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Siempre hay un mañana (1956) de Douglas Sirk (por Juan Carlos Vizcaíno)



THERE'S ALWAYS TOMORROW (Siempre hay un mañana, 1955) es uno de los títulos más insólitos y quizá menos conocidos del periodo dorado de Douglas Sirk en el seno de la Universal. Una amplia presencia en un estudio en el que, de la mano del productor Ross Hunter, Sirk legó algunos de los exponentes más valiosos del genero, aportando una mirada crítica y barroca al mismo tiempo. El melo de Sirk sirvió de manera paralela como consumo ferviente de las norteamericanas en un periodo de despegue de dicho país, que lloraban las andanzas melodramáticas de Rock Hudson, Jane Wyman, Dorothy Malone o Lana Turner. Pero de manera paralela, y a través del brillante y personalísimo barroquismo visual desplegado por el cineasta, se escondía una de las visiones más críticas de esa sociedad que en masa acudía a contemplar estas propias películas. Esa doble mirada, unida a los modos visuales ofrecidos por su artífice, consolidaron una rotunda visión del melodrama cinematográfico en la que se integra el título que nos ocupa, pero que en esta ocasión lo ofrece mediante un prisma posiblemente más modesto, anticipando a mi modo de ver esa inclinación puntual del realizador por un uso expresivo del blanco y negro, que tendría como fruto más rotundo la excelente THE TARNISHED ANGELS (Ángeles sin brillo, 1958).

En el célebre libro de entrevistas que le dedicó Jon Halliday, Sirk se refiere con brevedad pero cierto afecto a THERE'S ALWAYS..., destacando en ella la brillantez de su pareja protagonista, aunque echando de menos en la película una mayor fuerza en el personaje de la esposa que encarnaba Joan Bennett, al tiempo que la propia presencia del color. No voy a entrar a valorar lo manifestado por el propio cineasta, aunque sí señalaré que esa propia ausencia de cromatismo, permite que esta muestra del cineasta adquiera una extraña singularidad. Un elemento sin duda buscado por el propio Sirk, ya desde los primeros compases del film, en los que de manera irónica se presenta “la soleada California”, confrontando su cotidianeidad con una tarde lluviosa. Muy pronto nos introducirá en el mundo profesional que vive diariamente un acomodado industrial de juguetes –Clifford Groves (Fred MacMurray)-. Los primeros minutos nos mostrarán el dominio que este adquiere en un negocio que se erige prácticamente como el epicentro de su vida, y disponiéndose en todos los anaqueles del recinto, juguetes, muñecas y elementos que aparecen aquí como fruto de la creación propiciada por el “Dios Grove”. Paradójicamente supondrá su único mando válido, dirigiendo una empresa destinada a la fabricación de juguetes que harán la delicia de los niños norteamericanos. Pero esa eficacia en los negocios, muy pronto revelarán el hecho de que Clifford se encuentra por completo desasistido en su propia casa. Desde su esposa –Marion (Joan Bennett)-, que solo piensa en atender a sus hijos, hasta la propia actuación de estos, obstinados en sus citas y relaciones, pasando incluso por la propia criada de la familia –encarnada por la admirable Jane Darwell-, lo cierto es que muy pronto, con extraños tintes de comedia que muy pronto devendrán sórdidos, atisbaremos el contexto doméstico en que se desenvuelve la rutina existencial de nuestro protagonista. Cuesta trabajo encontrar alguna película de aquel tiempo, que ofrezca en su relato una visión más castrante y demoledora de la institución familiar. Para Sirk, la familia Grove se manifiesta dentro del ámbito de lo que en la Norteamérica de aquellos años se entendía como “ideal”, aunque detrás de sus costuras se encuentre inserta con absoluta pertinencia la presencia de un referente de relaciones en el que el dominio, el desprecio, la hipocresía y la ausencia de verdadera personalidad invada a sus componentes.

Será algo que sentirá en un momento dado el bonachón de Clifford, tanto por parte de su esposa como, sobre todo, sus desconsiderados hijos. En especial el mayor de todos ellos –Vinnie (el estupendo William Reynolds, recién salido de ALL THAT HEAVEN ALLOWS (Solo el cielo lo sabe, 1955, también de Sirk), en donde encarnaba un rol de similares características). Se trata de un joven consentido, perfecto exponente del all american boy de la época, capaz de mostrar su constante recelo hacia la figura de su padre, en vez de compartir con él la realidad de su angustiosa situación. Vinnie igualmente demostrará un trato despectivo hacia su novia, como perfecto representante que es de la ausencia de valores que engendra un contexto acomodado y basado en las apariencias y los falsos buenos modos.

