ccc

Final Fantasy (2001) por Francisco Rodríguez Criado


Final Fantasy. ¿El fin de los actores?

El mundo del cine se pregunta si Final Fantasy, la primera película realizada íntegramente por ordenador, podría marcar el inicio de una nueva era donde los personajes informáticos reemplacen a los habituales actores de carne y hueso. Hironobu Sakaguchi, el director, asegura “que se han acercado más que a nadie a crear personajes de realidad fotográfica.”.

El temor generado por esta película me parece injustificado: el actor ha sido, es y será imprescindible en el cine. Hay que resaltar que incluso Final Fantasy precisó de actores para marcar los movimientos de los personajes digitales y doblar sus voces. Y si añadimos que la financiación de este tipo de cine no sale ni mucho menos económica, nos haremos una idea de lo pesada que es su bolsa de desventajas.

Hay que tener en cuenta, además, el valor social del séptimo arte, sustentado en gran parte por sus histriones operarios, que son, a fin de cuenta, quienes dan la cara, y nunca mejor dicho. No admitir la importancia social de los actores sería infravalorar a este gran negocio, que es mucho más que películas: es imaginación, sensaciones, planteamientos que trascienden más allá de los minutos que dura la proyección. El espectador, dependiendo de su personalidad, conectará en mayor o menor medida no sólo con los personajes sino con esas personas de carne y hueso que hay tras ellos, compañeros de lujo en ese inestable Titanic que es la vida. ¿Qué sería de las ilusiones de tantos y tantos ciudadanos de a pie que encuentran en el glamour de Richard Gere, Jodie Foster, Harrison Ford o Brad Pitt una vía de escape para evadirse de sus vidas sencillas y a menudo monótonas? ¿Qué sería de esa joven que sirve cervezas mientras suspira por la oportunidad de su vida? Hasta los perros se clavan frente al televisor cuando escuchan la llamada de Lassie.

Los actores son en sí, con sus miserias y sus grandezas, foco de atención de millones de personas: son un espejo donde mirarse. (O donde mirarse poco y mal). Marcan la frontera entre la realidad y la irrealidad, y su posición hoy en este lado mañana en el otro nos resulta morbosa e inquietantemente atractiva.

¿Podremos identificarnos con las angustias de un jueguecito informático? No, porque por muy definidos que sean, no dejarán de ser simples muñecos. No viven en mansiones ni conducen coches descapotables ni acuden a fiestas selectas (la mayor parte de los actores, tampoco, dicho sea de paso), ni son detenidos por celosos guardianes de la ley cuando cometen algún delito.

No creo que se acaben los suspiros de los adolescentes por sus ídolos. Ni las incontrolables ínfulas de tales estrellas. Seguiremos interesados por los cotilleos de Hollywood, por la salud de Marlon Brando, los amoríos de George Clooney o las operaciones de cirugía estética de Cher. El ser humano no puede permitirse el lujo de abandonar sus aficiones miméticas.

Yo supongo que una avalancha de películas futuristas realizadas por ordenador invadirán masivamente las salas cinematográficas en los próximos años, pero la cosa no pasará de ahí. Al final, el cine binario acabará como otro género más, seguido por unos y denostado por otros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario