo irá transitando hacia situaciones más tensas que acabarán por desembocar en un conmovedor y hermoso final.

La cámara prácticamente inmóvil de Ozu, a excepción de algunos lentos y bellos travellings, el alarde en la composición de la puesta en escena y el lirismo humanista habitual de su autor dan lugar a uno de los filmes más deliciosos e irresistibles de su carrera.

Con la breve visita del abuelo, coincidirán en la misma casa cuatro generaciones de una misma familia. El contraste/enfrentamiento entre las distintas generaciones es uno de los temas esenciales en la obra de Ozu, algo lógico si tenemos en cuenta que él mismo presenció las transformaciones culturales acaecidas en su país tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial.

En este sentido su posición es clara y se refleja en sus películas, donde los ancianos suelen ser personas sabias y serenas, los jóvenes se debaten entre la filiación a sus raíces históricas y la modernidad (debido a la influencia norteamericana) y los niños aparecen siempre como seres egoístas y respondones frente a sus mayores. Aquí, los dos hijos pequeños de Koichi se fugarán de casa durante unas horas debido a que no les compran más vías para su tren eléctrico. Esta rebeldía infantil nos hace pensar en su gran obra muda He nacido, pero… (1932) donde los niños se enfrentaban a su progenitor al considerlo un fracasado y un pelele frente a su jefe, y a la posterior e inolvidable Buenos Días (1959) en la que los infantes se negaban a hablar como respuesta a la decisión de su padre de no comprarles un televisor.

No sería justo acabar el comentario sin hacer referencia a la excelente labor realizada por todos y cada uno de los actores que participan en la película, destacando a la siempre angelical y encantadora Setsuko Hara. Ozu al igual que otros grandes directores como Ford o Bergman siempre trabajaba con su habitual “trouppe”.

Estamos por tanto ante otra obra maestra de Ozu, del que casi todos conocen su inmortal Cuentos de Tokio (1953) pero cuya obra va mucho más allá, algo que lo convierte en uno de los directores más importantes de la historia.

Entre copas (2004) por José Luis Martínez Orea


Creo que es la quinta vez que veo Entre copas, película sobre vino, concretamente de la cosecha de 2004. La uno en el recuerdo de vino y cine a la lista de Campanadas a medianoche, Comer, beber, amar, Días de vino y rosas, Días sin huella, La grande bouffe, Las uvas de la ira, La leyenda del santo bebedor, Providence, Tierra, Un buen año, Un paseo por las nubes.Y además, entre otras, Entre copas.

El título de la distribución podría haber sido, en vez de Entre copas, Entre vinos o Entre amigos o cualquier otro, ya que el Sideways del original alude al carácter de los protagonistas, su fracaso profesional y personal, su deriva amorosa, el andar tocados del ala, al garete, escorados como el Titanic después de lo del iceberg. Forzando un poco más la traducción, podría haber sido perfectamente Entre sopas.

Creo que es la quinta vez que veo la película y cada vez me he preguntado lo mismo: ¿de qué trata en realidad esta película que aparentemente sólo habla de vino? Y, ya se sabe, que, cuando uno se hace este tipo de preguntas, es porque se trata de más cosas de lo que parece, se está hablando de varias cosas a la vez.

En primer lugar de vinos. ¿Recordáis Días de vinos y de rosas en las que sólo se bebía whisky? no. Aquí sólo se bebe vino. Vine y cine parodiando el dicho de "in vino, veritas", "la verdad a veinticuatro imágenes por segundo". Si en la oscuridad de la bodega el vino madura, así el cine nace con una naturaleza subterránea, fantasmagórica, de iluminar las sombras. No hay más que ver en la copa, al trasluz, la estructura inestable, orgánica, tumultuosa del vino, para estar viendo cine. Y también los pámpanos, las botellas, la luz solar del paisaje californiano, las filas de las vides, ya que los auténticos protagonistas de esta película, casi únicos, son el vino y el cine.

Se parte de la idea de que la ebriedad es una condición fisiológica del arte. El don de la ebriedad de Claudio Rodríguez: "La más honda verdad es la alegría". Elixir que se busca, paraíso artificial, copas y copa. Podría traer a colación a Baudelaire, pero baste la copla del calendario zaragozano: "Bendito sea Noé,/que plantó el primer sarmiento;/a unos quita la sed,/a otros el entendimiento."

Y, al revés, nadie ha explotado tanto la idea de fracaso con el vino como el cine. El licor, medicina que anestesia (películas del Oeste); que sutura las heridas del alma (Maia, la hermosa camarera del restaurante); que hilvana la memoria de los memoriosos (Miles, el tacto de un racimo le evoca, sin decirlo, la carne de su mujer amada y perdida); el que ata los afanes (la pareja de amigos y sus invitadas); el que anuda la vida de los solitarios (prácticamente todos); el que hace que fluya la conversación, las confidencias, el humor, el deseo; el que inhibe desinhibe (se habla de vino por no hablar de sí mismo).Sí, en el vino verdad, alegría y terapia.

Si es cierto que todos los amantes y desengañados del amor en esta película beben, no todos aman el vino en el mismo grado. Miles, buen bebedor, experto catador, bebe más de la cuenta, ama el vino, sabe que el vino forma parte de la vida y es su vida. Jack, simple amigo de Miles y del vino, complaciente bebedor, busca en el vino otras cosas. Maia es la verdadera compañera de Miles, entendida, también ve en el vino toda la vida, intenta a través de él comprender el universo.

