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Juego sucio (1931) por Father Caprio
La British International Pictures encarga a Hitchcock un proyecto basado en una obra de John Galsworthy de cierto éxito teatral y don Alfredo se pone a la tarea con más deber que convicción. ¿La resultante? Un film absolutamente menor y difícilmente encajable en su filmografía que defraudará a quienes se enamoraron cinematográficamente del mago del suspense y obligará a sus incondicionales a un trabajo superlativo para encontrar rasgos identificadores de su cine más personal.
Juego sucio es una historia de dinero. Por una parte están quienes carecen de casi todo y se mueven en la dirección de los vientos que soplan desde las distintas fortunas, por otra, las clases aristocráticas, unidas a la tierra, la historia y la tradición y, finalmente, esa sociedad rica y advenediza que crece a la par que la industria, la modernidad y el progreso. Este es el patio en el que se desarrolla un enfrentamiento entre dos familias donde el chantaje y el juego sucio son ese caldo donde se cultivan las desgracias personales y, es fácil suponer, la muerte.
¿Es justificable lo del ojo por ojo y la ley del Talión? ¿Es válido aquello de que el fin justifica los medios? ¡Cuántos pecados se cometen en nombre de la sociedad victoriana? Estas son algunas de las lecturas que podemos hacer de un film donde Hitchock dejó su impronta de forma muy fugaz (la escena de la subasta) y que acusa bastante el tránsito entre el cine silente y los nuevos “talkies”, con sobreactuaciones que la palabra hacía innecesarias.
Destacar a Edmund Gween, buen actor al que recordamos por aquel científico de Calabuch (Luis García Berlanga) y al que se suele identificar en papeles de buena persona. Aquí se sitúa en el lado opuesto de las vías.
Resumiendo. Perdida la magia y casi el suspense, la película invita a explorar otros méritos. Si no desesperan mucho y tienen al tito Hitchcock en sus altares, algunos encontrarán.
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