En 1939, el personaje de Sherlock Holmes había alcanzado una gran popularidad en Estados Unidos por dos películas realizadas por la 20th Century Fox e interpretadas por Basil Ratbhone y Nigel Bruce: El perro de los Baskerville, Sidney Lanfield, siguiendo el clásico de Conan Doyle y Sherlock Holmes contra Moriarty, Alfred Werker que era una adaptación de la obra teatral en cinco actos interpretada por el actor norteamericano William Gillette a finales del siglo XIX.
Inesperadamente a pesar del éxito de taquilla y la aceptación por parte del público la Century decidió repentinamente interrumpir la serie, quizás influenciada entre otras cosas porque las fechorías de los villanos victorianos quedaban en segundo plano por la situación reinante que imperaba en Europa, con el inicio del conflicto bélico a la vuelta de la esquina. A partir de ese momento en el otoño de 1939, Basil Rathbone y Nigel Bruce comenzaron a ofrecer la versión radiofónica de sus personajes con 24 capítulos semanales con una duración cada uno de 30 minutos, con una gran audiencia que les permitió firmar un contrato por siete años.
En 1942 otra compañía la Universal que buscaba mejorar su situación, tras el declive de los éxitos que sus películas de terror habían tenido en los años anteriores retomará la figura de Sherlock Holmes y los dos interpretes con un cambio radical; no va a estar ambientada en la época victoriana, los coches de caballos y las farolas de gas, iban a quedar en el recuerdo de los tiempos y van a vivir en el mundo contemporáneo con la turbulenta situación histórica y con la guerra en Europa ya en marcha y la futura intervención de los Estados Unidos en el conflicto, demandaba argumentos que acercara al espectador a la realidad.
La Voz del Terror, John Rawlins, 1942
Será la película que abrirá el ciclo de la Universal, en esta primera entrega encontramos dos premisas importantes; en primer lugar y como va a suceder en las demás películas comenzamos con una extensa neblina que cubre toda la pantalla, con un recorrido ascendente de la cámara hacia un retrato de Rathbone y Bruce con trajes de época y con sus nombres sobreimpresionados antes del título de la película. A continuación la cámara va siguiendo la sombra de los dos personajes, que avanzan en la niebla nocturna acompañadas de la música de Frank Skinner.
En segundo lugar el estudio llamó la atención sobre la modernización a que se había sometido su personaje, conviviendo con automóviles, teléfonos y aparatos modernos de la época, incluyendo el siguiente mensaje en los primeros episodios de la serie Sherlock Holmes, el inmortal personaje de ficción creado por Sir Arthur Conan Doyle es invencible, inmutable y no tiene edad y continúa siendo el maestro del razonamiento deductivo en la solución de importantes problemas.
Se puede apreciar como incluso el propio Rathbone se acercó tanto en vestuario como imagen al estilo imperante en la época como lo podemos comprobar en la película con el reproche de Watson a Holmes cuando va a coger su gorra de cazador, "Holmes me lo prometió" una manera muy ingeniosa de acercar con esa frase al espectador de la situación que se va encontrar con Holmes vistiendo con un estilo más acorde con la época y con la ausencia de su celebre gorra de cazador como vestigio de su pasado victoriano.
La película está ambientada en los inicios del conflicto bélico. A Holmes le será encomendada la misión de frenar los sabotajes que los nazis efectúan en el interior de Inglaterra y que son anunciados previamente en radio por un personaje que se denomina la voz del terror. El argumento no está tomado del canon holmesiano, salvo la parte final donde se utiliza el diálogo final de Su último saludo en el escenario que había sido escrito 25 años antes pero que encasillaba perfectamente con el momento actual "sopla viento del este Watson, como jamás soplo con tanta violencia sobre Inglaterra, viento crudo y frío y es posible que muchos de nosotros desaparezcamos bajo su soplo, pero cuando aclare la tormenta, brillará el sol sobre un país mas sano, mejor y fuerte".
Está inspirado en un hecho real, concretamente en las emisiones que el programa propagandístico nazi Germany Calling realizó en inglés entre 1939 y 1945 para minar la moral de los aliados desde la estación emisora en Hamburgo y Bremen, radiada por el traidor británico William Joche y otros locutores.
