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El asesinato de Richard Nixon (2004) por Francisco Rodríguez Criado


En un ejercicio de eso que en lenguaje culto se conoce como procrastinación, durante semanas había ido retrasando una y otra vez la visión de El asesinato de Richard Nixon (Niels Mueller, 2004) a espera de que llegara el momento oportuno. En realidad, yo no hacía gran cosa para que llegara ese momento: el título de la película, tan explícito, me hacía pensar que se trataba del enésimo thriller americano, completamente prescindible, sobre un episodio morbosamente histórico (¡otro más!) de los Estados Unidos. Algo de ello hay, aunque el enfoque de la película, creo, bien merece estas líneas.

Como mis prejuicios me habían impedido siquiera consultar la ficha técnica, me sorprendió gratamente, ya puestos en faena, que la película estuviera interpretada por los actores de la valía de Sean Penn y Noami Watts, y que tuviera entre sus productores ejecutivos a gente como Leonardo DiCaprio y a mi admirado Alexander Payne, responsable de algunas obras memorables (Entre copas, A propósito de Schmidt o Election).

Los entremeses, pues, prometían una cena suculenta.

Un título tramposo

¿Y qué narra El asesinato de Richard Nixon?, ¿acaso lo que promete desde su título?

Sí y no. La historia que cuenta, ambientada en 1974, tiene una base real: el intento de asesinato del presidente de Estados Unidos por parte de Sam Joseph Byck (en la película, Samuel Bicke), un vendedor sin estrella que, sintiéndose víctima del sueño americano, encuentra en un hombre de éxito, el mismísimo presidente del gobierno del país más poderoso del mundo, la diana perfecta donde lanzar los pocas flechas vitales que le quedan. Separado, rechazado una y otra vez por la que todavía es su guapa esposa (Naomi Watts), desahuciado por el casero y ninguneado por el banco que se niega a concederle un préstamo para crear su propia empresa, Samuel es un hombre desesperado que no consigue ganarse el respecto de sus hijos para que posen durante unos segundos mientras él les toma una fotografía. No le queda a nuestro antihéroe más consuelo que el perro (este al menos se deja acariciar de vez en cuando) y el ridículo –aunque cinematográfico– recurso de enviarle cintas magnetofónicas grabadas con sus pensamientos al célebre compositor Leonard Bernstein, cuya música admira. (Bernstein fue uno de esos millonarios que, aun beneficiándose de las ventajas del sistema, no tuvo empacho para coquetear en aquella poca con grupos antisistemas como los Panteras Negras. Todo esto no aparece en la película, pero tiene su importancia para entenderla mejor. Si el lector desea ampliar conocimientos sobre este tema, recomiendo la lectura de La izquierda exquisita, de Tom Wolfe).

En fin: Samuel Bicke era honrado pero fracasado, amaba a su esposa pero su esposa amaba al propietario de un Cadillac (nada más sabemos de él), quería ser honorable pero acaba usando tretas de ladrón... La única forma de exorcizar sus males era asesinar a un hombre mentiroso pero de éxito como Richard Nixon. Es decir, alguien que a sus ojos era su antítesis.

Historia a partir de la intrahistoria

En la película resuenan personajes y situaciones del ¿mítico? Estados Unidos de los 70 (Nixon, Berstein, la Guerra de Vietnam, la ocupación de la Isla de Alcatraz por miembros de una comunidad india, el caso Watergate, etcétera). A su manera es una película histórica que parte de un suceso intrahistórico: el poco conocido intento de asesinato por parte de un Juan Nadie. El asesinato de Richard Nixon es, por así decirlo, un fragmento de la pequeña historia estadounidense. Mientras la veía pensé que si en la vida real Richard Nixon hubiera sido asesinado, esta película llevaría la firma no de Niels Mueller sino de Oliver Stone.

Crítica solapada al capitalismo

Sean Penn sobresale en un papel que parece hecho a su medida. Después de sus trabajos en películas dramáticas como Mystic River, Pena de muerte, 21 gramos o Hacia rutas extrañas, ¿quién mejor que él, confeso marxista, para simbolizar en la figura del desdichado Samuel Bicke una crítica sutil –o quizá no tan sutil– contra el deshumanizado capitalismo norteamericano?

El asesinato de Richard Nixon es, en mi opinión, una película notable, brillante por momentos, que queda lastrada por dos puntos negros. El primero de ellos, el desacierto de nombrarla con un título tan comercial como tramposo, un título que no consigue sino crear falsas expectativas (aunque a la larga sea más valiosa la recolecta de que lo se esperaba inicialmente). El segundo, ancilar del primero, es el error de arrancar en los minutos previos en que Bicke se dirige al aeropuerto para cometer el asesinato. Para quienes no la haya visto: a continuación viene un flashback que nos redirige a un año antes. Así es como luego nos enteramos de las circunstancias personales del individuo que lo han conducido al intento de asesinato. De esta manera, de cara al espectador prima ante todo el intento de asesinato.

Hubiera sido mejor prescindir del flashback, que funciona a modo de anticipación temática, y dejar que el espectador se fuera permeando, sin previo aviso, del elemento narrativo Nixon, que es secundario en la trama. (La película hubiera tenido el mismo interés, desde el punto de vista humano, si Nixon y el asesinato de marras no aparecieran en ella). Ese coqueteo a ratos con la búsqueda de la comercialidad es una paradoja, porque el filme en puridad no es comercial. Y ni falta que hace.

Pese a sus posibles deficiencias, El asesinato de Richard Nixon es una película meritoria. Cuenta con los excelentes trabajos de Penn y del actor secundario Jack Thompson (el jefe), y de Naomi Watts, que siempre aporta su granito de arena (aunque en esta ocasión no haya tenido que emplearse a fondo).

La historia de Bicke es la historia de la desolación de millones de seres humanos que viven en la cara adversa de la vida. Por su temática (la denodada lucha del ciudadano de a pie por hacerse un hueco en la competitiva y lesiva sociedad capitalista que de un modo otro acaba por herir su dignidad), recuerda a Glengarry Glen Ross (James Foley, 1992), basada en un obra del dramaturgo David Mamet, por no hablar de La muerte de un viajante, del también dramaturgo Arthur Miller, que nos ofrece el existencialismo crepuscular de otro paria del sistema laboral, el vendedor Willy Loman.

Si el lector ha llegado hasta aquí, que por favor responda a esta pregunta que me hago en voz alta: ¿No sería mucho más interesante haber puesto a debate los valores humanos que se pierden en la búsqueda de la prosperidad material que el asesinato fallido de un presidente?

Yo diría que sí, y de hecho ese debate está presente durante todo el metraje.

Pero la sombra de Nixon es alargada y acaba desenfocado la verdadera esencia de la película.

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