Por lo que he leído en las últimas semanas, la reciente nominación al Oscar de Javier Bardem por su interpretación en Biutiful ha desencadenado un manantial de opiniones y multitud de discusiones en foros de Internet, tanto de cine como de otra temática. Y algo que me ha asombrado negativamente es cómo la gente ha descargado su ira contra este popular actor más allá de su talento interpretativo.
Porque se podrán cuestionar muchas, muchísimas, cosas a Javier Bardem como personaje público, ya sea por su ideología política, por sus frívolas apariciones en la prensa del corazón o por sus (afortunadas o desafortunadas) declaraciones sobre los más diversos temas. Pero, desde luego, no se le puede criticar por su labor como actor porque, con esta, ya acumula tres nominaciones a los Oscars, lo cual ni siquiera muchos actores norteamericanos de mucho renombre han obtenido. Y puestos a ir más lejos todavía, habría que romper una lanza también por Penélope Cruz.
Porque si a los datos estadísticos nos limitamos, entre los dos acumulan, en tan solo unos pocos años, la friolera de SEIS nominaciones a los Oscars y un PAR de Oscars, es decir, un palmarés que ya quisieran para sí muchos otros actores de cualquier nacionalidad. Por supuesto que se les podrá criticar como pareja mediática y pública, pero nunca por su talento, pues está más que demostrada la valía que han demostrado a lo largo de los años. ¿O acaso es justo criticar a Beckham como futbolista por ser un personaje mediático y frívolo?
Y puestos a ser más radicales, y me dirijo a esas personas que no van a ver sus películas con argumentos tan pobres y banales como “no trago al coñazo del Bardem o no aguanto a la petarda de la Penélope”, les diría que la vida privada de las personas no debería jamás ser motivo de censura para no ver un film. Da igual lo que hayan hecho esas personas en su privacidad, da igual, lo que importa en el cine es la composición que hacen de su papel y lo que aportan cinematográficamente a la historia.
Por desgracia esta actitud tan absurda no se limita solo a estos dos actores patrios, pues desde siempre a la gente le ha encantado censurar por su obra a cineastas o artistas por haber cometido (en mayor o menos medida) deslices o, directamente, delitos en su vida privada (Woody Allen, Roman Polanski, Charlie Sheen, Robert Downey Jr., etcétera). Si una persona comete una falta, ya se encargará de pagarlo judicialmente, pero nunca debe ser una excusa para no ir a ver su cine porque, si no, el siguiente paso será no volver a leer a Lorca porque era homosexual o no mirar un cuadro de Van Gogh porque se iba de putas.
Ante todo coherencia, y juzgar el cine y las interpretaciones objetivamente por lo que son, solo por eso. Seguro que todos salimos ganando mucho.
ccc
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Criticar por criticar (2010) por El Despotricador Cinéfilo
Sinceramente, no encuentro ninguna explicación lógica ni racional de por qué, de forma tan visceral, agresiva, vehemente y vengativa, muchísimos críticos y aficionados llevan más de 10 años despotricando sin piedad contra la nueva trilogía galáctica que parió el señor George Lucas.
Yo mismo reconozco que me quedé totalmente asqueado y desconcertado en 1999 al ver La amenaza fantasma: me decepcionó por completo (sobre todo porque me gasté todos mis ahorros para irme a Londres a verla); pero, pasada esa momentánea frustración, tampoco he seguido manteniendo ni rencor ni odio ni, por supuesto, esa histeria con que la crítica y los aficionados fustigan desde entonces al señor Lucas.
Partamos del hecho que ni él ni nadie podrá jamás igualar las sublimes Obras Maestras que componen la primera trilogía galáctica (sobre todo la seminal El imperio contraataca, una de las obras más finest —como dirían los ingleses— que ha parido el cine). Por tanto, si no hay comparación posible, ¿por qué no disfrutar estas nuevas películas como lo que realmente son, es decir, un entretenimiento fabuloso de puro escapismo con todos los elementos imprescindibles para gustar?