Sus transmisiones, siempre empezaban con: "Alemania llamando, Alemania llamando". Sus comentarios alarmaban a los londinenses y los intrigaban, pues daba informes sumamente precisos de los que estaba ocurriendo, en especial después de un bombardeo Sus emisiones radiales fueron ampliamente escuchadas por los ingleses y fue un periodista del Daily Express quien le puso el sobrenombre de Lord Haw-Haw, debido a su peculiar modo de hablar; este nombre rememoraba el alias que tenía el general británico Lord Cardigan el líder de la famosa e infructuosa carga de la brigada ligera en la batalla de Balaclava durante la guerra de Crimea en 1854 y paradigma del desastre y vergüenza británica , que costó la vida a 110 de los 674 hombres a su mando que tomaron parte de la carga y que en el mundo del cine tiene reflejo con dos películas, La carga de la brigada ligera dirigida por Michael Curtiz, con Errol Flynn, Olivia de Havilland y David Niven, que es una visión muy libre inspirada en Rudyard Kipling, imagen mítica del imperialismo británico con obras como El Libro de la Selva y Kim, y La última carga dirigida por Tony Richardson con John Gielgud, Trevor Howard y Vanessa Redgrave que se basó en las investigaciones de Cecil Woodham-Smith en The Reason Why.
Sherlock Holmes al final descubrirá que tras este plan se encuentra el mismísimo Heinrich Von Bork, (apellido también tomado de Su último saludo en el escenario) un espía de la inteligencia germana durante la primera guerra mundial y que lleva años adoptando la personalidad de Sir Evan Barham, miembro del servicio de inteligencia británico.
Esta película como las dos posteriores tomaron el camino del espionaje como trama argumental, a pesar del mensaje del principio referente a la atemporalidad del personaje para los amantes de Sherlock Holmes y de su escenario ideal que es el misterioso Londres victoriano no resulta muy creíble ver a Sherlock Holmes alejado de ese rol, convertido en un secretario de estado o ministro del gobierno liderando los destinos de Inglaterra, contra los nazis incluso el título original de la película (Sherlock Holmes salva Londres fue reemplazada por el actual, porque hubiera puesto en duda la capacidad del gobierno británico para solventar la situación creada, y el Dr Watson muy alejado del canón holmesiano y de su papel de Boswell el célebre biografo escocés y, por extensión todo biógrafo entusiasta del biografiado como figura cómica y torpe, que en la Universal será mas acentuado.
Por fortuna esta senda se interrumpió por otra más acorde con el personaje, como es el misterio que le da mayor calidad a los episodios posteriores. con un mayor aprovechamiento del canon holmesiano y de los relatos de Conan Doyle aunque para mi gusto muy escasos, con la presencia del profesor Moriarty a partir del segundo episodio como personaje crucial. La garra escarlata 1944 de Roy William Neill con tremendo suspense, competente construcción y pantanos brumosos como escenario sin necesitar que la trama se desarrolle en Inglaterra, fue en Cánada, es el mejor ejemplo de este cambio y la podemos considerar como la mejor aventura de Sherlock Holmes producida por la Universal: en este caso absolutamente recomendable para holmesianos.
ccc
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Cuentos de Navidad (Parte II) (2010) por Anónima
Si hay un cuento navideño por excelencia, ese es, sin duda, Cuento de Navidad (Charles Dickens, 1843). Como bien es sabido, el relato, típicamente victoriano, discurre entre la tenebrosidad de la novela gótica y la sordidez de la realista. Nos abisma en la oscura realidad londinense del siglo XIX, pero, aún más adentro y más allá, trasciende lo tangible y nos sepulta en la negrura de la miseria humana. Se trata de un viaje de doble itinerario: exterior e interior a un tiempo, un vuelo desde las alturas que permite a Scrooch —que nos permite— otear el discurrir de la vida de sus conciudadanos y, a la vez, atisbar su propio pasado, presente y futuro.
Poco podía imaginar Charles Dickens que A Christmas Carol se convertiría en uno de los cuentos más veces adaptados de la historia, menos aún que sería el cine (arte nonato en tiempos del escritor inglés) el receptáculo que le prodigaría una mejor acogida. Desde los inicios del cine, el villancico de Dickens fue adaptado en repetidas ocasiones (sin duda porque, al tratarse de una historia harto conocida, resultaba ideal para el breve metraje de los comienzos). Scrooge; or Marley’s Ghost (Walter R. Booth, 1901) es la primera adaptación conservada. Sin embargo, más de un siglo después, cuando el labrantío de los remakes navideños dickensianos parecía ya agostado, Robert Zemeckis nos sorprende con un fruto nuevo. Entre ambas versiones se han sucedido múltiples películas cuyo punto de vista, aunque palpable, se halla habitualmente supeditado a la voluntad de ofrecer un discurso fiel al texto original. Esto no resta a esas versiones, sin embargo, un ápice de originalidad, menos de calidad, antes bien me parece un acierto, pues resulta particularmente de mi agrado el reconocer en el filme, como si de un espejo se tratara, el texto escrito que gocé con anterioridad, sin que ello merme la capacidad del azogue para deformar la imagen que refleja y hasta para discriminar determinados elementos.