La amistad de los que beben, quizás el tema central de la película, ya que el argumento transcurre entre estos dos amigos, Miles y Jack. Entre el escritor que no encuentra editor a su novela mamotreto, y el viejo actor de series televisivas que nadie contrata ya. Entre el abandonado divorciado y el que hace su viaje de soltero antes de casarse. Entre el reconcentrado y pesimista Miles, con su reserva intelectual, su capacidad de análisis y su gran sorna, y el galán en retirada, Jack atolondrado, que es seguramente el que más necesita, robándole incluso tiempo a su donjuanismo, de la amistad. Dos amigos que beben, hablan, callan. De ese enfrentamiento o de esa pugna trata la película.

Y de la pugna del amor. Miles, monógamo divorciado y en perenne fracaso; Jack, mujeriego, con quien sea y como sea (rica, gorda, china), que se resiste a abandonar su soltería monógama: Dos antagonistas cómplices. Miles que no puede olvidar después de dos años a la que cree su mujer única, viaja más que nada para recordarla. Jack, cuyo donjuanismo le hace ponerse en situaciones ridículas (la cartera, el árbol). Son ridículos ambos por sus historias respectivas de amor. Pero también nace el amor en esta película. También el amor, bebiendo, de forma casi misteriosa, llega a esta película. "Porque mejor que el vino son tus amores", decía Salomón. A mí lo que más me gusta de esta película precisamente es la metáfora de hablar de vino cuando hablan de amor; y al revés. En el momento más íntimo Maia pregunta a Miles:¿Y a ti por qué te gusta tanto el Pinot Noir?". La contestación y el diálogo siguientes es una de las mejores definiciones de amor además de una perfecta declaración. Y también un momento sublime cinematográfico, al que asistimos bebidos o embebidos en la pantalla.

Y el viaje. Tiene mucho Entre copas de épica antigua, de héroes o antihéroes que se echaban al mundo a ver. O a beber. También de ridícula pareja cervantina por californianas tierras que no manchegas. Y de las infinitas películas del Oeste, buenas y malas en las que dos cabalgan juntos. Tiene mucho de road movie, película de amor y viaje, de amistad y de paisaje. Se viaja por lugares, viñedos, tierras bodegas, carreteras, moteles, de cata en cata, por las dos o tres cosas por las que se viaja siempre: para cumplir un destino, para la búsqueda o la huida, y también entre tanto, para los brindis infinitos.

Y finalmente no voy hablar de los maravillosos actores (todos),ni de los paisajes, ni de la dudosa elección de las bodegas de origen francés, ni del humor ni de la música, porque al comienzo dije que hablaría sobre "¿de qué trata esta película que aparentemente sólo trata de vino?, pero sí hablaré de cine. Alexander Payne ha logrado en esta película una de las exigencias más profundas de toda poética, decir más con lo que se dice, sin que nada admita ser dicho de ninguna otra manera. La verdad cinematográfica. "La verdad a veinticuatro imágenes por segundo" (Godart). In vino veritas. Con el vino no sólo se ve doble sino el doble. Acaso la metáfora visual de esta película. Creo que es la quinta vez que he visto el doble.

Tercer aniversario (2010) por El Despotricador Cinéfilo

Hace mucho, mucho, mucho tiempo en una lejana página web… (música de John Williams de fondo).

Seguro que todos los lectores, en su infinita paciencia e indulgencia, me van a permitir ponerme eufórico, jubiloso, pletórico y exultante para gritar a todo pulmón: ¡Feliz Tercer Aniversario querida web de El Despotricador Cinéfilo!

Y es que, como era de prever, no podía pasar por alto, al ser hoy 8 de septiembre, el tercer aniversario de esta emblemática web de cine que tantos momentos de placer (o de aburrimiento) ha proporcionado a los lectores en estos tres años de vida.

Podría dedicar este artículo a enumerar los múltiples cambios radicales que ha sufrido este Sitio Web en el último año (ya sean estéticos o de contenidos), pero no me interesa, porque, a pesar de todas las mejoras y elementos nuevos que se han incorporado, lo único que me importa es que, poco a poco, el número de visitantes sigue aumentando, las aportaciones de los colaboradores han crecido y, sobre todo, las felicitaciones por email han sido muchas más que en años anteriores.

Es decir, este Sitio Web de El Despotricador Cinéfilo, que nació con vocación de humildad y, casi me atrevería a decir, de cutrez (basta solo releer las primeras y mugrientas críticas del año 2007 y parte del 2008) ha conseguido en solo tres años ser una web de referencia para muchos cinéfilos que la siguen, la consultan y, lo más importante, participan con sus votaciones, comentarios o críticas.

Estadísticamente ha sido un buen año, un año redondo, rondamos las 11.000 visitas totales (una cifra nada desdeñable para una web sobre cine) y a día de hoy tenemos ya publicadas 227 críticas. Como siempre, animo a todos aquellos cinéfilos que quieran colaborar a que manden sus artículos, críticas, sugerencias o comentarios, pues esta web está única y exclusivamente pensada por y para ellos.

Afronto este nuevo año de vida que ahora empieza con la misma ilusión, entusiasmo y entrega de siempre, deseando que los usuarios sigan disfrutando y colaborando, y que nuestro amor al cine nos siga hermanando en este hábitat cinéfilo que es la web del Despotricador.

El fuego y la palabra (1960) por Francisco Rodríguez Criado


DEMASIADO FUEGO, DEMASIADAS PALABRAS

El inicio y el final de una película, independientemente de sus mimbres narrativos, son determinantes a los ojos del espectador. Al fin y al cabo constituyen la puerta de entrada y de salida de la historia narrada, son su nacimiento y su defunción.

Dejando el inicio para otro momento, es el final quien hace de transición entre el tiempo de evasión y la vuelta a la cruda realidad. Conscientes de ello, algunos cineastas se empecinan en recargar sus películas con finales impactantes, absurdamente impactantes diría yo. Igual que hubo un tiempo en que, por corrección política, el final de una película debía ser forzosamente un happy end, parece como si existiera una ley no escrita de llevar el mayor dramatismo posible a los últimos minutos de la cinta. Pero ¿ha de ser un final siempre climático? En la literatura, fuente inagotable de historias de las que a menudo se nutre el cine, se ha planteado este asunto en no pocas ocasiones. Famoso es el punto de vista de Edgar Allan Poe, expresado en algunos de sus ensayos, de que el cuento literario debe estar concebido de tal manera que desemboque en un final sorprendente que deje al lector con la boca abierta. Sin esa premisa, para Poe no hay cuento posible. Sin embargo, como respuesta involuntaria a Poe, vino Chéjov a abrirnos un nuevo mundo literario, intimista y edificante, magistralmente pergeñado a partir de la desidia y el hastío que, lejos de orquestar trucos, se limitaba a mostrar objetivamente la realidad, que no es poca cosa. Por lo general, sus historias lo que dejan abierto no es la boca del lector sino el cuento en sí, como si de la vida misma se tratara. Pero Chéjov fue un ruso introvertido del siglo XIX y el cine es por antonomasia un producto extravertido americano del XX. Es un hecho constatado que el séptimo arte (sobre todo el que lleva el sello de Hollywood), en un intento de ofrecer espectáculo sea como sea, se decanta más por los fuegos artificiales de Poe que por la calma chicha de Chéjov.

Por extraño que pudiera parecer, los mejores directores también caen en la trampa de crear finales retorcidamente deslumbrantes, quizá porque piensan inconscientemente que un gran director por definición está obligado a rodar un gran final. El caso más notorio que recuerdo ahora mismo es el de Steven Spielberg, quien en un ejercicio de ingenuidad –ingenuidad artística y concesión comercial– lastró La lista de Schlinder con un final lacrimógeno, tan patético como innecesario. (Aun así su película sobre el holocausto nazi sigue siendo sobresaliente).

Pero yo venía a hablar de la última película que he visto, El fuego y la palabra, de Richard Brooks, adaptación cinematográfica de la novela Elmer Gantry, de Sinclair Lewis, otra gran película con un final forzado. Y es una pena, porque se trata de un filme ambicioso y de calidad que no rehúye la polémica (más bien se diría que la busca), algo que agradecer teniendo en cuenta que fue rodada en 1960, cuando el cine norteamericano era demasiado conservador y aún faltaban algunos años para que EEUU conociera los mayores cambios sociales e ideológicos de su historia.

La película toca un material altamente inflamable: la religión, y más en concreto la religión pasada por el filtro de los predicadores de dudosa moralidad que para llevar a buen término sus propios objetivos personales sacan partido de las inconsistentes necesidades espirituales de los feligreses. Protagonizada por Burt Lancaster en el papel del simpático y vigoroso oportunista Elmer Gantry (papel que le sirvió para ganar el Oscar al Mejor Actor, un Globo de Oro y el premio de los Críticos de Cine de Nueva York) y por la inolvidable Jean Simmons dando vida a la sincera creyente hermana Sharon Falconer, El fuego y la palabra muestra la epifanía de un vendedor que se convierte a la religión evangélica llevado por su gran oratoria y por su acuciante necesidad de ganar dinero. (Y yo diría también que por dar rienda suelta a cierta brumosa vocación pastoral que muy a su pesar lleva dentro).

Pero ese proyecto topa con muchas dificultades, y la peor de todas surge cuando una antigua amiga de Gantry, una prostituta de sentimientos encontrados, pone las cosas en su sitio. Sacudido por el escándalo, que llega hasta los periódicos, Gantry abandona su impostura y con ella la tarea de evangelización.

Y ahí termina la película. O mejor dicho: debería haber terminado. Pero la renuncia de Gantry a mantener la farsa no debió de parecerles lo suficientemente impactante a los productores. (Como no he leído la novela de Sinclair desconozco si los finales coinciden). Una lástima, porque la película hubiera sido más verosímil en el –por así decirlo– primer final. Ahora bien, un incendio inesperado –y mal explicado– que acabe con la hermana Sharon Falconer, como si de una Juana de Arco americana se tratara, ¡ay!, eso es ya otra cosa. ¡La guinda del pastel!

En fin, todo es cuestión de gustos. Pero me queda la sensación de que ciertos temas tratados en la película (la fe ciega, la falsa espiritualidad, el culto a la personalidad, la dualidad del bien y el mal que confluyen en Elmer Gantry) quedan oscurecidas ante un final pretendidamente dramático que convence poco y mal.

A Roma con amor (2012) de Woody Allen (por Aurea García Fernández)

De nuevo Woody Allen nos envía una postal desde su periplo europeo y los forofos del director neoyorkino encantaditos de recibirla. Esta vez nos la envía desde la "ciudad eterna", Roma, con todos sus tópicos a cuestas: "paparazzi", cine, pasta, vespas, óperas, tenores y todo lo demás y lo hace sirviéndose de cuatro historias simultáneas o casi pero que no llegan a confluir tal y como sucede en el "Decamerón" inspiración originaria de la película.

En la primera historia un conocido arquitecto extranjero está en Roma de vacaciones con su mujer y unos amigos cuando paseando en solitario por el barrio del Trastévere es reconocido por un joven arquitecto italiano admirador suyo. Este joven que vive con su novia se va a enamorar perdidamente de una amiga de esta que visita Roma por unos días. El maduro arquitecto le previene reiteradamente porque él ya ha vivido esa historia y sabe muy bien como acaba.


La segunda historia está interpretada por el propio Woody que encarna a un viejo director de escena que ha venido con su mujer a conocer al novio italiano de su hija, naturalmente izquierdista, cuyo padre tiene un pequeño negocio de pompas fúnebres y va a dar lugar al más logrado e hilarante episodio de la película. Por supuesto la esposa del director (maravillosas las cortas intervenciones de Judy Davis) es psiquiatra ya que sabido es que don Woody no da un paso sin un buen psiquiatra al lado.

Roberto Benigni asume el aburrido y vulgar personaje de vida monótona y rutinaria de la tercera historia que una mañana cualquiera sin ton ni son se convierte en "famoso" al que persiguen "paparazzi" y televiseros hasta que focalizan su atención en otro infeliz y Leopoldo Pisanello ha de sufrir el precio de la fama.

Hay una cuarta historia protagonizada por una joven pareja provinciana que llega a Roma en busca de oportunidades laborales y se ve envuelta en una serie de equívocos y dislates y aquí es donde entra nuestra "Pé" más Loren que nunca si no fuera porque su acento español a veces se le escapa sin querer y al señor Allen parece no importarle o bueno no lo percibe pero está estupenda en cualquier caso.

Estas cuatro historias tienen un escenario común: Roma, la cuna de nuestra civilización y de nuestra cultura (¿sabían ustedes que lo primero que hicieron los ciudadanos, o mejor, una loca ciudadana, de Boston(USA), fue crear una escuela en la que se enseñara latín?) pero como decía al principio en ningún momento coinciden siguiendo en esto el esquema del "Decamerón".

La crítica italiana ha masacrado a la susodicha postalita que al parecer no les ha gustado nada de nada !hombre, que tampoco es para ponerse así!. Cierto que hay como pereza, como poco laboreo en estas historias desarrolladas con lo mínimo y repletas de topicazos, pero sin duda muy por encima de la media. Ya sabemos de la capacidad que tiene el neoyorkino para estar continuamente reinventándose contando siempre lo mismo aunque esta vez lo haga a través de cinco personajes diferentes y no solo del que se ha reservado como actor, el del viejo director de óperas que no pierde ocasión de relanzar su carrera.

Las cuatro historias se van enredando hasta el absurdo con un tratamiento del tiempo "sui generis" que a mucha gente desconcierta ofreciéndonos un retablo a ratos barroquizante a ratos surrealista siempre vital y desquiciado como mandan los tópicos y que ha puesto a los italianos de los nervios.

La música me pareció que estaba muy bien manejada pese a ese "Volare" del gran Domenico Modugno con que arranca el film recolmete de los topicazos, aunque esa canción siga siendo maravillosa y "eterna" como la propia ciudad. El "casting" a mi juicio y en general muy acertado.

Para los que no gusten de recibir postales del maestro les advierto que ya anda haciendo gestiones por Alemania. Prevenidos quedan. 


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Al volver a la vida (1948) de Byron Haskin (por Father Caprio)


I walk alone (Al volver a la vida) es una buena película de cine negro. Es cierto que la cosecha del 48 no está tan considerada como la de otros años, especialmente los primeros de la década, e incluso hay quien habla de "noir tardío" concepto con el que no comulgo demasiado habida cuenta de noirs posteriores de la talla de El abrazo de la muerte, Los sobornados o La jungla del asfalto. Sin embargo doctores tiene la iglesia y aquí no he venido a discutir calendario alguno, sino a recomendarles un excelente film de uno de esos directores semi desconocidos para muchos pero que nos legaron obras de notable interés. Pongamos que hablo de Byron Haskin.

Haskin era ante todo un hombre de cine. Su carrera se cimentó no solo en la dirección sino también en la fotografía y en los efectos especiales, colaborando con grandes directores como Huston, Curtiz o el propio Capra (Arsénico por compasión). Tras casi dos décadas sin ponerse al frente de un proyecto cinematográfico vuelve con esta I walk alone donde muestra el conjunto de sus virtudes, muy especialmente el buen tratamiento fotográfico dado a las luces y a las sombras, característica imprescindible de cualquier film noir que se precie.