Un contexto este, en el que la presencia casual de Norma Viller (magnífica Barbara Stanwick) supondrá para nuestro protagonista el reencuentro con algo que parecía perdido para él; la autenticidad de los sentimientos. Norma fue un antiguo amor que finalmente no cuajó, viviendo esta un auténtico despegue profesional como diseñadora de moda. Paradójicamente, el retorno de esta al hogar de los Grove se planteará como una visión de lo que para ella aparece como el ideal de existencia; una vida familiar. Sin embargo, para su antiguo –y aún añorado- enamorado, la repentina presencia de esta quedará enmarcada como un auténtico halo de luz dentro del rutinario y oscuro contexto de su existencia. Sirk sabe expresar magníficamente ese constraste de perspectivas, ofreciendo una visión más romántica y reposada de los momentos, citas e instantes compartidos por Norma y Clifford, e incidiendo en el casi insoportable marco de existencia familiar definido en el empresario juguetero. Sin embargo, esa lógica adscripción sirkiana no impide que entremedias inserte su sempiterna presencia de la incidencia del destino y la casualidad como marco de la infelicidad, sobre todo en aquellas acciones de los dos antiguos amantes que son contempladas por Vinnie, en primera instancia de manera casual, aunque más adelante casi anhelados por el autosuficiente y egoísta vástago de los Grove.

Será este un contraste de modos de asumir la existencia, que se encontrará muy bien entrelazado por las maneras del realizador, expresando a través de ellos no solo el anhelo del ser humano en busca de su felicidad, entendida esta como un anhelo de realización personal, compartida por los seres que pueda amar y comprender, sino la practica imposibilidad del individuo por una realización plena, en la medida que la opción por un sendero significará, ineludiblemente, el descuido de los elementos complementarios sin cuya presencia esa felicidad sería sencillamente inexistente. Ese grito lanzado en voz baja, la invectiva ofrecida con guante blanco pero portando una bola de acero, es planteada por el realizador alemán renunciando al brillo que le proporcionaba el uso del color –por más que el b/n aportado por el habitual Russell Metty sea magnífico-, pero apostando por el especial cuidado que muestra en la composición de unos planos en los que abundarán la presencia de sus protagonistas insertos entre rejas u objetos que denotan esa opresión vital que ahogan sus vidas, que les acompañarán mientras vivan. Tanto ello como la analogía de Grove con una de sus propias creaciones –ese robot que va a tener un gran éxito, pero que representa en sí mismo la alienación del individuo-, tendrá una especial significación en los planos finales. Una conclusión en la que puede parecer que todo vuelve al orden. Norma abandonará Los Ángeles no sin antes haber abierto los ojos a los hijos de su antiguo amor; Vinnie recapitulará e intentará recuperar el respeto de su novia. Incluso los vástagos del protagonista intentarán un acercamiento a este, apareciendo como valedores de una ficticia ceremonia o rito familiar. En realidad, Clifford asumirá su fracaso existencial, contemplando desde la ventana de su cómoda vivienda como se eleva el avión en el que viaja la única posibilidad que tenía para salir de la aterradora tela de araña en la que se ha convertida su marco de existencia, por más que sus perfiles aparezcan revestidos de terciopelo y buenos modales.

Esa analogía visual de la imposible identificación de dicho vuelo, supone la última vuelta de tuerca de uno de los relatos de factura más sobria realizados por Sirk dentro de su aportación al melodrama, en el que el realizador trasladó una continuidad y actualización temporal de la previa ALL I DESIRE (Su gran deseo, 1953), y que personalmente creo se erige como una de sus cargas de profundidad más rotundas cuestionando el gran sueño americano.
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La aventura (1960) por Aurea García Fernández


¡Qué gusto da cuando casi en la madrugada te sorprenden los programas televisivos con una película fetén!. No alcancé a ver los títulos de crédito pero daba igual estaba segura de que sería una película digna de ser vista. Y lo era. Por supuesto con mil fallos pero !cuántas novedades!. Sin duda un antes y un después en el cine europeo.