No obstante, más absurdo y superfluo que crear una nueva interpretación fílmica de la obra de Dickens es, seguramente, ofrecer un comentario más acerca de cualquiera de esas versiones, pero mi condición de espectadora ignorante paliará —espero— mi culpa al contribuir con cierta osadía a esta redundancia ad infinitud.
El argumento es de sobra conocido: Ebenezer Scrooge es un viejo mezquino y amargado que enarbola la bandera de la misantropía. Cautivo de sus propias cadenas, las que él mismo ha ido forjando, las que quizá habrá de ceñirse, como su difunto socio Joseph Marley, por toda la eternidad. Pero en Nochebuena todo parece posible y, tras la súbita aparición del fantasma de Marley, que le anuncia la inminente visita de tres espíritus (el de la Navidad pasada, el de la presente y el de la futura), estos harán acto de presencia para brindar al avaro workaholic decimonónico una última oportunidad para resarcir el mal ocasionado, subsanar los errores y, en definitiva, redimirse.
Indudablemente, el director de A Christmas Carol (2009) se ha ceñido con innegable exactitud a la obra que adapta (guión, imaginería, ambientación, etc.), pero no es absolutamente fiel al cuento original; se diría que sacrifica la emoción en aras de la pirueta visual, lo cual bien puede tomarse como un intento de limar el patetismo y el sentimentalismo exacerbado, y hasta morboso, del gusto de Dickens en tiempos menos dados a tales efusiones de ánimo. Sin embargo, consigue un gran logro: por primera vez podemos disfrutar, gracias a la motion capture (tras un largo proceso que, sin duda, parte de la picture capture y pasa por el rotoscopio), de fantasía e imaginación verosímiles. El fantasma que nos ofrece Zemeckis ya no es el teatral y artificioso de Scrooch (Ronald Neame, 1970) cuyos torpes vuelos siempre me recuerdan al primer Superman televisivo (1948). Indudablemente, aquellos efectos especiales, intrínsecamente unidos a una determinada época, supusieron un gran logro por aquel entonces, si bien ni siquiera los entusiasmados espectadores de antaño lograron borrar la soga y el arnés que sujetaban a sus actores al techo.
Ha sido preciso esperar a 2009 para ver volar a Scrooch y sus espíritus navideños con la fluidez y la agilidad vislumbrada a través de las palabras de Dickens (aun cuando los personajes pequen de cierto anquilosamiento), en una extraña mezcla que conjuga la irrealidad de la animación y una especie de hiperrealismo decimonónico que torna palpable el contexto sociohistórico que evoca.
Ahora bien, cuando la acción desborda los límites de lo esperado (valga citar, por poner un ejemplo, la archicriticada escena de la persecución de la carroza o la tremenda caída de Scrooge desde lo alto —en su origen, latino, significaba también ´profundo´—) una no puede menos que preguntarse por la coherencia de tal elemento, por el modo en que contribuye al desarrollo de la trama. La iconicidad de las imágenes revela una intención plástica en la que el movimiento, uniforme o no, acelerado o decelerado, adquiere protagonismo. Considero la escena frenética de la carroza un punto álgido necesario al final de la espiral de la pesadilla, y las arritmias del film, la representación desacompasada de los vaivenes del sueño angustiado.
Hay quien dice que el film no es apto para niños porque es muy tenebroso. Deduzco que tampoco a Dickens lo consideran adecuado para el público infantil: la oscuridad, ya se sabe, evoca en el imaginario colectivo terrores ancestrales y en la idea de la muerte, presente de forma recurrente a lo largo de A Christmas Carol, se concentra el terror humano. Es lógico: la realidad o su reflejo no son aptos para tiernos infantes. Y sin embargo, me permito recordar aquí la famosa conferencia de Federico García Lorca sobre las nanas infantiles.