Por lo tanto, basta ya decir que la segunda trilogía galáctica es una debacle de un director mediocre obsesionado por los efectos digitales, que no tiene historia, cuyos actores son penosos y se han cargado toda la mitología de tan mítica saga. ¿No será acaso que todos hemos crecido en estos 30 años y ya no somos niños? Para mí estas nuevas películas siguen conteniendo todos los mismos ingredientes de las anteriores, pero, claro, no es lo mismo verla como un inocente infante que como un adulto. Y lo que realmente me duele como cinéfilo es que pienso (es más, estoy convencido) que La venganza de los Sith es una película espléndida, muy superior a todas luces (ya sea argumentalmente o en dirección de actores) a la mediocridad, por ejemplo, de la intocable El retorno del Jedi.
Puede que la desgracia de La venganza de los Sith sea que la hayan precedido dos historias tan insulsas y anodinas como La amenaza fantasma y El ataque de los clones, y la decepción que éstas causaron contaminó a esta tercera entrega la misma frustración, desilusión y desencanto. Pero seamos serios, ¿no está La venganza de los Sith a la misma altura cinematográfica de El imperio contraataca? Yo creo que sí; es una película que se merece un segundo y hasta un tercer visionado, y debe ser reivindicada, pues está injustamente valorada (no infravalorada, eso ya sería mucho) y merece un puesto de honor en la historia del cine (por no hablar de que la música del Maestro John Williams es una de las más sobrecogedoras, magistrales e impactantes del excepcional compositor).
Si de verdad amamos el cine debemos ser siempre objetivos y analizar cada película de forma independiente, de manera aséptica y, por tanto, no hacer comparaciones entre ellas; solo de esta manera nos enfrentaremos a su visionado sin absurdos prejuicios. Y al final todos saldremos ganando, eso seguro.
Yo mismo reconozco que me quedé totalmente asqueado y desconcertado en 1999 al ver La amenaza fantasma: me decepcionó por completo (sobre todo porque me gasté todos mis ahorros para irme a Londres a verla); pero, pasada esa momentánea frustración, tampoco he seguido manteniendo ni rencor ni odio ni, por supuesto, esa histeria con que la crítica y los aficionados fustigan desde entonces al señor Lucas.
Partamos del hecho que ni él ni nadie podrá jamás igualar las sublimes Obras Maestras que componen la primera trilogía galáctica (sobre todo la seminal El imperio contraataca, una de las obras más finest —como dirían los ingleses— que ha parido el cine). Por tanto, si no hay comparación posible, ¿por qué no disfrutar estas nuevas películas como lo que realmente son, es decir, un entretenimiento fabuloso de puro escapismo con todos los elementos imprescindibles para gustar?
Por lo tanto, basta ya decir que la segunda trilogía galáctica es una debacle de un director mediocre obsesionado por los efectos digitales, que no tiene historia, cuyos actores son penosos y se han cargado toda la mitología de tan mítica saga. ¿No será acaso que todos hemos crecido en estos 30 años y ya no somos niños? Para mí estas nuevas películas siguen conteniendo todos los mismos ingredientes de las anteriores, pero, claro, no es lo mismo verla como un inocente infante que como un adulto. Y lo que realmente me duele como cinéfilo es que pienso (es más, estoy convencido) que La venganza de los Sith es una película espléndida, muy superior a todas luces (ya sea argumentalmente o en dirección de actores) a la mediocridad, por ejemplo, de la intocable El retorno del Jedi.
Puede que la desgracia de La venganza de los Sith sea que la hayan precedido dos historias tan insulsas y anodinas como La amenaza fantasma y El ataque de los clones, y la decepción que éstas causaron contaminó a esta tercera entrega la misma frustración, desilusión y desencanto. Pero seamos serios, ¿no está La venganza de los Sith a la misma altura cinematográfica de El imperio contraataca? Yo creo que sí; es una película que se merece un segundo y hasta un tercer visionado, y debe ser reivindicada, pues está injustamente valorada (no infravalorada, eso ya sería mucho) y merece un puesto de honor en la historia del cine (por no hablar de que la música del Maestro John Williams es una de las más sobrecogedoras, magistrales e impactantes del excepcional compositor).