A la película se le han achacado imperfecciones y considero que las tiene. Algunos detalles muy peliculeros (un asesinato que en pocos minutos está en la primera plana de todos los periódicos, voceándose por las calles y desbancando cualquier otra noticia de interés general que seguro haberla había) o incluso una natural inexperiencia en actores que luego la derrocharían a manos llenas (Burt Lancaster). Ello, por no hablar de las comparaciones odiosas de Lauren Bacall con Lizabeth Scott a quien se adjetiva como lacia y cuya voz demasiado profunda parece disgustar a quienes la escuchan en VO. Todo ello parece cierto, aunque también pueden encontrarse argumentos en contra de tales opiniones, o séase que al final uno acaba asentando su propio criterio y ese es el que trato siempre de dejar en este blog, el mío, tal vez equivocado pero sincero y personal.

Estamos, o al menos yo así lo considero, ante un film noir más que correcto, donde bajo un planteamiento ciertamente convencional como es el de la traición y deslealtad entre presuntos amigos (similar al enfrentamiento entre Cagney y Bogart, en Ángeles con caras sucias) se vislumbra una idea ciertamente original como es la evolución de aquellos turbios negocios de contrabando de alcohol y cerveza propios de los 30 a los prósperos garitos, casinos y salas nocturnas de finales de los 40, donde el truco no estaba tanto en el alcohol que se dispensaba ni siquiera en el propio juego sinó en las complejas tramas contables, económicas y financieras, que permitían la evasión de impuestos amén de corruptelas y otras guindas. No hace falta que vuelvan a mirar la fecha, se trata de 1948 aunque nos parezca el 2012.

Recién salido de presidio, donde ha pasado los últimos 14 años, Frankie Madison (Lancaster) encuentra a su amigo y socio de otros tiempos con la intención de cobrarse su 50% de los beneficios históricos y presentes. Noll “Dink” Turner (Kirk Douglas) regenta en la actualidad un exitoso club nocturno y a lo único que accede es a reembolsar a Frankie la mitad de lo conseguido en su día por la venta del negocio primigenio, al tiempo que se vale de su amiguita Kay Lawrence (Lizabeth Scott) para tratar de sonsacarle sus verdaderas intenciones.

No les cuento más para no estropearles la fiesta si acaso se deciden a ver el film, pero quiero decirles que aunque Burt Lancaster no era el que luego fue, su interpretación es meritoria (y no debemos olvidar que su primer papel pocos años antes en Forajidos de Siodmak era toda una premonición de buen hacer), que Lizabeth Scott resulta bastante natural e incluso entrañable y no es necesario entrar en comparaciones con la Bacall, que Kirk Douglas está perfecto como mafioso ruín y despiadado, y que si son aficionados a esto, se encontrarán con un Wendell Corey en el papel de Dave, contable a sueldo y hermano del mismo Frankie, y que consigue elevar enteros la nota de la película.

Y como curiosidad, la presencia de aquel hispanizado San Valentín, George Rigaud, que triunfó en nuestras carteleras en 1959 (El día de los enamorados).
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El estudiante novato (1925) por Ricardo Ojalvo Rebollo


En blanco y negro, muda, de los años 20, y con actores desconocidos por una masa social demasiado despreocupada por cualquier fenómeno que haya tenido lugar a más de cinco años vista. Estos eran los ingredientes de inicio de la última película que tuve la oportunidad de ver en una sala de proyección pública. Lógicamente, como se puede deducir (ya que la proyección de clásicos del pasado no se baraja en las salas comerciales por los empresarios del sector) la sesión tuvo lugar en un espacio extraordinario, poco convencional: una Filmoteca dependiente de la Consejería de Cultura de la comunidad en la que resido, a la que acudo siempre que puedo, y en la que se proyectan fundamentalmente películas de gran calidad argumental, de escaso peso comercial. A pesar de la buena gestión de esta sala en concreto, y de la buena fama que ha adquirido en la ciudad, lo cierto es que este tipo de espacios suelen ser, por lo general, el refugio de una minoría: estudiantes extranjeros, amantes del buen cine, “culturetas” de índole diversa, etc.

La película a la que me refiero es El estudiante novato (The Freshman), una joya del cine cómico dirigida por Sam Taylor, y protagonizada por uno de esos actores genuinos, con una personalidad única y una capacidad de interpretación irrepetible en la historia del cine: Harold Lloyd. No obstante, con un plantel así, lo lógico hubiera sido que los espectadores se hubieran encontrado desperdigados por los asientos a razón de un “cultureta” por cada seis o siete butacas. Pero tal vez atraídos por el hecho de que la proyección se encontrara programada dentro de la bien acogida sección de “clásicos al piano”, en la que las proyecciones de cine mudo son acompañadas al piano por músicos tocando en directo, lo cierto es que la semana pasada vi una de Harold Lloyd acompañado de más de cien almas. Pero eso no fue todo. Lo mejor es que, tal y como esperaba, la película desató multitud de carcajadas a lo largo de toda la sesión, y provocó una apoteosis final de generosos aplausos dirigidos tanto al pianista (excelente en la interpretación y en la improvisación), como a la propia película, como hacía mucho tiempo que no contemplaba. Al salir a los pasillos, puede observar a la gente caminar con una sonrisa en el rostro, con la sensación de haber asistido a la proyección de un documento excepcional.

