Es realmente curioso que, a lo largo de esta semana, se me haya dado la circunstancia, un día, de ver la película española No controles, que me pareció malísima, y, al día siguiente, la francesa Los seductores, la cual me convenció aún más si cabe de lo rematadoramente malo que es este bodrio llamado No controles.
Puede que Los seductores sea un variopinto cocktail de muchas comedias románticas ya vistas especialmente influenciado, sobre todo en su parte final, por la capriana Sucedió una noche (me extraña mucho que nadie más haya reparado en ello), pero, aun así, tiene ingenio, tiene gracia, tiene chispa, tiene a Vanessa Paradis y, sobre todo, tiene los suficientes elementos originales e innovadores para que valga la pena verlo, aunque en otros momentos use (y abuse) de muchos convencionalismos del cine romántico.
Por tanto, Los seductores es un film recomendable y digno que aporta su pequeño granito de arena a la comedia y que nos hace reír en más de una ocasión. Pero ¿qué pasa con No controles? Pues que su originalidad es cero, absolutamente cero. No hay nada original en la película. Es un pastiche y un refrito insoportable de momentos supuestamente cómicos ya vistos miles de veces en otras películas (mucho más divertidas y ocurrentes, por supuesto). Es previsible a efectos escandalosos. Es básica. Es lineal. Sabes en todo momento qué va a pasar, qué van a decir, cómo se va a desarrollar cada escena y cómo va a acabar.
Los diálogos no son divertidos, el trabajo de los actores es malo e inapropiado, todos los personajes están desdibujados, el sentimentalismo está metido con calzador y el personaje de Julián López (a pesar de la buena intención y correcto buen hacer del actor) no es suficiente para salvar del naufragio a semejante bodrio. ¿Algo se puede salvar? Pues quizás las expresivas, desconcertantes y divertidas caras que pone el personaje que interpreta Mariam Hernández, pero de poco sirve en un personaje de tan poca entidad.
Puede que entre los actores españoles haya mucho talento, pero, desde luego, con directores (y sobre todo con guionistas) como Borja Cobeaga poco se podrán exprimir y aprovechar.
Por tanto, Los seductores es un film recomendable y digno que aporta su pequeño granito de arena a la comedia y que nos hace reír en más de una ocasión. Pero ¿qué pasa con No controles? Pues que su originalidad es cero, absolutamente cero. No hay nada original en la película. Es un pastiche y un refrito insoportable de momentos supuestamente cómicos ya vistos miles de veces en otras películas (mucho más divertidas y ocurrentes, por supuesto). Es previsible a efectos escandalosos. Es básica. Es lineal. Sabes en todo momento qué va a pasar, qué van a decir, cómo se va a desarrollar cada escena y cómo va a acabar.
Los diálogos no son divertidos, el trabajo de los actores es malo e inapropiado, todos los personajes están desdibujados, el sentimentalismo está metido con calzador y el personaje de Julián López (a pesar de la buena intención y correcto buen hacer del actor) no es suficiente para salvar del naufragio a semejante bodrio. ¿Algo se puede salvar? Pues quizás las expresivas, desconcertantes y divertidas caras que pone el personaje que interpreta Mariam Hernández, pero de poco sirve en un personaje de tan poca entidad.
Puede que entre los actores españoles haya mucho talento, pero, desde luego, con directores (y sobre todo con guionistas) como Borja Cobeaga poco se podrán exprimir y aprovechar.
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