No estuvo muy fino Wolfgang Petersen en La tormenta perfecta a la hora de retratar la aspereza de una profesión como la de los pescadores.
Decepciona comprobar que toda la dinámica de este filme se basa en un descarado intento de tocar la fibra sensible del espectador mediante un estilo tan inverosímil (aunque esté inspirado en un suceso real) como pastelero.
Uno se pregunta por qué no convence un glamuroso y millonario actor George Clooney en el papel de capitán de barco de pesca en horas bajas, y, sin embargo, sí encaja (por poner un ejemplo) en el personaje del simpático y carismático presidiario a la fuga de Oh, brother, de los hermanos Coen. Personalmente, no creo que Clooney sea el actor adecuado para una tormenta tan… perfecta.
La película navega entre el realismo cotidiano del mundo de los pescadores, la aventura épica de un barco cuya tripulación elige libremente adentrarse en una terrible tormenta (que el guionista se ha atrevido a adjetivar como “perfecta”) y la historia de amor en segundo plano entre los marineros y sus mujeres, que sufren su ausencia apiñadas alrededor de la barra de un bar que, curiosamente, hace las funciones de centro social, donde niños pequeños entran con papá para tomar un refresco mientras parejas suben a un segundo piso para congraciarse en un desfogue carnal (y todo ello presentado como si fuera la cosa más natural del mundo).
La previsibilidad de los acontecimientos, el empleo abusivo de la banda sonora, la temprana presentación del mar como un elemento desestabilizador dentro de la familia, y esa maldita ola digital que se cuela en nuestras pantallas con la testarudez de un vendedor de seguros convierten a La tormenta perfecta en una película imperfecta, completamente prescindible.
¿Algo a salvar? La buena actuación de Mark Wahlberg como aprendiz de pescador y la fotografía de algunos planos en los que el mar nos muestra su cara más amable.
Lo peor, sin duda: el falso arranque dramático de la película, y el melifluo epílogo, que acentúan aún más si cabe lo que es la película en sí: un auténtico pastel.
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