En blanco y negro, muda, de los años 20, y con actores desconocidos por una masa social demasiado despreocupada por cualquier fenómeno que haya tenido lugar a más de cinco años vista. Estos eran los ingredientes de inicio de la última película que tuve la oportunidad de ver en una sala de proyección pública. Lógicamente, como se puede deducir (ya que la proyección de clásicos del pasado no se baraja en las salas comerciales por los empresarios del sector) la sesión tuvo lugar en un espacio extraordinario, poco convencional: una Filmoteca dependiente de la Consejería de Cultura de la comunidad en la que resido, a la que acudo siempre que puedo, y en la que se proyectan fundamentalmente películas de gran calidad argumental, de escaso peso comercial. A pesar de la buena gestión de esta sala en concreto, y de la buena fama que ha adquirido en la ciudad, lo cierto es que este tipo de espacios suelen ser, por lo general, el refugio de una minoría: estudiantes extranjeros, amantes del buen cine, “culturetas” de índole diversa, etc.
La película a la que me refiero es El estudiante novato (The Freshman), una joya del cine cómico dirigida por Sam Taylor, y protagonizada por uno de esos actores genuinos, con una personalidad única y una capacidad de interpretación irrepetible en la historia del cine: Harold Lloyd. No obstante, con un plantel así, lo lógico hubiera sido que los espectadores se hubieran encontrado desperdigados por los asientos a razón de un “cultureta” por cada seis o siete butacas. Pero tal vez atraídos por el hecho de que la proyección se encontrara programada dentro de la bien acogida sección de “clásicos al piano”, en la que las proyecciones de cine mudo son acompañadas al piano por músicos tocando en directo, lo cierto es que la semana pasada vi una de Harold Lloyd acompañado de más de cien almas. Pero eso no fue todo. Lo mejor es que, tal y como esperaba, la película desató multitud de carcajadas a lo largo de toda la sesión, y provocó una apoteosis final de generosos aplausos dirigidos tanto al pianista (excelente en la interpretación y en la improvisación), como a la propia película, como hacía mucho tiempo que no contemplaba. Al salir a los pasillos, puede observar a la gente caminar con una sonrisa en el rostro, con la sensación de haber asistido a la proyección de un documento excepcional.
En mi caso, el poso que me quedó todo aquello y que fui mascullando mientras caminaba hacia casa, no fue muy distinto al de otras veces en sesiones con no más de veinte o treinta espectadores. Estoy absolutamente convencido del valor de muchas cosas (ya sea cine, literatura, música, televisión, radio, páginas web, etc.), pero también asumo resignado cómo las películas, los libros, los programas de televisión o de radio, o cualquier fenómeno social; tienen que contar con la vitola de “taquillera”, de “best seller”, de “más visto u oído”, o de “fenómeno de masas”, respectivamente, para atraer a la gente. Es obvio que todo necesita mostrarse para poder ser visto, y que difícilmente se puede esperar que algo cuente con un número mínimo de seguidores, si no se ha dado a conocer previamente de una u otra forma. Sin embargo, en todos los ámbitos existen contenidos para cuyo disfrute no hace falta bucear excesivamente, y que no atraen porque no cuentan con la propaganda que otorga el fervor de la masa, que no siempre es proporcional a la calidad de los mismos. No sabe lo que se pierde el que nunca accede a lo que se pierde, aunque sea una vez, aunque sea por casualidad, aunque sea por razones colaterales, como en el caso de muchos de los que asistieron a la película de Harold Lloyd. Lo que está claro es que el que come jamón un día, al día siguiente tiene ganas de jamón. Actualmente, la realidad es que somos borregos, y que nuestro “borreguismo” condena al olvido a los tesoros de nuestra cultura y de nuestra historia, condenándonos a nosotros mismos a la ignorancia, a la mediocridad, y a la pérdida de nuestra identidad. O sea, al chopped envasado. De las instituciones públicas depende dar el primer empujón, y repartir jamón en las aulas de los colegios y por las calles. Jamón del bueno, que en el caso del que os hablo, curiosamente, es el más barato.
Totalmente de acuerdo: si programas cosas excelentes el público responde ávido de cosas que valgan la pena. Porque ¿no es una maravilla
ResponderEliminaroir reir al respetable con algo hecho en los años 20?. Es el misterio del arte, esa capacidad de traspasar el tiempo y el espacio que hace que disfrutemos con cosas que no se hicieron para nosotros pero que nos
siguen emocionando o divirtiendo.
Nada más conmovedor que oir reir a un niño de hoy con los inefables "gags" de Charlot por poner un ejemplo. Entonces,como leí hace unos dias, ¿por qué sabemos tanto de la Campanario o del hijo de la Pantoja y tan poquito pongo por caso del propio Harold Lloyd?.