En mi caso, el poso que me quedó todo aquello y que fui mascullando mientras caminaba hacia casa, no fue muy distinto al de otras veces en sesiones con no más de veinte o treinta espectadores. Estoy absolutamente convencido del valor de muchas cosas (ya sea cine, literatura, música, televisión, radio, páginas web, etc.), pero también asumo resignado cómo las películas, los libros, los programas de televisión o de radio, o cualquier fenómeno social; tienen que contar con la vitola de “taquillera”, de “best seller”, de “más visto u oído”, o de “fenómeno de masas”, respectivamente, para atraer a la gente. Es obvio que todo necesita mostrarse para poder ser visto, y que difícilmente se puede esperar que algo cuente con un número mínimo de seguidores, si no se ha dado a conocer previamente de una u otra forma. Sin embargo, en todos los ámbitos existen contenidos para cuyo disfrute no hace falta bucear excesivamente, y que no atraen porque no cuentan con la propaganda que otorga el fervor de la masa, que no siempre es proporcional a la calidad de los mismos. No sabe lo que se pierde el que nunca accede a lo que se pierde, aunque sea una vez, aunque sea por casualidad, aunque sea por razones colaterales, como en el caso de muchos de los que asistieron a la película de Harold Lloyd. Lo que está claro es que el que come jamón un día, al día siguiente tiene ganas de jamón. Actualmente, la realidad es que somos borregos, y que nuestro “borreguismo” condena al olvido a los tesoros de nuestra cultura y de nuestra historia, condenándonos a nosotros mismos a la ignorancia, a la mediocridad, y a la pérdida de nuestra identidad. O sea, al chopped envasado. De las instituciones públicas depende dar el primer empujón, y repartir jamón en las aulas de los colegios y por las calles. Jamón del bueno, que en el caso del que os hablo, curiosamente, es el más barato.

Suave como visón (1962) por Francisco Rodríguez Criado


LA VIRGINIDAD Y EL DONJUANISMO MAL LLEVADOS DE DORIS DAY Y CARY GRANT

   El humor cinematográfico a veces discurre por cauces arbitrarios. Hay películas con las que te ríes y otras de las que te ríes. Y hay, por último, otras en las que sorprendentemente se dan ambas situaciones. Estoy pensando en Suave como el visón (Delbert Mann, 1962), interpretada por Cary Grant y Doris Day, una película a rebufo del éxito alcanzado un año antes por Pijama para dos, comedia –esta sí– redonda que nos hizo pasar un buen rato, interpretada también por Doris Day (y con Rock Hudson como compañero de reparto). Es cierto que el espectador pasa igualmente un buen rato con Suave como el visón, iluminada con gags puntuales que levantan por momentos el nivel del filme. Sin embargo…

Pero ante todo veamos el argumento.
 

La película narra las malandanzas de Caty Timberlake (Doris Day), una chica de provincias chapada a la antigua que llega a Nueva York con el sueño de encontrar al marido perfecto. Pero los hombres perfectos no existen, y menos en el papel de marido. Philip Sane (Cary Grant) podría arrimarse al patrón si se lo propusiera… Ahora bien, lo que este magnate se propone a fin de cuentas es seguir disfrutando de su condición de elegante hombre de éxito, atractivo… y soltero.

   De los avatares de estos dos personajes (condenados a entenderse), de estas dos formas de entender la vida aparentemente tan opuestas (la chica decente versus el bon vivant de turno), es de lo que va la película.

   Desgraciadamente, pese a sus relámpagos de humor blanco no acaba de levantar el vuelo. Comparte con Pijama para dos la ambientación, el vestuario, los escenarios, el director, el arquetipo de la pareja de personajes principales (con una salvedad: Grant en vez de Hudson) y del personaje secundario (Tony Randall antes, ahora Gig Young)... Lo comparte todo menos los resultados. Y es que el espectador no tarda mucho en notar la diferencia. Sí, nota inevitablemente que lo que funciona muy bien en un pijama resulta fuera de tono en un abrigo de visión.

   La historia urdida por los guionistas de Suave como el visón, Stanley Shapiro (también coguionista de Pijama para dos) y Nate Monaster, ha envejecido con demasiadas arrugas. Mantener o no relaciones sexuales prematrimoniales ya no constituye un debate público, o si lo hace es solo en sectores por lo general muy conservadores. En cualquier caso, casi nadie se escandaliza en estos días –como ocurre en la película– de que una pareja se aloje en un hotel sin previo pago del peaje en vicaría.

   Suave como el visón ofrece diálogos y situaciones humorísticos (por eso escribía arriba que te ríes con la película) insertos en un marco mayor que acoge un retrato de costumbres que ha perdido todo su significado en el siglo XXI (te ríes de la película, por ñoña).

   Realizada en 1962, en las puertas de la revolución sexual que iba a cambiar el mundo (y Estados Unidos, aunque a veces no lo parezca, está dentro de él), Suave como el visón estaba condenada a sufrir la furibunda erosión del paso del tiempo. El modelo de “castidad obligada” en la mujer (interpretada por Doris Day) y el donjuanismo perdonable, incluso simpático del varón (Cary Grant), tenía los días contados. Si algo sirvió la revolución de los 60 y los 70 es para que la virginidad de Doris Day nos resulte ahora anacrónica, y veamos promiscuidad de Grant como un abuso (o un disfrute, a saber) que debería estar disponible, llegado el caso, para los dos sexos, no solo para el masculino.

   El cine es siempre el espejo (aunque sea deformante) de una sociedad y de una época. Cuando esa sociedad y esa época sufren una modificación sustancial, una película puede dejar de tener vigencia, que es lo que le ocurre a Suave como el visón.