Como siempre ocurre en Antonioni la película es enigmática, reflexiva, llena de interrogantes y oscuridades puesto que la desaparición de una joven burguesa (Lea Massari) durante una excursión que parece va a ser la trama esencial queda muy en segundo plano y nada volvemos a saber de ese hecho desencadenante pues los temas que interesan al director son "otros".

Un grupo de amigos de la alta burguesía romana deciden pasar unos días de vacaciones navegando por el Sur. Recalan en una de las islas Eolías, cerca de Sicilia, deshabitada, y es allí donde desaparece sin dejar rastro la caprichosa e insatisfecha joven que mantiene una extraña relación con su prometido el arquitecto Sandro (Gabriele Ferceti). Les acompañan otras parejas y también la íntima amiga de Ana, Claudia, interpretada por la musa del director en la vida real, Monica Vitti.

La intriga por la desaparición de Ana va desvaneciéndose y lo que toma protagonismo como ocurre casi siempre con Antonioni son las relaciones de pareja en las que yo creo que por primera vez en el cine italiano se pone en cuestión con meridiana claridad el machismo reinante en la sociedad italiana. Vista ahora es increíble la intuición de este hombre para evidenciar ese cambio, esa transformación que se está produciendo en las relaciones hombre-mujer. Se ha hablado mucho de que la participación de las mujeres durante la Segunda Guerra Mundial en la retaguardia (en las fábricas, por ejemplo, en los hospitales del frente, etc.) pusieron en evidencia que podían realizar eficazmente los mismos trabajos que hasta ese momento habían desempeñado los hombres. Las cosas por tanto ya no podían ser iguales que en la época de las heroicas y vilipendiadas sufragistas, blanco de todas las burlas e incomprensiones.

Antonioni expresa de forma magistral esos cambios apenas perceptibles incluso para los que los están experimentando pero que naturalmente como todos los cambios generan conflictos y no sólo con los demás sino sobre todo con nosotros mismos.

Visualmente el film nos recuerda por momentos el estilo "documental" del maestro Rossellini y nos pone en evidencia una vez más el antagonismo entre lo urbano y lo rural, entre el Norte y el Sur sobre todo en las escenas rodadas en la isla en las que el director parece más interesado en mostrarnos la desnuda, salvaje y bella naturaleza que las peripecias de sus personajes.

En un último viaje a Italia comprobé asombrada como el héroe nacional Garibaldi era cuestionado y el ministro Cavour que quiso que el Sur fuera agrícola y el Norte industrial aun más pues con esa política hizo que las diferencias se intensificaran. Ahora lo que sigue uniendo a los italianos es Dante o sea la lengua que al contrario de lo que ocurre en España no es cuestionada en absoluto a pesar de los infinitos acentos y dialectos. Estas diferencias están muy bien reflejadas en la película: los cultos, ricos y sofisticados capitalinos que vienen de vacaciones y los primarios, pobres y rústicos habitantes del Sur que viven de forma arcaica apegados al terruño y al mar.

¿Fallos?: un montón pero los dejo para otro día.

La comedia de los terrores (1964) por Father Caprio


Me pregunto si esta película realizada por Tourneur en 1964 tuvo alguna clase de influencia en la formación de aquella inigualable pareja cómica, insignia del spanish humor surrealista que fueron los admiradísimos Luis Sánchez Polack y José Luis Coll, Tip y Coll para su amigos, que fuimos todos los españoles. Porque, viendo a Price y Lorre, nos damos cuenta de que en España pudieron faltar muchas cosas pero el humor de los señores de negro no.

De todas formas les confieso que tuve que ver la película hasta tres veces para intentar hacer una valoración lo más justa posible. En el primer visionado reconozco que me reí con algunos gags, como la subida nocturna por la escalera ornamentada con bustos grecorromanos, los gorgoritos-terremoto de la diva del bel canto a lo Cantafiore o cuando Mr. Black espada en mano se "despacha" contra un biombo con sorpresa. Sin embargo, al acabar el film tuve la misma sensación extraña que imagino tuvieron los espectadores de la época y que ocasionó cierto fracaso comercial.

