ccc
Mostrando las entradas para la consulta El quimérico inquilino ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta El quimérico inquilino ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
El quimérico inquilino (1976) por Francisco Rodríguez Criado
EL QUIMÉRICO POLANSKI
En la historia del cine es raro encontrar un cineasta, ya sea actor, director o productor que mantenga un alto nivel de calidad en cada una de sus películas, circunstancia que se agrava, como es lógico, en carreras cinematográficas de largo recorrido. Dando por válido el contenido de esta introducción, sigue sorprendiendo la excesiva asimetría que hay entre unas películas y otras aun llevando el mismo sello. Esta situación llama la atención sobre todo cuando el espectador, como me ha ocurrido recientemente, ve lo mejor y lo peor de dicho cineasta en apenas veinticuatro horas de diferencia.
Pero pongamos nombres y apellidos: Roman Polanski. Después de deleitarme por segunda vez con la que es su mejor obra, El pianista, ver casi a continuación El quimérico inquilino ha supuesto toda una decepción.
Y eso que me asomé a la propuesta quimérica sin el menor prejuicio, más bien todo lo contrario, porque yo había leído años antes la novela homónima en la que está basada la película, escrita por el iconoclasta dibujante y escritor Roland Topor (ya puestos recomiendo su recopilación de relatos Acostarse con la reina), y sentía cierta expectación por conocer la versión cinematográfica.
El quimérico inquilino (1976), interpretada por el propio Polanski, narra las desventuras de Trelkovky, un funcionario gris y timorato que, a excepción de alguna ocasional visita por parte de sus ruidosos compañeros de trabajo, vive aislado en un discreto piso de alquiler. El disparador de la historia parte de un personaje no visualizado (su actuación dura unos instantes, mientras yace en un hospital con todo el cuerpo vendado), una joven que había ocupado la habitación en la que ahora vive Trelkovky hasta el día en que decidió suicidarse lanzándose desde una ventana al patio interior. A partir de aquí, el espectador ha de seguir al cuasi omnisciente Trelkovky, quien creyéndose intimidado por sus vecinos –creen que le están empujando hacia el suicidio– acabará por desembocar en una suerte de manía persecutoria, hasta el punto de no distinguir la realidad de la ficción.
Intuyo que Polanski intentó conjugar en esta película los mismos elementos que tan buen resultado le habían dado en la exitosa La semilla del diablo (1968), basada en la novela de Ira Levin Rosemary´s Baby. Ambas películas practican eso que yo denomino “terror casero”, y entiéndase lo de casero: los personajes principales en ambas películas (Polanski y Mia Farrow respectivamente), no necesitan salir de casa para enfrentarse a fantasmas obsesivos que acabarán por minar su estabilidad mental. La aparente normalidad de la que parten ambas novelas/películas acaba por desmoronarse en un final climático, trágico, solvente. La diferencia está en que el buen ritmo y el suspense mantenidos de principio a fin en La semilla del diablo apenas dura una hora en El quimérico inquilino, y a partir de ahí el espectador –al menos quien escribe estas líneas– acaba por desinteresarse por una historia que en principio prometía mucho.
La cinta, un fracaso en su momento, goza ahora de cierta consideración por algunos incondicionales, que la citan como “película de culto”, “obra maestra”, etcétera. (He leído incluso una reseña de quien la considera, y no hay ironía en sus palabras, “la mejor película de todos los tiempos”). Encanto no le falta, pero un excesivo regusto por el esperpento mal entendido, cansino, la convierten en un producto a la larga aburrido y desnortado que va perdiendo sentido conforme sobrepasa el ecuador de su metraje.
Estoy convencido de que El quimérico inquilino hubiera sido un producto mucho más afinado si Polanski, sin necesidad de alejarse un milímetro de su intención estética, se hubiese limitado a comprimir la película hasta dejarla en un cortometraje largo o, en el peor de los casos, en una película de corta duración.
Los que no somos incondicionales per se de Polanski tendremos que conformarnos con la belleza de Isabel Adjani, icono del cine francés contra la que este pobre mortal nunca se atreverá a despotricar.
El quimérico inquilino (1976) por Father Caprio
De vez en cuando me apetece darme un garbeo por la filmografía de Polanski. Me desligo de cualquier otra consideración respecto al director polaco para centrarme en ese cine suyo que, a mi parecer, tiene las luces y las sombras de la vieja Europa. Me han encantado películas suyas como El pianista, Oliver Twist, La muerte y la doncella o Chinatown. También quedé gratamente sorprendido de su opera prima El cuchillo en el agua.
Debo revisarlas, aunque tengo un recuerdo excelente: La semilla del diablo y El baile de los vampiros. Y por último, Repulsión me mostró el discurso de un Polanski para el que previamente se necesitaba un curso, lo más acelerado posible de psicologías freudianas, que, dado el escaso tiempo que me dejan mis ocupaciones laborales, familiares y otras hierbas, no pude realizar, motivo por el cual acabaron suspendiéndome.
quimérico inquilino anda por esta última línea y si tienen en la biblioteca algún tratado freudiano les recomiendo tenerlo a mano en la mesita del salón. Si Proust buscaba el tiempo que se le había perdido, Polanski busca identidades, especialmente la suya, arrojada ventana abajo en el cuerpo de una inquilina precedente tan quimérica como él. No se sabe muy bien si acaba encontrándola pues a base de saltos del ángel se va mermando y mucho la capacidad para explicarnos sus experiencias paranoicas por lo que somos nosotros los espectadores quienes debemos dar cumplida respuesta a los distintos interrogantes que se plantean en la película.
Es entonces cuando resulta aconsejable echar mano a ese libro debidamente seleccionado y correctamente abierto por el capítulo que ustedes estimen más adecuado al caso. Llegados a este punto nos encontramos con quienes aseguran, juran y perjuran haber asimilado todas las propuestas formuladas durante mas de dos horas de proyección y los que, como yo, tenemos una ligerísima idea y todavía estamos dando vueltas al ejemplar freudiano.
Los primeros serán quienes votarán negativamente este comentario pensando que me he quedado a dos velas (y seguramente tendrán razón) mientras que a los segundos, compañeros del alma del pelotón de los torpes, les invito a acompañarme a alguna librería especializada en busca de "Polanski para torpes". En cualquier caso, a ambos, gracias por leerme. Y finalizo con una pregunta que me viene rondando por la cabeza desde que vi al señor Trelkovsky desdoblando su personalidad: ¿Es en realidad mi identidad, mía o alguien me la cambió mientras dormía?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)