Si de verdad amamos el cine debemos ser siempre objetivos y analizar cada película de forma independiente, de manera aséptica y, por tanto, no hacer comparaciones entre ellas; solo de esta manera nos enfrentaremos a su visionado sin absurdos prejuicios. Y al final todos saldremos ganando, eso seguro.
El profe (1971) por El Despotricador Cinéfilo
¿Cómo es posible esto?, pues porque estoy convencido que Don Mario Moreno "Cantinflas" es uno de los mayores genios cómicos de toda la historia del cine, a la misma altura de Chaplin o Keaton, un genio tan prodigioso, carismático y todoterreno que solo con su presencia salva (y requetesalva) cualquier film, por muy guión cutre y edulcorado que tenga.
Después de revisionar bastante de sus películas elijo El Profe por elegir una cualquiera, pues todas son igual de espléndidas y mediocres a la vez, espléndida por una parte porque ver a Cantinflas actuando es una gozada, disfrutando de su enorme talento en cada una de sus palabras que dice, o en cada uno de sus cariturescos movimientos; pero por otra parte, mediocre porque todos esos guiones desprenden una banalidad, simpleza y mediocridad indigna de un artista de su categoría.
Y es que todos sus films pecan del mismo tono de folletín recargado de moralismo, civismo, educación y crítica social por todas partes. Y eso que reconozco un gran valor de poder hacer crítica social en las comedias, pero no a ese nivel que llega al hastío, pues su excesiva carga moralista, reivindicativa y defensora de las desigualdades sociales acaban por ser un lastre en la historia. Si solo se insinuasen sutil, discreta y convincentemente serían buenas películas, pero ahora bien, que la película sea un continuo folletín para reivindicar, criticar y denunciar todas las injusticias acaba anulando el tono de comedia general. Aunque quien sabe, a lo mejor es que no pretenden hacer comedia.
En fin, menos mal que Don Mario Moreno Cantinflas, como todo genio que se precie, está por encima del bien y del mal, y eso repercute que sus películas sean siempre inmortales, aunque el celuloide del que estén hechas sea de tan mala calidad.
La fiera de mi niña (1938) por El Despotricador Cinéfilo
Aunque parezca increíble voy a hacer una leve crítica negativa contra La fiera de mi niña (1938) (pobre Cary Grant, definitivamente hoy no es su día, véase sino las criticas de La novia era él y de Me siento rejuvenecer). Sí, lo se, a algún cinéfilo le acaba de dar una taquicardia por atreverme a criticar esta supuesta Obra Maestra, pero... ¿realmente lo es?. Reconozco que es un film muy divertido (sobre todo gracias a Cary Grant), pero es una película digamos para ver a trozos, y me explico, viéndola a trozos sueltos es muy divertida con momentos de comedia legendarios y descacharrantes (¿sigue existiendo esta expresión en pleno siglo XXI?), pero si se ve seguida tiene un bajón tremendo que es cuando anochece en el bosque y se quedan perdidos Cary Grant y Katharine Hepburn buscando el hueso, es una escena muerta, sin gracia, no corre la sangre del celuloide en esos momentos, sin interés y que acaba por romper todo el ritmo del film, desconectándote totalmente de la película y costando mucho volver a coger el interés.
Es el único pero que le pongo, porque como digo viéndola a cachos sueltos es muy divertida, es algo parecido a lo que pasa en AI, Inteligencia Artificial (Spielberg, 2001), viéndola a cachos es una Obra Maestra, pero viéndola seguida es un aburrimiento mortal, ¿será culpa del montador de las películas tanto en La fiera de mi niña como en AI, Inteligencia Artificial?, quien sabe.