No podemos olvidar otro gran acierto de esta última revisitación de Cuento de Navidad: las voces, es decir, el hecho de que Jim Carrey ponga voz a siete personajes distintos, no solo a Scrooge, pues las seis restantes también le pertenecen; son sus voces interiores.
La retahíla es larga; las películas que la componen, de calidad desigual; si bien, al fin y al cabo, cada una de ellas, engalana, llena y hermosea ese vasto corpus literario-cinematográfico de límites difusos, desde la primitiva de 1901, con aquel peculiar e incluso pueril fantasma envuelto en una sábana blanca, hasta el expresionismo del espectáculo visual de Zemeckis, pasando por el patetismo sentimental de la magnífica Scrooge (1935), con la excelente interpretación de Seymour Hicks (Ebenezer Scrooge) y de Donald Calthrop (Tom Crachit) y rebosante de escenas henchidas de emotividad (recuérdese la ternura de Crachit con el pequeño Tiny Tim o la conversión de Scrooge, tan verosímil que nos devuelve la fe en los milagros). Igualmente excepcional es la versión homónima de Brian Desmond Hurst (Scrooch, 1951), sobre todo en virtud de la actuación única e irrepetible de Alastair Sim, donde la sobriedad y el humor sarcástico se funden para crear un personaje inolvidable, tan especial como el creado por Michel Caine, con su mirada socarrona, en compañía de los teleñecos (The Muppet Christmas Carol, Brian Henson, 1992). Más de cien años han transcurrido entre la popular adaptación de Thomas Edison, de 1907, y la película de Zemeckis, pero al final, como siempre, asistimos a la catarsis de Scrooge (acaso a la nuestra propia). Pero ¿es posible un cambio de tal magnitud o habremos de afrontar la conocida frase de Joseph Conrad y admitir “que el tigre no puede cambiar sus rayas ni el leopardo sus manchas”?
Recordemos el desgraciado final que aguarda a las hermanas de Bella en ese otro estupendo cuento de hadas, La Bella y la Bestia: apresadas por siempre en cuerpos de piedra, testigos mudos de una felicidad ajena, porque es un milagro que pueda convertirse un corazón perverso y envidioso.
Y sin embargo, creamos, porque el milagro existe y, ya se sabe, es un hecho cotidiano.
Poco podía imaginar Charles Dickens que A Christmas Carol se convertiría en uno de los cuentos más veces adaptados de la historia, menos aún que sería el cine (arte nonato en tiempos del escritor inglés) el receptáculo que le prodigaría una mejor acogida. Desde los inicios del cine, el villancico de Dickens fue adaptado en repetidas ocasiones (sin duda porque, al tratarse de una historia harto conocida, resultaba ideal para el breve metraje de los comienzos). Scrooge; or Marley’s Ghost (Walter R. Booth, 1901) es la primera adaptación conservada. Sin embargo, más de un siglo después, cuando el labrantío de los remakes navideños dickensianos parecía ya agostado, Robert Zemeckis nos sorprende con un fruto nuevo. Entre ambas versiones se han sucedido múltiples películas cuyo punto de vista, aunque palpable, se halla habitualmente supeditado a la voluntad de ofrecer un discurso fiel al texto original. Esto no resta a esas versiones, sin embargo, un ápice de originalidad, menos de calidad, antes bien me parece un acierto, pues resulta particularmente de mi agrado el reconocer en el filme, como si de un espejo se tratara, el texto escrito que gocé con anterioridad, sin que ello merme la capacidad del azogue para deformar la imagen que refleja y hasta para discriminar determinados elementos.
No obstante, más absurdo y superfluo que crear una nueva interpretación fílmica de la obra de Dickens es, seguramente, ofrecer un comentario más acerca de cualquiera de esas versiones, pero mi condición de espectadora ignorante paliará —espero— mi culpa al contribuir con cierta osadía a esta redundancia ad infinitud.
El argumento es de sobra conocido: Ebenezer Scrooge es un viejo mezquino y amargado que enarbola la bandera de la misantropía. Cautivo de sus propias cadenas, las que él mismo ha ido forjando, las que quizá habrá de ceñirse, como su difunto socio Joseph Marley, por toda la eternidad. Pero en Nochebuena todo parece posible y, tras la súbita aparición del fantasma de Marley, que le anuncia la inminente visita de tres espíritus (el de la Navidad pasada, el de la presente y el de la futura), estos harán acto de presencia para brindar al avaro workaholic decimonónico una última oportunidad para resarcir el mal ocasionado, subsanar los errores y, en definitiva, redimirse.
