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Al final de la escapada (1960) por Taylor


Todo cinéfilo que se precie debe ver sí o sí films como A bout de soufflé (Al final de la escapada. Otra cosa es que, sugestionados por el enorme impacto que en su momento provocó la peli de Godard en particular y la “nouvelle vague” en general, debamos mear bechamel sí o sí ante la mayor chapuza narrativa que ha dado el cine europeo.

Seamos serios. Godard era un gamberrete, uno de esos petulantes e iluminados niños de papá que creyeron que dinamitando la sintaxis cinematográfica iba a convertirse en el Picasso del séptimo arte. Afortunadamente, el lenguaje cinematográfico volvió a su cauce y los desvarios anarquistas, nihilistas y antiburgueses de Jean-Luc quedaron como lo que son hoy en día: estrambóticos experimentos que solo salen a la luz cuando, de vez en cuando, algún “gafapasta” con cuatro clases a sus espaldas flipa en colores hablándote de falsos raccords, saltos de eje, asincronías y demás espasmos visuales.

Le adjudico cierta valoración porque Jean Paul Belmondo (impagable chico Martini) y Jean Seberg (bellísima) forman un pareja excelente y porque, como experimento, la cogorza de Godard fue original e innovadora en su época e iluminó a futuras generaciones de cineastas que, gracias a Dios, supieron emplear muchos de estos recursos gramaticales con mayor cordura y mesura.

1 comentario:

  1. Aurea García Fernández27 de febrero de 2011 a las 13:29

    Sí,pues va a ser eso que Godard es un gamberrete de tres al cuarto y que por eso su aportación al cine es de las que ya no salrán de las enciclopedias ni de los planes de estudio de las Facultades de Ciencias de la Imagen. Ay, señor, pero ¿por qué nos cuesta tanto trabajo
    reconocer al genio,allí donde quiera que aparezca?.!Qué cruz!.

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