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Yo creo en ti (1947) por El Despotricador Cinéfilo
Es curioso, a la par que divertido, el gran poder de convicción que tiene el buen cine, aunque adolezca de ciertas lagunas argumentales más que evidentes. Incluso Obras Maestras incuestionables como El exorcista (1973, William Friedkin) o Encuentros en la tercera fase (1977, Steven Spielberg) plantean algunas cuestiones que no se resuelven, como, por ejemplo, ¿qué tiene que ver toda la excavación arqueológica del principio de Max Von Sydow con lo que ocurre después?, en el caso de la emblemática película de Friedkin, o ¿cuándo, cómo, quién y por qué ha formado a esos señores de rojo al final de la fascinante obra spielbergiana? Por no hablar de ejemplos tan descabellados como el de El sueño eterno (1946, Howard Hawks), donde son tantas las cuestiones policíacas que quedan sin resolver que serían incontables.
Y, sin embargo, nosotros, como espectadores, toleramos que nos engañen de tal manera porque son películas tan absorbentes, convincentes y maravillosas que da igual que tengan esas lagunas en el guión, pues están tan fabulosamente contadas que esas nimiedades argumentales las pasamos (yo creo que subconscientemente) por alto.
Ahora bien, en el caso de Yo creo en ti (1947, Henry Hathaway) es tal el número de preguntas sin respuesta que irrita más de lo normal. E irrita en la resolución final, pues hasta ese momento estamos ante un film espléndido, con un soberbio James Stewart (claro que ¿en qué película no está bien Stewart?) y una excelente dirección de Hathaway que, con gran maestría, precisión, sobriedad y ritmo, nos narra una historia valiente y asombrosa (más aún si se piensa que está basada en hechos reales).
Quedamos, pues, tan absorbidos, conmocionados y fascinados por tan fabulosa muestra de buen cine que nuestro cerebro no quiere preguntarse ciertas cuestiones. El problema reaparece cuando la dejas reposar y empiezan a surgir ciertas dudas que, muy alegre y desenfadadamente, nunca se dan por aclaradas, como, por ejemplo, ¿por qué se exculpa solo a Richard Conte y no a su compañero también inocente? ¿Qué necesidad hay de ampliar la fotografía si con solo comparar las portadas de los periódicos ya se identificaría a qué día pertenece? ¿De quién tiene tantísimo miedo el personaje de la polaca y de quién se esconde? Y lo más importante: ¿quién es el verdadero culpable del crimen de 1932?
¿Debemos ofendernos por que no se nos explique todo esto? Yo, sinceramente, pienso: qué más da, pues lo importante del cine son las tremendas emociones que te transmite y contagia; si además la película es tan perfecta que hasta se beneficia de un guión muy pulido, entonces mejor todavía, pero, desde luego, no por ello dejaremos de disfrutarla. Y, como todo arte, qué maravilloso es disfrutar del buen cine, aunque sea imperfecto.
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