Indudablemente, el director de A Christmas Carol (2009) se ha ceñido con innegable exactitud a la obra que adapta (guión, imaginería, ambientación, etc.), pero no es absolutamente fiel al cuento original; se diría que sacrifica la emoción en aras de la pirueta visual, lo cual bien puede tomarse como un intento de limar el patetismo y el sentimentalismo exacerbado, y hasta morboso, del gusto de Dickens en tiempos menos dados a tales efusiones de ánimo. Sin embargo, consigue un gran logro: por primera vez podemos disfrutar, gracias a la motion capture (tras un largo proceso que, sin duda, parte de la picture capture y pasa por el rotoscopio), de fantasía e imaginación verosímiles. El fantasma que nos ofrece Zemeckis ya no es el teatral y artificioso de Scrooch (Ronald Neame, 1970) cuyos torpes vuelos siempre me recuerdan al primer Superman televisivo (1948). Indudablemente, aquellos efectos especiales, intrínsecamente unidos a una determinada época, supusieron un gran logro por aquel entonces, si bien ni siquiera los entusiasmados espectadores de antaño lograron borrar la soga y el arnés que sujetaban a sus actores al techo.
Ha sido preciso esperar a 2009 para ver volar a Scrooch y sus espíritus navideños con la fluidez y la agilidad vislumbrada a través de las palabras de Dickens (aun cuando los personajes pequen de cierto anquilosamiento), en una extraña mezcla que conjuga la irrealidad de la animación y una especie de hiperrealismo decimonónico que torna palpable el contexto sociohistórico que evoca.
Ahora bien, cuando la acción desborda los límites de lo esperado (valga citar, por poner un ejemplo, la archicriticada escena de la persecución de la carroza o la tremenda caída de Scrooge desde lo alto —en su origen, latino, significaba también ´profundo´—) una no puede menos que preguntarse por la coherencia de tal elemento, por el modo en que contribuye al desarrollo de la trama. La iconicidad de las imágenes revela una intención plástica en la que el movimiento, uniforme o no, acelerado o decelerado, adquiere protagonismo. Considero la escena frenética de la carroza un punto álgido necesario al final de la espiral de la pesadilla, y las arritmias del film, la representación desacompasada de los vaivenes del sueño angustiado.
Hay quien dice que el film no es apto para niños porque es muy tenebroso. Deduzco que tampoco a Dickens lo consideran adecuado para el público infantil: la oscuridad, ya se sabe, evoca en el imaginario colectivo terrores ancestrales y en la idea de la muerte, presente de forma recurrente a lo largo de A Christmas Carol, se concentra el terror humano. Es lógico: la realidad o su reflejo no son aptos para tiernos infantes. Y sin embargo, me permito recordar aquí la famosa conferencia de Federico García Lorca sobre las nanas infantiles.
No podemos olvidar otro gran acierto de esta última revisitación de Cuento de Navidad: las voces, es decir, el hecho de que Jim Carrey ponga voz a siete personajes distintos, no solo a Scrooge, pues las seis restantes también le pertenecen; son sus voces interiores.
La retahíla es larga; las películas que la componen, de calidad desigual; si bien, al fin y al cabo, cada una de ellas, engalana, llena y hermosea ese vasto corpus literario-cinematográfico de límites difusos, desde la primitiva de 1901, con aquel peculiar e incluso pueril fantasma envuelto en una sábana blanca, hasta el expresionismo del espectáculo visual de Zemeckis, pasando por el patetismo sentimental de la magnífica Scrooge (1935), con la excelente interpretación de Seymour Hicks (Ebenezer Scrooge) y de Donald Calthrop (Tom Crachit) y rebosante de escenas henchidas de emotividad (recuérdese la ternura de Crachit con el pequeño Tiny Tim o la conversión de Scrooge, tan verosímil que nos devuelve la fe en los milagros). Igualmente excepcional es la versión homónima de Brian Desmond Hurst (Scrooch, 1951), sobre todo en virtud de la actuación única e irrepetible de Alastair Sim, donde la sobriedad y el humor sarcástico se funden para crear un personaje inolvidable, tan especial como el creado por Michel Caine, con su mirada socarrona, en compañía de los teleñecos (The Muppet Christmas Carol, Brian Henson, 1992). Más de cien años han transcurrido entre la popular adaptación de Thomas Edison, de 1907, y la película de Zemeckis, pero al final, como siempre, asistimos a la catarsis de Scrooge (acaso a la nuestra propia). Pero ¿es posible un cambio de tal magnitud o habremos de afrontar la conocida frase de Joseph Conrad y admitir “que el tigre no puede cambiar sus rayas ni el leopardo sus manchas”?
