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Ordet (la palabra) (1955) por Bakunin


"Ordet". Una de las películas más valoradas en la historia del cine de forma incomprensible. El guión podría ser sugerente: la intransigencia de las religiones, sean éstas las que sean, a lo largo del espacio y del tiempo, aquí, ahí, allá o acullá. Pero uno ya lo sabía. Sí, quizás en los años cincuenta podría ser de algún modo algo impactante, pero el posible mensaje que pudiera lanzar Dreyer me resbala como la espuma en la ducha.

Cualquier intento de ejemplarizar queda desvalorizado por el desenlace final, tan alejado de la realidad y del raciocinio. ¿Vamos con los aspectos positivos? Los de siempre para el esnobista cinéfilo: que si la fotografía, que si el blanco y negro, que si la música, que si el movimiento panorámico de la cámara, que si la sobriedad en el decorado y en la ambientación, que si la ausencia de efectos especiales, que si la sencillez en las propuestas filosóficas del director, que si leches.

Las secuencias son todas iguales. Dos personajes en una habitación charlan un rato, sale uno de ellos por una puerta y entra por otra otro personaje. Así casi toda la película. Sus diálogos versan siempre sobre lo mismo y, para que el espectador que pasa de religiones como de comer mierda no se amuerme, un personaje se va de un extremo a otro de la habitación para que haya sensación de movimiento, de que algo está ocurriendo. O pasan a otro cuarto para continuar erre que erre con el tema de la apotema.

Los actores están tan encorchetados en el papel teatral del guión que provocan desinterés y falta de credibilidad. Mientras hablan casi siempre están con la mirada fija en el suelo, con total ausencia de algún tipo de gesticulaciones. Vamos, como si no fueran de este mundo. Da grima (e invitación a la carcajada) ver al lunático aparecer cada diez minutos por una u otra puerta para decir “sabias sentencias” mirando al suelo. Resumiendo: una película lenta, requetelenta, aburrida a más no poder, fría, pretenciosa, con excesivo metraje, que no recomiendo a nadie.

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