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Stromboli (1950) por Grandine
Quien juega con fuego, se quema (o no). Porque a saber que habría pasado con este film si lo hubiese firmado otro director que no fuese Rossellini. El mensaje que dejó entrever el realizador italiano es, cuanto menos, admirable, y está a la vista del espectador sin que este deba realizar un magnánimo esfuerzo.
Sin embargo, y pese a tener unos mimbres tan necesarios, la premisa inicial es un escollo difícil de superar incluso para los más grandes. Y Rossellini, por desgracia, no fue una excepción.
El punto de partida, esa pareja que es unida por conveniencia, lo único que puede reportar son contrariedades y situaciones anómalas a no ser que el trabajo empleado en el desarrollo emocional de sus protagonistas sea verdaderamente bueno. Lo malo es que no fue así.
Y eso que Bergman lo intenta con una interpretación a la altura de bien poquitas, con maestría y carácter desgrana un personaje cuyas intenciones, deseos y sueños quedan destapados desde un buen comienzo y que la actriz refleja en pantalla a la perfección, pese a las falencias en el tratamiento de sus intenciones. De como tan pronto desea que su marido cambie para poder convivir con él, como también desea huir de la isla en busca de un futuro mejor.
De todos modos, aun contando con esos contrapesos, la cinta de Rossellini posee un ritmo excepcional que, como en casi todas sus propuestas, obra para que el espectador esté totalmente pegado a la pantalla durante el transcurso total del film.
También logra algunas secuencias dignas de aplauso, como la de la erupción, cuyo montaje es verdaderamente soberbio si valoramos los medios con los que pudo contar el cineasta para desarrollar susodicha secuencia, acompañada con una gran banda sonora del eficaz Renzo Rossellini y bañada de imágenes que saben como captar la atención del respetable.
Buenas intenciones para un intento que no terminó de fraguar como debía.
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