Recordemos el desgraciado final que aguarda a las hermanas de Bella en ese otro estupendo cuento de hadas, La Bella y la Bestia: apresadas por siempre en cuerpos de piedra, testigos mudos de una felicidad ajena, porque es un milagro que pueda convertirse un corazón perverso y envidioso.
Y sin embargo, creamos, porque el milagro existe y, ya se sabe, es un hecho cotidiano.
Sillas de montar calientes (1974) de Mel Brooks (por Father Caprio)
Ciertamente, la cuestión no es baladí, especialmente si tenemos en cuenta la opinión de críticos y de páginas web especializadas. Así, Filmsite inicia su extensa reseña de este film con estas palabras: “The iconoclastic, not-politically-correct Blazing Saddles (1974) is one of Mel Brooks´ funniest, most successful and most popular films” Y mi risorio sin moverse: ¿Que me pasa doctor?
Igual que digo una cosa digo la otra. Así en Filmaffinity se lee ”Brooks, rey de la parodia hasta la llegada de Nielsen, se ríe de los westerns clásicos. Algún buen golpe no la redime de su flojera" (Javier Ocaña: Cinemanía)” Gracias sean dadas a Javier Ocaña por haberme reconciliado conmigo mismo y comprobar que no soy la única voz que clama en el desierto. Cuando menos seremos dos en la visita al especialista por lo que, probablemente, nos haga alguna rebajita en estos tiempos de crisis y recortes.
De todas formas, y pidiéndoles disculpas por esta inusual crítica, uno se plantea ¿Hay tanta gente equivocada? O dicho de otra forma: ¿Qué tiene el agua para bendecirla? Llegados a este punto es inevitable entrar en el terreno de las valoraciones personales que, por supuesto, no tienen porqué coincidir con las de ustedes, pero les anticipo que aceptaré de buen grado todas aquellos comentarios positivos y favorables al film de Brooks. Este blog, es un espacio de dos direcciones, y el feedback que recibo de ustedes nunca cae en saco roto.
De Brooks me gustaron Máxima Ansiedad y muy especialmente El jovencito Frankenstein, genial parodia del cine de terror y de uno de los iconos sagrados del género. En Sillas de montar calientes se parodia otro género mítico, el western, y probablemente, desde la óptica del espectador americano, se haga bien, pero el mensaje al españolito de a pie se nos vuelve críptico e ininteligible. Salvando ciertos guiños cinéfilos no demasiado difíciles – Marlene Dietrich como cantante de salón (Destry rides again) o el “hate-love” en los puños del Mitchum de La noche del cazador, aquí, un Yes/No en las grupas de un cabestro – el resto resulta demasiado confusos en este lado del océano, y en la medida que la película y el espectador anden en distintos plans astrales, el humor, preciso de cierta complicidad, anda kaput en combate.
Además de una clara posición racista, Sillas de montar calientes, extiende sus tentáculos al nazismo, a la crítica política, al cine escatológico y a mi parecer desagradable, al sexo y a la homosexualidad, a la intransigencia, al cine dentro del cine, al musical o al sionismo entre otros muchos objetivos, a la vez que ofrece lecturas difíciles para los comunes mortales no USA: Referencias a Mae West, Cabaret o El tesoro de sierra Madre, difíciles de pillar, o el acento yiddish de un gran jefe indio, lo que en versión doblada resulta meritorio detectar.
Ni me reí del banquete de judías, ni del sheriff agarrándose de la nariz, ni del político en la bañera buscado su ranita. Me hizo sonreir una referencia, clara eso sí, al gran Randolph Scott y una original escena digna de los Lonely Toones. Poco arroz para el mucho pollo que se presumía.
Probablemente, los entendidos alabarán la originalidad de Brooks en su parodia. Aunque sus guiños, gags y tics me resultan desconocidos en su mayor parte, acepto calificar con un 8 esta faceta de la película. Pero, un par de muecas de sonrisa, confieren un 2 en el apartado de comedia de ámbito extranorteamericana. El promedio pitagórico nos da un 5 con lo que se va servida y dando las gracias.
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