Como suelo hacer habitualmente, después de ver una película contrasto mi opinión con otras de la red. Las de Filmaffinity en primer lugar. Luego otras, tales como las de Ozu,s world o de IMDB. Fue llegando a este punto que observé grandes discrepancias entre la floja valoración de Ozu y la de otros aficionados que la calificaban poco menos que de obra maestra. Por ello, no queriendo ser injusto con mis calificaciones volví a repasarla. Me detuve entonces en la genialidad de algunos diálogos. Especialmente mordaces los del funerario Trumbull con su esposa:

- Aléjate que me contagias el dinero.
- ¿Me rechazas?
- Hasta que no te conviertas en alcohol, sí

Estimulado por este descubrimiento de valores no demasiado apreciados en mi primera visión pues me dije aquello de "no hay dos sin tres" y no piensen que no descubrí nada nuevo. Todo lo contrario, me di cuenta de que las interpretaciones de Price, Lorre, Rathbone, Karloff, la diva Joyce Jameson y ¡hasta el gato! eran geniales. Parecían personajes sacados de los comics más descerrajantes.

Y acabé sintiéndome tan a gustito entre venenos, ataúdes, asesinatos, carrozas mortuorias, féretros con una vida útil de trece años, muertos que no se mueren ni a tiros. Tanto es así que como mi tocayo y paisano Peret acabé tarareando:

¡No estaba muerto, estaba de parranda!...

#Laextrañapareja Crítica "La extraña pareja" (1968) de Gene Saks (por Begoña Suárez)



Parejas de cine han habido de muchas clases pero nunca una tan curiosa como la que hacen Jack Lemmon y Walter Matthau. Habían trabajado juntos antes en Bandeja de Plata (1966) de Billy Wilder. Y parece que exultan una química especial como si uno supiera lo que el otro iba a decir y pisaran donde hay que pisar. Se podría comparar con los personajes del Gordo y el Flaco, que a primera vista eran muy diferentes pero que encajaban muy bien como cómicos en la gran pantalla.

 La historia trata de dos amigos, uno divorciado, Oscar, que ofrece a su maltrecho amigo, Felix, alojamiento en su casa ya que no tiene donde ir...

Frenético (1988) de Roman Polanski (por El Despotricador Cinéfilo)

Uno de los elementos que más me han fascinado siempre en el cine del gran Hitchcock es como los argumentos de muchas de sus películas rozan continuamente la inverosimilitud, la incoherencia, el absurdo y el disparate y, sin embargo, te lo cuenta con tal maestría y talento que nos encanta y hechiza a pesar de lo inverosímil de su propuesta.

Pues bien, Polanski (otro gran Maestro, hay que reconocerlo, aunque durante muchos años no es que fuese fruto de mi devoción) homenajea al Maestro Hitchcock con este Frenético del que copia, paso a paso, todo lo que una película hitchcokiana debe tener, eso sí, impregnada y contaminada con ese maravilloso toque europeo, morboso, inquietante y delirante que caracteriza el cine de Polanski. El resultado: una película de suspense formidable, muy entretenida, con un sentido del humor muy negro, muy bien interpretada (hay que ver con lo mediocre y limitado que es Harrison Ford como actor y lo bien que se desenvuelve en determinados papeles en el que lleva todo el peso del film sobre sí mismo), con toques muy morbosos, mucha sensualidad, una extraña música estridente de Morricone y, sobre todo, mucha inverosimilitud e incoherencia delirante en todo el argumento (como si de un genuino Hitchcock se tratase).

Entonces, ¿hablamos de una película perfecta, una más, del siempre interesante Polanski? Pues no, porque a pesar de lo disfrutable y jugosa de su propuesta hay un elemento que Hitchcock jamás hubiese permitido: un error de casting tan tremendo como escoger a Emmanuelle Seigner como coprotagonista junto a Harrison Ford. Entiendo que el director, como tantos otros directores antes que él (un ejemplo también representativo sería Clint Eastwood con Sondra Locke), tenga tendencia a incluir a su pareja sentimental en sus películas. Lo triste es que estén cegados por ese motivo y no sean lo suficientemente inteligentes o intuitivos para darse cuenta que eso resiente y perjudica la película, al igual que pasó en otra película del director polaco: La novena puerta donde Seigner también era lo peor del film.

De todos modos es un desliz perdonable a una película recomendable, sobre todo por lo bien que retrata ese atípico, sombrio y gris París de los 80.

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