La chispa de la vida (2011) de Alex de la Iglesia (por El Despotricador Cinéfilo)
Pues bien, Alex de la Iglesia (el cual tiene en su haber, al menos, una Obra Maestra: El día de la bestia) de El gran carnaval ha copiado solo el argumento, pues del buen hacer y la sutileza wilderiana no ha querido (o no ha podido) aportar nada en esta La chispa de la vida.
En La chispa de la vida todo está rodado digamos a martillazos, con vehemencia, con ferocidad y de una forma descarnadamente directa y vulgar, muy vulgar. Como si se hubiese rodado con muchas prisas y por puro encargo (y no es de extrañar, pues el guión extrañamente no es suyo sino del estadounidense Randy Feldman). Todo está filmado como muy pasado de rosca y de una forma tan exagerada que sinceramente no acabo de comprender el porqué.
Quizás el director ha pensado que debe ser duro, directo, visceral, impactante, asequible y obvio para que todo el mundo capte el mensaje de humanidad que pretende arrojar el film, y vaya que sí lo consigue, pero de una forma tan chabacana que parece urdida por esos miserables programas televisivos a los cuales quiere criticar. Es imperdonable que todo esté tan esquematizado y, algunos personajes, como el de Juanjo Puigcorbe o Fernando Tejero sean tan caricaturescos y paródicos que sea imposible creérselos. En la vida real nunca los buenos son tan buenos y los malos son tan malos, sin fisuras, sin matices, sin sutileza al fin y al cabo. Los trazos del guión están escritos con brochazos y eso resta credibilidad al conjunto final. Ay, es exasperante como se malgasta su talento en un guión que le resulta tan ajeno.
De todos modos, La chispa de la vida aunque esté vulgarmente contada debe visionarse para recapacitar acerca de su terrible mensaje sobre la crisis, el paro, las injusticias, la dignidad y, sobre todo, el afán de sensacionalismo desalmado que nos rodea.
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Días de vino y rosas (1962) por El Despotricador Cinéfilo
A la hora de tener que elegir un film de Blake Edwards que criticar, me decanto por uno que me irrita considerablemente, y encima me cabrea que es en cierto círculos cinéfilos es un film con cierto prestigio, Días de vino y rosas (1962), ¿y por qué me desquicia este film contra el alcoholismo?, pues porque todos los habituales y manidos excesos de su director salen a la luz más claramente que nunca: interpretaciones exageradamente ridículas de lo apasionadas que son, recarga dramática excesiva, malísima dirección de actores, un guión tan mal estructurado y desarrollado (como dirigido, claro), e incluso la música de Mancini es tan inadecuadamente acaramelada que desentona con el [supuesto] mensaje de la película.
¿Tan díficil era verse Días sin huella (1945, Wilder) para aprender como hacer un buen film contra el alcoholismo?, Wilder casi 20 años antes ya demostró de una manera sobria, directa y con contención todo lo que se podía decir sobre esa enfermedad que es el alcoholismo, pero Edwards coge el camino facilón de la exageración y el melodramatismo más vulgar y pamfletero. Esto ha ocasionado que la película haya envejecido más que ninguna otra de su filmografía, y encima, para más inri consigue algo inaudito que yo no he vuelto a ver: una mala interpretación de Jack Lemmon.
¿Tan díficil era verse Días sin huella (1945, Wilder) para aprender como hacer un buen film contra el alcoholismo?, Wilder casi 20 años antes ya demostró de una manera sobria, directa y con contención todo lo que se podía decir sobre esa enfermedad que es el alcoholismo, pero Edwards coge el camino facilón de la exageración y el melodramatismo más vulgar y pamfletero. Esto ha ocasionado que la película haya envejecido más que ninguna otra de su filmografía, y encima, para más inri consigue algo inaudito que yo no he vuelto a ver: una mala interpretación de Jack Lemmon.
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