   Me pregunto –tendría que verla después de tantos años– si ocurrirá lo mismo con Adivina quién viene a cenar esta noche (Stanley Kramer, 1967) ahora que Estados Unidos tiene un presidente negro y de talante progresista que ha tumbado –o así debería ser– la creencia tristemente extendida en el pasado de que el exceso de pigmentación en la piel era un síntoma inequívoco de inferioridad…

Akira (1988) por El Despotricador Cinéfilo

Hoy en día puede parecer irrisorio y hasta impensable que hubo un tiempo en el que el cine de animación era exclusivamente para niños; incluso suponía una gran vergüenza casi traumática que un adulto tuviese el deseo de ver películas animadas. Siempre recordaré cómo, en mi adolescencia, fui solo a ver (la hoy mítica) La sirenita y el dichoso taquillero me miró con ojos incrédulos, asomando incluso la cabeza para comprobar que no me acompañaba ningún mocoso infante.

Afortunadamente todos esos prejuicios desaparecieron dos años después, cuando el bombazo de La bella y la bestia demostró que el buen cine de animación es apto para todos los públicos y que, tanto grandes como pequeños, podemos disfrutar de estas joyas. En estos 20 años de la edad dorada de la animación hemos asistido al nacimiento de impresionantes películas animadas, sobre todo, claro, gracias a Pixar. Pues no para de desconcertarme cómo año tras año engendran una nueva Obra Maestra (la calidad de todas ellas está años luz de cualquier otro tipo de animación mundial). Un ejemplo significativo es Ratatouille, la cual me impactó tanto desde el momento del estreno que llevo reiterando desde entonces que es una de las diez mejores películas de todos los tiempos (tanto de animación como de imagen real).

Tras este extenso (y apasionado) prólogo, excusa decir que soy un amante del cine de animación; por eso tenía muchas ganas de saldar una cuenta imprescindible: visionar la legendaria Akira que tantos fans arrastra desde su estreno hace más de dos décadas. Pues bien, la experiencia no pudo ser más decepcionante, lo cual es una muestra más de lo dados que solemos ser a mitificar ciertos films nada más estrenarse y a cegarnos por sus fastuosos y tramposos efectos estéticos, conceptuales, visuales y sonoros.

No voy a negar que Akira es un sobrecogedor espectáculo apabullante repleto de ingenio, imaginación, fantasía, fascinación, acción, violencia y adrenalina. Incluso valoro con asombro el clímax catastrofista y la atmósfera hecatómbica y apocalíptica que transmite y que nos produce, ciertamente, mucho desasosiego, zozobra y ansiedad. Pero ¿dónde queda el guión? O mejor dicho, ¿dónde queda el desarrollo del guión? Pues parte de una premisa argumental muy interesante para luego perderse en explicaciones pseudofilosóficas de andar por casa.

Algunos defenderán que lo que menos importa es el guión, pues es ante todo un espectáculo visual y sensorial, pero no estoy de acuerdo, pues soy de la opinión de que se puede combinar perfectamente una cosa con la otra. ¿O acaso no hay películas magníficas visualmente con un estupendo guión detrás? En cierta manera me parece una falta de respeto a la inteligencia del espectador, pues plantea muchas preguntas y no resuelve casi ninguna. Es más, no es que no se limiten a justificar y explicar las dudas que ya va planteando, sino que, en un desbordante efecto de bola de nieve, plantea y acumula más dudas ¿metafísicas? sin responder a las anteriores.

Por tanto, la mejor manera de visionar Akira es desconectar tu cerebro -o, directamente, atiborrarlo de LSD- para que no te irriten esas trascendentales preguntas sin respuesta y, así, solo dejarte llevar por el delirante y postmoderno espectáculo visual.

El talento adquirido (2010) por El Despotricador Cinéfilo

Seguro que muchísima gente está convencida de que con el talento se nace, y de que nunca se adquiere a base de esfuerzo, trabajo y entrega. Probablemente tengan razón, pues la historia del cine está plagada de casos de brillantes artistas que siempre han demostrado desde sus comienzos, con mayor o menor fortuna, su gran talento delante y detrás de las cámaras.

Pero yo siento un especial cariño por todos esos artistas que en sus comienzos me decepcionaron una y otra vez, siendo muy pésimos y, en algunos casos, hasta patéticos. Sin embargo, me alegra observar cómo, con la madurez, han adquirido tal experiencia que se han convertido en actores y actrices más que notables, o, por lo menos, no decepcionantes.

La lista sería interminable, desde Alec Baldwin (de actor pésimo con una bajísima gama de registros a actor más que aceptable), Nicolas Cage (aborrecible en sus primeras películas) e incluso el Michael Douglas de los primeros años (aún me asombra cómo se atrevió, en su juventud, a protagonizar películas en las que encarnaba a personajes heroicos cuando, sin embargo, representaba en esa época todos los atributos del no héroe -que no es lo mismo que antihéroe-: ausencia absoluta de carisma).

Pero incluso actores tan magistrales y todoterrenos como Anthony Hopkins o Gerard Depardieu estuvieron fatal en muchísimas películas de los 70 y 80. Es decir, aunque se nazca con un gran talento, se puede ser una nulidad si no se aprovecha adecuadamente. Y si hay un caso clarificador de que la madurez, como el buen vino, hace mejorar a los actores, ahí está ese Sean Connery, criticadísimo como actor en su juventud y venerado como uno de los grandes al alcanzar la plenitud.

