Recientemente vi la espléndida versión que Rouben Mamoulian hizo en 1932 del inmortal mito del doctor Jekyll y mister Hyde: El hombre y el monstruo,
una película realmente magnífica repleta de ingeniosos detalles,
ocurrencias, aciertos y, sobre todo, una interpretación emblemática de
Fredric March, que le aportó un más que merecido Oscar, y una no menos
brillante actuación de la siempre estupenda y sensual Miriam Hopkins.
Todo este preámbulo viene a colación porque nada más terminar de verla
me vino a la memoria la célebre versión que hizo en los años 40 Victor
Fleming de tan afamada novela: El extraño caso del Dr. Jekyll .
Y, si ya entonces, me pareció una película sosa, aburrida y
descafeinada, ahora, después de ver la soberbia versión de los años 30,
me reafirmo que es una película totalmente fallida e insulsa.
Se podrían decir muchas cosas negativas de la película de Fleming como
que la ambientación tétrica, sombría, fatalista y pesadillesca brilla
totalmente por su ausencia, que toda la sensualidad y erotismo (tan
esenciales para entender las pasiones e instintos que desatan el
comportamiento de mister Hyde) son nulos y que la realización artesanal
de su director es todo menos apasionada . Pero si hay algo que, por
encima de todo, falla en esta versión es el tremendo error de casting al
elegir a sus intérpretes.
Vale, sé muy bien que Spencer Tracy es un actor todoterreno con un
talento tan incuestionable y admirable que puede defender cualquier
papel que interprete con soltura. Pero, a pesar de ello, en este film
está fuera de lugar porque, quiera o no, Tracy no puede desprender la
ambigüedad moral y ética, así como resultar convincente con las brutales
acciones de mister Hyde, al tener una presencia cinematográfica tan
marcada. Un actor, con un evidente lado oscuro más definido, como por
ejemplo Charles Boyer o George Sanders, hubieran aportado muchos más
matices a este jugoso, dual e inquietante personaje.
Ahora bien, si el tema de Tracy es cuestionable, lo que no tiene perdón
es el tremendo error de casting al poner a la sensual Lana Turner de los
años 40 como la abnegada, sufrida, pura, virtuosa, inocente y virginal
novia del doctor Jekyll , y a la cándida y tierna Ingrid Bergman como la
prostituta barriobajera que desata los instintos más primarios de
mister Hyde. Evidentemente, excusa decir, que si dichos papeles los
hubiesen intercambiado entre sí las actrices la película hubiese ganado
muchos enteros.
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