No suelo fijarme demasiado en los detalles que convierten al cine en el
7º arte. Más bien, determino si una peli me gusta o no en función del
número de bostezos que me provoca y de la sensación final que me queda
al abandonar la sala. De acuerdo que influye la fotografía, la música,
los efectos especiales y todo lo demás, pero como yo soy un profano, me
quedo con la parte en que gana el bueno y se queda con la buena.
En esta película me supera un poco el exceso de violencia gratuita en
cuatro imágenes que se van recordando a lo largo de todo el filme y por
supuesto me quedo con la historia de amor que se respira en la oficina
de los inspectores de policía. El personaje del viejo aferrado a la
máquina de escribir me parece sublime, con ese humor tan socarrón y esas
frustraciones ahogadas en un vaso con hielo que siempre sabe sacar
irónicamente a la luz haciendo esbozar una sonrisa sincera.
Por lo demás la trama alberga una historia por desgracia cotidiana y ya
manoseada en el cine, como es la corrupción política y los hilos que la
conectan al otro poder igualmente corrupto: el judicial.
Me entretuvo, me sacó algunas carcajadas y me dejó el dulce sabor de
boca que deja la esperanza de algún día acabar con el malo y quedarme
con la buena, aunque ni unos ni otras aparentan lo que son.
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