Flamingo Road es una calle. Una calle localizada en cualquier ciudad. Aquí estamos en Boldon, ciudad norteamericana inexistente pero que sirve perfectamente como ejemplo de urbe con intereses políticos poco confesables donde las fortunas tradicionales y las advenedizas (léase corrupción) comparten vecindario en esa especie de boulevard de los sueños cumplidos a cualquier precio.
Pero al mismo tiempo, Flamingo Road era una trampa-bomba preparada por la Warner, en la persona de Jack Warner a una de sus estrellas en declive, Joan Crawford. Esta trampa cuya finalidad era abaratar el despido de la artista, les explotó en sus propias manos y la película relanzó la carrera de la star durante unos años más. La conjunción Crawford-Curtiz volvió a funcionar bastante bien y sin alcanzar el nivel de su anterior colaboración, Mildred Pierce (Oscar para la actriz), la película deja un buen sabor de boca, hecho al que no es ajena la excepcional interpretación de un Sydney Greenstreet maliciosamente sudoroso y adiposamente execrable, Vamos, una perla, al nivel cuando menos de su “hombre gordo” de El halcón maltés. Sin Lorre eso sí.
De la carrera de la Crawford todavía quedaban por llegar joyas como ¿Qué fue de Baby Jane?, donde la edad no permitía excelsos destapes, pero en este Flamingo Road aun deja constancia de sus bien formadas piernas en su presentación como una bailarina de feria a la que el destino, en forma de ayudante del sheriff (Zachary Scott), catapulta a la cima de la política local y al vecindario de la calle Flamingo.
Es probable que a algunos les suene a película de TV y especialmente a una exitosa serie semanal de los 80 protagonizada por Mark Harmon y Morgan Fairchild, El mangoneo y la corrupción siempre han dado mucho juego.
Sensacional Joan Crawford con un personaje a medida, pero el imponente Sydney Greenstreet como político corrupto execrable le roba todos los planos.
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