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#BladeRunner Crítica "Blade Runner" de Ridley Scott (por Begoña Suárez)

No hay nada como ver una buena película que te deje en vilo hasta el final. Esta película tiene mucho de esas características. Pero es también extraña, misteriosa, triste, que refleja la decadencia de un futuro próximo en contraste con las ganas de vivir (que son muchas). Es por eso que no resultara atractiva a primera vista en 1982 cuando se estrenó. Porque rompía moldes con una temática inusual de robots humanos y escenarios futuristas. Pero fue ese estilo entre decadente y futurista acompañado de una banda sonora excepcional que la convirtió en una obra de culto de referencia.

La historia está basada en el libro de Philip K. Dick titulado ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Y trata de la persecución de los “replicantes”, una especie de robots humanos creados por la Tyrell Corporation para trabajar como esclavos en las...

Por favor, haced cine, no música

Quizás sea por el hecho de haber nacido en la década de los 70 que desde mi más tierna infancia no tolere ni aguante lo que se podría denominar la mala música de cine, o, mejor dicho, la buena música que se emplea y aplica de forma inadecuada e inapropiada en el cine. Me explico: cualquiera de mi generación ha crecido con las sublimes Obras Maestras que durante muchos años parieron sin cesar John Williams y Jerry Goldsmith; es decir, fuimos afortunados de tener una niñez cinéfila al compás de, a mi juicio, los más grandes compositores de bandas sonoras que ha dado el cine, cuya creatividad, genialidad, sensibilidad e inteligencia no tienen comparación en ninguna otra época del celuloide.

Y es que para mí hay una premisa esencial y básica: un compositor no debe hacer nunca música de cine, sino simplemente cine a partir de su partitura. Es decir, la música es solo un elemento cinematográfico más que ayuda a la película, que la mejora y que da sentido y coherencia a muchas escenas que, sin esa música, no tendrían el significado que probablemente el director busca. Por tanto, la banda sonora es tan importante como la fotografía, el montaje, los actores o el encargado de decorados. Eso no quita, por supuesto, que determinadas partituras trasciendan por su naturaleza al film y acaben siendo melodías maravillosas para escuchar en un CD, pero siempre y cuando antes hayan sido muy útiles, apropiadas y precisas para narrar musicalmente el film.

Aún me aterra pensar en bodrios muy populares en su día como El piano, donde Michael Nyman solo se limitó a componer un concierto de autopromoción y patética exhibición que no hizo ningún favor a la película (es más, la gente solo recuerda la música por el protagonismo desmesurado que tenía), o la famosísima, pero inadecuada, partitura de Vangelis para Carros de fuego, incoherente y absurda en un film que transcurría a principios del siglo XX (aunque paradójicamente, al calcar la misma partitura al año siguiente en Blade Runner, sí que encajó de forma perfecta con la temática y el espíritu del film).

El listado de compositores que utilizan el cine como autopromoción es lamentablemente muy largo: Preisner, Philip Glass, Mark Knopfler, Giorgio Moroder, etcétera. Por no hablar de todos esos compositores de “música seria” que componen sinfonías o conciertos y que, de vez en cuando, hacen incursiones en el cine con resultados mediocres y cinematográficamente nulos (por supuesto, siempre hay excepciones como Corigliano o Kilar).

Pero no hay por qué alarmarse; gracias al buen sentido común, lo que más predomina siempre son los músicos que hacen cine y no los que hacen música, y eso es algo con lo que siempre saldremos ganando los que vamos a ver una película y no a escuchar un concierto.

Benditos malos actores (2010) por El Despotricador Cinéfilo

En mi niñez siempre me sorprendió escuchar las tibias, desapasionadas y apagadas opiniones del inefable Carlos Pumares acerca de un mito como John Wayne, más aún siendo Pumares un apasionado y ferviente defensor del cine del gran John Ford (y decir Ford, al menos para mí, es también decir Wayne).

Puedo entender que a muchos críticos John Wayne no les parezca un buen actor, o simplemente que ni lo consideren un actor, pues únicamente hace de John Wayne en todas las películas, es decir, de sí mismo. Y no les faltará razón a todos esos críticos, pero yo siempre he pensado que benditos sean todos esos malos actores, porque, más allá de su talento y capacidad de actuación, el cine está necesitado de actores mediocres (o directamente muy malos) para realizar ciertos papeles, los cuales, paradójicamente (muy paradójicamente), ningún otro actor podría interpretarlos mejor que ellos por muchas tablas shakesperianas que tuviera a sus espaldas.

Pues ¿qué otro actor de la historia podría parar la diligencia mejor que John Wayne? ¿Qué otro intérprete podría transmitir con mayor contundencia sus sentimientos que Stallone subiendo las escaleras del museo de Philadelphia al compás del “Gona fly now” en Rocky? ¿Quién, aparte de Harrison Ford, podría interpretar mejor a Indiana Jones o a Han Solo? ¿Y qué decir de Patrick Swayze o Demi Moore en Ghost, Richard Gere en Pretty Woman, Sean Young en Blade Runner, John Travolta en Fiebre del sábado noche, Victor Mature en Sanson y Dalila, etcétera?

Es decir, la mediocridad o el hecho de ser un mal actor no está, en absoluto, reñido con la proeza de lograr interpretaciones magistrales y memorables, pues hay actores predestinados a ciertos papeles que, por pura magia del cine, consiguen brillar más que ningún otro gran intérprete de renombre: misterios del celuloide, embrujo de la gran pantalla.