Creo que fue en el Verano del 2009 cuando me leí compulsivamente, al
igual que otras muchas millones de personas en el mundo, la famosa y
voluminosa trilogía de Millenium de Stieg Larsson y que me
encandilo el fenómeno de culto y la mitología social que se formó
alrededor de estos inesperados best-sellers suecos.
Ya entonces, a pesar de ser una novelas netamente muy cinematográficas,
no hacía más que pensar lo dificilísimo que sería adaptar al cine cada
una de ellas por el evidente problema de comprimir miles de páginas a la
duración habitual de un largometraje. Condensar todo lo que se contaba
en los libros era misión más que imposible para cualquier guionista y,
sobre todo, capturar la esencia que se exhala de cada uno de ellos era
toda una hazaña de contención. La cuestión es que, sorprendentemente,
cuando salió la versión cinematográfica de la primera novela, Los hombres que no amaban a las mujeres,
me sentí muy complacido y satisfecho con el resultado final (tanto la
versión sueca como la posterior adaptación de David Fincher), siendo
ambos un film muy digno que sabía respetar, atrapar y sintetizar la
naturaleza del libro.
Por tanto, al enfrentarme a la segunda adaptación, Millennium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina,
confiaba que sabrían confeccionarlo de nuevo aceptablemente bien y que
aportase toda la escabrosidad, morbo, terror, intriga, truculencia y
violencia que destilaba ese segundo libro. Es evidente que no.
Sinceramente no me importa que de un zarpazo hayan eliminado por lo
menos un 70% de todo lo que explica la novela (por ejemplo ninguna
referencia a la corrupción policial, la crítica a los medios de
comunicación, la desaparición de personajes muy importantes y tramas
secundarias de vital importancia, etcétera). Eso no me disgusta, de
hecho es algo necesario en cualquier adaptación cinematográfica. Lo que
de verdad me irrita es que no han querido, o no han sabido, profundizar
nada en la trama escogida para la narración (centrada exclusiva y
absolutamente en el personaje de Lisbeth Salander) .
Si un guión no profundiza en un personaje acaba resultado todo cojo,
inconexo, incoherente y hasta absurdo. De nada sirve la buena y correcta
interpretación de Noomi Rapace en este jugoso papel si no se desarrolla
como debe. Media hora más de duración de película la hubiese
beneficiado considerablemente, pues habría ganado entidad y coherencia a
toda la trama principal donde se dejan muchos puntos sin explicar (como
por ejemplo los miedos nocturnos a los fantasmas que padece el gigante
rubio y que le hace huir en la parte final de la película). A veces una
duración excesiva en una película es un suplicio para el espectador,
pero en este caso hubiese sido una bendición si el metraje hubiese sido
mayor.
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