Pocas cosas (por no decir ninguna) hay más perdurables que el cine que
se ve en la infancia y que se te incrusta en el subconsciente para toda
tu vida. Esos recuerdos y memorias afectivas hibernan ya para siempre
dentro de nosotros y siempre salen a flote cuando se evocan. Yo fui
consciente de ello en el año 2002 cuando fui al cine al reestreno de
"E.T." por el 20 aniversario que se cumplía de la sublime Obra Maestra
de Spielberg. En la escena de la despedida no pude contener los
lagrimones que brotaban sin parar y el tremendo desasosiego que produce
esa magistral escena. Esto me hizo cuestionarme ¿Por qué en las últimas
décadas otras películas muy tristes y sentimentales como "Titanic",
"Million dollar baby" o "Los puentes de Madison" no provocaron una sola
lágrima en mí? Todas ellas me emocionaron y sobrecogieron, pero ninguna
me hizo llorar. Y sin embargo, cada vez que he vuelto a ver "E.T." o
escucho en el CD ese fragmento de la música del Maestro Williams lloro
desconsoladamente. La explicación es bien fácil: "E.T." está incrustada
en mi memoria afectiva de la infancia, y quizás subconscientemente no
lloramos solo por la película que vemos, sino por rememorarnos vivamente
las emociones que nos produjo en su momento. Y también lloramos por la
infancia perdida y toda la inocencia que se fue con ella.
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