Ahora bien, si ver mejorar a actores (y actrices, por supuesto, ahí está, por ejemplo, Sandra Bullock) es un gran motivo de alegría, qué duro es el proceso inverso, es decir, contemplar a aquellos artistas que nos ofrecieron joyas en el inicio de su carrera y luego ya solo han parido basura tras basura (sí, date por aludido Harold Ramis, porque jamás te perdonaré que esa sublime Obra Maestra llamada Atrapado en el tiempo haya sido el principio y el fin de un gran talento).

La cinta blanca (2009) por Aurea García Fernández


Un coro de niños dirigidos por su maestro en una apacible aldea alemana, luterana por más señas, y prácticamente propiedad de un aristócrata en las vísperas de La Gran Guerra va a desencadenar una serie de extraños sucesos nunca esclarecidos. El director ha declarado que si un ideal o un principio es considerado como algo absoluto, sea éste político o religioso acabará convirtiéndose en inhumano y llevará derechito al terrorísmo. ¡Qué gran verdad!. Así pues el meollo de la peli apunta al sentido de culpabilidad inculcado machaconamente desde la más tierna infancia y su secuela inevitable la violencia gratuita. Leía unas páginas de Stephan Zweig en las que se quejaba amargamente del sistema educativo que tuvo que sufrir en su adolescencia vienesa más o menos por las fechas en que se sitúa la película quizás un poquito antes. Un sistema desfasado, mediocre, que no aportaba nada a los alumnos salvo terror pues los castigos tanto físicos como psicológicos eran aplicados con una crueldad meticulosa y salvaje. Y ya se sabe: los niños repiten lo que ven.

Porque de eso se trata precisamente de introducir como el que no quiere la cosa una fuerza maligna sin justificación ni motivación alguna en un ambiente aparentemente confortable e idílico y eso...la verdad, desazona mucho. Porque la violencia no se nos muestra de forma explicita sino, así, como si nada, no visible, sugerida y eso...la verdad también desazona lo suyo. Como desazona y hasta te cabrea un poquito otra marca de la casa que es el plantear cuestiones de orden social (relaciones del barón con sus siervos, etc.), o de orden personal (padres con hijos, esposas con esposos, amantes entre sí, etcétera) o incluso de orden histórico o cultural que luego,!hala!,apáñatelas como puedas porque respuestas ni una que así luego se oye por ahí lo que se oye: que si parábola del nazismo, que si fulanito tal o cual, que no hombre que no, que lo que ocurre es que...pero no te fijaste cuando... ¿y la comadrona, qué me dices?. En fin, si es para que la gente hable de tu película, para que conjeture y hasta para que se organicen "cine-forum" parroquiales como el de "Cuéntame..." pues muy bien, oye, hablando se entiende la gente ¿verdad?,pero que como se repite por doquier estemos ante una "obra maestra",un poquito de "por favor" o sea de contención que "obra maestra" son palabras mayores y en mi modesta opinión no aplicables al caso que nos ocupa aunque casi todos estemos de acuerdo en que es una bue na película pero ya vale ¿no?.

Lo que de verdad te subyuga es ese blanco y negro tan deslumbrante, tan bello, tan pictórico que debemos a la maestría del fotógrafo Christian Berger como también el montaje de Monika Billi lleno de aciertos yo diría que impecable, así las magníficas interpretaciones de ese reparto coral en el que todos brillan especialmente esos "inocentes" e "inquietantes" niños salidos de un "casting" de más de siete mil criaturitas, se ve que les costó trabajo pero ciertamente dieron en el clavo.

Hablemos ahora de la dirección que seguramente no defraudará a sus "fans" pues como siempre en Haneke va tejiendo meticulosamente con precisión de relojero ese tapiz, por momentos siniestro, de perversiones y maldades bajo apariencia de absoluta normalidad que es precisamente lo que provoca en el espectador ese desasosiego que a fuerza de ser tan reiterativo acaba produciendo aburrimiento cosa que al parecer (según declaraciones al respecto) a Haneke no le importa un pimiento: pues mire usted que bien.

Y es que a eso iba: no hay en la peli esa emoción, ese temblor, ese deslumbramiento que suscitan de inmediato las "obras maestras". El señor Haneke es un buen director pero de momento aquí no ha hecho nada que no hubieran hecho ya, tiempo ha, el maestro Dreyer y su discípulo Bergman así como Bertold Brecht y hasta Antonioni (a la manera mediterránea, claro) o sea otra vuelta de tuerca, aunque sí es cierto introduce aquello más de su generación de la deconstrucción de las estructuras narrativas tradicionales y tal.

No quiero acabar sin hacer referencia a una de las escenas más insoportablemente dura y violenta que yo haya visto nunca en la pantalla. El crítico de "El País" ,el señor Boyero, utiliza al referirse a ella la única palabra posible "vomitar" porque eso es lo que hace el personaje (el dichoso médico) "vomitar" las palabras más injustas, crueles, deleznables, hirientes, despiadadas y todos los adjetivos del campo semántico de lo más abyecto y ruin del ser ¿humano? que se quieran añadir. Una violencia verbal espeluznante. Ay, señor Haneke, como es usted, caramba, de verdad,¿hacía falta tanto?. Con todos nuestros defectos que son muchos, lo siento, me quedo con lo mediterráneo, con perdón.